NOTAS DE VENGANZA
UNA NOVELA DE CHRISTIAN NICHE

NOTASDEVENGANZA

El perfume guarda lo que la memoria intenta olvidar.

Una historia de herencia y traición, donde cada aroma abre una puerta al pasado y cada recuerdo exige su verdad.

Portada de Notas de Venganza
LECTURA PRIVADA · PRIMERA EDICIÓN
PERFUME  ·  MEMORIA  ·  HERENCIA  ·  TRAICIÓN
EL LIBRO

Índice general

Cinco actos. Treinta capítulos. Una verdad que dejó su rastro en el aire.

ACTO I

Preludio

ACTO II

Christian Niche

ACTO III

La hija del enemigo

ACTO IV

La verdad respira

ACTO V

Notas de Venganza

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CAPÍTULO 01

La noche del aroma

La noche en que murió Francisco Montemayor, Alejandro tenía diez años y ya sabía que los aromas podían decir la verdad antes que las personas.

Lo había aprendido en el laboratorio de su padre.

No en una escuela. No en un libro. No en una clase formal, sino en la habitación del fondo de la casa donde Francisco guardaba frascos ámbar, pipetas, resinas, maderas secas, cítricos, raíces, alcoholes y cuadernos manchados por años de obsesión. Allí, entre estantes desordenados y una mesa de trabajo que siempre olía a algo distinto, Alejandro había crecido como otros niños crecen entre juguetes. Su padre le había enseñado a distinguir la bergamota de la naranja amarga, el vetiver limpio del vetiver terroso, la rosa natural de la rosa reconstruida, el jazmín vivo del jazmín domesticado por laboratorio. Le había enseñado a cerrar los ojos para oler mejor. A no apresurarse. A dejar que cada nota hablara.

—Los ojos se impresionan fácil —le decía Francisco—. La nariz no perdona.

Por eso, años después, cuando casi todo lo demás se le confundiera, Alejandro seguiría recordando esa noche no como una secuencia de imágenes, sino como una arquitectura de olores.

La cera tibia sobre la madera pulida.

El almidón limpio del mantel.

El pan recién horneado.

La mantequilla derritiéndose.

El vino tinto, oscuro y mineral, respirando en las copas.

El perfume severo de su madre.

Las flores blancas del lobby.

La colonia correcta y vacía de Adrián.

Y por encima de todo, el aroma que llevaba su padre sobre la piel: la obra maestra que había tardado una vida en encontrar.

Afuera, la ciudad todavía tenía calor de asfalto y humo. Adentro, el restaurante parecía existir fuera del tiempo. Las puertas de vidrio se abrieron con un murmullo contenido y una ola de aire fresco, perfumado, silencioso, envolvió a la familia Montemayor. Alejandro entró entre sus padres, ajustándose el saco oscuro que le apretaba un poco los hombros. No le gustaba vestirse así, pero esa noche nadie estaba dispuesto a discutir. Su madre había dicho que era una ocasión importante y en su voz había una gravedad casi festiva.

Isabel Montemayor caminaba con la espalda recta, las manos juntas sobre un bolso pequeño, el mentón apenas alzado. Era una mujer distinguida de una forma que no necesitaba ornamentos. Todo en ella hablaba de rigor: el corte exacto del vestido azul noche, el peinado intacto, la manera precisa de apoyar el pie antes de avanzar. Pero esa noche, debajo de la disciplina, había algo más. Alejandro lo notaba porque la conocía demasiado bien. En el fondo de sus ojos había una luz contenida, una alegría orgullosa, casi incrédula.

No estaba feliz por una cena elegante.

Estaba feliz por Francisco.

Después de años de recaídas, deudas, promesas rotas, noches en vela, deudas de juego, discusiones y vergüenzas, su marido por fin había logrado algo grande. No algo bueno. No algo prometedor. Algo grande de verdad. Algo digno de su don.

Francisco, en cambio, parecía hecho de una materia más inestable.

No era un hombre elegante en el sentido clásico, aunque podía resultar magnético sin proponérselo. Esa noche llevaba un traje oscuro de buen corte, pero usado con descuido: la corbata ligeramente torcida, el cuello de la camisa apenas cediendo, el cabello peinado hacia atrás con los dedos y no con paciencia. Tenía la barba sombreándole el rostro y esa hermosura cansada de los hombres que han dormido mal durante demasiados años. Si uno lo miraba con atención, veía el desgaste: las ojeras leves, la energía nerviosa, el temblor casi invisible en los dedos, la respiración algo más corta de lo normal. No parecía un director impecable de un gran imperio. Porque no lo era.

El gran empresario era Alejandro Montalvo.

Francisco era otra cosa.

Un perfumista brillante. Un creador verdadero. Un hombre capaz de construir belleza y al mismo tiempo arruinar su propia vida con alcohol, drogas y apuestas.

Alejandro lo sabía incluso sin entenderlo del todo. Había visto demasiadas cosas para sus diez años. Había visto a su padre ausentarse. Había visto a su madre sostener la casa con el rostro intacto. Había visto la culpa, la vergüenza, las promesas de sobriedad. Y había visto también algo que nadie podía negar: cuando Francisco entraba al laboratorio, cuando inclinaba la cabeza sobre una fórmula, cuando mezclaba materiales con esa concentración feroz, parecía que toda la basura de su vida se apartaba un momento para dejar trabajar al genio.

Esa noche olía así.

No a ruina.

A triunfo.

Se detuvieron apenas unos segundos al cruzar el salón, porque desde la entrada ya se veía la mesa.

Alejandro Montalvo estaba allí, sentado con la tranquilidad de quien pertenece por completo a un lugar como ese. Tenía una elegancia sobria, sólida, conquistada. No era aristocrática: era construida. Él había hecho su fortuna con inteligencia y visión. Años atrás, en un viaje a la India, había conocido de cerca los perfumes árabes y comprendido algo que nadie más había visto con claridad en México: que aquel universo denso, precioso, ceremonial, podía transformarse en una nueva forma de lujo. Lo trajo, lo adaptó, lo refinó y fundó con ello su compañía “Grupo Montalvo”. De cero. Sin herencia. Sin apellido poderoso detrás. Solo con talento para los negocios y una intuición precisa para leer el deseo de otros.

Frente a todos, Alejandro Montalvo era un hombre distinguido.

Para Francisco, además, era el amigo de la vida entera.

Se conocían desde niños. Habían ido juntos al colegio, a la secundaria, a la preparatoria. Uno había desarrollado la veta empresarial y el otro el instinto artístico. Uno sabía construir estructuras; el otro, fragancias. Cuando Francisco desperdició su don trabajando en perfumerías mediocres, fue Alejandro Montalvo quien le abrió una puerta de verdad. Cuando las deudas de juego casi lo mataron, fue él quien volvió a tenderle la mano. Cuando intentó enderezar su vida por su esposa y por su hijo, también fue gracias al trabajo que Alejandro Montalvo le ofreció.

Por eso, cuando años atrás Francisco había decidido llamar Alejandro a su hijo, lo había hecho en honor a él.

Alejandro niño no conocía toda la dimensión de esa historia. Pero sabía suficiente para sentir una mezcla extraña cada vez que veía a su padre junto a aquel hombre. Había amistad. Había lealtad. Había deuda. Y había algo más difícil de nombrar: la sensación de que, sin Alejandro Montalvo, la vida de Francisco se habría deshecho mucho antes.

A la derecha de Alejandro Montalvo estaba su esposa, una mujer de modales impecables y expresión apacible. A su lado, Jazmín.

Tenía dieciséis años y una belleza todavía en proceso, más inquieta que consciente de sí misma. Esa noche llevaba un vestido claro, el cabello peinado con esmero y una tensión evidente en los hombros. Parecía joven incluso dentro de su elegancia. Sus ojos iban de la entrada a la mesa y de la mesa a su padre con una agitación que no encajaba del todo con el ritual de una cena formal.

Y a su lado estaba Adrián.

Veinticuatro años. Demasiado mayor, pensó después Alejandro, para ser el novio de una muchacha de dieciséis. Pero esa noche solo sintió un rechazo inmediato. Adrián era guapo de una manera pulida y vacía. El nudo de la corbata perfecto. El reloj discreto. Las manos impecables. La espalda recta. Toda su apariencia olía a cálculo. No era solo una metáfora: Alejandro lo olió de verdad. Llevaba una fragancia demasiado correcta, fría, bien construida y sin alma. Como esos perfumes caros que impresionan primero y cansan después.

—Jazmín insistió en que viniera —murmuró Isabel, apenas inclinándose hacia Francisco.

No sonó contenta, pero tampoco opuesta. Solo dejó constancia.

Francisco soltó por la nariz una media risa.

—Entonces habrá que soportarlo.

Avanzaron. Alejandro niño miró a su padre de reojo. Llevaba dentro del saco dos frascos y, en una cartera de cuero, la fórmula. Lo sabía porque esa tarde, antes de salir, Francisco se la había mostrado con una solemnidad poco común en él.

—No toques esto con las manos frías —le había dicho, medio en broma, medio en serio, mientras levantaba uno de los frascos a contraluz del laboratorio—. Aquí adentro está todo lo que he perseguido desde antes de que nacieras.

Alejandro había olido apenas una gota sobre una tira de papel y el mundo se le había ordenado de otra manera.

Era un perfume de mujer, sí, pero no un perfume blando ni coqueto. No olía a juventud fácil ni a dulzura evidente. Tenía una elegancia grave, preciosa, una estructura noble y una profundidad que imponía silencio. Brillaba con notas altas limpias, contenidas, casi aristocráticas, y luego descendía hacia un corazón floral refinado y una base resinosa, cálida, casi ceremonial. Francisco lo había creado para Isabel. Pero ya se sabía, incluso antes de esa cena, que podía convertirse en algo mayor: el perfume que consolidaría de forma definitiva a la empresa de Alejandro Montalvo como la gran casa perfumista de México y quizá del mundo árabe de lujo.

Esa noche iban a formalizarlo.

Alejandro Montalvo lo produciría en sus fábricas de Dubái.

Francisco haría la entrega del frasco de prueba y de la fórmula.

Y su madre, por fin, se permitiría estar orgullosa sin reservas.

—Míralo bien —le había dicho Francisco a Alejandro horas antes—. Hay perfumes buenos, perfumes caros y perfumes memorables. Este es otra cosa.

—¿Qué es?

Francisco lo había mirado con esa luz peligrosa que le aparecía solo cuando estaba cerca de una verdad.

—Es lo mejor que voy a hacer en mi vida.

Ahora, al acercarse a la mesa, todavía olía a esa certeza.

Alejandro Montalvo se puso de pie primero. Sonrió con una calidez sobria y estrechó la mano de Francisco. Luego saludó a Isabel con respeto auténtico y le apoyó la mano en el hombro a Alejandro niño.

—Mírate —dijo—. Ya pareces un hombre.

—Todavía no —respondió el niño.

—Menos mal —dijo Francisco detrás de él—. No le deseo eso a nadie.

Hubo risas. Las justas. La madre de Jazmín saludó con cortesía. Jazmín se inclinó apenas hacia Isabel y luego miró a Francisco con una mezcla de admiración y nerviosismo. Adrián estrechó la mano de todos con la seguridad de quien ya ha decidido que pertenece a cualquier habitación en la que entre.

Solo entonces se sentaron.

Desde su silla, Alejandro empezó a registrar olores y gestos con la costumbre silenciosa del que ha sido entrenado. El perfume de su madre: sobrio, seco, elegante. El de la señora Montalvo: más suave, empolvado, clásico. El de Jazmín: floral, limpio, todavía juvenil. El de Adrián: contenido, impecable, sin verdad. El de Alejandro Montalvo: una composición seria, refinada, sin ostentación. Y el de su padre.

Su padre olía distinto a todos.

No solo por el perfume que llevaba puesto, sino por la forma en que la fragancia se mezclaba con él. Tabaco viejo en la tela. Una sombra lejana de alcohol en el aliento que esa noche, por suerte, era casi nada. Piel caliente. Y encima, dominándolo todo, la obra maestra.

Alejandro cerró un segundo los ojos y dejó que las notas se desplegaran. Había algo cítrico al inicio, muy limpio. Luego una salida luminosa, fina, sin vulgaridad. Enseguida venía un corazón floral que no gritaba, pero reinaba. Y debajo: resinas, maderas, un fondo ambarado, noble, envolvente, con una autoridad femenina casi antigua. No era un perfume para gustar. Era un perfume para imponerse.

La cena comenzó con modales y superficies.

El vino fue servido. Llegó el pan tibio. Los camareros dejaron frente a cada uno platos precisos, impecables. Se habló al principio de lo esperable: tráfico, una inauguración reciente, importaciones, el clima de Dubái, la presión de la expansión internacional. Pero debajo de esas frases, Alejandro podía sentir la corriente verdadera de la noche. Todos esperaban el momento en que Francisco hablara.

Su madre lo sabía y estaba más hermosa en esa espera.

No por la ropa. Por la manera en que contenía la emoción. Isabel rara vez parecía vulnerable. Sin embargo, esa noche, cada vez que miraba a Francisco, en el rigor de su rostro aparecía una ternura grave, orgullosa, una especie de fe recuperada. Como si durante unas horas hubiera decidido creer de nuevo en la mejor versión del hombre con el que se casó.

Francisco no tardó demasiado.

Apoyó la copa en la mesa, se llevó una mano al bolsillo interior del saco y sacó el primero de los frascos.

Hasta los camareros parecieron moverse más despacio.

El cristal, bajo la luz ámbar del salón, parecía contener una forma más densa de la noche.

—Aquí está —dijo Francisco.

Alejandro Montalvo inclinó el cuerpo hacia adelante.

—¿Tan seguro estás?

—Nunca he estado tan seguro de nada.

La frase cayó en la mesa con el peso de una confesión.

Francisco tomó el frasco entre los dedos y lo giró apenas para que la luz lo atravesara. Por un instante, Alejandro niño vio en el rostro de su padre algo que rara vez había podido observar sin sombra alguna: orgullo limpio. No fanfarronería. No autosabotaje. No ironía. Orgullo verdadero.

—Lo hice para Isabel —dijo.

Su madre bajó la vista apenas, como si aquel gesto íntimo, delante de otros, le resultara demasiado grande para recibirlo sin protegerse.

Francisco siguió hablando, pero ahora ya no con desorden. Habló como el perfumista que era cuando lograba acallar sus ruinas.

Explicó la estructura, el corazón floral, la base resinosa, la idea de crear algo no para el mercado común, sino para un circuito de lujo radical, una fragancia digna de realeza, de linajes, de mujeres cuya sola presencia modificara una habitación. No era una creación para venderse en cualquier mostrador. Era una obra para establecer un nuevo nivel de prestigio.

—Esto —dijo finalmente, apoyando la otra mano sobre la cartera de cuero donde estaba la fórmula— se produce en Dubái o no se produce en ninguna parte.

Alejandro Montalvo asintió, serio, impresionado.

—Entonces cambiaremos todo para que se haga bien.

Adrián sonrió.

—Siempre y cuando el mundo esté dispuesto a entenderlo.

Francisco se volvió hacia él con una media sonrisa.

—El mundo nunca entiende lo mejor de inmediato. Primero lo envidia. Después lo imita.

La frase arrancó una pequeña risa contenida a Montalvo. Jazmín, sin embargo, no parecía relajarse. Alejandro la miró sin que nadie lo notara. Ella tenía las manos apretadas sobre el regazo. Demasiado. Como si la emoción de la escena no le permitiera respirar del todo. Él no lo sabía, pero días antes ella había escuchado a su padre hablar de esa cena, de la fórmula y de lo que podía significar para la empresa. Y Adrián también lo había oído.

El segundo frasco seguía guardado.

La fórmula seguía dentro de la cartera.

Todo estaba todavía en su sitio.

Los platos avanzaron. El vino volvió a servirse. Francisco estaba más suelto, más brillante. Alejandro Montalvo lo observaba con la mezcla conocida de aprecio y vigilancia con la que uno mira a un amigo talentoso al que la vida ya ha perdonado demasiado. Isabel intervenía poco, pero cada vez que hablaba, lo hacía con exactitud. La señora Montalvo acompañaba la conversación con elegancia discreta. Adrián escuchaba con más atención de la que aparentaba.

Y entonces Alejandro niño lo sintió.

Primero como una incomodidad vaga.

Luego como una nota fuera de lugar.

No venía del perfume de su padre. Eso lo supo de inmediato. El perfume seguía siendo perfecto, reconocible, intacto en su arquitectura. Esto era otra cosa. Algo delgado, metálico, amargo. Como una aguja escondida detrás de una cortina de terciopelo.

Frunció el ceño.

Volvió a inhalar, lentamente, tratando de separar capas como Francisco le había enseñado.

Pan. Vino. Madera. Flores. Cuero del asiento. Perfume de Isabel. Perfume de Jazmín. Colonia de Adrián. Y allí, otra vez, debajo de todo pero cada vez más cerca del espacio de su padre: esa nota extraña.

Miró la copa de Francisco.

Luego la mesa.

Luego los dedos de Adrián, impecables, alrededor de su propia copa.

No había nada que ver. Y, sin embargo, algo estaba mal.

—Brindemos —dijo Alejandro Montalvo, alzando la copa con una gravedad contenida—. Por la creación que hará historia.

Todos levantaron sus copas.

Francisco sonrió. Sus ojos fueron primero hacia Isabel.

—Por ti —dijo.

Luego miró a su amigo.

—Y por lo que viene.

En ese momento, Adrián se puso de pie.

Fue un gesto natural. Casi inevitable. Se acercó por el costado de Francisco con una sonrisa correcta, extendió la mano para felicitarlo y le apoyó unos segundos la palma en el hombro. Se inclinó lo suficiente para parecer afectuoso. Demasiado cerca de la copa. Demasiado cerca del frasco. Demasiado cerca de la cartera.

Alejandro lo vio.

No con la claridad de una prueba, sino con la violencia de una intuición.

Francisco alzó la copa.

Bebió.

Solo un sorbo.

Nada más.

Y en seguida ocurrió el pequeño cambio.

Una contracción mínima en la boca.

La lengua rozando los dientes.

Un parpadeo distinto.

El vaso suspendido un segundo más de la cuenta antes de bajar.

Alejandro sintió un golpe helado en el estómago.

La nota metálica se hizo más clara.

Más amarga.

Más presente.

—¿Estás bien? —preguntó Alejandro Montalvo.

—Sí —dijo Francisco.

Pero la voz no sonó bien.

Salió áspera. Como si atravesara una garganta ajena.

La silla rechinó.

Francisco se llevó la mano al cuello.

Tosió una vez. Luego otra. La copa de agua se volcó al tratar de alcanzarla y una mancha se abrió sobre el mantel blanco con la velocidad de una herida. La música del pianista se detuvo en un acorde incompleto.

—Francisco —dijo Isabel, ya de pie.

Él intentó responderle, pero de su boca salió un sonido opaco, animal, imposible.

Y entonces el salón entero se quebró.

Francisco se puso de pie de golpe, la mano cerrada sobre la garganta, los ojos abiertos por una incredulidad feroz. No era todavía dolor lo que había en su cara. Era desconcierto. La traición del cuerpo. El segundo exacto en que un hombre comprende que algo dentro de sí ha sido violentado.

Los camareros dudaron un instante antes de correr.

La señora Montalvo se llevó la mano al pecho.

Jazmín se quedó petrificada.

Adrián retrocedió lo justo.

Y Alejandro, con diez años, descubrió que el miedo puede hacer que la luz lastime.

Todo se volvió demasiado brillante: el mantel, el cristal, la plata, el reflejo rojo del vino. Quiso levantarse, pero las piernas no le respondieron enseguida. Miró a los adultos buscando una solución y encontró lo peor que un niño puede ver: vacilación.

Francisco cayó de rodillas.

El ruido fue bajo, indigno, insoportable.

Isabel llegó a él primero. Se arrodilló sin una sola vacilación, le tomó el rostro con ambas manos y su rigor de años se rompió en una sola frase:

—Mírame. Mírame, Francisco.

Alejandro Montalvo intentó sostenerlo por los hombros. Gritó por ayuda. Un camarero salió corriendo. Otro dejó caer una botella. Una mujer gritó en otra mesa.

Y en medio del caos, del saco abierto de Francisco resbaló uno de los frascos.

Cayó al suelo.

Se rompió.

El sonido del cristal fue preciso. Hermoso. Final.

Y el perfume se abrió en el aire.

No como un aroma.

Como una revelación.

Alejandro lo sintió expandirse por el salón con una fuerza casi física: la salida luminosa, el corazón floral majestuoso, la base resinosa, las maderas, la nobleza, la belleza inmensa de algo nacido para durar décadas y que estaba derramándose sobre un piso de restaurante entre gritos y copas temblando.

Quiso llorar por el frasco antes de llorar por el hombre.

Eso lo avergonzaría muchos años después.

Pero esa noche solo supo que la belleza también podía romperse.

La cartera de cuero ya no estaba donde había estado.

Él no vio quién la tomó.

No supo en qué segundo desapareció.

Solo registró el hueco junto a la silla.

Y el hueco, aunque todavía no lo comprendiera, se le quedó adentro para siempre.

Alzó la vista y encontró a Jazmín.

Tenía la cara deshecha por un horror que no parecía nuevo, sino recién comprendido. Sus manos estaban apretadas una contra otra con tanta fuerza que la piel se le había puesto blanca. No gritaba. No corría. No hablaba. Miraba a Francisco con una culpa muda, creciente, feroz.

Luego miró a Adrián.

Adrián estaba demasiado entero.

Demasiado limpio.

Demasiado exacto en medio de la catástrofe.

—Llamen a una ambulancia —dijo con una voz impecable.

Demasiado impecable.

Y aunque Alejandro no tenía todavía palabras para entenderlo, su cuerpo sí entendió algo: aquel hombre no olía a sorpresa. No olía a miedo. No olía a tragedia.

Olía a control.

Francisco intentó respirar y no pudo. Su pecho se sacudía, su boca buscaba aire, sus dedos se crispaban sobre el mantel mojado. En un momento terrible, levantó la vista y sus ojos encontraron los de su hijo.

Alejandro jamás olvidaría esa mirada.

No por el terror.

No por la muerte.

Sino por lo que había detrás: una urgencia feroz, una rabia inconclusa, la certeza de dejar algo sin terminar. Como si en un segundo le estuviera entregando sin palabras todo lo que no alcanzaría a decirle nunca.

Alejandro se bajó de la silla.

Avanzó un paso.

Luego otro.

Pero Isabel lo vio acercarse y lo apartó con un gesto instintivo, desesperado.

—No.

No fue una orden. Fue un desgarramiento.

Un camarero lo sujetó antes de que cayera. Desde esa distancia forzada vio a su padre desplomarse por completo sobre el suelo del restaurante.

El golpe fue seco.

Final.

Después vendrían los paramédicos, las luces azules sobre los vitrales, el sonido de órdenes rápidas, las manos enguantadas, el oxígeno, la confusión, el llanto. Después vendría también el despojo: las deudas, la casa perdida, el exilio, el cambio de nombre, el odio, la mentira, la larga sombra de esa noche.

Pero en ese instante solo existía el olor.

El vino derramado.

La tela húmeda.

El sudor del miedo.

El perfume abierto sobre el suelo.

La colonia intacta de Adrián.

El iris severo de su madre.

Y todavía, por debajo de todo, el aroma que seguía en la piel de Francisco.

Eso fue lo peor.

Que el perfume siguiera vivo cuando el hombre empezaba a desaparecer.

Alguien lo condujo fuera del salón. Él caminó sin sentir los pies. En el pasillo, el aire olía a flores blancas, cera y lluvia retenida detrás del vidrio. Se apoyó contra la pared. Le temblaban las manos. No lloró. No todavía.

Respiró hondo.

Otra vez.

Y otra.

Como si pudiera guardar a su padre dentro de los pulmones.

Como si, mientras aquel aroma existiera, la muerte no fuera completa.

Años después olvidaría muchas cosas: quién cerró la cuenta, quién recogió los cristales, qué dijo exactamente el médico, quién salió primero del restaurante. Pero nunca olvidaría la verdad esencial.

Aquella noche le arrebataron a su padre, le robaron una fórmula y partieron su vida en dos.

Y él, entrenado desde niño para reconocer la verdad en los olores, fue el primero en saber que algo había estado mal en el aire antes de que el resto del mundo entendiera que un hombre estaba muriendo.

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CAPÍTULO 02

El hombre que sabía oler el mundo

Antes de convertirse en ausencia, Francisco Montemayor había sido una presencia difícil de olvidar.

No porque fuera estable. Nunca lo fue del todo. Tampoco porque hubiera sabido cuidar bien cada una de las cosas que amaba. Su talento y su capacidad para arruinarse convivían con una naturalidad que desconcertaba incluso a quienes lo conocían desde niño.

Pero en el laboratorio ocurría algo distinto.

Allí Francisco parecía entero.

Alejandro tenía diez años y todavía no comprendía por qué un hombre podía ser brillante en una habitación y equivocarse tanto fuera de ella. Para él, su padre era sobre todo el hombre que podía acercarse a una flor, a una madera o a una copa de vino y encontrar dentro algo que los demás no sabían que estaba allí.

—No me digas qué es —le decía Francisco, sosteniendo una tira de papel entre dos dedos—. Dime qué te hace recordar.

Alejandro cerraba los ojos.

—Un limón.

—Eso es lo que es. Yo te pregunté qué te recuerda.

El niño olía otra vez.

—La cocina de mamá.

Francisco sonreía.

—Ahora estás oliendo.

El laboratorio ocupaba una habitación al fondo de la casa. No tenía la grandeza de los laboratorios de Grupo Montalvo ni la limpieza teatral de las fotografías de revistas. Era un espacio vivo: estantes de madera, frascos ámbar, pipetas, cuadernos abiertos, etiquetas escritas a mano y manchas que Francisco prometía limpiar y nunca limpiaba. Había tardes en que el aire olía a cítricos; otras, a resinas oscuras, raíces húmedas o flores tan densas que Isabel abría las ventanas antes de entrar.

Alejandro podía pasar horas allí.

Su padre le enseñaba a distinguir sin mirar. Bergamota de naranja amarga. Cedro de sándalo. Jazmín natural de una reconstrucción sintética. Vetiver terroso de uno limpio y seco. Pero lo que más le enseñaba era paciencia.

—Una fragancia no te dice todo cuando la conoces —decía Francisco—. Las personas tampoco.

Muchos años después, Alejandro recordaría esa frase con una amargura que entonces no podía imaginar.

En aquellos días, Francisco trabajaba en una composición que casi nunca nombraba. Había decenas de pruebas, cada una marcada con números y pequeñas anotaciones. Algunas desaparecían después de una semana. Otras regresaban modificadas. Había una, sin embargo, que permanecía siempre cerca de su mesa de trabajo.

Iris.

Alejandro sabía de dónde venía el nombre, aunque en la casa casi nadie hablaba de ello.

Su hermana había vivido apenas un año y un mes.

Después de su muerte, la familia aprendió a pronunciar su nombre con cuidado, como si cada sílaba pudiera abrir una puerta que Isabel mantenía cerrada y Francisco jamás conseguía cerrar del todo.

Alejandro conservaba recuerdos mínimos de ella, más prestados por fotografías y conversaciones que realmente propios: unas manos pequeñas, una manta clara, la forma en que su madre pronunciaba su nombre. Era demasiado pequeño cuando ocurrió para comprender el alcance de aquella pérdida. Lo que sí recordaba era el antes y el después de su padre.

Antes, Francisco podía desaparecer una noche y regresar riendo demasiado alto.

Después, hubo una época en que casi dejó de reír.

Alejandro no conocía todavía toda la verdad. Sabía que su padre había estado bajo los efectos del alcohol y otras sustancias aquella noche. Sabía que Iris había muerto mientras estaba bajo su cuidado. Sabía también que hubo una investigación, abogados y días en los que Francisco no volvió a casa. Los adultos evitaban los detalles delante de él. Isabel porque quería protegerlo. Alejandro Montalvo porque no le correspondía contarlos. Francisco porque apenas podía soportarlos.

Lo que el niño comprendía era más simple: su padre se culpaba.

Y desde entonces había intentado convertir esa culpa en perfume.

No siempre con éxito.

Francisco podía pasar una mañana entera trabajando con una concentración absoluta y, por la tarde, quedarse sentado frente a la mesa sin tocar nada. Había días en que Alejandro lo encontraba oliendo una prueba durante demasiado tiempo, como si esperara que el líquido respondiera una pregunta.

—¿Es para Iris? —preguntó una vez.

Francisco no contestó de inmediato.

Tomó el frasco, lo giró bajo la luz y después lo dejó otra vez sobre la mesa.

—Es para que no desaparezca.

—Pero yo me acuerdo de ella.

Francisco lo miró.

—Tú crees que te acuerdas.

La respuesta molestó a Alejandro.

—Sí me acuerdo.

Su padre se agachó hasta quedar a su altura.

—Los recuerdos cambian. Un día juras que una habitación era azul y alguien te muestra una foto y era verde. Crees recordar una voz y en realidad recuerdas lo que te contaron de esa voz. El olor es distinto.

—¿No cambia?

—También. Pero pelea más tiempo.

Francisco levantó el frasco entre ambos.

—Quiero hacer algo que pelee más tiempo que nosotros.

Aquella fue probablemente la primera vez que Alejandro entendió que el perfume de su padre no era un producto.

Era una promesa.

Francisco había tenido una vida profesional extraordinaria antes de que Alejandro pudiera comprenderla. Era brillante en los estudios, extrovertido, magnético y desde joven poseía una facilidad poco común para la química. Alejandro Montalvo, en cambio, había sido el niño más retraído de los dos. Se conocieron alrededor de los nueve años, cuando Francisco se interpuso ante unos compañeros que molestaban a Alejandro. A partir de entonces crecieron como si aquella defensa hubiera establecido un contrato que ninguno de los dos supo cancelar.

Francisco abrió el mundo social para su amigo. Alejandro, años después, pasó buena parte de su vida intentando construir estructuras capaces de sostener a Francisco.

No siempre funcionó.

De adultos habían levantado juntos la división de perfumería que transformó el negocio de la familia Montalvo. Alejandro entendía los mercados; Francisco entendía los aromas. Uno convertía ideas en empresas. El otro convertía materias primas en deseo. Durante años la combinación fue formidable.

Hasta que dejó de serlo.

Los excesos de Francisco comenzaron a contaminar el trabajo. Llegaban retrasos. Promesas incumplidas. Colecciones que exigían más tiempo y dinero. Alejandro lo defendió ante la junta tantas veces que la defensa terminó pareciéndose a una forma de negación.

El final llegó con una colección en la que Grupo Montalvo había invertido demasiado.

Francisco había prometido algo excepcional y entregó algo incompleto. No porque hubiera perdido el talento, sino porque había dejado de hacer todo lo necesario para que ese talento llegara a tiempo. El lanzamiento fue un fracaso y la junta exigió su salida.

Alejandro Montalvo terminó despidiéndolo.

Francisco nunca se lo perdonó por completo.

Alejandro Montalvo tampoco se perdonó haber esperado tanto.

Seis meses después murió Iris.

Y la enemistad que pudo haber nacido entre ambos quedó aplastada por algo mucho mayor.

Cuando Isabel llamó a Alejandro Montalvo, él no corrió inmediatamente a rescatar a su amigo. Primero sintió rabia. Después dolor. Finalmente fue a verlo. Encontró a Francisco reducido a una versión de sí mismo que ya no intentaba justificarse.

Aquella conversación quedó fuera de los recuerdos de Alejandro hijo. Solo conoció sus consecuencias: los mejores abogados que Montalvo pudo conseguir, una fianza pagada, Francisco de regreso siete días después y una casa que dejó de parecer un hogar durante un tiempo.

La libertad no significó perdón.

Isabel se marchó a Grasse con Alejandro y se refugió con su hermana. Francisco no la siguió de inmediato. Por primera vez hizo algo que no parecía propio de él: esperó.

Durante tres meses no buscó convencerla. Se sometió a tratamiento, dejó de beber y consumir drogas, trabajó y envió dinero a Francia por medio de la hermana de Isabel sin permitir que ella supiera de dónde provenía.

Luego llamó.

No prometió convertirse en otro hombre. Prometió no volver a beber.

Isabel dudó una semana antes de permitirle viajar a verla.

Alejandro recordaba poco de aquel reencuentro. Recordaba más bien el regreso posterior a México y la sensación extraña de entrar otra vez en la casa con su padre, como si todos estuvieran ensayando una familia que había existido antes.

Francisco volvió al trabajo de una forma que nadie en Grupo Montalvo debía conocer.

La junta jamás habría aceptado reincorporarlo. Alejandro Montalvo lo sabía. Por eso estructuró una relación a través de una empresa intermediaria y le permitió trabajar desde fuera. Francisco retomó la colección que había destruido su carrera y la reconstruyó en silencio.

Esta vez no falló.

La colección se convirtió en un éxito extraordinario. Las ventas superaron cualquier expectativa, la prensa especializada comenzó a hablar de una nueva etapa creativa del grupo y algunas figuras de Hollywood adoptaron las fragancias como si fueran objetos privados que el resto del mundo acababa de descubrir.

Solo entonces Alejandro Montalvo reveló ante la junta quién estaba detrás.

La reacción fue furiosa.

Los había engañado.

Pero también había números sobre la mesa. Ventas. Prestigio. Mercados nuevos. La clase de éxito que vuelve flexible incluso la moral corporativa.

Aceptaron que Francisco continuara trabajando con una condición: jamás volvería a pisar las oficinas de Grupo Montalvo.

Francisco aceptó.

No necesitaba volver.

Tenía el laboratorio de su casa, tenía a Isabel de regreso, tenía a su hijo y tenía algo que todavía no había terminado.

Iris.

El éxito comercial le importaba menos de lo que todos suponían. Para él, aquellas colecciones probaban que todavía podía crear. Pero Iris 27 debía probar algo distinto.

Que podía hacer una obra capaz de sobrevivir a su culpa.

Alejandro veía a su padre trabajar y confundía aquella obsesión con paz. No sabía de las deudas que Francisco seguía ocultando ni de las viejas sombras que nunca desaparecieron del todo. Isabel tampoco conocía su verdadera magnitud. Francisco mantenía esa parte de su vida fuera de la casa, como si ocultarla pudiera impedir que regresara.

No podía.

Pero en el laboratorio, al menos, seguía existiendo el hombre que Alejandro admiraba.

Una tarde, Francisco le entregó una tira de papel.

—Sin mirar.

Alejandro obedeció.

Olió.

Era una de las versiones de Iris. Todavía no Iris 27. Algo anterior. Más áspero, menos luminoso. Pero había en el centro una nota floral que parecía sostener el resto con una autoridad extraña.

—Le falta algo —dijo Alejandro.

Francisco levantó una ceja.

—¿Qué?

El niño volvió a oler.

—No sé.

—Entonces todavía no lo sabes oler.

Alejandro abrió los ojos, ofendido.

Francisco se rio y le revolvió el cabello.

—Tranquilo. Yo tampoco sé qué le falta.

Fue uno de esos momentos pequeños que después adquieren un tamaño insoportable.

Padre e hijo frente a una fórmula inacabada. Los dos convencidos de que habría tiempo.

Francisco volvió a su mesa y escribió una anotación en su libreta.

Alejandro se quedó mirándolo.

A sus diez años aún no sabía que un hombre podía recuperarse sin estar completamente a salvo. Que podía amar a su familia y seguir ocultándole deudas. Que podía vencer unas adicciones y conservar intacta la tendencia a destruirse. Que podía ser, al mismo tiempo, el padre que le enseñaba a reconocer la belleza y el hombre que había causado algunas de las mayores heridas de su casa.

Para él, Francisco seguía siendo algo mucho más sencillo.

El hombre que sabía oler el mundo.

Y mientras su padre pudiera inclinarse sobre un frasco, cerrar los ojos y encontrar dentro lo que nadie más encontraba, Alejandro todavía creía que todo podía arreglarse.

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CAPÍTULO 03

Alejandro Montalvo

Alejandro Montalvo llegó a la casa de los Montemayor poco antes de las siete de la tarde.

No llamó a la puerta principal.

Rodeó la casa por el costado, atravesó el pequeño jardín y golpeó dos veces el vidrio de la puerta que daba al laboratorio. Francisco levantó la mirada desde la mesa de trabajo y sonrió antes incluso de verlo entrar.

—Llegas tarde.

—Llegué cuando dije que llegaría.

Francisco miró el reloj de pared.

—Entonces tu problema es más grave de lo que pensaba. Ya empezaste a creer tus propias mentiras.

Montalvo negó con la cabeza y dejó el saco sobre una silla.

Había pocas personas capaces de hablarle así. En las oficinas del grupo, ejecutivos con veinte años de experiencia elegían cuidadosamente las palabras antes de contradecirlo. Francisco, en cambio, llevaba toda la vida tratándolo como al mismo muchacho silencioso con quien había compartido pupitre.

Quizá por eso seguía viniendo.

El laboratorio era pequeño comparado con las instalaciones de Grupo Montalvo, pero tenía algo que aquellas salas impecables nunca habían conseguido conservar. Frascos de distintos tamaños cubrían las estanterías. Había papeles escritos a mano, pipetas, cuadernos, tiras olfativas y cajas con materias primas llegadas de distintos lugares del mundo. El aire cambiaba ligeramente dependiendo de dónde uno se detuviera.

Francisco podía caminar por allí con los ojos cerrados.

Alejandro Montalvo no.

—¿Y bien? —preguntó.

Francisco tomó un pequeño frasco de vidrio y lo hizo girar entre los dedos.

—Está terminado.

Montalvo permaneció quieto.

La sonrisa desapareció de su rostro.

—¿Terminado?

—Terminado.

Francisco dijo la palabra con una tranquilidad que a Montalvo le resultó sospechosa.

Durante años lo había escuchado decir casi, falta poco, todavía no, una prueba más. Con Francisco siempre existía una modificación pendiente, una materia prima que podía mejorarse, una proporción que todavía no alcanzaba la perfección que solo él parecía percibir.

Montalvo extendió la mano.

—Déjame probarlo.

Francisco retiró el frasco.

—El sábado.

—Estoy aquí.

—Y el sábado también vas a estar.

—Francisco.

—Alejandro.

Se observaron unos segundos.

Montalvo terminó sonriendo.

—Sigues siendo insoportable.

—Eso tampoco cambió.

Francisco dejó nuevamente el frasco sobre la mesa.

Desde el pasillo, Alejandro Montemayor observaba a los dos hombres sin entrar.

Tenía diez años y había aprendido que las conversaciones de los adultos podían dividirse en dos categorías: las que interrumpían cuando aparecía y las que fingían que él no entendía.

Aquella pertenecía a la segunda.

Su padre parecía diferente cuando estaba con Montalvo.

Más joven, pensaba Alejandro.

No físicamente. Había algo en la forma en que se hablaban. No necesitaban explicar demasiado. Algunas frases terminaban con una mirada. Otras empezaban en mitad de algo que el niño no conocía.

—¿Cuántas pruebas fueron? —preguntó Montalvo.

Francisco miró hacia una de las estanterías.

—Veintisiete.

—Por eso el nombre.

Francisco asintió.

—Iris 27.

Montalvo se acercó a la mesa.

—Sabes que cuando esto salga al mercado ya no habrá vuelta atrás.

Francisco soltó una risa breve.

—Eso es lo que espero.

—No estoy hablando del perfume.

Francisco dejó de sonreír.

Montalvo apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Hay demasiada gente preguntando.

—Siempre hay gente preguntando.

—No como ahora.

Francisco encendió una lámpara sobre el mesón.

—Garza.

Montalvo no respondió de inmediato.

Eso bastó.

—¿Otra vez? —preguntó Francisco.

—Han estado intentando averiguar quién hizo la última colección.

—Que sigan intentándolo.

—Han ofrecido dinero a empleados.

Francisco levantó las cejas.

—Eso es casi un cumplido.

—Para ti todo es un cumplido mientras no tengas que sentarte en una junta directiva.

—Por algo tú eres el empresario.

—Y por algo tú tienes prohibido entrar al edificio.

Francisco lo miró.

El comentario cayó entre ambos con más peso del que Montalvo había querido darle.

Desde el pasillo, Alejandro percibió el cambio aunque no comprendió su origen.

Su padre apartó la mirada.

—No necesito entrar.

—No dije que lo necesitaras.

—Pero lo pensaste.

Montalvo suspiró.

—Lo que pienso es que ya hicimos esto antes.

Francisco apoyó una mano en la mesa.

—No.

—¿No?

—Antes yo estaba convencido de que podía hacer cualquier cosa y después arreglarla. Ahora sé que algunas cosas no se arreglan.

Durante unos segundos ninguno habló.

Alejandro niño vio que su padre miraba hacia una fotografía colocada sobre una repisa.

No alcanzaba a verla desde donde estaba, pero sabía cuál era.

Iris.

Montalvo también miró hacia allí.

—No tienes que demostrarme nada —dijo.

Francisco volvió los ojos hacia él.

—No te lo estoy demostrando a ti.

—Entonces deja que te paguemos como corresponde.

—No.

—Francisco.

—No quiero dinero por este perfume.

Montalvo endureció el gesto.

—No vuelvas a empezar con eso.

—No estoy empezando nada.

—Has trabajado años.

—Lo sé.

—Has gastado una fortuna.

Francisco sonrió apenas.

—También lo sé.

—Y quieres entregármelo gratis.

—Quiero entregártelo.

—No es lo mismo.

—Para mí sí.

Montalvo se alejó de la mesa.

Alejandro no entendía por qué aquello parecía una discusión. Su padre estaba ofreciendo algo y Montalvo parecía molesto por recibirlo.

—No necesito que me pagues nada —continuó Francisco—. Ya hiciste bastante.

—No estamos hablando de nosotros.

—Yo sí.

Montalvo lo observó.

Francisco habló más despacio.

—Cuando nadie quería volver a escuchar mi nombre, tú lo pusiste otra vez sobre una mesa.

—Porque todavía eras bueno.

—No.

—Francisco...

—Porque eras mi amigo.

Montalvo bajó la mirada.

El niño permaneció inmóvil en el pasillo.

Aquello sí lo entendía.

Su padre continuó:

—Lo demás me da igual. Porcentaje, regalías, contratos. Quédatelo.

Montalvo levantó la cabeza.

—No voy a quedármelo.

—Haz con él lo que sabes hacer.

—Eso tampoco es lo mismo.

—Para mí lo es.

Francisco tomó el frasco otra vez.

Lo sostuvo a contraluz.

—Si funciona como creo, vas a producirlo en Dubái, vas a llenar tiendas, aeropuertos, hoteles... harás todas esas cosas que haces cuando decides conquistar un mercado.

Montalvo sonrió ligeramente.

—Qué concepto tan rudimentario tienes de mi trabajo.

—Vendes cosas.

—Dirijo un conglomerado.

—Vendes muchas cosas.

Montalvo soltó una carcajada.

La tensión se quebró durante unos segundos.

Francisco miró nuevamente el frasco.

—Yo solo quiero que Iris esté ahí.

Montalvo dejó de reír.

Francisco no necesitó explicar más.

—Entonces por lo menos déjame decidir cómo reconocer tu trabajo —dijo Montalvo.

—Puedes reconocerlo fabricándolo bien.

—Eso suena mucho más caro.

—Conociéndote, encontrarás la manera.

Alejandro niño dio un paso involuntario hacia adelante.

El piso crujió.

Ambos hombres giraron.

—¿Cuánto llevas ahí? —preguntó Francisco.

Alejandro se encogió de hombros.

—No sé.

—Respuesta conveniente.

Montalvo sonrió.

—La aprendió de ti.

Francisco le hizo una seña para que entrara.

Alejandro caminó hasta la mesa.

—¿Qué es eso?

Su padre miró el pequeño frasco.

—Un perfume.

—¿El de Iris?

Francisco guardó silencio un instante.

—Sí.

Alejandro quiso acercar la mano.

Francisco apartó el frasco con suavidad.

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Porque quiero que lo recuerdes cuando llegue el momento.

El niño frunció el ceño.

—Puedo recordarlo ahora.

Montalvo volvió a sonreír.

—Tiene razón.

Francisco lo señaló.

—No lo ayudes.

—Solo reconozco un buen argumento.

Francisco guardó el frasco en una pequeña caja.

—El sábado.

Alejandro miró a Montalvo.

—¿Tú también vas a estar?

—Tu padre insiste.

—Porque alguien tiene que pagar la cena —dijo Francisco.

Montalvo tomó su saco.

—Después de regalarme un perfume que según tú va a cambiar la historia, podrías pagarla tú.

Francisco abrió la puerta del laboratorio.

—Precisamente por eso ya cumplí con mi parte.

Montalvo se detuvo antes de salir.

Durante un momento desapareció la sonrisa.

—Cuídate, Francisco.

La frase pareció demasiado seria para una despedida corriente.

Francisco lo notó.

—Estoy bien.

—Eso dices siempre.

—Esta vez es verdad.

Montalvo lo observó unos segundos más.

Después miró a Alejandro.

—Nos vemos el sábado.

—Sí.

Montalvo se marchó por el jardín.

Alejandro permaneció junto a la ventana hasta verlo desaparecer detrás de la reja.

—Papá.

—¿Qué?

—¿Por qué le vas a regalar Iris?

Francisco empezó a ordenar la mesa.

—Porque algunas cosas no se pagan con dinero.

—Pero él tiene mucho.

Francisco sonrió.

—Por eso probablemente le cueste entenderlo.

Alejandro siguió mirando hacia la puerta.

—¿Es tu mejor amigo?

Francisco dejó de ordenar.

Pareció pensar la respuesta.

—Es el amigo que todavía está aquí.

Al niño no le pareció una respuesta especialmente buena, pero conocía suficientemente a su padre para saber cuándo no obtendría otra.

Isabel llamó a Alejandro desde el interior de la casa.

—Ve con tu madre —dijo Francisco.

—¿Y tú?

—Tengo que guardar algunas cosas.

Alejandro salió del laboratorio, pero a mitad del pasillo recordó que había dejado un cuaderno sobre una silla.

Regresó.

La puerta estaba entreabierta.

Su padre no estaba junto a la mesa.

Alejandro empujó lentamente.

Francisco se encontraba al fondo de la habitación, frente a un mueble que el niño había visto cientos de veces. Había retirado una pequeña pieza de madera y, detrás de ella, aparecía una abertura que Alejandro nunca había notado.

Su padre sostenía una carpeta gruesa.

La colocó dentro.

Después cerró una pequeña puerta metálica y volvió a encajar la madera en su lugar.

Alejandro permaneció inmóvil.

Francisco giró.

—¿Qué haces ahí?

—Olvidé mi cuaderno.

Su padre miró hacia la silla.

—Entonces llévatelo.

Alejandro entró, tomó el cuaderno y volvió a mirar el mueble.

—¿Qué guardaste?

Francisco siguió su mirada.

—Trabajo.

—¿Por qué ahí?

—Porque hay trabajos que uno no puede darse el lujo de perder.

Alejandro aceptó la respuesta con la facilidad con que los niños aceptan aquello que todavía no saben que algún día será importante.

Tomó su cuaderno y salió.

Detrás de él, Francisco apagó las luces del laboratorio.

Tres días después llevaría a la cena un pequeño frasco de vidrio.

La carpeta permanecería en la casa.

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CAPÍTULO 04

La casa que se perdió

La clínica olía a desinfectante, café recalentado y aire acondicionado.

Alejandro recordaría ese olor durante años.

No las palabras exactas de los médicos. No el color de las paredes. Ni siquiera cuánto tiempo permanecieron allí.

Recordaría el olor.

Estaba sentado en una silla de plástico, con los pies apenas tocando el suelo, mientras Isabel hablaba con una enfermera al otro extremo del pasillo.

Nadie le había explicado nada con claridad.

Solo sabía que su padre había entrado por una puerta y que nadie lo había visto salir.

Había demasiados adultos hablando en voz baja.

Demasiadas miradas que se apartaban cuando él levantaba la cabeza.

Alejandro observaba.

Siempre había observado.

Un médico salió de una de las habitaciones con una carpeta debajo del brazo. Se detuvo frente a otro hombre que Alejandro no conocía.

Era joven.

Mucho más joven que su padre.

No llevaba bata.

Alejandro solo pudo verlo de perfil durante unos segundos.

El hombre dijo algo.

El médico negó lentamente con la cabeza.

Entonces el desconocido sacó un sobre y se lo entregó.

El movimiento fue rápido.

Casi insignificante.

El médico miró hacia ambos lados antes de tomarlo.

Alejandro frunció el ceño.

El hombre se marchó sin mirar hacia donde él estaba.

Años más tarde, Alejandro intentaría reconstruir aquel rostro.

Nunca podría hacerlo.

Recordaba una mandíbula.

La forma de los hombros.

Una mano extendiendo un sobre.

Nada más.

—Alejandro.

Levantó la cabeza.

Isabel estaba frente a él.

Parecía distinta.

Como si hubiera envejecido durante los minutos que llevaba de pie en aquel pasillo.

—Ven conmigo.

Alejandro se puso de pie.

—¿Dónde está papá?

Isabel cerró los ojos un instante.

Después tomó su mano.

—Tenemos que hablar.

Alejandro no quiso escuchar.

No porque supiera lo que ella iba a decir.

Sino porque, por primera vez, comprendió que había cosas que podían hacerse reales únicamente cuando alguien las pronunciaba.

Isabel se agachó frente a él.

Tenía los ojos hinchados.

—Tu papá murió.

Alejandro no respondió.

Miró detrás de ella.

Como si Francisco pudiera aparecer al final del pasillo y corregirla.

Isabel apretó su mano.

—Lo siento.

Alejandro siguió mirando.

Nada ocurrió.

—Pero estaba bien —dijo finalmente.

Isabel intentó responder, pero no pudo.

El médico se acercó unos minutos después.

Era el mismo que había recibido el sobre.

Alejandro lo reconoció.

Habló con Isabel en términos que el niño apenas entendía. Una complicación repentina. Un problema inesperado. Una muerte que, según decía, podía ocurrir sin aviso.

Causas naturales.

Esa expresión sí quedó.

Causas naturales.

Alejandro miró al médico mientras hablaba.

Después miró hacia el lugar donde había visto al hombre joven.

No dijo nada.

El velorio se hizo en la casa.

Isabel había querido que fuera allí.

Francisco había llenado aquellas habitaciones con demasiadas cosas como para despedirlo en un sitio ajeno.

Durante toda la mañana entraron personas que Alejandro apenas conocía.

Familiares.

Antiguos colegas.

Vecinos.

Personas de Grupo Montalvo.

Gente que hablaba de Francisco como si existieran varios hombres con el mismo nombre.

Uno brillante.

Otro imposible.

Uno generoso.

Otro irresponsable.

Uno que podía entrar a una habitación y hacer que todos quisieran escucharlo.

Otro que había pasado años intentando desaparecer de sí mismo.

Alejandro permanecía cerca de una ventana.

Odiaba cada historia.

Le molestaba que otras personas hablaran como si su padre también les perteneciera.

Alejandro Montalvo llegó poco después del mediodía.

No entró acompañado.

Vestía un traje oscuro y llevaba el rostro completamente rígido.

Varias personas se acercaron a saludarlo.

Él respondió apenas.

Después buscó a Isabel.

Alejandro lo observó cruzar la sala.

Montalvo abrazó a su madre.

Isabel permaneció inmóvil durante unos segundos antes de corresponder.

Alejandro no pudo escuchar lo que dijeron.

Pero vio a Montalvo apartarse y tomarla por los hombros.

Isabel negó.

Él volvió a decir algo.

Ella negó otra vez.

Después Montalvo miró hacia Alejandro.

Sus ojos se encontraron.

El hombre se acercó.

—¿Cómo estás?

Alejandro lo miró sin responder.

La pregunta le pareció estúpida.

Montalvo pareció comprenderlo.

—Perdón.

Alejandro seguía observándolo.

—¿Tú estabas con él?

Montalvo tardó un instante en contestar.

—Sí.

—Cuando murió.

—Sí.

—¿Qué pasó?

Montalvo miró hacia Isabel.

—Fue muy rápido.

—El médico dijo que fue natural.

Montalvo volvió los ojos hacia él.

—Eso dijeron.

Alejandro percibió algo extraño en la respuesta.

No sabía exactamente qué.

Solo que no había sonado como una confirmación.

—Mi papá te dio el perfume.

Montalvo se quedó quieto.

—Sí.

—¿Lo tienes?

—Sí.

Alejandro sintió una presión incómoda en el pecho.

Su padre estaba muerto.

Montalvo tenía Iris 27.

Aquello, para un niño de diez años, era una ecuación demasiado sencilla.

Antes de que pudiera preguntar algo más, dos hombres entraron en la casa.

Nadie pareció conocerlos.

No se acercaron al lugar donde estaban los familiares.

No ofrecieron condolencias.

Uno de ellos miró alrededor de la sala como quien inspecciona una propiedad.

El otro preguntó por Isabel.

Alejandro Montalvo los vio.

Su expresión cambió.

Caminó hacia ellos antes de que pudieran acercarse.

—¿Quiénes son ustedes?

El mayor de los dos lo miró.

—Necesitamos hablar con la señora Montemayor.

—Este no es el momento.

—Para nosotros sí.

Montalvo dio un paso hacia él.

—Se van.

El hombre sonrió sin humor.

—Esto no tiene nada que ver con usted.

—Ahora sí.

Isabel apareció detrás.

—¿Qué pasa?

Los hombres la miraron.

—Señora Montemayor.

Uno de ellos sacó una carpeta.

—Tenemos asuntos pendientes con su marido.

Isabel palideció.

—Mi marido está muerto.

—Precisamente.

Montalvo se interpuso ligeramente.

—Todo lo que tengan que decir puede esperar.

—No puede.

El hombre abrió la carpeta.

Isabel miró los papeles.

Al principio pareció no entender.

Después pasó una página.

Luego otra.

—Esto no puede ser.

—Está firmado.

—Francisco no me dijo nada de esto.

—Eso ya no podemos discutirlo con él.

Alejandro observaba desde lejos.

No comprendía las cifras.

Solo veía cómo el rostro de su madre iba perdiendo color.

—¿Cuánto? —preguntó ella.

El hombre mencionó una cantidad.

Alejandro no entendió el número.

Montalvo sí.

—Eso es absurdo.

El hombre lo miró.

—No le estamos preguntando.

—Yo voy a revisar cada documento.

—Puede hacer lo que quiera.

Montalvo tomó uno de los papeles.

Lo leyó.

—¿La casa?

Isabel levantó la cabeza.

—¿Qué pasa con la casa?

Nadie respondió inmediatamente.

Entonces ella se la quitó de las manos a Montalvo.

Leyó.

Se quedó inmóvil.

—No.

El hombre señaló una de las hojas.

—La propiedad está vinculada a la deuda.

—Esta casa es de mi familia.

—Era propiedad de su marido.

Isabel negó.

—Él la compró para nosotros.

—Y la comprometió.

Alejandro oyó esas palabras desde el pasillo.

Comprometió.

Propiedad.

Deuda.

No entendía cómo una casa podía deber dinero.

Montalvo cerró la carpeta.

—Yo pago.

Isabel lo miró.

—No.

—Isabel.

—No.

—No vas a discutir esto ahora.

—No quiero tu dinero.

Montalvo bajó la voz.

—Esto no es sobre querer.

—Francisco ya aceptó suficiente de ti.

La frase lo golpeó.

Montalvo quedó en silencio.

Los dos hombres intercambiaron una mirada.

Uno de ellos sacó un bolígrafo.

—Podemos resolver una parte hoy.

Isabel lo miró.

—¿Una parte?

—La casa cubre una porción.

Ella tardó varios segundos en comprender.

—¿Todavía quedaría deuda?

El hombre cerró la carpeta.

—Señora, debería alegrarse de que estemos hablando únicamente de propiedades.

Montalvo dio un paso adelante.

—Mide muy bien lo que dices.

El hombre levantó ambas manos.

—No vine a crear problemas.

—Entonces desaparece.

—Cuando esto esté firmado.

Isabel miró hacia la sala.

Había personas despidiendo a Francisco a pocos metros.

Una mujer colocaba flores.

Alguien lloraba en silencio.

Y en medio de todo aquello, dos desconocidos estaban explicándole que ya no tenía casa.

Alejandro apareció en la puerta.

—Mamá.

Isabel giró.

Intentó cambiar la expresión.

No lo consiguió.

—Ve con tu tía.

—¿Nos van a quitar la casa?

Nadie respondió.

Alejandro miró a los dos hombres.

Después a Montalvo.

—¿Por qué?

Isabel caminó hacia él.

—No pasa nada.

—Sí pasa.

—Alejandro.

—Dijeron la casa.

Montalvo intervino.

—Tu madre y yo vamos a arreglarlo.

El niño lo miró.

—¿Tú?

Montalvo se detuvo.

Había algo en aquella pregunta.

No era gratitud.

Era desconfianza.

—Sí.

Alejandro miró a su madre.

—No quiero que él arregle nada.

Isabel cerró los ojos.

Montalvo no dijo nada.

La conversación continuó en el despacho de Francisco.

Isabel firmó documentos.

No todos.

Solo los necesarios para reconocer la deuda y comenzar la entrega de la propiedad.

Montalvo insistió en que un abogado debía revisar el resto.

Los hombres aceptaron porque sabían que ya habían conseguido lo importante.

Antes de marcharse, uno de ellos dejó una tarjeta sobre el escritorio.

—Tienen poco tiempo.

Montalvo tomó la tarjeta y la rompió por la mitad.

El hombre lo miró.

—Eso no cambia la deuda.

—No —respondió Montalvo—. Pero mejora la mesa.

Los hombres se marcharon.

Isabel se dejó caer en una silla.

Durante varios minutos nadie habló.

Después miró alrededor.

El despacho todavía olía a Francisco.

Tabaco viejo.

Papel.

Madera.

Una fragancia que había quedado impregnada en las cortinas.

—No sabía nada —dijo Isabel.

Montalvo permaneció frente a ella.

—Lo sé.

—No sabía cuánto debía.

—Lo sé.

—¿Tú sabías?

La pregunta lo obligó a bajar la mirada.

—Sabía que tenía problemas.

—¿Cuánto?

—No esto.

Isabel se levantó.

—Siempre supiste más que yo.

—No.

—Siempre.

—Isabel...

—Cada vez que Francisco caía, tú aparecías para levantarlo.

Montalvo no respondió.

—Abogados. Trabajo. Dinero. Otra oportunidad.

—Era mi amigo.

—Y yo era su esposa.

El silencio se volvió pesado.

Isabel respiró lentamente.

—Yo debería haber sabido.

—Él se aseguró de que no supieras.

Ella lo miró con rabia.

—Eso no lo hace mejor.

—No.

Montalvo se acercó.

—Déjame pagar la deuda.

—No.

—No seas orgullosa ahora.

—No es orgullo.

—Entonces dime qué es.

Isabel apretó los labios.

—Estoy cansada de vivir alrededor de las consecuencias de Francisco.

Montalvo no tuvo respuesta.

Desde el pasillo, Alejandro escuchaba.

No debía estar allí.

Pero nadie se había dado cuenta.

—Tengo que sacar a mi hijo de aquí —dijo Isabel.

Montalvo levantó la mirada.

—¿Adónde?

—Francia.

—¿Grasse?

Ella asintió.

—Mi hermana está allá.

—Puedo ayudarlos.

Isabel negó automáticamente.

Después miró hacia la puerta.

Alejandro retrocedió antes de que ella pudiera verlo.

Cuando volvió a hablar, su voz había cambiado.

—No tengo dinero.

Montalvo permaneció inmóvil.

Isabel pronunció las siguientes palabras con dificultad.

—No tengo casa.

Otra pausa.

—No tengo nada.

Montalvo se acercó y se sentó frente a ella.

—Tienes a Alejandro.

Isabel bajó la cabeza.

—Entonces ayúdame a sacarlo de México.

Esa noche, cuando el último visitante se marchó, Alejandro recorrió la casa.

Entró a su habitación.

Abrió cajones.

Tocó los libros.

Miró por la ventana hacia el jardín.

Hasta aquella mañana nunca había pensado que una casa pudiera dejar de pertenecerte.

Las casas simplemente estaban.

Eran el lugar al que uno regresaba.

Pero ahora sabía que podían desaparecer sin moverse.

Pasó frente al laboratorio.

La puerta estaba cerrada.

Pensó en su padre.

En Iris 27.

En Montalvo.

En los hombres.

En el médico.

En el sobre.

Todo parecía formar parte de una misma historia, aunque todavía no supiera ordenarla.

Encontró a Isabel en el dormitorio guardando documentos en una maleta.

—¿Nos vamos?

Ella dejó lo que tenía entre las manos.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Pronto.

—¿A Francia?

Isabel asintió.

Alejandro la miró.

—Montalvo va a pagar.

Ella tardó un segundo.

—Nos va a ayudar.

—¿Por qué?

—Porque quería a tu padre.

Alejandro bajó la mirada.

—También quería su perfume.

Isabel se quedó quieta.

—No digas eso.

—Lo tiene él.

—Tu padre se lo dio.

—Y ahora papá está muerto.

Isabel caminó hasta él.

—Escúchame.

Alejandro no levantó la cabeza.

—Alejandro Montalvo no mató a tu padre.

El niño apretó los labios.

—No lo sabes.

Isabel sostuvo su rostro entre las manos.

—Sí lo sé.

—¿Cómo?

Ella abrió la boca.

No encontró una respuesta que pudiera explicar treinta años de amistad, errores, lealtades, recaídas y segundas oportunidades a un niño de diez años.

—Porque conocía a tu padre.

Alejandro apartó el rostro.

Para él, aquello no era una prueba.

Aquella noche se acostó por última vez en su habitación.

No durmió.

Desde la cama podía escuchar a Isabel moverse por la casa, abrir cajones, cerrar maletas.

Afuera, Ciudad de México continuaba como si nada hubiera ocurrido.

Francisco estaba muerto.

Iris 27 estaba en manos de Alejandro Montalvo.

Unos desconocidos se habían quedado con la casa.

Y el mismo hombre que, según su madre, había querido a su padre como a un hermano, estaba pagando para que ellos abandonaran el país.

Alejandro todavía no sabía qué significaba todo aquello.

Pero ya había empezado a buscar un culpable.

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CAPÍTULO 05

El niño bajo el cuerpo del padre

Durante años, Alejandro no supo si aquel recuerdo había ocurrido exactamente como lo conservaba.

En su memoria, el cuerpo de su padre era enorme.

No por el tamaño, sino porque ocupaba todo.

El suelo del restaurante. Las manos de su madre. Las voces de los adultos. El aire. El perfume roto. La luz demasiado blanca. Incluso el espacio que Alejandro intentaba atravesar para llegar hasta él.

Recordaba haber avanzado entre piernas, sillas y brazos que se cruzaban delante de su cara. Recordaba a alguien sujetándolo por los hombros. Recordaba la tela oscura del saco de Francisco muy cerca de sus manos.

Y recordaba, sobre todo, una sensación absurda: estar debajo de su padre sin estar realmente debajo de él.

Como si todo lo que Francisco había sido hubiera caído encima de su hijo aquella noche.

Cuando abrió los ojos, todavía estaba en su habitación.

La casa permanecía en silencio.

Por un instante creyó que nada había sucedido.

Luego vio la maleta abierta junto a la pared.

Y volvió todo.

Francisco estaba muerto.

La casa ya no era de ellos.

Se iban a Francia.

Alejandro permaneció acostado unos minutos, mirando el techo.

No había dormido bien. Cada vez que cerraba los ojos regresaban cosas distintas: el vino sobre el mantel, la voz del médico, el hombre del sobre, los dos desconocidos hablando con su madre, Montalvo diciendo que arreglaría todo.

No había una historia completa.

Solo piezas.

Se levantó y salió al pasillo.

Isabel estaba en el dormitorio guardando ropa. Había dejado dos maletas abiertas sobre la cama y una caja con documentos en el suelo. Se movía rápido, con una precisión que no tenía nada que ver con calma.

Era la manera en que su madre evitaba detenerse.

Alejandro se quedó en la puerta.

—¿Nos vamos hoy?

Isabel no dejó de doblar una camisa.

—Mañana temprano.

—Dijiste pronto.

—Esto es pronto.

—¿Y mis cosas?

—Lleva lo que puedas.

—¿Y lo demás?

Isabel se detuvo.

Miró alrededor de la habitación como si hasta ese momento no hubiera considerado que todo lo demás también existía.

—No podemos llevarnos todo.

Alejandro bajó la vista.

No era una frase especialmente complicada.

Sin embargo, le pareció injusta.

Los adultos podían perder una casa con firmas. Podían decidir que una vida entera no cabía en dos maletas. Podían llamar natural a una muerte ocurrida durante una cena y esperar que un niño aceptara que las cosas simplemente eran así.

—Yo quiero ir al laboratorio.

Isabel cerró la maleta a medias.

—No tardes.

Alejandro atravesó el pasillo.

La puerta del laboratorio estaba sin llave.

La abrió despacio.

El olor seguía allí.

Eso fue lo primero que lo golpeó.

No era Iris 27. Era Francisco.

Alcohol de perfumería. Papel viejo. Madera. Tiras olfativas. Restos de resinas. Tabaco antiguo en una chaqueta colgada detrás de la puerta. El olor tenue de las manos de su padre impregnado en objetos que nadie había tocado desde su muerte.

Alejandro respiró.

Una vez.

Luego otra.

No sabía qué estaba buscando.

Quizá una explicación.

Sobre la mesa quedaban frascos etiquetados con números, fórmulas incompletas, lápices y una taza con café seco en el fondo. Nada parecía saber que Francisco estaba muerto.

Alejandro abrió un cajón.

Después otro.

Encontró etiquetas, recibos, guantes, papeles doblados y pequeños frascos de muestra.

Nada que dijera quién había matado a su padre.

Nada que explicara por qué Montalvo tenía Iris 27.

Nada sobre el hombre del sobre.

Se arrodilló frente a un mueble bajo.

Abrió dos puertas.

Solo había cajas.

Las sacó una por una.

Materiales. Libretas viejas. Fotografías de viajes. Sobres con correspondencia que no entendía.

Entonces levantó la cabeza.

Algo en el mueble del fondo le resultó familiar.

No supo por qué.

Se acercó.

Era el mismo mueble frente al que había visto a su padre unos días antes, aunque el recuerdo no llegó completo. Solo apareció una imagen breve: Francisco de espaldas, una carpeta entre las manos, madera moviéndose.

Alejandro apoyó los dedos sobre la superficie.

Buscó una manija.

No encontró nada.

Volvió a mirar.

La sensación desapareció tan rápido como había llegado.

—Alejandro.

Se sobresaltó.

Isabel estaba en la puerta.

—¿Qué haces?

—Buscando.

—¿Qué?

Alejandro miró alrededor.

—No sé.

Isabel entró.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, respirando el mismo aire que él.

La dureza de su rostro cambió.

No lloró.

Alejandro habría preferido que lo hiciera.

Ella caminó hasta la mesa de Francisco y comenzó a reunir algunos papeles.

Entre ellos encontró una libreta de cubierta oscura.

La reconoció de inmediato.

Francisco la había usado durante años.

No era un diario. Era una mezcla imposible de fórmulas, observaciones, ejercicios, nombres de materias primas y frases escritas en los márgenes.

Alejandro extendió la mano.

—Dámela.

Isabel la sostuvo contra el pecho.

—No.

—Era de papá.

—Precisamente.

—Yo también soy su hijo.

Isabel cerró los ojos un instante.

—Lo sé.

—Entonces dámela.

—Todavía no.

Alejandro sintió rabia.

—Todo es todavía no.

Isabel lo miró.

—¿Qué quieres decir?

—Nada.

—Alejandro.

Él se volvió hacia la mesa.

—Montalvo tiene el perfume.

Isabel no respondió.

—Papá murió y él tiene el perfume.

—Tu padre se lo entregó.

—Eso dices tú.

La frase hizo que Isabel cambiara.

No levantó la voz inmediatamente.

Eso fue peor.

—Mírame.

Alejandro no quiso.

—Mírame.

Lo hizo.

—No vuelvas a insinuar que Alejandro Montalvo mató a tu padre.

—¿Por qué?

—Porque no lo hizo.

—No puedes saberlo.

—Sí puedo.

—¿Cómo?

Isabel apretó la libreta entre las manos.

—Porque Alejandro Montalvo pasó más años intentando salvar a tu padre de los que tu padre pasó intentando salvarse a sí mismo.

El niño se quedó quieto.

Era la primera vez que su madre hablaba así de Francisco desde la muerte.

No con crueldad.

Con cansancio.

—Le dio trabajo cuando nadie lo quería cerca. Pagó abogados cuando yo ni siquiera sabía qué hacer. Lo ayudó más veces de las que debería haberlo ayudado.

Alejandro sintió que aquello no respondía nada.

—También quería Iris.

—Tu padre quería dársela.

—Y ahora él se queda con todo.

Isabel respiró lentamente.

—No entiendes lo que estás diciendo.

—Sí entiendo.

—No. Tienes diez años.

La frase lo hirió más de lo que Isabel pretendía.

—Yo estaba ahí.

—Yo también.

—Yo vi cosas.

Isabel lo miró con atención.

Por un segundo, Alejandro estuvo a punto de contarle lo del hombre en la clínica.

La mano.

El sobre.

El médico mirando alrededor antes de recibirlo.

Las palabras estuvieron cerca.

Pero no salieron.

No sabía por qué.

Quizá porque temía que su madre encontrara también una explicación para aquello.

Quizá porque era la única pieza de la noche que todavía le pertenecía solo a él.

—¿Qué viste? —preguntó Isabel.

Alejandro bajó la mirada.

—Nada.

Ella esperó.

Él no agregó nada más.

Isabel guardó la libreta de Francisco dentro de su maleta.

—Algún día te la voy a dar.

Alejandro no contestó.

—Cuando puedas entender lo que hay ahí.

—Ya puedo entender.

—No todavía.

Otra vez aquella palabra.

Isabel salió del laboratorio.

Alejandro permaneció solo.

Miró el mueble del fondo una última vez.

La sensación de reconocer algo regresó apenas, pero no consiguió atraparla.

Después apagó la luz.

Por la tarde llegó Alejandro Montalvo.

No llevaba traje.

Era la primera vez que Alejandro niño lo veía vestido de manera casi común: camisa clara, pantalón oscuro, el rostro cansado.

Traía documentos de viaje y una carpeta con información que entregó a Isabel en el comedor.

—Está arreglado —dijo.

Alejandro escuchaba desde la escalera.

—Mi hermana nos espera —respondió Isabel.

—Hablé con ella esta mañana.

Isabel levantó la mirada.

—¿Hablaste con mi hermana?

—Necesitaba asegurarme de que tendrían dónde llegar.

—No tenías que hacerlo.

—Sí tenía.

Isabel no discutió.

Montalvo puso otro sobre sobre la mesa.

—Esto es para los primeros meses.

—Alejandro...

—No me lo devuelvas.

—No puedo seguir aceptando dinero tuyo.

—No es para ti.

Montalvo miró hacia la escalera.

Sabía que el niño estaba allí.

—Es para él.

Alejandro bajó dos escalones.

Montalvo sostuvo su mirada.

—Tu padre habría hecho lo mismo por Jazmín.

Alejandro pensó que era imposible saberlo.

Su padre estaba muerto.

Los muertos servían para justificar muchas cosas porque ya no podían discutirlas.

—¿Por qué quieres que nos vayamos? —preguntó.

Isabel cerró los ojos.

—Alejandro...

Montalvo levantó una mano.

—Déjalo.

Miró al niño.

—Porque aquí tu madre tiene problemas que no debería tener que resolver ahora.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—Tú te quedas.

Montalvo tardó en entender.

—Sí.

—Con el perfume.

El silencio cambió.

Isabel se levantó.

—Basta.

Pero Montalvo siguió mirando a Alejandro.

—Iris 27 no me pertenece como tú crees.

—Lo tienes tú.

—Sí.

—Entonces te pertenece.

Montalvo pareció buscar una respuesta sencilla.

No la encontró.

—Tu padre me lo entregó porque confiaba en mí.

Alejandro sintió que la frase confirmaba exactamente lo contrario de lo que Montalvo quería decir.

Francisco confiaba en él.

Francisco estaba muerto.

Montalvo tenía el perfume.

Y ahora pagaba para sacar del país a la viuda y al hijo.

Para un adulto podían existir cientos de explicaciones.

Para un niño bastaba una sola.

—Yo no confío en ti —dijo Alejandro.

Isabel se quedó inmóvil.

Montalvo no respondió durante varios segundos.

Cuando lo hizo, no parecía ofendido.

Solo triste.

—No tienes por qué hacerlo ahora.

Alejandro dio media vuelta y subió las escaleras.

Esa noche guardó pocas cosas.

Dos libros.

Una fotografía de Iris.

Una camisa que había sido de Francisco y que Isabel le permitió llevar aunque le quedara enorme.

Un pequeño estuche con tiras olfativas.

Y un frasco vacío que había encontrado en el laboratorio.

No tenía perfume.

Pero todavía conservaba algo del olor de su padre.

Alejandro lo envolvió en una camiseta y lo puso en el fondo de la maleta.

Después se sentó en el suelo.

Pensó en el hombre del hospital.

Por primera vez intentó obligarse a recordar su cara.

No pudo.

Recordó el perfil.

Los hombros.

El movimiento de la mano.

El sobre pasando de un hombre a otro.

Nada más.

No se lo diría a su madre.

No todavía.

Tal vez nunca.

El recuerdo quedó guardado en él de la misma manera que la libreta de Francisco había quedado guardada en la maleta de Isabel.

Sin explicación.

Esperando.

Alejandro se acostó vestido.

A través de la ventana veía una parte del jardín y la oscuridad detrás del laboratorio.

Al día siguiente dejaría esa casa.

Dejaría la ciudad.

Dejaría el país.

Pero había algo que no estaba dispuesto a dejar.

La pregunta.

No sabía todavía qué era una investigación.

No sabía cómo se probaba un crimen.

No sabía que durante años llamaría verdad a cosas que en realidad eran sospechas.

Solo sabía que su padre había entrado vivo a una cena y no había regresado.

Que un médico había dicho causas naturales mientras escondía un sobre.

Que Alejandro Montalvo tenía Iris 27.

Y que todos los adultos parecían tener explicaciones que no alcanzaban para él.

Alejandro cerró los ojos.

Esta vez no intentó dormir.

Se hizo una promesa sencilla, infantil y absoluta.

Algún día sabría qué le habían hecho a su padre.

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CAPÍTULO 06

Exilio

La mañana en que abandonaron México, Alejandro despertó antes que su madre.

Durante unos segundos no recordó nada.

Vio el techo de su habitación, la cortina moviéndose apenas con el aire y una caja abierta junto a la pared. Después volvió todo de golpe.

Su padre estaba muerto.

La casa ya no era de ellos.

Y ese día se iban.

Alejandro se quedó acostado sin moverse.

Había dormido vestido.

Isabel había intentado convencerlo de ponerse el pijama la noche anterior, pero él se había negado. No quería sacar más cosas de los cajones. No quería ordenar nada. Cada objeto que desaparecía dentro de una maleta hacía que la partida pareciera más definitiva.

Desde el pasillo llegó el sonido de una cremallera.

Después, pasos.

Alejandro se levantó.

La casa estaba irreconocible.

No porque estuviera vacía. Todavía quedaban muebles, cuadros, libros y objetos que nadie había tenido tiempo de decidir qué hacer con ellos.

Lo extraño eran las maletas.

Dos junto a la puerta principal.

Otra sobre una silla.

Una caja de documentos abierta en el comedor.

Isabel estaba frente al escritorio de Francisco.

Llevaba el mismo vestido oscuro del día anterior, aunque se había recogido el cabello y cambiado los zapatos. Parecía no haber dormido.

Alejandro se quedó en la puerta.

Ella tenía un cuaderno entre las manos.

Era grueso, con tapas oscuras, esquinas gastadas y páginas hinchadas por años de uso.

Alejandro lo reconoció.

Su padre lo llevaba casi siempre al laboratorio.

—¿Qué es?

Isabel levantó la mirada.

—Una libreta de tu padre.

—¿La de los perfumes?

Ella pasó el pulgar por el borde de las páginas.

—Una de ellas.

Alejandro entró.

—Dámela.

Isabel cerró el cuaderno.

—No.

—Es de papá.

—Lo sé.

—Entonces es mía.

La frase salió más dura de lo que pretendía.

Isabel lo observó durante unos segundos.

—Algún día.

—¿Cuándo?

—Cuando puedas entenderla.

—Ya entiendo.

Ella no discutió.

Guardó la libreta entre varias prendas dentro de su equipaje.

Alejandro sintió rabia.

No sabía contra quién.

Contra ella.

Contra Montalvo.

Contra Francisco.

Contra todos los adultos que parecían guardar información en cajas, sobres, escritorios y frases incompletas.

Miró hacia el pasillo que conducía al laboratorio.

—¿Puedo entrar?

Isabel siguió su mirada.

—Un momento.

Alejandro caminó hasta allí.

La puerta estaba abierta.

El laboratorio olía distinto sin Francisco.

Eso fue lo primero que notó.

Los mismos frascos seguían en las estanterías. Las mismas tiras de papel. Las mismas cajas. La mesa estaba exactamente donde siempre.

Pero faltaba algo.

No un objeto.

Una presencia.

Alejandro pasó los dedos por el borde de la mesa.

Encontró una tira olfativa abandonada.

La acercó a la nariz.

Quedaba apenas una nota seca, casi extinguida.

No sabía qué era.

Durante un segundo tuvo la sensación de que debía mirar hacia el fondo del laboratorio.

Había un mueble allí.

Lo observó.

Algo en él le resultó familiar.

Una imagen apareció apenas: su padre de espaldas, una mano, madera moviéndose.

Después desapareció.

Alejandro frunció el ceño.

Intentó recordar.

No pudo.

—Tenemos que irnos —dijo Isabel desde la puerta.

Alejandro dejó la tira sobre la mesa.

—¿Quién se va a quedar con todo esto?

Isabel tardó en responder.

—Todavía no lo sé.

—Los hombres de ayer.

Ella desvió la mirada.

—Vamos.

Alejandro salió sin volver a mirar el mueble.

Un automóvil negro esperaba frente a la casa.

Alejandro Montalvo estaba junto a él.

No había chófer visible. Solo otro vehículo estacionado unos metros más atrás y dos hombres que Alejandro no conocía.

Montalvo llevaba traje, pero no corbata.

Parecía cansado.

Cuando Isabel salió con las maletas, él caminó hacia ella.

—Déjame.

Tomó una de las maletas antes de que pudiera protestar.

—No tenías que venir —dijo Isabel.

—Sí tenía.

—Ya hiciste suficiente.

Montalvo la miró.

—No empieces otra vez.

No hubo energía en la discusión.

Isabel simplemente dejó que colocara el equipaje en el automóvil.

Alejandro permaneció en la entrada.

Miró hacia atrás.

La puerta estaba abierta.

Desde allí alcanzaba a ver una parte del recibidor, la escalera, un cuadro torcido.

Su casa.

O lo que hasta el día anterior había llamado así.

—Alejandro —dijo su madre.

Él no respondió.

Montalvo se acercó.

—Puedes llevar lo que quieras.

Alejandro lo miró.

—Ya no es nuestra.

Montalvo sostuvo su mirada.

—Todavía lo es hoy.

—Ayer dijeron que no.

Montalvo no corrigió la frase.

Alejandro bajó los escalones.

Antes de entrar al automóvil miró una última vez la fachada.

Intentó memorizarla.

La ventana de su habitación.

Las plantas de Isabel.

El camino lateral por donde Montalvo solía llegar al laboratorio de Francisco.

La puerta.

Pensó que algún día todo aquello podría cambiar.

No sabía que pasarían dieciocho años antes de volver a cruzarla.

El trayecto fue silencioso.

Alejandro iba junto a la ventana.

Isabel estaba a su lado.

Montalvo viajaba frente a ellos.

No iban hacia el aeropuerto que Alejandro conocía.

Al menos no hacia las terminales.

Después de atravesar varios controles y carreteras internas, el automóvil llegó a una zona apartada.

Alejandro vio hangares.

Vehículos de servicio.

Y después el avión.

Era más pequeño que los grandes aviones comerciales que había visto desde las terminales, pero mucho más elegante de cerca.

Blanco.

Líneas sobrias.

Una escalera ya estaba desplegada.

Alejandro miró a su madre.

—¿Vamos ahí?

Isabel asintió.

—Es el avión de Alejandro.

El niño volvió la mirada hacia Montalvo.

—¿Tuyo?

—De la empresa.

—Mamá dijo que era tuyo.

Montalvo casi sonrió.

—Tu madre simplifica las cosas.

—Mi papá decía que tú vendías cosas.

Esta vez Montalvo sí sonrió.

Fue apenas un instante.

—También simplificaba.

Alejandro no sonrió.

Personal de tierra comenzó a subir el equipaje.

Isabel observó el avión.

—Alejandro, esto es demasiado.

Montalvo negó.

—No.

—Podíamos tomar un vuelo normal.

—No quiero que pasen horas en una terminal.

—No estamos huyendo.

Montalvo la miró directamente.

—Francisco debía dinero a gente que no conocías. Ayer entraron a tu casa durante su velorio. No sabemos quién más puede aparecer hoy.

Isabel guardó silencio.

Montalvo suavizó la voz.

—Vas a subir a ese avión con tu hijo. Vas a llegar a Francia. Tu hermana va a estar esperándote. Lo demás lo voy a resolver desde aquí.

Alejandro escuchó cada palabra.

Lo demás lo voy a resolver.

No le gustó.

Todo parecía demasiado sencillo para Montalvo.

Su padre moría.

Montalvo resolvía.

Perdían la casa.

Montalvo resolvía.

No tenían dinero.

Montalvo resolvía.

Necesitaban desaparecer del país.

Montalvo tenía un avión.

Isabel tomó aire.

—Te lo voy a devolver.

—No.

—Alejandro.

—No me debes nada.

—Claro que sí.

Montalvo miró hacia el avión.

—Francisco ya hizo suficientes cuentas entre nosotros.

Isabel bajó la mirada.

Alejandro sintió que aquella frase escondía algo.

Casi todas las frases de los adultos parecían esconder algo.

Antes de subir, Isabel se apartó unos metros con Montalvo.

Alejandro no pudo escuchar todo.

Solo palabras sueltas.

Abogados.

Documentos.

Casa.

Deudas.

Grupo.

Francisco.

Después su madre abrazó a Montalvo.

Esta vez fue ella quien lo hizo primero.

Montalvo cerró los ojos durante un segundo.

Cuando se separaron, Isabel le dijo algo en voz muy baja.

Él asintió.

Después caminó hacia Alejandro.

El niño estaba junto a la escalera del avión.

—Tu madre me dice que no quieres irte.

—No dije eso.

—No necesitas decir todo para que se entienda.

Alejandro miró hacia la pista.

—¿Tú te vas a quedar?

—Sí.

—¿Con el perfume?

La pregunta lo tomó por sorpresa.

—Sí.

—¿Por qué?

Montalvo tardó un segundo.

—Porque tu padre me lo entregó.

Alejandro lo miró fijamente.

—¿Y qué vas a hacer con él?

—Nada.

—¿Nada?

—Guardarlo.

—Mi papá dijo que lo ibas a vender.

Montalvo respiró lentamente.

—Tu padre dijo muchas cosas.

—Dijo que era para ti.

—Sí.

—Entonces ahora es tuyo.

Montalvo negó.

—No funciona así.

—Sí funciona.

Había enojo en la voz del niño.

Montalvo lo percibió.

—Alejandro...

—Papá está muerto y tú tienes Iris.

Isabel se acercó.

—Basta.

—Es verdad.

—Sube al avión.

Alejandro no se movió.

Montalvo levantó una mano para detener a Isabel.

—Déjalo.

Ella lo miró.

—No sabe lo que está diciendo.

—Tiene diez años. No tiene por qué saberlo.

Montalvo volvió hacia Alejandro.

—No sé qué piensas de mí ahora.

Alejandro permaneció callado.

—Pero vas a necesitar cuidar a tu madre.

El niño apretó la mandíbula.

—¿Quién cuidó a mi padre?

Montalvo quedó inmóvil.

Isabel cerró los ojos.

Durante unos segundos solo se escucharon los motores auxiliares del avión y el movimiento distante de vehículos sobre la plataforma.

Alejandro esperó.

Montalvo parecía buscar una respuesta.

Finalmente dijo:

—Muchas personas lo intentamos.

Alejandro sintió que eso no respondía nada.

—No funcionó.

—No.

Montalvo no intentó defenderse.

Eso desconcertó al niño más que cualquier explicación.

—Sube —dijo Isabel, esta vez con suavidad.

Alejandro comenzó a subir la escalera.

A mitad de camino giró.

Montalvo seguía abajo.

Solo.

Por primera vez desde la muerte de Francisco, Alejandro pensó que parecía triste.

El pensamiento le molestó.

Siguió subiendo.

El interior del avión era más silencioso de lo que esperaba.

Había pocos asientos, separados, grandes, de cuero claro. Una mesa. Madera pulida. Cortinas discretas. Nada parecía diseñado para transportar cientos de personas.

Era un espacio para unos cuantos.

Alejandro se sentó junto a una ventana.

Isabel ocupó el asiento frente a él.

Una mujer de la tripulación explicó algo sobre el viaje. Alejandro apenas escuchó.

Francia.

Horas.

Cinturones.

Grasse después.

Isabel miraba hacia afuera.

Montalvo seguía en la pista.

Alejandro también lo veía.

Una figura pequeña detrás del vidrio.

El avión comenzó a moverse.

Isabel levantó una mano.

Montalvo respondió con el mismo gesto.

Alejandro no.

Mientras avanzaban hacia la pista, se llevó una mano al bolsillo.

Encontró algo.

Una tira de papel.

La había tomado del laboratorio sin darse cuenta.

La acercó a la nariz.

Casi no quedaba aroma.

Solo una sombra.

Madera.

Tal vez resina.

Algo que le recordó a su padre sin parecerse realmente a él.

Alejandro cerró los ojos.

Durante un instante regresó la cena.

Las luces.

El perfume derramado.

El rostro de Francisco.

Después el hospital.

El médico.

El hombre joven.

El sobre.

Abrió los ojos.

No se lo había contado a Isabel.

No sabía por qué.

Tal vez porque no estaba seguro de lo que había visto.

Tal vez porque temía que ella también encontrara una explicación para aquello.

Guardó la tira otra vez.

Los motores aumentaron de intensidad.

Isabel extendió la mano por encima de la mesa.

Alejandro dejó que le tomara la suya.

El avión aceleró.

La pista comenzó a desaparecer debajo de ellos.

Alejandro sintió la presión contra el asiento y miró por la ventana.

La ciudad se hizo pequeña.

Carreteras.

Edificios.

Casas.

Millones de vidas reducidas a formas que desde arriba parecían ordenadas.

En algún lugar allí abajo estaba su casa.

El laboratorio.

La caja que ya no sabía recordar.

El restaurante.

La clínica.

La tumba de su padre.

Y Alejandro Montalvo.

—Vamos a estar bien —dijo Isabel.

Alejandro siguió mirando por la ventana.

—¿Vamos a volver?

Su madre tardó en responder.

—Algún día.

—¿Cuándo?

—No lo sé.

El avión atravesó una capa de nubes.

Durante unos segundos Ciudad de México desapareció.

Alejandro apretó la mano de su madre.

Tenía diez años.

No sabía de contratos.

No sabía de herencias.

No sabía de juntas directivas, competidores, sobornos ni secretos.

No sabía que la memoria podía equivocarse.

Solo sabía unas pocas cosas.

Su padre había muerto.

El médico había mentido.

Un hombre desconocido le había entregado un sobre.

Alejandro Montalvo tenía Iris 27.

Y ahora ellos abandonaban México en el avión de Alejandro Montalvo.

No sabía quién había matado a su padre.

Todavía no.

Pero mientras el avión ascendía sobre las nubes, Alejandro tomó una decisión que no necesitaba entender por completo.

Algún día volvería.

Y cuando lo hiciera, descubriría la verdad.

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CAPÍTULO 07

Christian Niche

La primera vez que Alejandro olió Grasse pensó que la ciudad mentía.

Todo parecía limpio.

Demasiado limpio.

Había humedad en las piedras, café escapando de las puertas abiertas, jabón en las ventanas, flores que no sabía nombrar y un fondo vegetal que se adhería al aire como si alguien hubiera decidido perfumar las calles antes de que despertaran.

Alejandro tenía diez años y llevaba menos de un día en Francia.

Desde la ventana de la habitación de invitados observó tejados desconocidos bajo una luz pálida. Su madre dormía todavía en la habitación contigua. Habían llegado tarde, después de demasiadas horas de viaje y demasiadas personas hablando un idioma que él no comprendía.

No había dormido bien.

Cada vez que cerraba los ojos veía México.

La casa.

El laboratorio.

El rostro de su padre.

El sobre pasando de una mano a otra en un pasillo blanco.

Y después, Alejandro Montalvo.

Siempre Alejandro Montalvo.

Se apartó de la ventana.

Sobre una silla estaban las dos maletas que Isabel había conseguido llenar antes de abandonar el país. Todo lo que quedaba de una vida cabía ahora dentro de ellas.

Aquello le pareció una forma particularmente cruel de medir una familia.

Su tía apareció en la puerta pocos minutos después.

Dijo algo en francés.

Alejandro no entendió.

Ella sonrió y repitió en inglés.

Alejandro respondió en el mismo idioma.

Su tía abrió los ojos con sorpresa.

No era perfecto, pero podía mantener una conversación.

Francisco había insistido durante años en que aprendiera.

“Un perfumista que solo habla un idioma termina oliendo siempre el mismo lugar”, decía.

Alejandro no sabía si aquella frase tenía sentido.

Con su padre nunca se sabía.

Isabel empezó a trabajar antes de que Alejandro terminara de comprender dónde estaba.

No pasó siquiera un mes.

Su hermana había hecho algunas llamadas y una mañana Isabel salió temprano, vestida con una blusa blanca, pantalones oscuros y un abrigo que todavía parecía demasiado nuevo para pertenecerle.

Regresó por la tarde con un nombre.

Le Sillage Parfums.

Era una pequeña casa de perfumes en Grasse, con décadas de historia y ambiciones mucho mayores que su tamaño.

Su propietario, Étienne Moreau, necesitaba ordenar compras, renegociar proveedores y preparar una expansión que llevaba años imaginando sin conseguir ejecutar.

Isabel sabía hacer exactamente eso.

Por primera vez desde México, Alejandro la vio hablar de algo que no fuera Francisco.

Proveedores.

Esencias.

Costos.

Plazos.

Importaciones.

Aquellas palabras parecían devolverle una parte de sí misma.

Él no había entendido hasta entonces que su madre había tenido una vida dentro de Grupo Montalvo que no dependía de ser esposa de nadie.

Isabel no hablaba mucho de aquella época.

Cuando lo hacía, nunca decía “la empresa de Montalvo”.

Decía:

“Nuestro trabajo”.

Aquello molestaba a Alejandro.

Prefería imaginar que todo lo relacionado con Montalvo pertenecía a otro mundo.

Pero su madre se negaba a simplificarlo.

La realidad tenía esa pésima costumbre.

Los años siguientes no borraron México.

Solo le enseñaron a Alejandro a esconderlo mejor.

Aprendió francés.

Primero para defenderse en el colegio.

Después para dejar de sentirse extranjero.

Finalmente porque empezó a pensar en ese idioma.

Isabel consiguió que estudiara en uno de los mejores centros a los que podían acceder en la región. Alejandro nunca preguntó cuánto costaba.

Durante mucho tiempo creyó que su madre podía pagarlo gracias a Le Sillage.

Isabel nunca corrigió esa conclusión.

Alejandro estudiaba con facilidad.

La química le resultaba lógica.

Las matemáticas, predecibles.

Pero los olores eran otra cosa.

No necesitaba memorizarlos.

Los recordaba.

Podía abrir una puerta y saber quién había estado en una habitación minutos antes por la mezcla de jabón, tabaco, humedad o perfume que quedaba suspendida.

Podía distinguir dos materiales que para otros estudiantes parecían idénticos.

Podía recordar un aroma durante meses y reconocerlo al instante cuando volvía a aparecer.

Al principio pensó que todos podían hacerlo.

Después comprendió que no.

A los dieciséis años comenzó una formación técnica vinculada a química, laboratorio y procesos industriales. Para completar el programa necesitaba realizar prácticas profesionales.

Isabel no tuvo que buscar demasiado.

Una noche, durante la cena, dejó los cubiertos sobre el plato.

—Hablé con Étienne.

Alejandro levantó la mirada.

—¿Sobre qué?

—Tus prácticas.

—Puedo buscar otro lugar.

—Ya lo hice.

Alejandro frunció el ceño.

—Mamá.

—Le Sillage tiene laboratorio. Trabajan materias primas. Vas a aprender más ahí que archivando muestras en una empresa grande.

—No necesito que me consigas trabajo.

Isabel lo observó durante unos segundos.

—No te conseguí trabajo. Te conseguí una oportunidad. Si no eres bueno, Étienne te echará.

Alejandro sonrió apenas.

Aquello sí sonaba a su madre.

Étienne Moreau no lo recibió como al hijo de Isabel.

Lo recibió como a un adolescente que iba a estorbarle durante tres semanas.

Tenía cuarenta y tantos años, cabello castaño claro comenzando a perder color en las sienes, ojos azul grisáceo y una manera de mirar que hacía sentir a Alejandro como si estuviera siendo evaluado incluso cuando el hombre permanecía en silencio.

El primer día le enseñó dónde estaban los materiales.

El segundo le hizo limpiar instrumentos.

El tercero le pidió clasificar muestras.

Alejandro no protestó.

Francisco habría protestado.

Ese pensamiento le bastó para no hacerlo.

Una tarde Étienne dejó cinco tiras olfativas sobre una mesa.

—Dime qué hay.

Alejandro las olió una por una.

Respondió.

Étienne añadió otras tres.

Alejandro volvió a responder.

La última lo hizo detenerse.

La olió nuevamente.

—¿Qué pasa?

—No está bien.

Étienne arqueó una ceja.

—No te pregunté si estaba bien.

—La mezcla.

—¿Qué mezcla?

Alejandro tomó nuevamente la tira.

—La salida funciona. Después se cae.

Étienne guardó silencio.

—¿Por qué?

Alejandro tardó unos segundos.

—Hay algo demasiado pesado debajo. Está tapando lo demás.

Étienne apoyó ambas manos sobre la mesa.

—¿Qué?

Alejandro volvió a oler.

No pudo identificarlo con certeza.

—No sé.

Esperó una corrección.

No llegó.

Étienne sonrió por primera vez.

—Eso es mejor que inventar una respuesta.

Desde aquel día dejó de darle solamente tareas de practicante.

La libreta llegó algunas semanas después.

Isabel entró en su habitación con un cuaderno envejecido entre las manos.

Alejandro lo reconoció antes de tocarlo.

No porque lo hubiera visto muchas veces.

Porque olía a su padre.

Papel antiguo.

Tabaco que ya no existía.

Materiales aromáticos.

Tiempo.

—¿Dónde estaba?

—Conmigo.

Alejandro la miró.

—Todo este tiempo.

—Sí.

La tomó con una mezcla de cuidado y rabia.

—¿Por qué no me la diste?

Isabel se sentó frente a él.

—Porque a los diez años no necesitabas las fórmulas de tu padre. Necesitabas sobrevivir a su muerte.

Alejandro abrió la primera página.

Había números.

Palabras.

Correcciones.

Flechas.

Anotaciones escritas con rapidez.

Reconoció inmediatamente la letra de Francisco.

Sintió algo extraño en el pecho.

—¿Está Iris?

Isabel negó con la cabeza.

—No lo sé.

Alejandro pasó hojas con mayor rapidez.

—Nunca la entendí.

—Entonces no busques algo que todavía no sabes leer.

Alejandro cerró la libreta.

—Voy a aprender.

Isabel sostuvo su mirada.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

Él no respondió.

—Alejandro.

—No voy a terminar como él.

Isabel permaneció en silencio.

—No bebo. No voy a beber. No necesito nada de lo que él necesitaba.

—Tu padre tampoco empezó pensando que lo necesitaba.

Aquella frase se quedó con él.

Muchos años.

La libreta cambió su manera de trabajar.

Al principio Alejandro intentó reproducir algunas fórmulas.

Después empezó a discutir con ellas.

Descubría ideas extraordinarias junto a decisiones que le parecían incomprensibles.

Probaba.

Corregía.

Ajustaba.

Algunas composiciones mejoraban en duración.

Otras se asentaban mejor sobre la piel.

A veces una modificación las destruía completamente.

Étienne nunca permitía que culpara a los materiales.

—La fórmula no se equivoca sola.

—Ya lo sé.

—Entonces deja de mirarla como si te hubiera insultado.

Alejandro volvió a empezar.

Eso era lo que Étienne le enseñó durante años.

Volver a empezar.

Francisco había trabajado como si cada fórmula pudiera aparecer entera dentro de su cabeza.

Étienne trabajaba como si toda creación tuviera que ser interrogada hasta confesar qué quería ser.

Alejandro aprendió de ambos.

Sin proponérselo.

A los veintitrés años dejó de ser una promesa.

La colección comenzó con seis perfumes.

Étienne había pensado producir tres.

Alejandro insistió.

Isabel consiguió que los números dejaran de parecer una locura.

Le Sillage lanzó los seis.

Durante las primeras semanas, las ventas fueron buenas.

Después dejaron de ser buenas.

Se volvieron absurdas.

Llegaron pedidos desde París.

Después Milán.

Londres.

Madrid.

Berlín.

Distribuidores que nunca habían respondido a Le Sillage comenzaron a llamar.

Revistas especializadas preguntaron por el creador.

Tiendas que antes consideraban a la casa demasiado pequeña querían exclusividad territorial.

Étienne entró una mañana al laboratorio con varias hojas impresas.

Las dejó frente a Alejandro.

—Tenemos un problema.

Alejandro leyó algunos titulares.

—Parece un buen problema.

—Todos quieren saber quién eres.

—Ya saben quién soy.

Étienne lo miró.

—Alejandro Montemayor.

Algo cambió en el rostro del joven.

Muy poco.

Pero Étienne lo vio.

—Ese apellido significa algo.

—En México.

—Y tú no estás en México.

Alejandro dejó las hojas sobre la mesa.

Étienne caminó hasta una ventana.

—Necesitas un nombre profesional.

—No necesito esconderme.

—No dije eso.

Alejandro no respondió.

—Los creadores llevan siglos firmando con nombres que construyen. Pintores. Escritores. Diseñadores. Perfumistas. No importa quién eras cuando llegaste aquí. Importa quién eres cuando alguien abre uno de tus frascos.

Alejandro miró las fórmulas extendidas sobre la mesa.

Durante años había pensado que volvería a México siendo él mismo.

Alejandro Montemayor.

El hijo de Francisco.

El niño que salió de una casa que ya no le pertenecía.

Pero ese nombre estaba lleno de muertos.

Quizá necesitaba otro.

No para olvidarlos.

Para regresar algún día sin que lo vieran venir.

Étienne tomó una hoja.

—¿Tienes alguna idea?

Alejandro tardó unos segundos.

Después tomó una pluma.

Escribió un nombre.

Lo observó.

No sintió que estuviera mintiendo.

Tampoco sintió que Alejandro Montemayor hubiera desaparecido.

Simplemente había construido algo encima.

Una capa.

Una protección.

Una firma.

Étienne leyó.

Christian Niche.

—Pretencioso.

Alejandro levantó la vista.

—Entonces funcionará.

Étienne sonrió.

Aquel mismo día, por primera vez, uno de los perfumes de Le Sillage salió del laboratorio con una firma distinta.

Alejandro Montemayor había heredado la nariz de su padre.

Christian Niche aprendería qué hacer con ella.

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CAPÍTULO 08

Étienne Moreau

A los diecisiete años, Alejandro ya sabía que un perfume podía estar bien hecho y, aun así, no estar terminado.

Lo descubrió una tarde de primavera, durante la inauguración de la nueva tienda de Le Sillage Parfums en una de las calles más elegantes de Grasse.

Isabel había insistido en que la acompañara.

—No todos los días se abre una tienda así —le dijo mientras ajustaba el cuello de su camisa.

Alejandro había respondido que prefería quedarse estudiando.

—Precisamente por eso vas a venir.

No discutió.

Había aprendido que su madre podía convertir una frase tranquila en una orden sin cambiar el tono de voz.

La nueva tienda era muy distinta del pequeño local donde Isabel había empezado a trabajar años antes. Madera clara. Cristales altos. Iluminación cálida. Frascos alineados con una precisión que habría sido imposible en el laboratorio de Francisco.

Alejandro recorrió el espacio despacio.

El aroma de la inauguración le produjo una sensación incómoda.

Alcohol de perfumería.

Rosa.

Cítricos.

Maderas.

Papel nuevo.

Y debajo de todo aquello, un recuerdo.

Por un instante volvió a ver las manos de Francisco sosteniendo una pipeta.

El gesto rápido con que mezclaba.

La forma en que cerraba los ojos antes de corregir una fórmula.

Su padre había trabajado como si cada perfume pudiera salvarlo de algo.

Alejandro apartó el recuerdo.

Habían pasado siete años.

Seguía ocurriendo.

Étienne Moreau apareció entre un grupo de invitados.

Vestía una camisa blanca, saco oscuro y esa expresión serena que parecía resistirse incluso a las celebraciones. Saludaba sin exagerar, escuchaba más de lo que hablaba y dejaba que otros hicieran ruido alrededor de su trabajo.

Isabel se acercó a él.

—Felicidades.

—Debería felicitártelas a ti —respondió Étienne—. Si no hubieras puesto orden en mis proveedores, probablemente seguiríamos intentando abrir la primera tienda.

—Eso no impide que puedas agradecerme con un aumento.

Étienne sonrió.

Alejandro permaneció junto a ellos, distraído por una de las mesas de presentación.

Había varias tiras olfativas y un perfume que Étienne estaba mostrando como una de las creaciones nuevas de la casa.

Alejandro tomó una tira.

Pulverizó una vez.

Esperó.

Salida limpia.

Cítricos contenidos.

Una flor blanca.

Después una madera elegante, ligeramente seca.

Volvió a oler.

Algo no encajaba.

No era desagradable.

Al contrario.

Era un perfume perfectamente vendible.

Eso lo molestó más.

—¿Qué pasa? —preguntó Étienne.

Alejandro levantó la vista.

—Nada.

Étienne miró la tira entre sus dedos.

—Cuando alguien dice nada con esa cara, normalmente quiere decir algo bastante distinto.

Isabel observó a su hijo.

Alejandro volvió a oler.

—No está cerrado.

Étienne no respondió.

—¿Qué no está cerrado?

—El perfume.

Isabel abrió ligeramente los ojos.

—Alejandro.

Pero Étienne levantó una mano.

—Déjalo.

Tomó otra tira y se sirvió el perfume.

Esperó.

—Explícate.

Alejandro buscó las palabras.

No era fácil describir algo que para él existía más como sensación que como argumento.

—La salida funciona. El fondo también.

—¿Y el corazón?

—Llega, pero no sostiene nada. La madera aparece y parece que el perfume cambia de idea.

Étienne volvió a oler.

—¿Qué pondrías?

Alejandro tardó unos segundos.

—No sé todavía.

—Entonces quizá el perfume está terminado y tú simplemente no lo entiendes.

Alejandro lo miró.

Étienne sostuvo la mirada sin provocación.

Alejandro acercó otra vez la tira a la nariz.

—No.

—¿No qué?

—No está terminado.

Étienne sonrió apenas.

—Ven mañana después del colegio.

Isabel giró hacia él.

—¿Para qué?

—Para que tu hijo demuestre que acaba de insultar correctamente mi perfume.

Alejandro guardó la tira en el bolsillo.

—Voy a demostrarlo.

—Eso espero.

Al día siguiente llegó a Le Sillage a las cuatro y veinte.

Étienne estaba en el laboratorio.

Sobre la mesa había una copia de la fórmula.

—Tienes dos horas —dijo.

Alejandro dejó la mochila junto a la pared.

—¿Dos horas para qué?

—Para encontrar eso que según tú falta.

Alejandro miró la fórmula.

Étienne se alejó.

—¿No vas a ayudarme?

—Ayer no necesitabas ayuda.

Alejandro entendió la trampa.

Se sentó.

Leyó.

Volvió a leer.

No tocó nada durante casi veinte minutos.

Después empezó a separar materias.

No buscaba cambiar el perfume.

Ese fue su primer impulso y lo descartó.

Buscaba entender por qué la transición entre el corazón y el fondo se desarmaba.

Probó una variación.

No funcionó.

Otra.

Peor.

A la tercera, Étienne se acercó.

—Estás agregando demasiado.

—Estoy buscando.

—No. Estás intentando demostrar que tenías razón.

Alejandro se quedó quieto.

Étienne señaló los frascos.

—Son cosas distintas.

Alejandro retiró dos materiales.

Regresó a la fórmula original.

La olió nuevamente.

Entonces recordó algo que Francisco le había dicho cuando era niño.

No preguntes qué falta. Pregunta qué está hablando demasiado fuerte.

Miró la fórmula.

Redujo una nota.

Esperó.

Después añadió una cantidad mínima de otra materia que ya estaba presente, pero casi escondida.

Volvió a probar.

La transición cambió.

La flor se sostuvo unos segundos más.

La madera dejó de caer encima.

Alejandro no dijo nada.

Étienne tomó la tira.

La olió una vez.

Después otra.

—¿Cuánto cambiaste?

Alejandro le mostró la hoja.

Étienne la leyó.

—Casi nada.

—Era suficiente.

Étienne permaneció en silencio.

Alejandro esperó una felicitación.

No llegó.

—Hazla otra vez.

—¿Para qué?

—Porque una coincidencia no es una fórmula.

Alejandro volvió a sentarse.

Aquella tarde hizo la misma modificación tres veces.

Al final, el resultado seguía allí.

Étienne guardó las pruebas.

—Mañana vienes otra vez.

Alejandro recogió su mochila.

—¿Para trabajar en esto?

—No.

—Entonces, ¿para qué?

Étienne abrió un armario y sacó cinco frascos.

—Para ver si fue suerte.

No fue suerte.

Durante los meses siguientes, Alejandro empezó a ir a Le Sillage después del colegio.

Al principio dos veces por semana.

Después tres.

Finalmente casi todos los días.

Étienne le entregaba pruebas sin nombre.

A veces debía identificar materias.

Otras, reconstruir un acorde.

En ocasiones encontraba delante de él una fórmula deliberadamente desequilibrada y tenía que descubrir por qué.

Alejandro fallaba.

Mucho.

Eso no parecía preocuparle.

Anotaba.

Corregía.

Volvía a empezar.

Su rutina se volvió estrecha.

Colegio.

Le Sillage.

Entrenamiento.

Casa.

Estudio.

Dormir.

Isabel lo había inscrito años antes en artes marciales porque necesitaba algo que lo obligara a dominar el cuerpo con la misma disciplina con que intentaba dominar la cabeza.

Alejandro había terminado encontrando allí algo más útil que aprender a golpear.

Respirar antes de reaccionar.

Repetir hasta que el movimiento dejara de depender del impulso.

Aceptar que una corrección no era una humillación.

Aquello se trasladó al laboratorio.

Una tarde llevó a Étienne una composición propia.

Había trabajado en ella durante semanas.

No tenía nombre.

Era el primer perfume que consideraba realmente suyo.

Étienne lo olió.

—La salida quiere impresionar.

Alejandro esperó.

—El corazón intenta corregirla.

Otra pausa.

—Y el fondo parece escrito por otra persona.

Alejandro miró la fórmula.

—¿Eso es todo?

—¿Quieres que encuentre más problemas?

—No.

—Bien.

Étienne dejó la tira.

—Entonces empieza de nuevo.

Alejandro recogió los papeles.

—¿No sirve nada?

—No dije eso.

—Casi.

Étienne lo observó.

—¿Te molesta?

Alejandro pensó unos segundos.

—Sí.

—Perfecto.

Alejandro guardó la fórmula.

—La práctica hace al maestro.

Étienne arqueó una ceja.

—Frase peligrosa.

—¿Por qué?

—Porque hay personas que practican mal durante cuarenta años.

Alejandro sonrió.

—Entonces tendré que practicar bien.

Esa noche volvió a casa y empezó la fórmula desde cero.

Étienne comenzó a observar algo que no estaba en las pruebas.

Alejandro tenía una facilidad extraordinaria para reconocer materiales, pero aquello no era lo más raro.

Podía imaginar relaciones.

Dos materias que por separado parecían incompatibles adquirían sentido cuando él introducía una tercera.

No componía solamente por acumulación.

Pensaba en estructura.

En tensión.

En qué debía aparecer primero y qué debía esperar.

A veces Étienne le preguntaba cómo sabía que una mezcla funcionaría.

Alejandro se encogía de hombros.

—La escucho antes.

—Los perfumes no hablan.

—Mi padre decía algo parecido.

La mención de Francisco siempre cambiaba ligeramente el ambiente.

Étienne sabía lo que Isabel le había contado.

Que Francisco había sido perfumista.

Que había muerto en circunstancias extrañas.

Que Alejandro había salido de México poco después.

No conocía mucho más.

Alejandro tampoco se lo ofrecía.

Hablaba de su padre como quien toca una cicatriz para comprobar que sigue allí.

A veces con orgullo.

A veces con rabia.

Una noche, mientras comparaban dos pruebas, Étienne preguntó:

—¿Era bueno?

Alejandro siguió escribiendo.

—¿Quién?

—Tu padre.

La punta del lápiz se detuvo.

—Sí.

—¿Qué tan bueno?

Alejandro levantó la mirada.

—Mejor que cualquiera que haya conocido.

Étienne aceptó la respuesta.

—Eso incluye a mí, supongo.

—Sí.

No había insolencia.

Solo certeza.

Étienne sonrió.

—Me alegra saber dónde estoy parado.

Alejandro volvió al cuaderno.

—Nunca recibió lo que merecía.

—¿Reconocimiento?

—Tiempo.

Étienne no preguntó más.

Alejandro tampoco explicó.

Cuando cumplió dieciocho años, ya podía pasar una tarde completa trabajando sin que Étienne estuviera encima de él.

Pero seguía sin tocar determinadas materias sin permiso.

Seguía sin entrar solo al laboratorio creativo.

Seguía siendo, técnicamente, el muchacho que ayudaba después de clases.

Eso cambió casi un año después.

Llegó a Le Sillage poco después de las cinco.

Había dejado los libros del colegio en casa y pasado casi una hora entrenando antes de cruzar nuevamente las calles de Grasse.

Étienne estaba solo.

Sobre la mesa central había una fórmula escrita a mano, tres tiras olfativas y varios frascos pequeños perfectamente alineados.

Alejandro dejó su chaqueta en el respaldo de una silla.

—¿Qué estamos probando hoy?

Étienne no respondió inmediatamente.

Tomó una de las tiras y se la entregó.

Alejandro la acercó a la nariz.

Esperó.

Primero apareció una nota cítrica limpia. Después una flor blanca, algo verde y una madera suave que intentaba sostener el conjunto.

Frunció ligeramente el ceño.

—Está desequilibrado.

Étienne apoyó ambas manos sobre la mesa.

—¿Dónde?

Alejandro volvió a oler.

—El corazón desaparece demasiado rápido.

—¿Y?

—La madera entra antes de tiempo.

Étienne guardó silencio.

Alejandro tomó la fórmula y la recorrió con los ojos.

—No cambiaría la madera.

—¿Entonces?

—Cambiaría lo que ocurre antes de ella.

Señaló dos líneas.

—Si reducimos esto y dejamos que la flor respire un poco más, la madera no parecerá tan pesada cuando aparezca.

Étienne lo observó.

—Hazlo.

Alejandro levantó la mirada.

Hasta entonces Étienne siempre había preparado los materiales antes de su llegada. Las pruebas estaban medidas, las cantidades controladas y cualquier modificación importante debía realizarse bajo su supervisión.

Esta vez no había nada preparado.

Solo la fórmula.

—¿Yo?

—Tú encontraste el problema.

Alejandro acercó los frascos.

Trabajó sin prisa.

Midió.

Anotó.

Volvió a medir.

Étienne permaneció a unos metros sin intervenir.

Una hora después dejaron reposar la prueba.

Alejandro quiso continuar, pero Étienne negó con la cabeza.

—Mañana.

—Todavía podemos corregirla.

—Precisamente por eso mañana.

Alejandro sonrió apenas.

Había aprendido que Étienne desconfiaba de cualquier decisión tomada después de demasiadas horas oliendo lo mismo.

Guardó sus notas.

Entonces vio algo sobre la mesa.

Una llave.

Pequeña.

Plateada.

La había visto cientos de veces en manos de Étienne.

Abría el laboratorio creativo y el almacén interior donde guardaban las materias que Alejandro todavía utilizaba únicamente bajo supervisión.

Alejandro miró la llave y después a Étienne.

—¿Qué es esto?

—Una llave.

—Eso lo veo.

Étienne contuvo una sonrisa.

—Entonces tu nariz no es tu única virtud.

Alejandro la tomó.

El metal estaba frío.

—No entiendo.

Étienne se acercó a la mesa.

—Cuando tu madre empezó a trabajar aquí pensé que eras simplemente un muchacho curioso.

Alejandro permaneció en silencio.

—Después pensé que tenías buena memoria olfativa.

Étienne señaló la fórmula que acababan de modificar.

—Luego comprendí que no era memoria.

Alejandro bajó los ojos hacia la llave.

—Tienes algo que no puedo enseñarte.

La frase le provocó una incomodidad inmediata.

Había escuchado comentarios parecidos antes.

Siempre terminaban conduciendo al mismo lugar.

Francisco.

—Mi padre también lo tenía.

Étienne lo estudió durante unos segundos.

—Probablemente.

Alejandro levantó la mirada.

Esperaba algo más.

No llegó.

—Nunca lo conocí —continuó Étienne—. Solo conozco lo que Isabel me ha contado y lo que tú decides contarme.

Alejandro apretó ligeramente la llave entre los dedos.

—Era mejor que yo.

—Tal vez.

La respuesta lo sorprendió.

Étienne tomó una de las tiras olfativas de la mesa.

—Pero él no está aquí.

Alejandro quedó inmóvil.

—Y tú sí.

No hubo crueldad en la frase.

Precisamente por eso dolió.

Durante años Alejandro había intentado construir una imagen de Francisco utilizando recuerdos incompletos, la libreta que conservaba Isabel y aquella última noche que aparecía en fragmentos cuando menos lo esperaba.

A veces admiraba a su padre.

A veces estaba furioso con él.

Y otras veces sentía una rabia todavía más profunda hacia quienes le habían impedido descubrir qué clase de hombre habría llegado a ser.

Miró otra vez la llave.

Étienne comenzó a apagar las luces del laboratorio.

—Mañana vienes después del colegio.

Alejandro guardó la llave en el bolsillo.

—Como siempre.

Étienne negó lentamente.

—No.

Se detuvo frente a la puerta.

—A partir de mañana no vienes como practicante.

Alejandro lo miró.

Étienne abrió la puerta y esperó.

—Vienes a trabajar conmigo.

Alejandro no respondió de inmediato.

Sintió el peso pequeño de la llave dentro del bolsillo.

Por primera vez, aquello que había heredado de Francisco dejaba de ser solamente un recuerdo.

Ahora tenía un lugar donde aprender qué hacer con ello.

Salió del laboratorio.

Étienne apagó la última luz.

Y la puerta de Le Sillage se cerró detrás de los dos.

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CAPÍTULO 09

La educación de la nariz

A los diecinueve años, Alejandro había dejado de preguntar dónde podía tocar.

Étienne tampoco se lo indicaba ya.

Entraba al laboratorio de Le Sillage, se lavaba las manos, abría su cuaderno y comenzaba a trabajar con la naturalidad de quien había aprendido que el respeto por una materia no consistía en temerla, sino en entenderla.

Había frascos que ya reconocía antes de acercarlos a la nariz.

Bergamota.

Vetiver.

Labdanum.

Rosa.

Sándalo.

Iris.

Con algunos le bastaba retirar el tapón.

Con otros necesitaba esperar.

Étienne le había enseñado que una nariz impaciente podía ser tan inútil como una nariz incapaz.

Alejandro había incorporado aquella idea a todo.

Esperar.

Observar.

Corregir.

Volver a empezar.

Francisco, en cambio, aparecía en su memoria haciendo lo contrario.

Su padre probaba una mezcla, sonreía, cambiaba tres cosas al mismo tiempo y volvía a olerla como si estuviera conversando con alguien que solo él podía escuchar.

Alejandro lo había visto trabajar así cuando era niño.

Caótico.

Brillante.

Feliz.

Durante años había pensado que la genialidad debía parecerse necesariamente a eso.

Étienne le había enseñado otra posibilidad.

La genialidad también podía llevar registros.

La primera gran oportunidad llegó casi sin ceremonia.

Étienne extendió cinco hojas sobre la mesa.

—Necesitamos cambiar.

Alejandro levantó la vista.

Le Sillage estaba creciendo. La tienda nueva funcionaba mejor de lo esperado, los clientes regresaban y algunos distribuidores de París habían comenzado a preguntar por la casa.

Pero Étienne sabía algo que Alejandro todavía observaba solo desde el laboratorio.

Una casa podía sobrevivir muchos años siendo respetada.

Eso no significaba que pudiera crecer.

—Somos demasiado previsdecibles —dijo Étienne.

Alejandro recorrió las fórmulas.

Flores blancas.

Cítricos.

Algunas maderas.

Composiciones cuidadas, luminosas, elegantes.

Grasse en un frasco.

—Son buenos perfumes.

—Ese es el problema.

Alejandro sonrió.

Ya conocía aquella clase de respuesta.

—Quieres que sean mejores.

—Quiero que sean nuestros.

Pasaron semanas probando ideas.

Alejandro descartó muchas.

Algunas eran demasiado próximas a lo que Le Sillage ya hacía. Otras intentaban ser modernas con tanta desesperación que perdían personalidad.

Una tarde trabajó con labdanum.

El olor permaneció en sus dedos incluso después de lavarse.

Volvió a olerlo.

Resina.

Calor.

Algo profundo que parecía sostenerse detrás de la piel.

Sacó ámbar, maderas y una pequeña cantidad de vetiver.

Étienne lo observó trabajar.

—¿Qué estás buscando?

Alejandro no levantó la cabeza.

—Peso.

—¿Peso?

—Que alguien entre a una habitación y el perfume ya haya llegado antes.

Étienne arqueó una ceja.

—Discreto.

—No dije discreto.

Aquella noche nació el primer acorde.

Meses después tenía nombre.

Ambre Impérial.

La colección terminó compuesta por cinco interpretaciones de una misma arquitectura: Homme, Femme, Elixir, Intense y Léger.

Alejandro insistió en que ninguna debía sentirse como una simple variación comercial.

Si iban a usar el mismo nombre, cada perfume tenía que justificar su existencia.

El ámbar masculino se volvió seco, oscuro, apoyado sobre cuero y vetiver.

El femenino ganó una textura más cremosa, atravesada por rosa y vainilla.

Elixir fue denso y casi ceremonial.

Intense empujó las resinas hacia la noche.

Léger hizo lo contrario y obligó al ámbar a convivir con cítricos y una madera más limpia.

Cuando terminaron, Étienne probó los cinco sin hablar.

Alejandro esperó.

—¿Y?

Étienne volvió a oler Elixir.

—Ahora sí tenemos un problema.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Cuál?

—Tendremos que venderlos.

Ambre Impérial fue nombrada lanzamiento del año en Francia.

La frase apareció primero en una revista.

Después en dos.

Luego empezaron las llamadas.

París.

Milán.

Bruselas.

Madrid.

Londres.

Los pedidos aumentaron más rápido que la capacidad de Le Sillage para organizarlos.

Isabel pasó meses negociando proveedores, revisando compras y buscando formas de mantener la calidad sin convertir el crecimiento en una caricatura de aquello que habían construido.

Étienne viajó.

Alejandro no.

Cuando lo invitaban a acompañarlo, siempre encontraba algo que hacer en el laboratorio.

No le interesaban las cenas.

Tampoco las fotografías.

Había empezado a trabajar con una joven asistente llamada Anaïs, primero en tareas secundarias y luego cada vez más cerca de su mesa. Era rápida, organizada y tenía una virtud que Alejandro valoraba más que la simpatía: sabía cuándo hablar y cuándo dejarlo pensar.

Una noche, cuando todos se habían marchado, Alejandro abrió el cajón inferior de su escritorio.

Sacó la libreta de Francisco.

Después abrió otro cuaderno.

En la primera página había escrito únicamente:

27

Volvió a empezar.

Nunca había dejado Iris 27.

La diferencia era que durante años había sabido mantenerlo al margen.

Ahora creía estar cerca.

Y aquella sensación resultó más peligrosa que cualquier fracaso.

Había reconstruido partes.

No la fórmula.

Partes.

Encontraba una textura que parecía correcta y luego desaparecía.

Un acorde floral que durante veinte minutos se acercaba al recuerdo y después se convertía en otra cosa.

A veces pensaba que faltaba una materia.

Otras veces, una proporción.

Tal vez Francisco había tratado algún componente de una forma que no estaba escrita.

Tal vez había una nota central que Alejandro llevaba años interpretando mal.

Uno o dos elementos.

Eso era lo que se repetía.

Uno o dos.

Nada más.

La mentira perfecta para seguir otra noche.

La segunda colección debía aprovechar el éxito de Ambre Impérial.

Los distribuidores esperaban algo mayor.

Étienne necesitaba algo mayor.

Alejandro eligió el iris.

Cuando dijo el nombre, Étienne lo miró durante unos segundos.

—¿Estás seguro?

—Sí.

Era mentira.

Lo descubrió demasiado tarde.

La colección recibió un nombre:

L’Iris d’Or.

Alejandro quería elevar el iris, llevarlo desde la frialdad mineral hasta la piel, la madera, la luz, la sombra.

Pero cada vez que trabajaba con él, Iris 27 reaparecía.

Una modificación para L’Iris d’Or Homme se convertía en una prueba privada.

Un ensayo floral de Femme terminaba junto a la libreta de Francisco.

Una proporción descartada para Elixir abría una posibilidad nueva.

Alejandro no dejó de crear.

Dejó de terminar.

Ese fue el verdadero problema.

Étienne empezó a notarlo en los calendarios.

Después en las facturas.

Después en las llamadas.

—Necesito las fórmulas finales.

—Las tendrás.

—Eso dijiste hace tres semanas.

—Todavía puedo mejorar dos.

—Siempre puedes mejorar dos.

Alejandro siguió escribiendo.

Étienne cerró el cuaderno con la mano.

—No estoy hablando de Iris 27.

Alejandro levantó la mirada.

—Yo tampoco.

—Entonces deja de mentirme.

El silencio cambió la habitación.

Alejandro retiró lentamente la mano del cuaderno.

—Estoy trabajando.

—Estás persiguiendo.

—No sabes lo cerca que estoy.

—No.

Étienne lo miró fijamente.

—Tú tampoco.

Aquello dolió más de lo que Alejandro esperaba.

—Me faltan una o dos cosas.

—Llevas años diciendo eso.

—Porque es verdad.

Étienne señaló el laboratorio.

—Tenemos distribuidores esperando una colección que ya vendimos. Materias compradas. Producción reservada. Gente dependiendo de esta casa.

Alejandro se puso de pie.

—Voy a terminarla.

—¿Cuándo?

No respondió.

Étienne caminó hacia la ventana.

Durante unos segundos solo se escuchó el ruido distante de la calle.

—Tu padre está muerto, Alejandro.

Alejandro quedó inmóvil.

—No vuelvas a usarlo para hablarme de plazos.

Étienne giró.

—No estoy hablando de plazos.

La voz seguía siendo tranquila.

Eso lo hizo peor.

—Llevas años intentando terminar la obra de un hombre que ya no puede decirte si estás cerca.

Alejandro sintió la mandíbula endurecerse.

—Era mi padre.

—Lo sé.

—No. No lo sabes.

—Tienes razón.

Étienne dio un paso hacia él.

—Pero sí sé esto: Iris 27 es suyo.

Señaló las fórmulas acumuladas.

—Esto es tuyo.

Alejandro miró las hojas.

—No entiendes.

—Entonces explícame por qué estás dispuesto a destruir lo segundo para recuperar lo primero.

Alejandro no contestó.

Étienne respiró lentamente.

—Ambre Impérial nos hizo crecer. Esta colección puede consolidarnos o hundirnos. No tenemos dinero infinito.

—Lo sé.

—No parece.

—Voy a terminarla.

Étienne lo estudió.

—Tienes que decidir qué vienes a hacer cuando cruzas esa puerta.

Alejandro sintió algo incómodo.

Miedo.

No a perder el laboratorio.

A perder el camino.

—¿Me estás despidiendo?

Étienne tardó demasiado en responder.

—Todavía no.

Aquellas dos palabras fueron suficientes.

Alejandro no trabajó esa noche.

Fue a entrenar.

Golpeó durante casi una hora hasta que los brazos dejaron de responderle como quería.

Después se sentó.

Respiró.

Había pasado años construyendo una ruta hacia México.

Dinero.

Nombre.

Independencia.

Conocimiento.

Todo dependía de aquello que ahora estaba poniendo en riesgo por intentar llegar antes.

La ironía le resultó insoportable.

Quería encontrar Iris 27 para volver.

Pero si seguía así, Iris 27 podía impedirle regresar.

Al día siguiente llegó antes que Étienne.

Guardó la libreta de Francisco en el cajón.

Separó las pruebas privadas.

Abrió las fórmulas de L’Iris d’Or.

Y empezó de nuevo.

No abandonó Iris 27.

Le impuso una frontera.

La obra de Francisco tendría sus noches.

Le Sillage tendría sus días.

El cambio no fue inmediato.

Pero fue profundo.

Alejandro dejó de preguntarse cómo habría construido Francisco el iris.

Empezó a preguntarse cómo quería construirlo él.

Estudió su comportamiento con temperatura.

Su evolución sobre distintas pieles.

La persistencia.

La humedad.

La forma en que algunas materias lo volvían polvo y otras casi crema.

Mandó analizar comportamientos que no podía explicar solo con la nariz.

Repitió pruebas.

Esperó.

Corrigió.

Y por primera vez el iris dejó de ser únicamente la voz de un muerto.

Empezó a hablar con la suya.

L’Iris d’Or Homme.

Femme.

Elixir.

Intense.

Léger.

Y, finalmente, Extrême.

Solo trescientos frascos.

Cuando Étienne olió la versión definitiva de Extrême, no dijo nada.

Alejandro esperó una corrección.

No llegó.

—¿Qué cambiarías? —preguntó.

Étienne volvió a acercar la tira a la nariz.

—Nada.

Alejandro sonrió.

—Siempre cambias algo.

—Por eso deberías preocuparte.

—¿Es malo?

Étienne dejó la tira sobre la mesa.

—No.

Lo miró durante largo rato.

—Es tuyo.

Alejandro entendió.

No completamente.

Pero entendió.

Europa recibió L’Iris d’Or de una manera que ni siquiera Ambre Impérial había conseguido.

Los trescientos frascos de Extrême desaparecieron casi inmediatamente.

Los distribuidores ampliaron pedidos.

Las revistas especializadas dejaron de describir a Le Sillage como una casa tradicional de Grasse renovada con éxito.

Empezaron a utilizar otra expresión.

Casa de autor.

Étienne continuó viajando.

Dando entrevistas.

Recibiendo felicitaciones.

Alejandro continuó trabajando.

Hasta una tarde en que Étienne entró al laboratorio con una revista doblada bajo el brazo.

La dejó sobre la mesa.

Alejandro apenas levantó la vista.

—¿Otra crítica?

—Algo así.

Abrió la revista.

Había varias páginas dedicadas a L’Iris d’Or.

Fotografías de los frascos.

Una entrevista con Étienne.

Comentarios de distribuidores.

Alejandro pasó las páginas sin demasiado interés hasta encontrar un titular destacado.

Se detuvo.

Leyó una vez.

Después otra.

¿Quién está detrás de los perfumes de Le Sillage?

Alejandro levantó lentamente la mirada.

Étienne estaba observándolo.

—Parece que Europa quiere conocerte.

Alejandro cerró la revista.

Sobre el otro extremo de la mesa, escondida parcialmente bajo un cuaderno, permanecía la libreta de Francisco.

Durante años había aprendido a reconocer miles de olores.

A separarlos.

A unirlos.

A entender qué ocurría cuando dos materias se encontraban.

Pero nunca había necesitado aprender a hacer aquello que Europa empezaba a pedirle.

Mostrar quién era.

Todavía no.

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CAPÍTULO 10

El nombre que se entierra

Étienne dejó la revista abierta sobre la mesa.

Alejandro volvió a leer el titular.

¿Quién está detrás de los perfumes de Le Sillage?

No había fotografía.

Solo los frascos de L’Iris d’Or sobre un fondo oscuro y, debajo, varias páginas dedicadas a explicar cómo una pequeña casa de Grasse había pasado en pocos años de la discreción artesanal al centro de las conversaciones de la perfumería europea.

Alejandro cerró la revista.

—Que sigan preguntándose.

Étienne permaneció frente a él.

—No.

Alejandro levantó la mirada.

—¿No qué?

—Ya no.

Étienne tomó la revista y volvió a abrirla.

—Ambre Impérial pudo parecer un golpe de suerte. L’Iris d’Or no.

—No necesito que sepan quién soy.

—Tú no.

Étienne apoyó un dedo sobre la fotografía de uno de los frascos.

—La casa sí.

Alejandro se echó hacia atrás.

Conocía aquella conversación aunque todavía no la hubieran tenido.

Durante meses las preguntas habían aumentado.

Distribuidores.

Periodistas.

Compradores.

Representantes de otras casas.

Todo el mundo quería saber quién estaba formulando.

Étienne había protegido su nombre siempre que pudo.

Decía que Le Sillage trabajaba como casa y que las creaciones pertenecían a una tradición compartida.

La respuesta había funcionado durante un tiempo.

Ya no.

—No quiero entrevistas —dijo Alejandro.

—No te estoy pidiendo que te conviertas en actor.

—Parece lo mismo.

—Créeme, no lo es.

Alejandro sonrió apenas.

Étienne se sentó frente a él.

—Necesitas un nombre.

—Ya tengo uno.

—Uno que puedas mostrar.

Alejandro dejó de sonreír.

Étienne no sabía todo.

Sabía de Francisco.

Sabía que había muerto.

Sabía que México era una herida que Alejandro prefería no tocar.

No sabía que durante años aquel muchacho había imaginado regresar.

No sabía que una parte de cada éxito era calculada también en términos de distancia hacia ese regreso.

Dinero.

Prestigio.

Acceso.

Independencia.

Alejandro Montemayor no quería llegar a México como el hijo de un perfumista muerto.

Quería llegar como alguien a quien las puertas se abrieran antes de que preguntaran quién era.

Miró nuevamente la revista.

—¿Un seudónimo?

—Una identidad profesional.

—Es lo mismo con mejor traje.

Étienne sonrió.

—Entonces ponle uno bueno.

Pensó en ello durante días.

Descartó nombres franceses.

Demasiado falsos.

Nombres inventados.

Demasiado vacíos.

Iniciales.

Demasiado cobardes.

Una noche abrió la libreta de Francisco.

No estaba buscando nada concreto.

Pasó páginas cubiertas de observaciones, fórmulas incompletas, nombres de materias primas y anotaciones que solo a veces conseguía entender.

En la primera hoja interior aparecía escrito el nombre completo de su padre.

Francisco Christian Montemayor.

Alejandro se quedó mirando la segunda palabra.

Christian.

La había leído cientos de veces.

Nunca se había detenido allí.

Su padre casi nunca la usaba.

Para todo el mundo había sido Francisco.

Para documentos, contratos y papeles, Francisco Christian.

Alejandro apoyó los dedos sobre la página.

Recordó su voz.

La mesa del laboratorio.

El ruido del vidrio contra el suelo del restaurante.

El perfume sobreviviendo unos segundos más que él.

Christian.

No era adoptar otro nombre.

Era llevar uno que ya pertenecía a la historia.

Escribió la palabra en una hoja.

Después otra.

Christian.

Faltaba algo.

No quería Montemayor.

No porque le avergonzara.

Precisamente porque necesitaba protegerlo.

El apellido era México.

Francisco.

La casa.

Montalvo.

La noche de la muerte.

Si algún día regresaba, Alejandro Montemayor tendría preguntas.

Christian debía llegar antes que él.

Pensó en aquello que Francisco había amado de la perfumería.

No las ventas.

No los grandes mercados.

No los productos diseñados para gustar a millones.

La libertad.

Una obra hecha porque debía existir aunque solo unos pocos fueran capaces de entenderla.

Nicho.

Niche.

Alejandro escribió ambas palabras juntas.

Christian Niche.

Las observó.

Sintió algo inesperado.

Alivio.

Por primera vez en años, el futuro parecía tener una forma concreta.

Isabel leyó el nombre en silencio.

Estaban cenando en casa.

Alejandro había dejado la hoja junto a su plato.

—¿Christian?

Él asintió.

Ella comprendió inmediatamente.

No preguntó de dónde venía.

—Tu padre casi nunca usaba ese nombre.

—Lo sé.

Isabel pasó el dedo por el borde del papel.

—¿Y Niche?

—Por lo que hacía.

—Francisco hacía muchas cosas.

—Por lo que hacía bien.

La frase habría sido dura años antes.

Ahora Isabel solo sonrió ligeramente.

—Perfumería de nicho.

—Libertad para crear sin pensar primero en cuántos millones de personas van a comprarlo.

Isabel lo miró.

—Eso sí habría gustado a tu padre.

Alejandro permaneció en silencio.

—¿Quieres dejar de ser Alejandro?

La pregunta lo sorprendió.

—No.

—Entonces ten cuidado.

—¿Con qué?

Isabel dejó la hoja sobre la mesa.

—Con que ese nombre no termine haciendo por ti lo que tú no quieras hacer como Alejandro.

Él sostuvo su mirada.

—Es una herramienta.

—Las herramientas también cambian a quien las usa.

Alejandro guardó el papel.

—Lo necesito.

Isabel asintió.

—Entonces úsalo.

No hubo dramatismo.

No intentó convencerlo de conservar públicamente el apellido.

Sabía mejor que nadie lo que aquel apellido llevaba encima.

La presentación se organizó en París.

Étienne habría preferido Grasse.

El equipo comercial insistió en la capital.

Había distribuidores de varios países, prensa especializada, compradores y representantes de boutiques que habían agotado L’Iris d’Or Extrême en cuestión de días.

Alejandro pasó buena parte de la tarde preguntándose por qué alguien necesitaba tantas luces para hablar de perfume.

Anaïs estaba junto a él.

Había empezado años antes como una asistente secundaria.

Ya no lo era.

Organizaba pruebas, agendas, reuniones y una cantidad creciente de cosas que Alejandro consideraba necesarias pero profundamente aburridas.

—Estás moviendo la pierna —dijo.

Alejandro dejó de hacerlo.

—No.

—Lo estabas haciendo.

—Entonces ya no.

Anaïs revisó la carpeta que llevaba entre las manos.

—Dos minutos.

Alejandro miró hacia el salón.

—Puedo irme.

—Puedes.

Ella no levantó la vista.

—También podemos anunciar que el misterioso creador de L’Iris d’Or sufrió una repentina alergia a la prensa.

Alejandro la miró.

—No te contrataron para hacer bromas.

—Por suerte nadie me explicó eso.

Étienne apareció por detrás.

—¿Listo?

Alejandro respiró.

—No.

—Perfecto.

—¿Por qué todo el mundo responde así cuando digo que algo está mal?

Étienne le acomodó apenas el borde de la chaqueta.

—Porque normalmente es cuando haces tu mejor trabajo.

Étienne subió primero.

Habló de Le Sillage.

De Grasse.

De tradición.

De crecimiento.

De una casa que durante décadas había entendido la perfumería como oficio antes que como industria.

Después habló de Ambre Impérial.

Luego de L’Iris d’Or.

Y finalmente dejó de mirar al público.

Miró hacia un lateral.

—Durante los últimos años se me ha preguntado muchas veces quién está detrás de estas creaciones.

Alejandro sintió cómo Anaïs se apartaba ligeramente.

—La respuesta —continuó Étienne— ha estado trabajando conmigo durante mucho tiempo.

Hubo un murmullo.

—No es alguien a quien le guste particularmente este momento.

Algunas risas.

Alejandro cerró los ojos un segundo.

—Pero la perfumería también consiste en reconocer la autoría cuando llega el momento.

Étienne extendió la mano.

—Christian Niche.

Alejandro avanzó.

Los flashes empezaron antes de que llegara al centro.

Fue extraño.

Durante años había construido perfumes para provocar reacciones invisibles.

Ahora decenas de personas observaban qué hacía con las manos.

Miró a Étienne.

Después al público.

Había preparado un texto.

No lo usó.

—Cuando era niño —comenzó— aprendí que algunos recuerdos desaparecen antes que otros.

El salón quedó en silencio.

—Uno puede olvidar una voz. Una habitación. Incluso el rostro exacto de una persona.

Anaïs lo observaba desde un costado.

Étienne no se movía.

—Pero existen momentos en que un aroma aparece y, por unos segundos, todo regresa.

Alejandro respiró.

Pensó en Francisco.

No necesitó buscarlo.

—Una casa que ya no existe. Una tarde que creíamos perdida. Alguien a quien ya no podemos tocar.

Se detuvo.

—Eso es lo que siempre me ha interesado del perfume.

No vender un olor.

Conservar una presencia.

Los fotógrafos dejaron de disparar durante unos segundos.

—L’Iris d’Or nació de una pérdida.

Alejandro sintió la frase antes de terminarla.

—Pero no intenta reconstruir el pasado. Creo que hay cosas que no deben reconstruirse.

Pensó en Iris 27.

—Solo intenta demostrar que algo puede transformarse sin desaparecer.

Miró hacia Étienne.

Después hacia el público.

—Mi nombre es Christian Niche.

Una pausa.

—Y hago perfumes.

Nada más.

Étienne fue el primero en aplaudir.

La primera semana recibió cincuenta y cuatro solicitudes de entrevista.

Anaïs se las dejó impresas sobre la mesa.

Alejandro miró la pila.

—No.

—Ni siquiera las leíste.

—No necesito hacerlo.

—Vogue Francia.

—No.

—Una cadena británica.

—No.

—Dos periódicos nacionales.

—No.

Anaïs siguió pasando hojas.

—Una revista especializada en perfumería independiente.

Alejandro levantó la vista.

—¿Cuál?

Anaïs le entregó la solicitud.

—No publican divorcios, amantes secretos ni fotografías de gente saliendo de restaurantes.

—Qué modelo de negocio tan extraño.

—Sobreviven de lectores.

Alejandro leyó.

La entrevista proponía hablar de materias primas, formación, proceso creativo y la transformación de Le Sillage.

Nada de familia.

Nada de vida sentimental.

Nada sobre México.

—Una.

Anaïs sonrió.

—Una.

La entrevista duró casi tres horas.

Christian habló de Étienne.

De Grasse.

De química.

De cómo una fórmula podía modificarse dependiendo del clima, la piel y el tiempo.

Habló de la necesidad de esperar.

De registrar.

De corregir.

Cuando le preguntaron por su formación anterior a Le Sillage, respondió poco.

Cuando le preguntaron por su familia, menos.

—¿Francés? —preguntó la periodista.

Christian sostuvo la mirada.

—Trabajo en Francia.

—No fue lo que pregunté.

—Entonces tendrá que conformarse con la respuesta.

La periodista sonrió.

No insistió.

El artículo salió semanas después.

Fotografías sobrias.

Nada de casa.

Nada de familia.

Nada de Alejandro Montemayor.

Christian Niche parecía haber aparecido casi completamente formado dentro de Le Sillage.

Era exactamente lo que quería.

Anaïs dejó un ejemplar sobre su escritorio.

—Ahora eres oficialmente misterioso.

—Antes también.

—Antes solo eras antisocial.

Christian siguió trabajando.

No sabía que meses después una copia de aquella entrevista terminaría sobre otro escritorio.

En México.

Y que una mujer llamada Jazmín Montalvo se detendría más tiempo de lo normal en los pocos espacios que el artículo no podía llenar.

Las invitaciones empezaron después.

Cenas privadas.

Eventos.

Lanzamientos.

Recepciones.

Casas de moda.

Empresarios.

Personas que querían tener a Christian Niche sentado a su mesa aunque no tuvieran especial interés en el perfume.

Alejandro rechazaba casi todo.

Prefería entrenar.

Había mantenido las artes marciales como parte de su vida incluso cuando dejó de necesitarlas como simple disciplina adolescente.

Con los años agregó retiros de meditación.

Silencio.

Respiración.

Control.

La capacidad de observar un pensamiento sin obedecerlo.

Anaïs decía que era la única persona que conocía capaz de convertir incluso el descanso en una tarea.

Alejandro no veía el problema.

No bebía.

Nunca había desarrollado interés por hacerlo.

Había visto demasiadas veces lo que el alcohol podía hacer con un hombre que ya estaba luchando contra sí mismo.

En cenas profesionales aceptaba agua.

A veces café.

Nada más.

Su vida fuera del laboratorio empezó a parecerle a la prensa otro elemento del misterio.

No pareja visible.

Pocas fiestas.

Pocas entrevistas.

Casi ninguna indiscreción.

La industria empezó a inventar aquello que él no proporcionaba.

Christian lo ignoró.

Lo que no ignoró fueron los acercamientos de otras casas.

Primero llegaron elogios.

Después invitaciones privadas.

Finalmente conversaciones cuidadosamente ambiguas.

Una de las grandes firmas de París consiguió sentarlo con un director creativo durante una cena.

El hombre habló durante veinte minutos antes de llegar al punto.

—Podríamos darte una plataforma mucho mayor.

Christian bebió agua.

—Tengo una.

—Le Sillage es una casa extraordinaria.

—Entonces estamos de acuerdo.

—No hablamos del mismo nivel.

Christian dejó el vaso.

—No.

—¿No qué?

—No estamos hablando.

Se levantó.

Étienne se enteró dos días después.

No por Christian.

Por el hombre al que había dejado sentado.

—Podrías haber sido más amable —dijo.

—Fui.

—Me cuesta imaginar la otra versión.

Alejandro siguió revisando una fórmula.

Étienne permaneció cerca.

—Algún día llegará una oferta que sí quieras escuchar.

—No.

—No tienes que responder ahora.

Alejandro levantó la vista.

—Estoy aquí.

Étienne sostuvo su mirada.

—Lo sé.

La respuesta fue más triste de lo que Alejandro esperaba.

Durante los años siguientes, Le Sillage continuó creciendo.

Christian también.

Pero el crecimiento no lo tranquilizaba.

Lo medía.

Cada mercado nuevo significaba capacidad.

Cada royalty significaba independencia.

Cada contacto internacional significaba una puerta que podría usar algún día.

En una cuenta separada comenzó a acumular una reserva que no tocaba.

No era dinero para una casa.

Ni para autos.

Ni para relojes.

Era libertad.

La cantidad creció.

Francia.

Italia.

España.

Reino Unido.

Alemania.

Oriente Medio.

Asia.

Christian observaba los números sin entusiasmo.

Nunca había querido ser rico.

Había querido no necesitar permiso.

Eso era distinto.

Una noche Anaïs entró al laboratorio y encontró un mapa extendido sobre la mesa.

—¿Ahora hacemos geografía?

Christian no respondió.

Había marcado varios mercados.

Europa estaba cubierta.

Parte de Oriente Medio también.

Asia avanzaba.

Faltaba algo.

América.

Anaïs apoyó una mano sobre la mesa.

—Étienne lleva meses hablando de esto.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué pareces haber descubierto un continente?

Christian dobló el mapa.

—Porque todavía no tenemos el perfume.

—¿Para América?

—Para el mundo.

Anaïs sonrió.

—Eso suena barato.

—No lo será.

La materia apareció meses después.

Oud.

Alejandro había trabajado con él muchas veces.

Nunca así.

Era oscuro.

Resinoso.

Animal sin necesidad de ser agresivo.

Antiguo.

Dependiendo del origen, podía parecer madera, humo, tierra húmeda o algo casi medicinal.

También llevaba siglos viajando entre culturas.

Medio Oriente.

Asia.

Europa.

África.

No pertenecía a una sola idea de lujo.

Podía atravesarlas.

Christian comenzó a pensar en una colección que no necesitara traducirse.

Una colección que cambiara de expresión sin perder el centro.

Escribió un nombre.

Orbis.

El mundo.

Anaïs leyó la hoja.

—Modesto.

—Funcional.

—Una colección mundial llamada El Mundo.

—En latín.

—Mucho más discreto.

Christian ignoró el comentario.

La colección tomó forma durante meses.

Orbis Homme.

Oud seco, cuero ahumado, vetiver.

Orbis Femme.

Oud más cremoso, rosa de Damasco, azafrán.

Orbis Elixir.

Más profundo.

Más puro.

La pieza central.

Orbis Noir.

Incienso.

Pachulí.

Sombra.

Orbis Lumière.

Bergamota.

Sándalo blanco.

Una forma de llevar el oud hacia la luz.

Y finalmente:

Orbis Extrême.

La versión que más le costó cerrar.

La más rara.

La menos interesada en agradar.

La que terminaría justificando por sí sola el nombre de la colección.

Christian tenía veintisiete años cuando terminó la última fórmula.

Era de noche.

Anaïs se había marchado hacía horas.

Étienne también.

Le Sillage estaba en silencio.

Sobre la mesa había seis fórmulas.

Seis frascos.

Seis tiras olfativas.

Christian las recorrió una por una.

No buscó corregir.

No aquella noche.

Había aprendido a reconocer cuándo debía detenerse.

Cerró el cuaderno.

Por la ventana, Grasse dormía.

Durante años había imaginado que el momento llegaría acompañado de alguna certeza extraordinaria.

No ocurrió.

No sintió triunfo.

Sintió orden.

Tenía veintisiete años.

Una carrera.

Un nombre que la industria reconocía.

Dinero suficiente para no depender de nadie.

Una red internacional.

Una asistente en quien confiaba.

Una madre que seguía esperando respuestas.

Y una pregunta que no había cambiado desde que tenía diez años.

Abrió el cajón inferior de la mesa.

Sacó la libreta de Francisco.

La dejó junto a las fórmulas de Orbis.

Dos nombres quedaron frente a él.

Francisco Christian Montemayor.

Christian Niche.

Alejandro pasó lentamente la mano sobre la cubierta.

Durante cuatro años el mundo había aprendido quién era Christian Niche.

Hoteles.

Revistas.

Tiendas.

Distribuidores.

Perfumerías.

Personas que jamás habían escuchado el nombre Montemayor podían reconocer el suyo.

Aquello había sido necesario.

Pero nunca había sido el final.

Miró las seis fórmulas.

Después la libreta.

Había pasado años construyendo un hombre capaz de regresar.

Por primera vez pensó que quizá ya existía.

Apagó la lámpara.

El laboratorio quedó a oscuras.

Alejandro Montemayor había aprendido a esconderse dentro de Christian Niche.

Pronto tendría que descubrir si también sabía salir.

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CAPÍTULO 11

Proyecto Nº27

Anaïs entró al laboratorio sin tocar.

Christian estaba inclinado sobre una fórmula cuando escuchó la carpeta caer sobre la mesa.

No levantó la cabeza.

—Si es otra invitación, no.

—No es una invitación.

—Si es una entrevista, tampoco.

—Christian.

Algo en su voz lo hizo detenerse.

Dejó el lápiz.

Anaïs permanecía frente a él con el abrigo todavía puesto. Había salido esa mañana hacia París para una reunión con uno de los distribuidores de Le Sillage y, por la hora, debería haber vuelto directamente a casa.

En lugar de eso, tenía una carpeta gris entre las manos.

—¿Qué pasó?

Anaïs la abrió.

Sacó una página impresa y la giró hacia él.

Christian reconoció primero el logotipo.

GRUPO MONTALVO.

Después vio la fotografía.

Una mujer rubia, traje oscuro, expresión segura, de pie frente a un grupo de ejecutivos.

Leyó el encabezado.

No necesitó terminarlo.

—Jazmín Montalvo —dijo Anaïs.

Christian siguió mirando la imagen.

Habían pasado casi dieciocho años.

No habría reconocido a la muchacha de la cena si la fotografía no hubiera llevado el nombre debajo.

El cabello más corto.

El rostro adulto.

La seguridad que no recordaba en aquella adolescente de dieciséis años sentada junto a Adrián.

Pero los ojos eran los mismos.

—¿Qué hizo?

—La nombraron directora general del grupo.

Christian levantó la mirada.

—¿CEO?

—Desde esta semana.

Volvió a leer.

Había cifras.

Mercados.

Una breve síntesis de su trayectoria.

Expansión internacional.

Alianzas.

Distribución.

Inversiones.

Todo bastante alejado de la muchacha que había permanecido paralizada mientras Francisco moría sobre el suelo de un restaurante.

—¿Y Montalvo?

—Presidente del consejo. Sigue controlando el grupo, pero ella manejará la operación.

Christian tomó la página.

Anaïs no dijo nada.

No hacía falta.

Durante años había existido un problema fundamental en cualquier posible regreso a México.

Alejandro Montalvo era inaccesible.

Un empresario de ese nivel podía rodearse de abogados, asistentes, directores, consejos y protocolos suficientes para convertir cualquier acercamiento personal en una fantasía.

Ahora había una puerta.

La hija.

Christian volvió a mirar la fotografía.

—¿Desde cuándo sabes esto?

—Desde esta mañana.

—¿Y por qué lo trajiste personalmente?

Anaïs dejó otra hoja sobre la mesa.

—Porque el mes pasado dijiste que Le Sillage todavía necesita una estructura seria para entrar a América.

Christian la observó.

—Eso no responde.

—Sí responde.

Anaïs tomó una silla.

—Grupo Montalvo controla una red de logística y distribución bastante mayor de lo que imaginábamos. México, Estados Unidos, parte de Sudamérica, operaciones en Medio Oriente, capacidad propia en Dubái.

Christian empezó a comprender.

—Y ahora su directora general es ella.

—Exactamente.

Anaïs se reclinó.

—Si querías una manera de acercarte sin tocar la puerta como Alejandro Montemayor, acaba de aparecer.

El nombre quedó suspendido entre ambos.

Christian miró hacia la puerta.

Estaba cerrada.

—No uses ese nombre aquí.

—Estamos solos.

—Eso no cambia nada.

Anaïs sostuvo su mirada.

—Algún día tendrá que cambiar.

Christian volvió hacia la fotografía.

Jazmín Montalvo.

Dieciséis años.

Una cena.

Una mirada llena de culpa.

Después, nada.

Durante casi dos décadas había sido un personaje congelado dentro de un recuerdo.

Ahora dirigía uno de los conglomerados más importantes de México.

—Necesito saber todo sobre ella.

Anaïs no reaccionó.

—Todo lo que sea legítimamente accesible —añadió.

—Me alegra que hayas añadido esa parte.

Christian tomó una hoja en blanco.

Escribió una fecha.

Debajo, una sola línea.

PROYECTO Nº27

Anaïs miró el título.

—Muy sutil.

—No tiene que serlo.

—¿Por Iris?

Christian cerró el bolígrafo.

—Por donde empezó todo.

Anaïs conocía la historia.

No completa.

Nadie la conocía completa.

Pero sabía más que cualquier persona fuera de Isabel.

Christian se lo había contado poco a poco durante los años anteriores.

Primero Francisco.

Después México.

Luego Iris 27.

Finalmente la muerte.

Había evitado durante mucho tiempo contarle su verdadero nombre.

Lo hizo una noche después de L’Iris d’Or, cuando una negociación complicada había obligado a ambos a trabajar casi dos días sin descanso.

Anaïs había demostrado algo que Christian valoraba por encima de la curiosidad.

Discreción.

Desde entonces no volvió a ocultarle lo esencial.

Aquella noche, sin embargo, fue más lejos.

Abrió el cajón inferior de su escritorio.

Sacó la libreta de Francisco.

La dejó junto a la fotografía de Jazmín.

—Quiero volver.

Anaïs no preguntó adónde.

—¿Cuándo?

—Todavía no lo sé.

—Entonces no quieres volver. Estás considerando volver.

Christian la miró.

—Por eso estamos hablando.

Anaïs cruzó los brazos.

—Bien.

Esperó.

Christian abrió la libreta.

—Durante años pensé que necesitaba dinero suficiente para hacerlo.

—Ya lo tienes.

—Después pensé que necesitaba una posición que me permitiera moverme sin depender de nadie.

—También.

—Y acceso.

Anaïs señaló la fotografía.

—Ahí está.

Christian asintió.

—Montalvo sigue siendo la hipótesis principal.

Anaïs se quedó quieta.

No era la primera vez que escuchaba el nombre.

—Porque recibió Iris 27.

—Porque recibió el único frasco que yo sabía que existía. Porque mi padre murió esa misma noche. Porque después la fórmula desapareció.

Anaïs levantó una ceja.

—No sabemos que desapareció.

Christian no respondió.

—Sabemos que tú no la encontraste.

—Yo tenía diez años.

—Precisamente.

Christian cerró la libreta.

—También pagó nuestra salida de México.

—Eso puede significar muchas cosas.

—Puede.

—Y lleva casi dieciocho años sin comercializar el perfume.

Aquello lo hizo mirarla.

Anaïs continuó:

—Si matas a alguien por una fórmula, la lógica esperaría que hicieras algo con ella.

—Quizá no pudo reproducirla.

—O quizá no la tuvo.

Christian se levantó.

Caminó hasta la ventana.

—No estoy diciendo que sea culpable.

—Llevas años diciéndolo sin usar esas palabras.

Él giró.

Anaïs no retrocedió.

—Si quieres que esto sea una investigación —dijo—, entonces empezamos con sospechosos, no con culpables.

Christian permaneció en silencio.

Después asintió.

—Bien.

Anaïs tomó el bolígrafo que él había dejado.

Debajo de PROYECTO Nº27, escribió:

HIPÓTESIS, NO CONCLUSIONES.

Christian leyó.

—¿Era necesario?

—Muchísimo.

Durante las siguientes semanas, el proyecto comenzó a crecer.

No como Christian lo había imaginado durante años.

No hubo fotografías pegadas en una pared ni líneas rojas conectando rostros como en una película barata.

Anaïs habría considerado aquello una ofensa personal.

Había carpetas.

Cronologías.

Informes.

Estructuras societarias.

Nombres.

Operaciones.

Archivos de prensa.

Relaciones comerciales.

Y preguntas.

Muchas más preguntas que respuestas.

Christian estableció los objetivos.

Anaïs los convirtió en trabajo.

Grupo Montalvo.

Alejandro Montalvo.

Jazmín.

Grupo Garza.

La antigua propiedad de los Montemayor.

Las operaciones financieras de la época de Francisco.

Las empresas intermediarias mediante las cuales había trabajado después de su salida del grupo.

Los distribuidores.

Los abogados.

Cualquier documento histórico que todavía pudiera existir.

Una noche Anaïs extendió varios papeles sobre una mesa.

—No puedes entrar preguntando por tu padre.

—Lo sé.

—Ni por Iris 27.

—También lo sé.

—Ni por las cuentas de hace dieciocho años.

Christian levantó la vista.

—¿Terminaste?

—No.

Señaló el logotipo de Le Sillage.

—Tenemos una razón real para estar allí.

—América.

—Exactamente.

Durante los últimos años, Le Sillage había llegado a Europa, Oriente Medio y parte de Asia.

El continente americano seguía fragmentado.

Había distribuidores.

Boutiques.

Importadores.

Pero no una estrategia integrada.

Anaïs colocó junto al logotipo de Le Sillage un informe de Grupo Montalvo.

—Ellos tienen lo que nos falta.

—Infraestructura.

—Transporte, almacenamiento, relaciones comerciales, presencia regional y experiencia moviendo productos de lujo entre mercados complicados.

Christian hojeó el documento.

—No quiero una negociación falsa.

—Yo tampoco.

Anaïs lo miró con seriedad.

—Si vamos a usar Le Sillage como puerta de entrada, la oportunidad tiene que ser verdadera.

Christian cerró la carpeta.

—Si los números funcionan, negociamos.

—Aunque no descubras nada.

—Aunque no descubra nada.

Anaïs asintió.

—Entonces ya tenemos una estrategia que no requiere mentir.

—Solo omitir.

—La humanidad construyó buena parte de los negocios sobre esa diferencia.

Christian casi sonrió.

Étienne escuchó la propuesta tres días después.

Habían terminado de cenar en una pequeña sala privada de Le Sillage.

Christian había preparado cifras.

Anaïs, escenarios.

Étienne revisó todo durante casi veinte minutos sin hacer preguntas.

—México —dijo finalmente.

Christian asintió.

—Es el punto lógico de entrada.

—Podríamos entrar por Estados Unidos.

—Más caro.

—Brasil.

—Más fragmentado para lo que necesitamos.

Étienne pasó una página.

—Grupo Montalvo.

—Tienen infraestructura suficiente para ayudarnos a construir una red continental.

—Y nueva directora general.

Christian no cambió el gesto.

—Sí.

Étienne lo observó.

—¿La conoces?

La pregunta llegó demasiado rápido.

—No.

Era cierto.

—¿Nunca?

Christian pensó en la cena.

En la muchacha.

En Francisco.

—La vi una vez cuando era niño.

Étienne apoyó el informe.

—Eso es una respuesta extrañamente específica para alguien que no la conoce.

Anaïs permaneció callada.

Christian sostuvo la mirada de Étienne.

—Nuestros padres tenían relación profesional.

Étienne tardó unos segundos.

—México.

Christian no respondió.

Étienne reclinó la espalda.

—Sabía que algún día aparecería en esta mesa.

—Esto es una oportunidad comercial.

—No dije que no.

—Los números son buenos.

—También lo son.

Étienne volvió a revisar el informe.

—Entonces explórenlo.

Christian respiró lentamente.

—¿Eso es todo?

—No.

Étienne cerró la carpeta.

—Si vamos a México, vamos como Le Sillage. No como solución a algo que llevas veinte años intentando resolver.

Christian endureció ligeramente el rostro.

—No te he pedido eso.

—Todavía.

Anaïs bajó la mirada hacia sus notas.

Étienne continuó:

—No necesito saber todo lo que ocurrió. Tampoco quiero saberlo si no deseas contármelo.

Miró a Christian.

—Pero conozco tu cara cuando hablas de un mercado y conozco tu cara cuando hablas de México. No son la misma.

Christian permaneció callado.

—Haz el negocio bien —dijo Étienne—. Lo demás es tuyo.

Se levantó.

Antes de salir se detuvo junto a la puerta.

—Y Christian.

—¿Qué?

—No confundas tener recursos con tener control.

Se marchó.

Anaïs esperó unos segundos.

—Odio cuando tiene razón.

Christian recogió los informes.

—No siempre tiene razón.

—Eso es exactamente lo que suele decir alguien cuando la tiene.

Isabel tardó más en responder.

Christian viajó a verla un domingo.

Ella vivía todavía cerca de Grasse, en una casa cómoda pero sin ostentación, rodeada de plantas que cuidaba con una disciplina casi militar.

Preparó café.

Para él, también.

Nunca vino.

Se sentaron frente a la ventana.

Christian colocó sobre la mesa una copia de la fotografía de Jazmín.

Isabel la miró.

No pareció sorprendida.

—Sé que la nombraron.

Christian levantó la vista.

—¿Cómo?

—Leo periódicos.

—No de negocios mexicanos.

—Algunos sí.

Isabel dejó la fotografía.

—No eres el único que recuerda.

Christian apoyó los brazos sobre la mesa.

—Voy a regresar.

Su madre no reaccionó de inmediato.

Tomó la taza.

Bebió.

—¿Cuándo?

—Dentro de algunos meses. Quizá un año.

—Entonces todavía estás preparándolo.

Christian reconoció la misma observación que había hecho Anaïs.

—Sí.

Isabel miró hacia el jardín.

—Sabía que llegaría este momento.

—¿Quieres que no vaya?

Ella giró lentamente.

—Quiero que sepas para qué vas.

—Para descubrir qué pasó.

—No.

Christian frunció el ceño.

—Eso es lo que dices.

Isabel dejó la taza.

—Durante años has querido demostrar quién mató a tu padre.

—Es lo mismo.

—No.

El tono era tranquilo.

—Descubrir qué pasó significa aceptar que puedes estar equivocado.

Christian guardó silencio.

Isabel señaló la fotografía de Jazmín.

—¿Sigues pensando que fue Alejandro?

—Es la hipótesis principal.

—Por fin aprendiste a llamarla hipótesis.

Christian ignoró la ironía.

—Tenía el perfume.

—Francisco se lo entregó.

—Murió esa misma noche.

—Lo sé. Yo estaba allí.

Christian se apoyó contra la silla.

—¿Entonces quién?

Isabel lo miró con cansancio.

—Si supiera eso, no habríamos esperado dieciocho años.

Christian apartó la mirada.

—Nunca creí del todo que fuera Alejandro.

Él volvió hacia ella.

—Me dijiste que no lo había hecho.

—Porque necesitabas escuchar eso cuando tenías diez años.

—¿Mentiste?

—No.

Isabel negó.

—Nunca creí que lo hubiera hecho. Pero creer no es saber.

Christian la observó.

—¿Por qué no?

—Porque lo conocía.

—Eso no prueba nada.

—Exactamente.

Una pausa.

—Y por eso tampoco prueba nada que tuviera Iris 27.

Christian sintió irritación.

No contra ella.

Contra la simetría.

—¿Garza?

Isabel endureció ligeramente la expresión.

—Ellos sí querían lo que Francisco estaba haciendo.

—¿Cuánto sabes?

—Poco. Montalvo mencionó varias veces que estaban tratando de averiguar quién estaba detrás de las nuevas colecciones. Francisco lo tomaba como un juego.

—Claro.

—Tu padre tomaba demasiadas cosas como un juego.

La frase cayó con más peso del esperado.

Christian desvió la mirada.

Isabel lo vio.

—Si vas a volver, vas a tener que aceptar otra cosa.

—¿Qué?

—Francisco no era solo el hombre que murió esa noche.

Christian no respondió.

—Tenía deudas. Mentía. Ocultaba cosas. Hizo daño.

—También estaba intentando cambiar.

—Sí.

Isabel no dudó.

—Y eso también es verdad.

Christian miró hacia la ventana.

—No voy a juzgarlo por lo que hizo antes.

—No te estoy pidiendo eso.

Su madre se inclinó hacia él.

—Te estoy pidiendo que no conviertas a un muerto en alguien más sencillo de lo que fue.

Antes de marcharse, Isabel subió a su habitación.

Regresó con una caja.

Christian la reconoció incluso antes de que la abriera.

La libreta de Francisco.

La original.

Durante años Isabel se la había permitido consultar, copiar parcialmente, estudiar a ratos.

Nunca se la había entregado por completo.

La puso frente a él.

—Llévatela.

Christian no la tocó.

—¿Por qué ahora?

—Porque ya no tienes dieciséis años.

Una sombra de sonrisa.

—Ni diecinueve. Ni veintitrés.

Christian abrió la cubierta.

El olor del papel era distinto.

Más seco.

Más viejo.

Pero todavía había algo en aquellas páginas capaz de trasladarlo al laboratorio de la casa.

—No está la fórmula —dijo.

—Lo sé.

—Nunca estuvo.

Isabel negó.

—Francisco anotaba muchas cosas ahí. Pero cuando algo le importaba realmente, hacía copias aparte.

Christian levantó la mirada.

—¿Dónde?

—No lo sé.

Pasó varias páginas.

—Tenía escondites.

Christian se quedó quieto.

Una imagen apareció.

Madera.

Su padre de espaldas.

Una carpeta.

El recuerdo desapareció antes de formarse.

—¿En la casa?

Isabel lo observó.

—A veces.

Christian cerró la libreta.

—Quiero recuperarla.

—¿La fórmula?

—La casa.

Isabel respiró lentamente.

—Alejandro.

El nombre real le produjo una sensación extraña.

Isabel era una de las pocas personas que todavía lo utilizaba.

—No sé quién la tenga ahora —continuó.

—Lo averiguaré.

—¿Para qué?

Christian miró la libreta.

—Porque hay algo que no recuerdo.

La antigua propiedad se convirtió en una línea independiente dentro del proyecto.

Anaïs consiguió reconstruir parte del historial legal mediante consultores.

La casa había cambiado de manos.

Después otra vez.

Había pasado por acreedores, propietarios privados y sociedades patrimoniales.

Nada indicaba que Alejandro Montalvo la hubiera adquirido.

Aquello irritó a Christian por razones que no quiso examinar demasiado.

Otra pieza que no encajaba.

—Podría salir al mercado —dijo Anaïs.

—¿Cuándo?

—Eso no lo sabe nadie.

—Averigua si el propietario aceptaría una oferta.

Anaïs levantó la cabeza.

—¿Quieres comprar una casa que no has visto en dieciocho años?

—Sí.

—Probablemente esté completamente remodelada.

—Puede ser.

—Puede que ya no quede nada.

—Lo sé.

Anaïs lo estudió.

—¿Y si no hay nada?

Christian cerró la carpeta.

—Entonces habré eliminado una posibilidad.

Grupo Garza resultó más interesante.

El nombre aparecía repetidamente en documentos de la época.

Competencia.

Presiones.

Disputas por proveedores.

Intentos de contratar personal del grupo.

Rumores de que buscaban obtener las fórmulas de Francisco.

Nada constituía prueba de un crimen.

Pero sí una relación clara con Iris 27.

Anaïs añadió una segunda carpeta a la mesa.

—Y ahora están mal.

Christian leyó.

Caída de ingresos.

Deuda.

Negocios internacionales mal ejecutados.

Desinversión.

Problemas de liquidez.

—¿Cuánto de esto es recuperable?

—No lo sé.

—¿Podrían ser útiles para Le Sillage?

Anaïs lo miró con atención.

—Quizá.

Christian siguió leyendo.

—Entonces no descartes una conversación.

—¿Quieres negociar con ellos?

—Quiero saber qué tienen.

—¿Y si descubrimos que estuvieron involucrados con Francisco?

Christian cerró lentamente el documento.

—Entonces decidiré con información.

Anaïs pareció satisfecha.

—Eso ha sonado casi saludable.

—No exageres.

Los meses comenzaron a acumularse.

Christian continuó trabajando en Le Sillage.

No redujo horarios.

No abandonó proyectos.

No dejó que Étienne pudiera señalar el Proyecto Nº27 y decir que estaba devorando otra vez su trabajo como Iris 27 había hecho años atrás.

Por las mañanas trabajaba.

Por las tardes revisaba informes.

Entrenaba.

Meditaba.

Dormía poco, pero con regularidad.

Anaïs coordinaba reuniones y especialistas.

Isabel respondía preguntas.

Algunas veces recordaba detalles.

Otras se contradecía.

Christian empezó a comprender algo desagradable sobre la memoria.

No era una grabación.

Era una reconstrucción.

El hombre del sobre seguía allí.

Cada vez que intentaba verlo, el rostro desaparecía.

Recordaba una mandíbula.

Un perfil.

La postura.

Una mano.

¿Moreno?

Tal vez.

¿Alto?

Probablemente.

¿Veinte años?

Treinta.

No sabía.

En una de las carpetas había fotografías históricas de ejecutivos de Grupo Montalvo.

Christian las revisó.

Ninguno activó el recuerdo.

Anaïs lo observaba desde el otro lado de la mesa.

—No fuerces.

—Lo vi.

—A los diez años.

—Estaba allí.

—No digo que no.

Christian dejó una fotografía.

—El médico recibió dinero.

—Eso sí parece un recuerdo consistente.

—El hombre que lo pagó estaba relacionado.

—Probablemente.

—Con Montalvo.

Anaïs no respondió.

Christian levantó la vista.

—¿Qué?

—Eso último no lo recuerdas.

—Estábamos en una clínica después de la cena.

—Exactamente.

—¿Quién más iba a ser?

Anaïs cerró la carpeta.

—Ese es el tipo de pregunta que convierte una investigación en una confirmación.

Christian sintió irritación.

—No necesito clases de lógica.

—Excelente, porque no cobro por ellas.

Durante unos segundos ninguno habló.

Finalmente Christian apartó las fotografías.

—Déjalo como desconocido.

Anaïs escribió:

HOMBRE DEL SOBRE: IDENTIDAD NO DETERMINADA.

El perfil de Jazmín también creció.

Christian esperaba encontrar una heredera colocada cómodamente en la empresa familiar.

Encontró otra cosa.

Había empezado desde posiciones menores.

Analista.

Asistente.

Negocios internacionales.

Expansión.

Alianzas.

Responsabilidades crecientes.

Había trabajado mientras estudiaba.

Después formación en Londres.

Regreso.

Dirección.

Mercados internacionales.

Dubai.

Asia.

La expansión del grupo en regiones que representaban miles de millones de potenciales consumidores.

Christian pasó una página.

—No la pusieron ahí por ser hija.

Anaïs estaba revisando otro informe.

—No únicamente.

—¿Qué significa eso?

—Que ser hija probablemente abrió puertas.

Christian levantó una ceja.

—Y después tuvo que permanecer dentro.

Anaïs asintió.

—Exactamente.

Christian regresó a una fotografía.

Jazmín estaba sentada al frente de una mesa de negociación.

No sonreía.

Había algo en su postura que le recordó a Alejandro Montalvo.

—Será más difícil.

—¿Qué cosa?

—Acercarme a ella.

Anaïs dejó el informe.

—Eso depende de qué quieras que vea.

Christian pensó.

—Christian Niche.

—Bien.

—Una oportunidad comercial.

—Bien.

—Nada más.

Anaïs lo observó durante unos segundos.

—Eso durará poco.

—¿Por qué?

—Porque la gente inteligente suele notar cuando alguien está demasiado interesado en cosas que supuestamente no le importan.

Christian devolvió la fotografía a la carpeta.

—Entonces tendré que ser cuidadoso.

Casi un año después de aquella primera noticia, el proyecto ocupaba ya un armario completo.

Anaïs había dejado de llamarlo broma.

Étienne fingía no preguntar.

Isabel había comenzado a prepararse también.

Una tarde, Christian volvió a verla.

Ella estaba guardando ropa en una maleta.

—¿Qué haces?

—Voy contigo.

Christian la miró.

—No te lo he pedido.

—Lo sé.

—Puede ser complicado.

—Viví en México antes de que tú supieras pronunciar la palabra complicado.

Christian dejó escapar una breve risa.

Isabel continuó guardando ropa.

—Además, muchas de las personas que recuerdas las conocí yo.

—Quiero que estés fuera de cualquier problema.

—Entonces descubre la verdad rápido.

Christian negó.

—No funciona así.

Isabel cerró la maleta.

—Ya lo sé.

Se sentó sobre la cama.

—Quiero preguntarte algo antes de ir.

Christian esperó.

—Si descubres que Alejandro Montalvo no mató a tu padre, ¿qué vas a hacer?

—Buscar a quien lo hizo.

La respuesta salió inmediatamente.

Isabel asintió.

—Bien.

Hubo una pausa.

—Ahora la difícil.

Christian sintió que no le iba a gustar.

—Si descubres que tu padre hizo cosas que nunca supiste, ¿qué vas a hacer?

No respondió.

Isabel lo observó.

—No hablo de sus adicciones. Ni de las deudas que ya conoces.

Christian sostuvo su mirada.

—Hablo de cosas que puedan cambiar la historia que llevas veinte años contándote.

—No sé.

—Esa es una respuesta mejor.

Christian se acercó a la ventana.

—No estoy volviendo para defenderlo.

—Sé que no.

—Estoy volviendo porque lo mataron.

Isabel bajó la mirada.

—Entonces no olvides que la verdad puede defenderlo menos de lo que tú esperas.

Dos semanas después, Anaïs llegó a Le Sillage pasada la medianoche.

Christian seguía en su despacho.

Sobre la mesa había una prueba que debía revisar al día siguiente.

No la estaba mirando.

Anaïs dejó un expediente frente a él.

Era grueso.

Más que cualquiera de los anteriores.

En la portada había una sola palabra.

MÉXICO

Christian pasó la mano por encima.

—¿Todo?

—Todo lo que podemos preparar desde aquí.

Abrió.

Primera sección.

Grupo Montalvo.

Estructura.

Empresas.

Consejo.

Mercados.

Segunda.

Alejandro Montalvo.

Tercera.

Jazmín Montalvo.

Fotografía reciente.

CEO.

Cuarta.

Grupo Garza.

Quinta.

Francisco Montemayor.

Contratos.

Fechas.

Empresas intermediarias.

Sexta.

Propiedad familiar.

Séptima.

Cronología de la noche de la muerte.

Christian se detuvo.

Había una hoja independiente.

HOMBRE DEL SOBRE

Debajo:

Identidad desconocida.

Pasó la página.

La última sección estaba vacía.

Solo un título.

IRIS 27

Christian levantó la vista.

—¿Por qué está vacía?

—Porque no tenemos nada nuevo.

Anaïs se sentó frente a él.

—No apareció una fórmula. No hay registro comercial. No hay patente pública que nos ayude. No hay lanzamiento. No hay otra muestra conocida.

Christian miró la página blanca.

—Montalvo tiene el frasco.

—Creemos que lo tuvo.

Christian alzó los ojos.

Anaïs no corrigió la frase.

—Esto es lo que podemos saber desde Francia —dijo.

Christian volvió al principio del expediente.

Fotografía de Montalvo.

Después Jazmín.

Después Garza.

Después Francisco.

Casi dieciocho años reducidos a papel.

—La reunión con Grupo Montalvo puede organizarse cuando confirmemos el viaje —continuó Anaïs—. Su equipo está abierto a discutir una posible alianza para expansión.

—¿Jazmín participará?

—Si la negociación alcanza el nivel adecuado, sí.

Christian cerró el expediente.

Anaïs apoyó los brazos sobre la mesa.

—Étienne aprobará el viaje comercial. Isabel está lista. La estructura financiera está preparada. Los consultores tienen instrucciones. Podemos empezar a mover agenda cuando quieras.

Christian miró hacia la ventana.

Grasse estaba casi completamente oscura.

Años atrás había llegado allí con diez años, una maleta, una madre que intentaba sostenerse y un recuerdo que no sabía ordenar.

Ahora tenía veintiocho.

Le Sillage.

Un nombre conocido.

Dinero.

Contactos.

Una estrategia.

Y exactamente la misma pregunta.

Abrió el cajón.

Sacó la libreta de Francisco.

La dejó junto al expediente.

Por un instante recordó el avión alejándose de Ciudad de México.

La mano de Isabel sosteniendo la suya.

La ciudad desapareciendo bajo las nubes.

Algún día volvería.

Había sido una promesa infantil.

Ya no.

Anaïs rompió el silencio.

—¿Cuándo empezamos?

Christian miró la portada.

MÉXICO.

Después la libreta.

Iris.

Francisco.

El hombre del sobre.

Montalvo.

Todo seguía esperando.

Cerró el expediente.

—Ahora.

Aa
CAPÍTULO 12

Regreso a México

Desde el aire, Ciudad de México parecía una ciudad que hubiera aprendido a crecer sin pedir permiso.

Christian miró por la ventanilla mientras el avión descendía.

Carreteras.

Edificios.

Torres nuevas.

Extensiones de concreto que no recordaba.

Manchas verdes encerradas entre avenidas.

La ciudad de su infancia seguía ahí, pero había quedado enterrada bajo otra.

No supo si aquello le produjo alivio o rechazo.

Tal vez ambas cosas.

A su lado, Isabel no hablaba.

Llevaba varios minutos mirando por la ventana.

Anaïs estaba sentada frente a ellos, revisando por tercera vez la agenda del día en una tableta.

Christian podía reconocer el momento exacto en que Isabel dejó de mirar la ciudad y empezó a recordar.

No necesitó preguntarle.

Lo veía en la tensión de sus manos.

—¿Estás bien? —dijo.

Isabel no apartó los ojos del vidrio.

—Sí.

Christian esperó.

—No tienes que estarlo.

Ella sonrió apenas.

—Tú tampoco.

Anaïs levantó la vista.

—Preferiría que ambos decidieran eso antes de aterrizar.

Christian la miró.

—Gracias por la sensibilidad.

—Estoy aquí por la eficiencia.

Volvió a la tableta.

—Aterrizamos en veinte minutos. El traslado está confirmado. El equipo de Le Sillage llega al hotel por separado. Mañana tienes reunión interna, después prensa, presentación y recepción.

—Lo sé.

—Y esta noche no tienes nada.

Christian siguió mirando la ciudad.

—Eso también lo sé.

Anaïs lo observó.

—Lo repito porque sospecho que tienes una definición creativa de “nada”.

Christian no respondió.

Isabel soltó una breve risa.

Era la primera desde que habían empezado el descenso.

El avión atravesó una capa de nubes.

Por un instante no hubo ciudad.

Solo blanco.

Christian apoyó los dedos sobre el reposabrazos.

Había salido de México con diez años.

Recordaba el despegue.

La mano de Isabel.

Una tira olfativa casi sin aroma dentro del bolsillo.

La promesa.

Algún día volvería.

Durante años imaginó ese momento como algo dramático.

No lo fue.

El avión descendía.

El piloto hablaba con torre.

Anaïs revisaba horarios.

Isabel observaba nubes.

Y él estaba regresando.

Eso era todo.

O eso intentó decirse.

El ingreso fue discreto.

No invisible.

Christian sabía que la discreción real no consistía en fingir que nadie podía saber dónde estaba.

Los registros existían.

Las autoridades sabían quién había llegado.

Los equipos de trabajo también.

La prensa especializada sabía que Christian Niche presentaría Le Sillage en Ciudad de México al día siguiente.

Pero no hubo fotógrafos esperando.

Ni terminal pública.

Ni cámaras.

Anaïs había organizado el traslado con una precisión que rozaba la obsesión.

Christian respetaba eso.

Desde el aeropuerto continuaron en helicóptero.

Isabel protestó cuando vio el aparato.

—Podíamos ir en automóvil.

—Podíamos —respondió Christian.

—Entonces no entiendo.

Anaïs intervino.

—El tráfico.

Isabel la miró.

—Viví aquí.

—Entonces entiende perfectamente.

Christian subió primero.

La aeronave ascendió minutos después.

Desde allí la ciudad resultaba todavía más extraña.

La escala había cambiado.

La densidad.

Los edificios.

La cantidad de autos.

Christian intentó reconocer zonas.

A veces creía encontrar una avenida.

Después la perdía.

—No vas a verla —dijo Isabel.

Christian giró.

—¿Qué cosa?

—La casa.

Él no respondió.

—Desde aquí —añadió ella.

—No estaba buscándola.

Isabel sostuvo su mirada.

Christian volvió hacia la ventana.

—Claro.

Anaïs fingió estar concentrada en el teléfono.

La residencia elegida estaba en una zona privada y discreta de la ciudad.

No era un hotel.

Christian había rechazado esa posibilidad desde el principio.

Necesitaban un lugar donde trabajar sin tránsito constante de personal, prensa y visitantes.

La propiedad tenía seguridad, varias habitaciones, un despacho y suficiente distancia de las oficinas de Grupo Montalvo para no resultar absurda, aunque Anaïs había insistido en que nada debía parecer excesivamente calculado.

—Porque lo está —había dicho Christian.

—Precisamente.

Isabel caminó por la casa despacio.

—Esto es demasiado grande.

Christian dejó la chaqueta sobre una silla.

—Tú también dijiste eso del avión.

—Y tenía razón.

—Vas acumulando victorias.

Anaïs entró detrás de ellos.

—Antes de que empiecen a discutir sobre arquitectura, necesito confirmar algo.

Christian la miró.

—Mañana Grupo Montalvo tendrá representación en el evento.

—¿Jazmín?

—No está confirmada.

Christian intentó que la respuesta no le importara.

Anaïs lo notó de todos modos.

—Es una presentación de Le Sillage, no una audiencia privada.

—Lo sé.

—Lo digo por si Proyecto Nº27 desarrolló expectativas durante el vuelo.

Christian abrió una de las carpetas que habían dejado sobre la mesa.

—Proyecto Nº27 no tiene expectativas.

—Eso suena peligrosamente parecido a una expectativa.

Isabel se alejó hacia el jardín antes de que Christian pudiera responder.

A varios kilómetros de allí, Jazmín Montalvo abrió una caja que su padre había dejado frente a ella.

No era grande.

Madera oscura.

Sin logotipo.

Sin inscripción.

—¿Qué es?

Alejandro Montalvo estaba sentado al otro lado de la mesa.

Habían terminado de desayunar tarde.

Jazmín había pasado buena parte de la mañana respondiendo mensajes y llamadas de cumpleaños que le interesaban bastante menos de lo que sus remitentes imaginaban.

—Ábrela.

Ella levantó la tapa.

Dentro había un frasco pequeño.

Antiguo.

El diseño era sencillo.

Nada comparable con el despliegue de cristal, oro y geometrías que Grupo Montalvo utilizaba en sus líneas actuales.

Jazmín lo tomó.

—¿Perfume?

—Sí.

—Espero que no sea uno de los nuestros.

Montalvo sonrió.

—Técnicamente podría haberlo sido.

Jazmín retiró el tapón.

—¿Podría?

—Nunca llegó al mercado.

Ella acercó el frasco a la nariz.

Se detuvo.

La primera impresión fue limpia.

Luminosa.

Después apareció algo más profundo.

Iris.

No como polvo.

No como maquillaje.

Como piel.

Suave.

Cremoso.

Extrañamente íntimo.

Había flores.

Maderas.

Una calidez que tardaba en aparecer.

Jazmín volvió a oler.

—¿Quién lo hizo?

Montalvo tardó en responder.

—Francisco Montemayor.

El nombre le resultó familiar.

No porque hablara de él a menudo.

Precisamente porque casi nunca lo hacía.

—Tu amigo.

—Sí.

Jazmín miró el frasco.

—¿El que murió?

Montalvo asintió.

Algo incómodo pasó por el rostro de ella.

Una imagen muy antigua.

Un restaurante.

Un hombre en el suelo.

Su propia respiración.

La voz de Adrián.

Apartó el recuerdo antes de que creciera.

—¿Cómo se llama?

—Iris 27.

Jazmín levantó la vista.

—¿Por qué nunca lo lanzaron?

Montalvo apoyó las manos sobre la mesa.

—Porque Francisco murió antes de que pudiéramos decidir qué hacer con él.

—Podías haberlo producido después.

—Podía.

—Entonces, ¿por qué no?

Montalvo miró el frasco.

—Porque no todo lo que puede venderse debe venderse.

La respuesta le pareció extraña viniendo de él.

—Eso no parece algo que diría el presidente de Grupo Montalvo.

—Por eso me retiré de la operación diaria.

Jazmín sonrió.

—Conveniente.

Montalvo no.

—Tu padre tenía un talento extraordinario.

Jazmín observó el perfume.

—Francisco.

—Francisco.

Corrigió sin molestia.

—Una parte de lo que Grupo Montalvo llegó a ser existe gracias a él.

Jazmín lo miró.

Había escuchado historias fragmentarias durante años.

Colecciones.

Éxitos.

Problemas.

Una amistad antigua.

Nunca en esos términos.

—Nunca me dijiste eso.

—No preguntaste.

—Eso es trampa.

—Es edad.

Jazmín ignoró el comentario.

—¿Es la única botella?

—La única que conservé.

—¿Y la fórmula?

Montalvo negó lentamente.

—No la tuve.

Jazmín volvió a mirar el líquido.

—Entonces esto es irrepetible.

—Probablemente.

—Y me lo estás dando.

—Sí.

—¿Por qué?

Montalvo respiró.

—Porque ya es tiempo de que entiendas algunas cosas que pertenecen a esta familia aunque nunca hayan llevado nuestro apellido.

Jazmín permaneció quieta.

—Mientras yo viva, no quiero que Iris 27 se comercialice.

Ella levantó una ceja.

—¿Y después?

—Después decidirás tú.

—Eso suena bastante solemne para un regalo de cumpleaños.

—Lo es.

Jazmín volvió a oler.

No respondió.

Esa tarde lo usó.

Muy poco.

Una aplicación discreta.

La fragancia cambió sobre su piel.

El iris se volvió más cálido.

La rosa apareció después.

Algo en el fondo parecía envolver todo lo anterior sin imponerse.

Jazmín se quedó varios segundos frente al espejo.

No sabía por qué su padre había decidido entregárselo justo ese año.

No sabía tampoco por qué había evitado hablar durante tanto tiempo de Francisco Montemayor.

Pero sí sabía algo.

El perfume era extraordinario.

Y al día siguiente acudiría a un evento organizado alrededor de uno de los pocos perfumistas vivos capaces de entender exactamente lo que tenía entre las manos.

Christian Niche.

El W de Polanco estaba lleno antes de que comenzara la presentación.

Prensa.

Distribuidores.

Representantes de boutiques.

Empresarios.

Compradores.

Invitados.

La entrada de Le Sillage al mercado mexicano había despertado más interés del que Étienne esperaba.

Christian lo atribuía a Orbis.

Anaïs decía que una parte era Orbis y otra el hecho de que Christian Niche casi nunca aparecía públicamente fuera de Europa.

—La escasez funciona incluso con personas —le dijo.

—Qué deprimente.

—Pero rentable.

Christian estaba impecable.

Traje oscuro.

Sin corbata.

Nada excesivo.

Había aprendido a vestirse para ser observado sin parecer que deseaba serlo.

Isabel había decidido no participar en la recepción.

Estaría presente en reuniones privadas más adelante, si era necesario.

Aquella mañana se quedó en la residencia.

—Es tu llegada —le había dicho.

—También es la tuya.

—Yo no tengo que convencer a México de comprar perfume.

Christian no insistió.

Ahora estaba frente a una pared de fotografías mientras un representante local explicaba la estrategia de distribución.

Anaïs permanecía a pocos metros.

Todo iba según el plan.

Era precisamente lo que Christian necesitaba.

Hasta que dejó de escuchar.

No supo qué ocurrió primero.

Tal vez una corriente de aire.

El movimiento de alguien al pasar.

Una puerta abriéndose.

Una nota diminuta atravesando la mezcla de perfumes de la sala.

Iris.

Christian se quedó quieto.

No era posible.

Había demasiadas fragancias.

Demasiada gente.

Demasiado alcohol de perfumería flotando en el ambiente.

Volvió a respirar.

Bergamota.

Rosa.

Sándalo.

Iris.

No.

Su cuerpo reaccionó antes que él.

La espalda se tensó.

La respiración cambió.

Por un instante dejó de ver el salón.

Vio cristal roto.

Un mantel blanco.

Vino.

La mano de Francisco.

La luz del restaurante.

El olor derramándose sobre el suelo.

Christian parpadeó.

El ejecutivo frente a él seguía hablando.

—¿Señor Niche?

Christian no respondió.

Buscó el aroma.

Otra vez.

Ahora más claro.

Iris.

Rosa.

Sándalo.

Vainilla.

Benzoino.

Algo suave y cálido debajo.

No era una aproximación.

No era una coincidencia.

No era una de sus reconstrucciones.

Era ella.

Iris 27.

Christian giró lentamente.

La vio al otro lado del salón.

Mujer rubia.

Vestido sobrio.

Postura recta.

Hablaba con dos personas cerca del acceso principal.

No la reconoció de inmediato.

Después ella giró.

Los ojos.

Azules.

Christian sintió un golpe seco en el pecho.

Jazmín Montalvo.

Anaïs vio el cambio.

No sabía qué lo había provocado.

Solo supo que Christian acababa de dejar de estar realmente en la conversación.

Siguió su mirada.

Una mujer.

Rubia.

Treinta y tantos.

Anaïs tardó apenas unos segundos.

Había visto demasiadas fotografías durante el último año.

Jazmín.

Se acercó discretamente.

—Christian.

Él no reaccionó.

—Christian.

Esta vez sí.

—¿Qué?

—Te están preguntando algo.

Volvió hacia el ejecutivo.

Pidió disculpas.

Respondió correctamente.

Terminó la conversación.

Pero Anaïs siguió observándolo.

—¿Qué pasó?

—Nada.

Ella miró hacia Jazmín.

—Eso parece tener nombre.

Christian no respondió.

La presentación comenzaba.

No había tiempo.

Subió al escenario.

Durante los siguientes cuarenta minutos, Christian hizo exactamente lo que debía.

Habló de Le Sillage.

De Grasse.

De la expansión internacional.

De Orbis.

De la relación entre materias tradicionales y mercados contemporáneos.

Respondió preguntas.

Sonrió cuando correspondía.

No miró hacia Jazmín más de lo necesario.

Pero la olía.

Cada vez que una corriente de aire cambiaba.

Cada vez que alguien se movía entre ellos.

Iris 27 seguía allí.

Era peor que verla.

Porque la fragancia no había envejecido dentro de su memoria.

Estaba viva.

Sobre otra persona.

Jazmín lo observó varias veces.

Christian Niche no era como lo había imaginado.

En fotografías parecía más distante.

En persona resultaba cordial.

Controlado.

Atento.

También hablaba español con una naturalidad que la sorprendió.

No había acento perceptible.

No el acento de un francés bien entrenado.

Nada.

Ella recordó la entrevista.

Formado en Grasse.

Biografía ambigua.

Poca información anterior.

Christian respondía una pregunta sobre Latinoamérica cuando sus ojos se encontraron por segunda vez.

Otra vez ocurrió.

Un cambio mínimo.

No en el rostro.

En la respiración.

Jazmín lo vio.

Y esta vez estuvo segura.

No era imaginación.

Christian Niche había reaccionado a ella.

O a algo relacionado con ella.

La ronda de preguntas terminó.

Christian bajó del escenario.

Anaïs se acercó inmediatamente.

—Tienes diez minutos antes de prensa individual.

—Cancélala.

—No.

Christian ya estaba mirando hacia otro lado.

—Anaïs.

—No puedes cancelar quince medios porque viste a Jazmín Montalvo.

Christian giró hacia ella.

—No es por Jazmín.

Anaïs siguió su mirada.

—Entonces explícame.

Christian respiró.

El perfume volvió.

—Es Iris 27.

Anaïs dejó de hablar.

—¿Qué?

—Ella lleva Iris 27.

Por primera vez desde que la conocía, Anaïs tardó en responder.

—¿Estás seguro?

Christian la miró.

No necesitó decir nada.

Anaïs giró lentamente hacia Jazmín.

—¿Cómo?

—Voy a averiguarlo.

—Christian.

Él ya caminaba.

Jazmín estaba terminando una conversación cuando lo vio acercarse.

Se excusó.

Christian se detuvo frente a ella.

Por un segundo ninguno habló.

Era absurdo.

Habían pasado casi veinte años desde la última vez que estuvieron en la misma habitación.

Ella no lo sabía.

Él sí.

—Señora Montalvo.

—Señor Niche.

Jazmín extendió la mano.

Christian la tomó.

Otra vez el perfume.

Más cerca.

No hubo duda.

Iris 27.

—Felicidades por la presentación —dijo ella—. Orbis ha conseguido que medio consejo de administración hable de oud como si siempre hubiera sabido pronunciarlo.

Christian sonrió apenas.

—Eso ya es un logro.

—No necesariamente.

Ella lo observó con curiosidad.

—Habla español perfectamente.

—Gracias.

—No era un cumplido.

Christian sostuvo la mirada.

—Entonces también gracias.

Jazmín sonrió.

Algo en él no coincidía con su expectativa.

—¿Puedo preguntarle algo? —dijo Christian.

—Supongo que para eso vino.

No perdió tiempo.

—El perfume que lleva.

La expresión de Jazmín cambió.

—¿Mi perfume?

—Sí.

Christian sabía que estaba siendo demasiado directo.

No le importó.

—¿Dónde lo consiguió?

Jazmín lo observó varios segundos.

—Es una pregunta extraña para alguien que acaba de conocerme.

—Soy perfumista.

—Eso mejora un poco la pregunta.

Christian esperó.

Ella acercó ligeramente la muñeca a la nariz.

—Fue un regalo.

—¿De quién?

Jazmín arqueó una ceja.

Christian comprendió cómo sonaba.

—Perdone.

—No parece.

Él bajó ligeramente la voz.

—Necesito saberlo.

Jazmín estudió su rostro.

Había algo auténtico en la urgencia.

No comercial.

No seductor.

Nada parecido.

—Mi padre.

Christian se quedó quieto.

—¿Alejandro Montalvo?

—Tengo uno solo.

—¿Cuándo se lo dio?

—Ayer.

Christian sintió que el salón se alejaba.

—¿Ayer?

—Fue mi cumpleaños.

—¿Le dijo de dónde venía?

Jazmín dejó de sonreír.

Ahora la curiosidad había cambiado.

—Sí.

Christian esperó.

—Lo hizo Francisco Montemayor.

Escuchar el nombre en su voz resultó peor de lo que esperaba.

—¿Dijo algo más?

—Bastante.

—¿Existe otra botella?

Jazmín entrecerró ligeramente los ojos.

—¿Por qué le importa tanto?

Christian no respondió.

Ella lo observó.

—¿Conoce el perfume?

La pregunta llegó limpia.

Christian tuvo que elegir.

Mentir era fácil.

Demasiado.

—He olido algo muy parecido.

Jazmín no pareció convencida.

—Eso no fue lo que pregunté.

Christian sostuvo su mirada.

—Es lo que puedo responder.

Jazmín dejó pasar unos segundos.

—Mi padre dijo que era la única botella que conservó.

—¿Conservó?

—Durante años.

Christian sintió algo nuevo.

No alivio.

Una grieta.

—¿La fórmula?

—Dice que nunca la tuvo.

El mundo se detuvo durante un segundo.

Christian miró a Jazmín.

—¿Está segura?

—No suelo inventar conversaciones con mi padre.

—No quise decir eso.

—Pero lo dijo.

Christian apartó la vista.

Casi veinte años.

Montalvo había tenido el perfume.

No la fórmula.

Jazmín continuó:

—Tampoco lo comercializó.

Christian volvió hacia ella.

—¿Nunca?

—Nunca.

—¿Por qué?

—Por respeto a Francisco.

La respuesta lo golpeó.

Jazmín vio el cambio.

—¿Qué ocurre?

Christian tardó demasiado.

—Nada.

Ella sonrió sin humor.

—Tiene una relación bastante creativa con esa palabra.

Antes de que pudiera responder, Anaïs apareció a su lado.

—Perdón.

Miró a Jazmín con una cordialidad impecable.

—Anaïs Laurent. Trabajo con Christian.

—Jazmín Montalvo.

—Lo sé. Encantada.

Volvió hacia Christian.

—Te están esperando.

—Pueden esperar.

—No.

La palabra salió con suavidad absoluta.

Jazmín observó el intercambio.

Había confianza entre ambos.

La clase de confianza que no necesitaba cortesía.

Christian entendió el mensaje.

Se volvió hacia Jazmín.

—Me gustaría continuar esta conversación.

Ella inclinó ligeramente la cabeza.

—Eso depende de si la próxima vez responde alguna de mis preguntas.

Christian casi sonrió.

—Intentaré mejorar.

—Hágalo.

Se despidieron.

Christian caminó con Anaïs hacia una zona privada.

No miró atrás.

Jazmín sí.

La puerta se cerró.

Anaïs giró.

—¿Qué demonios fue eso?

Christian se llevó una mano al rostro.

—Era ella.

—Ya establecimos que era Jazmín.

—El perfume.

—También lo establecimos.

Christian caminó hasta una mesa.

—Montalvo se lo regaló ayer.

Anaïs dejó su carpeta.

—¿Ayer?

—Cumpleaños.

—¿Y?

Christian respiró.

—Dice que Montalvo la conservó todos estos años.

—¿La botella?

—Sí.

—¿La fórmula?

Christian negó.

—Dice que nunca la tuvo.

Anaïs quedó inmóvil.

Christian continuó antes de que pudiera hablar.

—También dice que nunca lo comercializó.

Anaïs se sentó.

—Dieciocho años.

—Sí.

—Tenía una muestra del perfume que supuestamente mató a tu padre para conseguir.

Christian sintió irritación.

—No sabemos por qué lo mataron.

—Precisamente.

—Puede que necesitara la fórmula.

—Entonces matarlo sin asegurarse de tenerla habría sido bastante inútil.

Christian la miró.

Anaïs levantó una mano.

—Estoy siguiendo tu hipótesis.

—Quizá pensó que Francisco la llevaba.

—Y después descubre que no.

—Sí.

—¿Y durante dieciocho años no intenta reconstruirla?

—No sabemos que no lo intentara.

Anaïs sostuvo su mirada.

—No hay ningún producto.

—Eso no prueba nada.

—No.

Ella asintió.

—Pero cambia algo.

Christian permaneció callado.

Anaïs se inclinó hacia delante.

—Si Alejandro Montalvo mató a Francisco para quedarse con Iris 27, tuvo durante casi veinte años una muestra terminada, jamás la comercializó, jamás produjo una versión pública y ahora se la regaló a su hija.

Christian apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Puede haber otra explicación.

—Seguro.

—Entonces deja de hablar como si estuviera resuelto.

—No está resuelto.

Anaïs bajó la voz.

—Ese es el problema.

Christian levantó la mirada.

—Tu hipótesis principal acaba de perder una parte importante de su móvil.

La prensa individual no se canceló.

Christian habría preferido arrancarse una muela.

Anaïs no mostró compasión.

Cumplió las entrevistas.

Respondió preguntas sobre Orbis.

Sobre México.

Sobre expansión.

Sobre materias primas.

Nadie supo que estaba pensando en un frasco guardado durante casi veinte años.

Al final de la tarde regresó a la residencia.

Isabel estaba en el jardín.

Lo vio entrar y supo de inmediato que algo había ocurrido.

—¿Qué pasó?

Christian dejó el saco sobre una silla.

—Vi a Jazmín.

Isabel tardó un segundo.

—¿Cómo está?

La pregunta lo sorprendió.

—No sé.

—La viste.

—Hablamos diez minutos.

Isabel asintió.

—Entonces no sabes.

Christian se acercó.

—Llevaba Iris 27.

Isabel quedó inmóvil.

El ruido de la ciudad pareció desaparecer.

—¿Qué dijiste?

—Era Iris 27.

Isabel se sentó lentamente.

Christian la observó.

—Montalvo se la regaló ayer.

Su madre cerró los ojos.

No lloró.

—Sobrevivió.

Christian no había pensado en la frase de esa forma.

—Sí.

Isabel respiró.

—¿La oliste?

—Desde el otro lado de la sala.

Una sombra de emoción atravesó el rostro de ella.

—Francisco habría disfrutado eso.

Christian no respondió.

Isabel abrió los ojos.

—¿Qué te dijo Jazmín?

—Que Montalvo conservó la botella.

—Lo sabía.

Christian la miró.

—¿Sabías que todavía la tenía?

—Sabía que la recibió esa noche.

—No es lo mismo.

—No.

Christian se sentó frente a ella.

—Nunca la comercializó.

Isabel bajó la mirada.

—No.

—¿Tú sabías eso?

—Todo el mundo habría sabido si la hubiera lanzado.

Christian sintió la impaciencia crecer.

—También dice que nunca tuvo la fórmula.

Isabel levantó lentamente la mirada.

—Eso tiene sentido.

—¿Por qué?

—Porque tu padre no confiaba las fórmulas finales a nadie.

Christian pensó en la casa.

El mueble.

La carpeta.

—Entonces Montalvo recibió el perfume y nada más.

—Puede ser.

Christian apoyó los codos sobre las rodillas.

—Durante dieciocho años pensé que—

Se detuvo.

Isabel terminó por él.

—Que lo mató para quedarse con ella.

Christian apretó la mandíbula.

—Era lo que más sentido tenía.

—Para un niño de diez años.

Él levantó la cabeza.

Isabel no había dicho la frase con crueldad.

—Después dejaste de tener diez.

Christian se puso de pie.

—No necesito esto ahora.

—No te estoy diciendo que estabas equivocado.

—Parece.

—Te estoy diciendo que ahora tienes algo que antes no tenías.

—¿Qué?

Isabel sostuvo su mirada.

—Una razón para dudar.

Esa noche Christian no durmió.

Anaïs había dejado el expediente México sobre la mesa del despacho.

La sección de Alejandro Montalvo seguía marcada.

Christian la abrió.

Fotografías.

Empresas.

Consejos.

Historia corporativa.

Francisco.

Iris 27.

Hasta esa mañana, cada página parecía apuntar en una dirección.

Ahora no.

Sacó una hoja en blanco.

Escribió:

MONTALVO

Debajo:

Móvil supuesto: Iris 27.

Se quedó mirando las palabras.

Después añadió:

Conservó muestra aproximadamente 18 años.

No comercializó.

No reproducción conocida.

No fórmula confirmada.

Regaló muestra a Jazmín.

Christian apoyó el bolígrafo.

Nada de aquello demostraba inocencia.

Lo sabía.

Podía haber otras razones.

Culpa.

Miedo.

Fracaso.

Algún acuerdo que todavía no entendía.

Pero por primera vez la teoría no parecía una estructura.

Parecía una historia que había contado demasiadas veces.

Abrió la libreta de Francisco.

Las páginas olían a papel viejo.

No a Iris 27.

El perfume estaba a pocos kilómetros.

Sobre la piel de una mujer que había estado presente la noche de la muerte.

Christian cerró los ojos.

Recordó a Montalvo en el aeropuerto.

Más joven.

Solo.

Mirándolo subir al avión.

Había interpretado aquella tristeza como culpa.

¿Y si no lo era?

Pensó en la clínica.

El médico.

El sobre.

El hombre sin rostro.

Durante años había llenado ese vacío con Montalvo.

Porque Montalvo tenía el perfume.

Porque Montalvo tenía el dinero.

Porque Montalvo había pagado el viaje.

Porque necesitaba que todas las piezas pertenecieran a la misma persona.

Abrió los ojos.

La fotografía de Alejandro Montalvo seguía frente a él.

Christian la tomó.

Durante casi dieciocho años había querido hacerle una sola pregunta.

¿Por qué mataste a mi padre?

Ahora apareció otra.

Más simple.

Mucho peor.

Dejó la fotografía sobre la mesa.

Por primera vez desde que tenía diez años, permitió que la posibilidad existiera completa.

¿Y si me equivoqué?

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CAPÍTULO 13

Jazmín Montalvo

Jazmín abrió los ojos antes de que sonara la alarma.

Durante unos segundos no supo qué la había despertado.

La habitación estaba en silencio.

Adrián dormía de espaldas, al otro extremo de la cama, con esa inmovilidad casi elegante que mantenía incluso dormido. La luz apenas empezaba a entrar por las cortinas.

Entonces recordó.

Christian Niche.

No el evento.

No la presentación.

A él.

La forma en que había cambiado cuando olió Iris 27.

Jazmín permaneció boca arriba, mirando el techo.

Había visto a muchos hombres controlar una habitación.

Empresarios.

Políticos.

Banqueros.

Directores.

Personas que necesitaban demostrar que tenían poder y otras que lo tenían de verdad.

Christian pertenecía al segundo grupo.

No hablaba demasiado.

No buscaba atención.

No parecía necesitar que nadie entendiera quién era.

Hasta que había visto el perfume.

O mejor dicho, hasta que lo había olido.

Entonces algo había fallado.

Solo por un instante.

Pero Jazmín lo había visto.

La respiración.

La mirada.

La urgencia.

La manera en que había preguntado por Francisco Montemayor como si el nombre tuviera peso propio.

Giró hacia un costado.

Adrián seguía dormido.

Jazmín cerró los ojos otra vez.

Christian le resultaba atractivo.

Era inútil fingir lo contrario.

Alto.

Seguro.

Una presencia sobria.

Nada espectacularmente construido.

No parecía interesado en gustar.

Eso, por alguna razón, resultaba más efectivo.

Pero no era eso lo que la mantenía despierta.

Era la incoherencia.

Christian Niche aparecía en entrevistas como un perfumista formado en Grasse.

Europeo en comportamiento.

Reservado.

Con una biografía casi sin pasado.

Y sin embargo hablaba español como ella.

No bien.

No correctamente.

Como alguien que había aprendido a pensar en ese idioma.

Jazmín abrió los ojos.

Aquello sí le molestaba.

No emocionalmente.

Intelectualmente.

Se levantó.

El agua de la ducha terminó de despertarla.

Intentó pensar en el día.

Una reunión de tesorería.

Dos comités.

Una revisión de expansión.

Una llamada con Dubái.

El tipo de agenda que normalmente ocupaba cada espacio disponible de su cabeza.

Christian volvió de todos modos.

¿Dónde lo consiguió?

¿Existe otra botella?

¿Y la fórmula?

No habían sido preguntas de un perfumista curioso.

Habían sido preguntas de alguien que llevaba demasiado tiempo esperando respuestas.

Jazmín cerró el agua.

Se secó el cabello frente al espejo.

Pensó en la forma en que Anaïs había aparecido para sacarlo de la conversación.

No una asistente común.

Demasiada confianza.

Demasiado control sobre él.

Christian había aceptado irse aunque no quería.

Eso también era información.

Se vistió.

Traje gris.

Camisa clara.

Cabello suelto.

Nada que exigiera atención.

Antes de salir miró el pequeño frasco de Iris 27 sobre el tocador.

Lo tomó.

No se perfumó.

Lo guardó en el bolso.

Adrián estaba en la cocina cuando bajó.

Había despertado después.

Ya vestido.

Camisa blanca.

Reloj.

Café.

Revisaba mensajes en el teléfono.

—Te vas temprano —dijo.

—Tengo reunión a las ocho.

—Creí que la habías movido.

—La volvieron a mover.

Adrián dejó el teléfono.

—Ventajas de ser directora general.

—La principal ventaja es poder asistir a reuniones que nadie más quiere.

Él sonrió.

Jazmín tomó café.

Durante unos segundos compartieron el silencio sin incomodidad.

Eso era, quizá, lo más extraño de su matrimonio.

Habían aprendido a vivir juntos sin necesidad de acercarse.

No había guerra.

No había escenas.

No había reconciliaciones porque casi nunca había algo que reconciliar.

Funcionaban.

Ella tenía su vida.

Adrián la suya.

En público seguían pareciendo lo que todos esperaban.

Una pareja sólida.

Educada.

Unida.

En privado se habían convertido en especialistas en no hacerse demasiadas preguntas.

—¿Qué tal ayer? —preguntó él.

Jazmín levantó la vista.

—¿El evento?

—Le Sillage.

—Interesante.

—¿El perfumista?

Ella tomó otro sorbo.

—Mejor de lo que esperaba.

—¿En qué sentido?

Jazmín se encogió de hombros.

—Entiende negocios.

Adrián sonrió apenas.

—Eso ya lo vuelve peligroso.

—Para otros perfumistas, quizá.

—Para cualquiera.

Jazmín dejó la taza.

—Tenemos que evaluar una alianza.

Adrián asintió.

—Eso sí me interesa.

—Te enviaré el material cuando haya algo serio.

Se puso de pie.

Adrián la observó.

—¿Vas a verlo otra vez?

La pregunta sonó casual.

Jazmín tomó el bolso.

—Probablemente.

—Bien.

No preguntó más.

Ella tampoco.

A las ocho y catorce Jazmín estaba revisando una tabla de pagos cuando encontró la primera cifra que no encajaba.

No era enorme.

Precisamente por eso le llamó la atención.

Una empresa del tamaño de Grupo Montalvo podía perder millones en una mala decisión estratégica y discutirlo durante meses.

Las cantidades pequeñas eran distintas.

A menudo significaban que alguien esperaba no ser visto.

Volvió a revisar.

Proveedor logístico.

Tres facturas.

Montos similares.

Autorizaciones separadas.

La misma justificación.

Pidió el expediente completo.

Cinco minutos después lo tenía en pantalla.

Diez minutos después llamó a tesorería.

—Necesito el contrato original.

—Está en archivo.

—Entonces sáquenlo.

—¿Para cuándo?

Jazmín miró el reloj.

—Ahora.

Veinte minutos después había dos contratos.

El firmado.

Y una copia digital con un anexo que no aparecía en el archivo oficial.

Jazmín llamó al director financiero.

—Ven a mi oficina.

—Estoy entrando a comité.

—Ya no.

Él llegó cinco minutos después.

Jazmín giró el monitor.

—Explícame esto.

El hombre leyó.

Frunció el ceño.

—No lo había visto.

—Eso espero.

Siguió leyendo.

—Puede ser un error documental.

—Puede.

Jazmín tomó otra hoja.

—También puede explicar por qué estamos pagando diecisiete por ciento más que la tarifa autorizada.

El director levantó la vista.

—¿Quién aprobó?

—Eso es lo que vas a averiguar.

—Jazmín—

—No quiero hipótesis.

Su voz no cambió.

—Quiero documentos.

El hombre asintió.

—¿Suspendo los pagos?

Jazmín pensó.

—Los vinculados a este contrato, sí. No toques nada más hasta saber si el problema está aislado.

—¿Legal?

—Todavía no.

Él la miró.

—¿Por qué?

—Porque todavía no sé si tenemos una irregularidad o un culpable.

El hombre cerró la carpeta.

—Te aviso.

—No.

Jazmín lo detuvo.

—Me informas.

Él comprendió.

—Sí.

Dos horas después ya tenía respuesta.

No era un error.

Un ejecutivo de compras había autorizado ajustes mediante un proveedor relacionado indirectamente con una sociedad donde aparecía un familiar suyo.

Nada especialmente sofisticado.

Solo suficiente distancia administrativa para esperar que nadie mirara demasiado.

Jazmín reunió al director financiero, jurídico y auditoría interna.

El ejecutivo responsable entró después.

Estaba pálido.

—Puedo explicarlo.

—Espero que sí.

Jazmín dejó los documentos frente a él.

—Empieza.

El hombre habló durante quince minutos.

Errores.

Urgencia.

Presiones.

Un proveedor que había cambiado condiciones.

Una relación familiar que, según él, no tenía importancia.

Jazmín escuchó sin interrumpir.

Cuando terminó, preguntó:

—¿Autorizaste los pagos?

—Sí, pero—

—¿Declaraste la relación?

El hombre guardó silencio.

—No.

—¿Informaste que los precios estaban por encima de los aprobados?

—La diferencia era temporal.

—No fue lo que pregunté.

Otra pausa.

—No.

Jazmín cerró la carpeta.

—Quedas separado de tus funciones desde este momento.

El hombre levantó la cabeza.

—Jazmín—

—Auditoría revisará los contratos relacionados. Jurídico determinará si corresponde acción adicional.

—Después de todo lo que he hecho por esta empresa—

Jazmín lo miró.

—Precisamente por eso esperaba que supieras mejor lo que estabas haciendo.

No levantó la voz.

No hizo falta.

El hombre salió acompañado por jurídico.

El director financiero permaneció.

—¿Quieres que informe al consejo?

—Sí.

—¿A tu padre?

Jazmín recogió los documentos.

—Yo hablaré con él.

Alejandro Montalvo recibió la noticia durante el almuerzo.

No en una sala de juntas.

En su despacho privado.

Había convertido parte de su oficina en un espacio bastante menos formal desde que Jazmín asumió la dirección general.

Él seguía siendo presidente.

Seguía controlando el grupo.

Pero ya no ocupaba cada conversación.

Jazmín se sentó frente a él.

Montalvo terminó de leer el resumen.

—¿Cuánto?

—Todavía no sabemos el total.

—¿Estimado?

Ella se lo dijo.

Montalvo asintió.

No era una cantidad capaz de dañar al grupo.

Sí suficiente para exigir una respuesta.

—¿Qué hiciste?

Jazmín explicó.

Suspensión.

Auditoría.

Jurídico.

Revisión de proveedores relacionados.

Montalvo dejó el informe.

—¿Y si no hubo beneficio personal directo?

—La omisión sigue existiendo.

—No es lo mismo.

—No.

Jazmín sostuvo la mirada.

—Por eso no lo despedí todavía.

Montalvo sonrió apenas.

—Bien.

—¿Eso es todo?

—¿Quieres que te contradiga para que la conversación parezca más interesante?

—Sería una novedad.

Él apoyó los brazos sobre la mesa.

—Lo hiciste bien.

Jazmín apartó el informe.

—Lo sé.

Montalvo soltó una risa.

—Eso también lo heredaste de mí.

—O a pesar de ti.

El tono era ligero.

Pero debajo había otra cosa.

Respeto.

Jazmín lo valoraba más de lo que admitía.

No porque necesitara permiso.

Porque quería que él supiera que la empresa estaría bien cuando ya no estuviera.

—Asia cerró arriba este trimestre —dijo ella.

Montalvo asintió.

—Lo vi.

—Quiero acelerar dos mercados más el próximo año.

—¿Cuáles?

Jazmín se los dijo.

Montalvo escuchó.

Preguntó por riesgo.

Capital.

Capacidad.

Ella respondió.

—Ambicioso —dijo finalmente.

—Ese es el punto.

—El grupo ya es grande.

Jazmín se recostó.

—No quiero que sea grande.

Montalvo la miró.

—Quiero que sea imposible de ignorar.

Él sonrió lentamente.

—Eso sí lo heredaste de mí.

Jazmín pensó en el frasco dentro de su bolso.

—Hay otra cosa.

Colocó Iris 27 sobre la mesa.

Montalvo dejó de sonreír.

—¿Lo llevas contigo?

—Sí.

—No me gusta.

—Ya no es tuyo.

—Eso ha durado poco.

Jazmín retiró el tapón.

—Quiero preguntarte otra vez por Francisco.

Montalvo la observó.

—¿Por qué ahora?

—Porque ayer Christian Niche casi dejó de respirar cuando olió esto.

La reacción fue mínima.

Pero Jazmín la vio.

—¿Christian?

—Lo reconoció.

Montalvo no respondió.

—Papá.

—¿Qué quieres saber?

—Todo.

—Eso es mucho.

—Empieza por lo útil.

Montalvo tomó el frasco.

No lo abrió.

—Francisco ayudó a convertir nuestra división de perfumería en algo que no habría sido sin él.

—Eso ya me lo dijiste.

—Entonces escuchaste.

—No me dijiste por qué alguien como Christian Niche reconocería un perfume que nunca salió al mercado.

Montalvo permaneció en silencio.

Jazmín inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Lo conocía?

—No lo sé.

La respuesta llegó demasiado rápido.

—Eso fue malo.

Montalvo levantó una ceja.

—¿Qué?

—Mentir.

—No mentí.

—Entonces ocultaste.

Él dejó el frasco.

—No todo lo que sé me pertenece para contarlo.

Jazmín lo observó.

Otra pieza.

Christian.

Francisco.

Su padre.

Todos parecían saber algo distinto.

—¿Tienes la fórmula?

—No.

—¿Nunca la tuviste?

—Nunca.

—Entonces ¿cómo pensabas producirla?

Montalvo apoyó las manos sobre el escritorio.

—Francisco iba a encargarse de eso.

—Murió.

—Sí.

La palabra todavía pesaba.

—¿Y tú decidiste guardarlo veinte años?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque era suyo.

Jazmín miró el frasco.

—Grupo Montalvo habría podido intentar reconstruirlo.

—Pudo.

—Tú pudiste.

—Sí.

—Pero no lo hiciste.

—No.

Jazmín respiró lentamente.

—Christian podría hacerlo.

Montalvo la observó.

—¿Eso dijo?

—No.

—Entonces no pongas palabras en su boca.

—Pregunto si podría.

Montalvo miró Iris 27.

—Quizá.

—Quiero saberlo.

—¿Para qué?

La pregunta la obligó a pensar.

—Porque si esto desaparece, se acabó.

—Todo desaparece.

—Eso no es respuesta.

—Es la única.

Jazmín se inclinó hacia él.

—Quiero entender qué tenemos antes de decidir qué hacer con ello.

Montalvo sostuvo su mirada.

—Mientras yo viva, no quiero que se comercialice.

—Lo recuerdo.

—Después será tu decisión.

Jazmín tomó el frasco.

—Entonces primero tengo que saber qué significa decidir.

Llamó a Christian esa misma tarde.

Anaïs contestó.

—Oficina de Christian Niche.

—Jazmín Montalvo.

Hubo una pausa mínima.

—Señora Montalvo.

—Necesito hablar con Christian.

—¿Sobre la negociación?

—Entre otras cosas.

—Un momento.

Jazmín miró por la ventana.

Treinta segundos después escuchó la voz de él.

—Señora Montalvo.

—Christian.

Otra pausa.

—Supongo que eso significa que ya no estamos en una recepción.

—Significa que necesito una reunión.

—¿Le Sillage?

—Le Sillage e Iris 27.

Silencio.

Muy breve.

Pero otra vez.

Siempre había algo cuando aparecía ese nombre.

—¿Cuándo?

—Mañana.

—Puedo a las once.

—Diez.

—Tengo otra reunión.

—Muévala.

Christian tardó un segundo.

—Diez y media.

Jazmín sonrió.

—Eso parece negociación.

—Es una de mis pocas habilidades sociales.

—Nos vemos mañana.

Colgó.

Christian llegó a Grupo Montalvo a las diez veintisiete.

Anaïs caminaba a su lado.

El edificio era exactamente lo que Christian esperaba y, al mismo tiempo, no se parecía a nada que recordara.

Acero.

Cristal.

Seguridad discreta.

Movimiento constante.

Un grupo construido durante décadas y convertido en arquitectura.

—No mires todo como si estuvieras entrando a un mausoleo —murmuró Anaïs.

Christian siguió caminando.

—No lo hago.

—Tienes esa cara.

—¿Cuál?

—La de “algún día voy a encontrar una carpeta aquí y resolver veinte años de trauma”.

Christian la miró.

—No digas trauma en un lobby.

—Es verdad. Las plantas podrían escucharnos.

Llegaron a los elevadores.

Las puertas se abrieron.

Christian entró.

Al mismo tiempo, otro hombre salía del elevador contiguo.

Traje oscuro.

Cabello perfectamente ordenado.

Un paso seguro.

Christian lo miró apenas.

El hombre hizo lo mismo.

Nada ocurrió.

Después, mientras las puertas empezaban a cerrarse, Christian sintió una incomodidad vaga.

No reconocimiento.

Algo menos preciso.

Como cuando un aroma parece conocido pero no se consigue identificar.

Miró otra vez.

Las puertas se cerraron.

—¿Qué pasa? —preguntó Anaïs.

Christian negó.

—Nada.

En el lobby, el hombre que acababa de cruzarse con ellos miró hacia los elevadores.

Se volvió hacia un asistente.

—¿Quién era?

—Christian Niche.

El hombre asintió.

—El perfumista.

—Sí, señor.

Siguió caminando.

Jazmín los recibió personalmente.

No mandó a un asistente.

Christian lo registró.

Anaïs también.

—Puntual —dijo Jazmín.

—Diez veintisiete.

—Le concedí hasta diez treinta.

—Entonces todavía puedo arruinarlo.

Jazmín sonrió.

—Anaïs.

—Señora Montalvo.

—Jazmín.

—Anaïs.

Se sentaron.

La reunión empezó como debía.

Negocios.

Nada más.

Distribución en México.

Posibles rutas hacia Estados Unidos.

Centroamérica.

Sudamérica.

Almacenamiento.

Control de temperatura.

Seguros.

Tiempos.

Regulación.

Capacidad.

Le Sillage no quería convertirse en una marca masiva.

Grupo Montalvo no necesitaba otra marca que pudiera encontrarse en cualquier aeropuerto.

Ese punto generó la primera discusión real.

—Si limitamos demasiado la red, el costo por unidad aumenta —dijo Jazmín.

Christian revisó las cifras.

—Prefiero perder margen a perder identidad.

—Eso funciona mientras el margen siga existiendo.

—Existe.

—En Europa.

Christian levantó la vista.

—También existirá aquí.

—Eso no es una estrategia.

—No.

Deslizó una hoja.

—Esto sí.

Jazmín leyó.

Anaïs permaneció en silencio.

Christian había construido tres escenarios.

Boutiques selectas.

Distribución controlada.

Experiencias privadas.

Nada de cadenas.

Nada de expansión indiscriminada.

Jazmín revisó los números.

—Esto requiere infraestructura más cara.

—Sí.

—Y reduce crecimiento inicial.

—También.

—Podría triplicar el tiempo de entrada.

Christian asintió.

—No tenemos prisa.

Jazmín levantó la mirada.

—Todo el mundo tiene prisa.

—Entonces tenemos una ventaja.

Ella lo observó unos segundos.

No era un artista jugando a empresario.

Sabía exactamente qué estaba defendiendo.

Y cuánto costaba.

—Esto podría funcionar —dijo.

Christian no sonrió.

—Lo sé.

Jazmín apoyó la hoja.

—Ahí está otra vez.

—¿Qué?

—Esa modestia conmovedora.

Anaïs bajó la vista para ocultar una sonrisa.

Dos horas después habían avanzado más de lo esperado.

Jazmín cerró la carpeta comercial.

—Ahora podemos hablar de la otra razón.

Christian sabía cuál.

Ella abrió un cajón.

Sacó la caja de madera.

La dejó sobre la mesa.

Christian no se movió.

Anaïs lo observó.

Jazmín abrió la caja.

Iris 27.

La distancia era suficiente para que Christian lo oliera apenas.

Aun así, su cuerpo reaccionó.

Jazmín lo vio.

—Otra vez.

Christian levantó la mirada.

—¿Qué?

—Hace eso cada vez que aparece.

—¿Qué cosa?

—Deja de ser Christian Niche durante medio segundo.

Anaïs miró a Jazmín con atención.

Christian no respondió.

Ella tomó el frasco.

—Quiero saber si puede reconstruirlo.

Christian se quedó quieto.

Había imaginado ese momento durante casi veinte años.

No así.

Nunca así.

Había creído que encontraría la fórmula.

Un cuaderno.

Una caja.

Algún documento de Francisco.

No que la hija de Montalvo pondría la única muestra conocida sobre una mesa y le preguntaría si podía devolverla al mundo.

—¿Puede? —repitió Jazmín.

Christian miró el líquido.

—No lo sé.

Ella frunció el ceño.

—Eso no se parece mucho a la reputación que tiene.

—Mi reputación no cambia la química.

—¿Necesitaría analizarlo?

—Sí.

—¿Y después?

Christian levantó la mirada.

—Después tendría que decidir si hacerlo.

Jazmín no esperaba eso.

—¿Por qué?

—Porque reconstruir algo no significa que tengas derecho a hacerlo.

—El perfume es mío.

—La botella.

Jazmín quedó inmóvil.

Christian continuó:

—La obra es de Francisco Montemayor.

—Murió hace casi veinte años.

—Eso no cambia la autoría.

La frase la sorprendió.

—¿Lo conoció?

Christian sintió la pregunta como una presión física.

Anaïs no intervino.

—Conozco su trabajo.

—No fue lo que pregunté.

—Parece que ninguno de los dos responde preguntas hoy.

Jazmín se reclinó.

—Yo respondí todas las suyas ayer.

Christian aceptó el golpe.

—Tiene razón.

—Entonces.

Silencio.

—No puedo hablar de eso todavía.

Jazmín lo miró.

—Todavía.

Christian percibió el error.

Ella también.

—Curiosa palabra.

Cambió de dirección antes de que pudiera profundizar.

—¿Por qué quiere reproducirlo?

Jazmín miró el frasco.

—No dije que quisiera venderlo.

—Dijo reconstruir.

—Quiero saber si es posible.

—¿Para qué?

—Para decidir.

Christian reconoció la lógica.

Era casi la misma respuesta que habría dado él.

—Necesitaría pensarlo.

—¿Cuánto?

—No lo sé.

Jazmín sonrió apenas.

—Está usando demasiado esa frase.

—Estoy en México. Estoy ampliando repertorio.

La conversación siguió.

Jazmín hizo la pregunta que llevaba guardando desde el evento.

—¿Qué está haciendo realmente aquí?

Christian la miró.

—Acabamos de pasar dos horas hablando de eso.

—No.

Jazmín apoyó un dedo sobre la carpeta comercial.

—Eso explica qué hace Le Sillage aquí.

Otra pausa.

—Yo pregunté qué hace usted.

Anaïs permaneció inmóvil.

Christian sintió el cambio en el ambiente.

—Dirijo la expansión creativa de la casa.

—No me refiero al cargo.

—Entonces tendrá que ser más específica.

—México no era la única opción.

—No.

—Tampoco Grupo Montalvo.

—No.

—Y ayer casi interrogó a una desconocida por un perfume que oficialmente no existe.

Christian sostuvo la mirada.

—Soy perfumista.

—Otra vez esa excusa.

—Funciona bastante bien.

Jazmín no sonrió.

—¿Qué quiere de mi empresa?

—Una alianza.

—¿Y de mi padre?

Christian no respondió.

Ahí estaba.

Directo.

Sin adornos.

Jazmín lo vio.

—Eso pensé.

—No sabe lo que pienso.

—No. Pero sé cuándo alguien evita una respuesta.

Christian se inclinó ligeramente.

—Quiero entender la historia de la división de perfumería.

—¿Por qué?

—Porque si Le Sillage va a construir una relación con Grupo Montalvo, necesito saber cómo llegó a ser lo que es.

—Hay informes.

—Los informes eliminan lo incómodo.

Jazmín levantó una ceja.

—Eso ha sonado personal.

—Ha sonado empresarial.

—Habla español como mexicano.

Christian quedó quieto.

La pregunta llegó sin transición.

—¿Dónde lo aprendió?

—Hace muchos años.

—¿Dónde?

Christian sostuvo la mirada.

—En distintos lugares.

Jazmín sonrió.

—Malo.

—¿Qué?

—Eso sí fue una mentira.

—No.

—Entonces fue una respuesta diseñada para no decir nada.

Christian no replicó.

Jazmín tomó el frasco.

—Su biografía dice Grasse.

—Trabajé en Grasse.

—Otra respuesta precisa.

—Las prefiero.

—Yo también.

Se miraron.

Por primera vez la reunión dejó de sentirse completamente profesional.

No por atracción.

Por desafío.

Christian volvió al terreno comercial antes de perder más espacio.

—Si avanzamos, Le Sillage necesitará comprender la evolución de su división de perfumería.

Jazmín lo observó.

—Eso ya lo dijo.

—Proveedores históricos. Logística. Cambios en producción. Estructura de distribución. Operaciones que explican cómo construyeron la red actual.

—Parte de eso tiene veinte años.

—Precisamente.

Jazmín cruzó los brazos.

—¿Para qué necesita información tan antigua?

Christian ya tenía la respuesta preparada.

—Para entender qué funcionó y qué no.

Ella no pareció convencida.

Pero tampoco lo rechazó.

—Puedo autorizar información comercial histórica si jurídico considera que no compromete datos sensibles.

Christian mantuvo el rostro neutro.

Primer paso.

—Eso sería suficiente para empezar.

—No prometí acceso irrestricto.

—No lo pedí.

—Todavía.

Christian casi sonrió.

—Está aprendiendo mis palabras.

—Estoy intentando entenderlas.

Cuando salieron del edificio, Anaïs esperó hasta estar dentro del automóvil.

—La subestimaste.

Christian miró por la ventana.

—Sí.

Anaïs se acomodó el cinturón.

—Qué agradable escucharte admitir algo.

—No abuses.

—Sabe negociar.

—Sí.

—Ve cosas.

Christian volvió hacia ella.

—También.

Anaïs lo observó unos segundos.

—Y te gusta.

Christian endureció el gesto.

—No.

—No dije que estuvieras enamorado.

—Entonces no sé por qué lo mencionas.

—Porque cambiaste de humor.

—Estoy pensando en Iris 27.

—Claro.

Christian volvió hacia la ventana.

—Estoy interesado en lo que sabe.

Anaïs dejó pasar un segundo.

—Eso ha sonado bastante convincente.

Christian la miró.

Ella sonreía apenas.

—No empieces.

—No hice nada.

—Precisamente.

Anaïs apartó la mirada.

El comentario había sido ligero.

Pero algo quedó detrás.

Christian no lo notó.

O decidió no hacerlo.

Isabel escuchó toda la historia esa tarde.

Estaban en el despacho de la residencia.

Christian había colocado la libreta de Francisco sobre la mesa.

—Quiere que lo reconstruya.

Isabel no necesitó preguntar qué.

—¿Puedes?

Christian se recostó.

—Con la muestra original tendría posibilidades reales.

—No fue lo que pregunté.

Él la miró.

Isabel sostuvo la mirada.

—¿Puedes?

—Probablemente.

Ella asintió.

—¿Y quieres?

Christian no respondió inmediatamente.

Había querido aquello desde los diez años.

Había reconstruido fragmentos.

Había desperdiciado noches.

Había puesto en riesgo L’Iris d’Or.

Había convertido Iris 27 en una frontera entre él y Francisco.

Ahora estaba al alcance.

—Sí.

La respuesta salió baja.

Isabel no lo juzgó.

—Entonces la pregunta es otra.

Christian sabía cuál.

—¿Debo?

—Exacto.

Se levantó.

Caminó hasta la ventana.

—Es de papá.

—Sí.

—Jazmín es dueña de la muestra.

—También.

—Podría permitirme estudiarla.

—Eso no te convierte en Francisco.

Christian cerró los ojos un segundo.

—No estoy intentando serlo.

—Ya no.

La frase lo hizo girar.

Isabel se acercó.

—A los diecinueve años sí.

Christian no respondió.

—Ahora tienes que decidir si quieres entender el perfume o poseerlo.

Él miró la libreta.

—No quiero comercializarlo.

—Entonces ya tienes parte de la respuesta.

Christian tomó una hoja.

—Puedo decirle que lo conserve.

—¿Y estudiar la muestra?

—Si ella acepta.

Isabel asintió.

—Eso es distinto.

Christian abrió la libreta.

—Quizá algún día se pueda mostrar.

—Quizá.

—Pero no como mío.

Isabel sonrió apenas.

—Ahora sí estás pensando como perfumista.

Jazmín llegó a casa tarde.

Adrián no estaba.

Había dejado un mensaje diciendo que cenaría fuera.

Nada raro.

Jazmín entró al estudio.

Abrió la computadora.

Escribió:

Christian Niche

Miles de resultados.

Perfumes.

Entrevistas.

Fotografías.

Le Sillage.

Ambre Impérial.

L’Iris d’Or.

Orbis.

Premios.

Eventos.

Distribuidores.

Abrió la entrevista que ya conocía.

La volvió a leer.

Formación en Grasse.

Colaboración con Le Sillage.

Poca información anterior.

Jazmín buscó fechas.

Aproximadamente ocho años.

Antes de eso, casi nada.

No una infancia pública.

No una escuela.

No familia.

No entrevistas antiguas.

No rastros claros.

Christian Niche parecía empezar cuando el mundo decidió mirarlo.

Buscó en francés.

Después en inglés.

Lo mismo.

Cambió términos.

Grasse.

Christian.

Formación.

Familia.

Nada sólido.

Volvió a pensar en su español.

No había aprendido aquello en un curso.

No era posible.

Abrió una fotografía del lanzamiento de L’Iris d’Or.

Veintitantos.

Más joven.

Misma mirada.

Jazmín aumentó la imagen.

No sabía qué esperaba encontrar.

Cerró la ventana.

Tomó el teléfono.

Marcó a Adrián.

Contestó al tercer tono.

—¿Todo bien?

—Sí.

Ruido de restaurante al fondo.

—Necesito pedirte algo.

—Dime.

—Christian Niche.

Silencio breve.

—¿Qué pasa con él?

—Quiero saber quién es.

Adrián tardó un segundo.

—Es un perfumista.

—Gracias. Mañana puedes dirigir inteligencia corporativa.

Él rio.

—¿Qué buscas?

—Antecedentes.

—¿Por la negociación?

—En parte.

—¿Y la otra parte?

Jazmín miró la pantalla.

La fotografía de Christian seguía abierta.

—Su historia pública empieza demasiado tarde.

—¿Cuánto?

—Ocho años más o menos.

—Puede ser privacidad.

—Habla español como mexicano.

Otro silencio.

—¿Y?

—Y su biografía no explica por qué.

Adrián bajó la voz.

—¿Quieres que averigüe?

—Sí.

—Tengo algunos contactos.

—No necesito problemas.

—No los tendrás.

Jazmín conocía esa frase.

Nunca significaba exactamente lo que parecía.

—Solo información.

—Entendido.

—Y Adrián.

—¿Sí?

—Discreto.

—Siempre.

Jazmín colgó.

Miró otra vez la fotografía.

Christian Niche.

Ocho años de historia.

Demasiado perfecto.

Demasiado limpio.

Eso casi siempre significaba una de dos cosas.

Que no había nada.

O que alguien había trabajado para que pareciera así.

Anaïs decidió cenar sola.

Christian estaba encerrado con informes.

Isabel había preferido quedarse en la residencia.

Anaïs necesitaba una mesa donde nadie le hablara de Francisco Montemayor, archivos corporativos, Iris 27 ni mujeres rubias con ojos demasiado atentos.

Encontró un restaurante tranquilo.

Se sentó cerca de la barra.

Pidió comida.

Una copa de vino.

Por primera vez desde que llegaron a México, no llevaba carpeta.

Ni tableta.

Ni teléfono sobre la mesa.

Lo mantuvo dentro del bolso.

Duró doce minutos.

—Perdón.

Anaïs levantó la vista.

Un hombre estaba de pie junto a la mesa.

Treinta y tantos.

Traje sin corbata.

Aspecto cuidado.

Una copa en la mano.

La expresión ligeramente más relajada de lo que habría esperado a esa hora.

—¿Sí?

—Tengo la impresión de que la conozco.

Anaïs lo miró.

—Eso suele ser una frase muy mala.

El hombre sonrió.

—Lo sé.

—Entonces es preocupante que la haya usado.

—Estaba intentando decidir si mentir mejor.

Anaïs bebió un poco de vino.

—¿Y?

—Se me acabó el tiempo.

Ella lo estudió.

No parecía completamente sobrio.

Tampoco borracho.

Lo suficiente para hablar con menos filtro.

—No creo conocerlo.

—Entonces perdí la apuesta.

—¿Con quién?

—Conmigo.

Anaïs casi sonrió.

—Eso parece fácil de manipular.

—Solo cuando voy perdiendo.

Hizo un gesto hacia la silla vacía.

—¿Puedo?

Anaïs miró el restaurante.

Después a él.

—Cinco minutos.

—Generosa.

Se sentó.

—Víctor Aldana.

Extendió la mano.

Anaïs la tomó.

—Anaïs.

—¿Solo Anaïs?

—Para cinco minutos es suficiente.

Víctor sonrió.

—Justo.

Los cinco minutos duraron casi una hora.

Víctor trabajaba, según dijo, como ejecutivo de una empresa internacional.

No dio demasiados detalles.

Anaïs tampoco preguntó.

Viajaba.

Negociaba.

Pasaba más tiempo en aeropuertos del que consideraba saludable.

—¿Casado? —preguntó ella en algún momento.

Víctor negó.

—No.

—¿Divorciado?

—Tampoco.

—Eso elimina varias tragedias.

—Conservo otras.

Anaïs sonrió.

La conversación era fácil.

Eso la sorprendió.

Víctor sabía escuchar.

Tenía cultura suficiente para hablar de Europa sin convertir cada ciudad en una anécdota turística.

Conocía restaurantes.

Hoteles.

Negocios.

Algo de arte.

Nada de perfume.

—¿Y tú? —preguntó él.

—¿Yo qué?

—México.

—Trabajo.

—Eso explica poco.

—Era la intención.

Víctor levantó la copa.

—Entonces estamos igualados.

Anaïs lo observó.

—Perfumería.

—¿Diseñas perfumes?

—No exactamente.

—Eso suena como la respuesta de alguien que hace más trabajo que quien aparece en la foto.

Anaïs dejó escapar una risa.

—A veces.

—¿Casa francesa?

Ella lo miró.

—Viajas demasiado.

—Era una pregunta.

—Sí.

Víctor asintió.

—¿Le Sillage?

Anaïs se quedó inmóvil apenas un instante.

—¿Por qué?

Él señaló hacia alguna parte del restaurante.

—Hay publicidad del evento desde hace días. No era una investigación.

Anaïs relajó los hombros.

—Sí.

—Entonces trabajas con Christian Niche.

—A veces.

—Otra respuesta precisa.

Anaïs lo miró con atención.

Por alguna razón, la frase le recordó a Jazmín.

—¿Lo conoces?

Víctor bebió.

—De nombre.

—Todo el mundo parece conocerlo de nombre últimamente.

—Eso debe ser agotador.

—Para él, sí.

—¿Y para ti?

Anaïs sostuvo la mirada.

—También.

Víctor no preguntó más.

Eso le gustó.

Cuando terminaron, él miró el reloj.

—He excedido mis cinco minutos.

—Por cincuenta y tres.

—Puedo compensarlo.

—¿Cómo?

Sacó una tarjeta.

La dejó sobre la mesa.

Víctor Aldana.

Debajo, un número.

Nada más.

—La próxima vez prometo usar una frase menos mala.

Anaïs tomó la tarjeta.

—Eso presupone una próxima vez.

—Soy optimista cuando he bebido.

—Lo noté.

Víctor sonrió.

Se puso de pie.

—Buenas noches, Anaïs.

—Buenas noches, Víctor.

Lo vio alejarse.

No se volvió.

Anaïs miró la tarjeta.

La giró entre los dedos.

Había conocido hombres así antes.

Seguros.

Encantadores.

Probablemente acostumbrados a conseguir una segunda conversación.

Normalmente habría dejado la tarjeta sobre la mesa.

Esta vez la guardó en el bolso.

No sabía exactamente por qué.

Quizá porque México estaba resultando bastante menos predecible de lo que esperaba.

A unos kilómetros de allí, Jazmín esperaba información sobre Christian Niche.

Christian revisaba documentos de Grupo Montalvo.

Y Anaïs acababa de compartir una copa con un desconocido llamado Víctor Aldana.

Ninguno sabía todavía cuánto habían empezado a acercarse.

Aa
CAPÍTULO 14

El aroma imposible

El laboratorio de Grupo Montalvo no se parecía al de Le Sillage.

Christian lo supo antes de tocar nada.

Todo estaba demasiado limpio.

Demasiado ordenado.

Demasiado corporativo.

Acero, vidrio, superficies blancas, iluminación exacta, estaciones de análisis perfectamente delimitadas. Las materias primas estaban catalogadas por familia, origen y lote. Los equipos ocupaban su lugar con una precisión que parecía diseñada para tranquilizar auditores, no perfumistas.

Jazmín caminaba delante de él.

Había cambiado el traje de la mañana por una bata blanca abierta sobre la ropa.

Christian la observó un segundo.

No le quedaba mal.

Eso le molestó más de lo necesario.

—¿Algo? —preguntó ella.

—Nada.

—Otra vez esa palabra.

Christian siguió caminando.

—Es eficiente.

—También sospechosa.

Anaïs venía detrás de ellos revisando una tableta.

—El acuerdo está firmado —dijo—. La muestra no puede salir del laboratorio. Todo análisis queda bajo registro de Grupo Montalvo y cualquier resultado comercial requiere autorización conjunta.

Christian asintió.

—Bien.

Jazmín lo miró.

—Esperaba que discutiera más.

—¿Sobre qué?

—Control.

—No necesito llevarme el frasco.

—Eso fue sorprendentemente razonable.

—No se acostumbre.

Anaïs levantó la vista.

—Demasiado tarde.

Christian ignoró a ambas.

La caja de Iris 27 esperaba sobre una mesa central.

Jazmín la abrió.

Christian sintió el perfume antes de ver el frasco.

No con la violencia del primer encuentro.

Esta vez estaba preparado.

O creía estarlo.

Iris.

Rosa.

Una luz cítrica casi extinguida.

Madera.

Una dulzura discreta.

Y debajo de todo eso, algo más.

Siempre eso.

La presencia que su memoria de niño había convertido en una sensación imposible de nombrar.

Christian se acercó.

—¿Cuánto piensa usar? —preguntó Jazmín.

—Lo mínimo.

—Eso no responde.

—Menos de lo que le gustaría.

Ella apoyó una mano en la mesa.

—Es mi perfume.

Christian la miró.

—Es su frasco.

Jazmín entrecerró los ojos.

—Ya tuvimos esa discusión.

—Y todavía tengo razón.

—Eso también parece una enfermedad profesional.

Anaïs disimuló una sonrisa.

Christian abrió el frasco.

El laboratorio cambió.

No de forma real.

Solo para él.

Por un instante no hubo acero.

Ni cristal.

Ni Grupo Montalvo.

Hubo madera vieja.

Una camisa.

Una voz que ya no podía recordar completa.

Su padre inclinado sobre una mesa.

Christian cerró los ojos.

Dos segundos.

Nada más.

Cuando volvió a abrirlos, Jazmín lo estaba mirando.

No dijo nada.

Eso le agradeció.

Trabajó primero sobre tira.

Después sobre piel.

Luego dejó una muestra en reposo.

No buscaba identificar todos los componentes de inmediato.

Eso era el tipo de espectáculo que hacía la gente que quería parecer perfumista frente a periodistas.

Christian quería entender comportamiento.

Evolución.

Transiciones.

Qué aparecía.

Qué desaparecía.

Qué sostenía lo demás.

Jazmín permanecía a su lado.

Al principio él asumió que se iría.

No lo hizo.

Después de veinte minutos, Christian levantó la mirada.

—¿No tiene una empresa que dirigir?

—Sí.

—¿Y?

—La estoy dirigiendo.

—Desde aquí.

—Tengo teléfono.

Christian volvió a la tira.

—Una innovación tecnológica extraordinaria.

—También tengo gente competente.

—Más extraordinario todavía.

Jazmín sonrió.

—¿Le molesta que me quede?

—No.

—Entonces deje de intentar echarme.

—No estaba intentando echarla.

—Es malo mintiendo.

Christian apoyó la tira.

—Eso ya lo ha dicho.

—Porque sigue siendo cierto.

Jazmín tomó otra tira.

—Yo percibo el iris aquí.

—Sí.

—Y rosa.

—Sí.

—Algo de jazmín.

—Correcto.

—Vainilla después.

Christian asintió.

—Más tarde.

Ella volvió a oler.

—Y algo seco.

—Madera.

—¿Sándalo?

Christian la miró.

—En parte.

Jazmín sonrió con una satisfacción pequeña.

—No estoy completamente perdida.

—Nunca dije que lo estuviera.

—Lo pensó.

—Pienso muchas cosas.

—Esa parece ser su principal actividad.

Christian tomó la tira de sus manos.

—Huélalo otra vez.

—¿Qué busco?

—Nada.

—Eso no sirve.

—Precisamente.

Jazmín frunció el ceño.

—Explíquese.

—Si le digo qué buscar, va a intentar encontrarlo aunque no esté.

—¿Y qué hago?

—Huela.

Ella obedeció.

Esperó.

Volvió a hacerlo.

—Hay algo.

Christian no reaccionó.

—¿Qué?

—No sé.

—Descríbalo.

Jazmín tardó.

—No es otra flor.

—Bien.

—Pero está dentro del iris.

Christian levantó la mirada.

—Siga.

—Es más cálido.

—¿Dulce?

—No.

—¿Polvoso?

—Sí, pero no solamente.

Jazmín cerró los ojos.

—Se siente... pegado a la piel.

Christian permaneció inmóvil.

—¿Pegado?

—No sé cómo decirlo.

Abrió los ojos.

—No aparece separado. Hace que lo demás dure.

Christian tomó otra tira.

Eso.

Exactamente eso.

Durante la siguiente hora, Christian habló menos.

Jazmín también.

La primera capa del perfume era extraordinaria, pero comprensible.

La segunda era donde empezaban los problemas.

La estructura floral estaba construida con una precisión que él reconocía.

Francisco nunca había sido particularmente disciplinado como hombre.

Como perfumista era otra cosa.

Allí no había accidente.

Christian identificó relaciones.

Proporciones aproximadas.

Familias.

Elementos que había perseguido durante años.

Y mientras más encontraba, peor se sentía.

Porque la mayoría estaba allí.

Tal como recordaba.

No había olvidado tanto como había pensado.

Ese descubrimiento debería haberlo tranquilizado.

No lo hizo.

Significaba que había tenido gran parte del mapa desde siempre.

Y aun así nunca había llegado al destino.

—¿Qué pasa? —preguntó Jazmín.

Christian no respondió.

Tomó una nueva tira.

Aplicó una cantidad mínima.

Esperó.

—Christian.

—Estoy pensando.

—Lleva veinte minutos diciendo eso sin hablar.

—Es una mejora.

Jazmín no rió.

—¿Encontró algo?

Christian inhaló lentamente.

Iris.

Violeta.

La suavidad cremosa del rizoma.

Después esa otra presencia.

No era un ingrediente independiente.

No exactamente.

Era como si el iris estuviera haciendo algo que él nunca había visto hacer al iris.

—Sí.

Jazmín se acercó.

—¿Qué?

Christian volvió a oler.

—No sé.

Ella se quedó quieta.

—Eso es nuevo.

—No especialmente.

—Para usted sí.

Christian la miró.

—Gracias por la confianza.

—Su reputación es bastante molesta. Uno espera milagros.

—Entonces hoy va a decepcionarse.

Anaïs apareció en la puerta.

—Tengo una llamada con París en diez minutos.

Christian asintió sin apartar la vista de la muestra.

—Ve.

—¿Necesitas algo?

—No.

Jazmín miró a Anaïs.

—Puede usar la sala contigua.

—Gracias.

Anaïs guardó la tableta.

Antes de salir miró a Christian.

Después a Jazmín.

Después al frasco.

—Intenten no destruir una amistad internacional mientras no estoy.

—No somos amigos —dijo Christian.

Jazmín respondió al mismo tiempo:

—Él es incapaz.

Anaïs sonrió.

—Eso parece ir muy bien.

Se fue.

Christian volvió a la muestra.

—Deme su mano.

Jazmín levantó una ceja.

—Eso ha sonado peor de lo que cree.

Christian extendió la suya.

—Piel.

Ella le ofreció la muñeca.

Christian aplicó una cantidad mínima.

Nada más.

—No se mueva.

—Estaba considerando correr.

Él ignoró el comentario.

Esperó.

Treinta segundos.

Un minuto.

Dos.

El perfume empezó a asentarse.

Jazmín observaba su rostro.

—¿Qué busca?

—La transición.

—¿De qué?

—Del corazón al fondo.

—¿Y?

Christian acercó su nariz sin tocarla.

Otra vez.

La materia estaba allí.

Más evidente sobre piel.

No más fuerte.

Más integrada.

—Esto no funciona como debería.

Jazmín bajó la vista hacia su muñeca.

—Huele igual.

—No.

—Para mí sí.

—Porque usted huele el resultado.

—¿Y usted?

—La estructura.

Ella lo miró.

—Eso ha sonado insoportablemente pretencioso.

—También es cierto.

Christian soltó su muñeca.

—Hay algo dentro del acorde de iris.

—¿Otra variedad?

—No sé.

—¿Otro tipo de extracción?

—Puede ser.

—¿Un absoluto?

—No se comporta como uno.

Jazmín se acercó a la mesa.

—Entonces ¿qué es?

Christian miró el frasco.

—Eso intento averiguar.

A la una de la tarde habían descartado varias hipótesis.

No todas.

Solo las fáciles.

Christian podía ubicar la materia dentro de una familia.

Eso era lo desconcertante.

No era completamente ajena.

Tenía rasgos que conocía.

Iris.

Orris.

Irone.

Pero no coincidía con ningún material que hubiera utilizado.

Ni con los que había estudiado en Grasse.

Ni con variaciones viejas.

Ni con lotes extraordinarios.

Había algo modificado en la forma en que evolucionaba.

Christian escribió una palabra en su cuaderno:

ORRIS?

Después la rodeó.

Jazmín miró por encima.

—Eso no parece una conclusión.

—No lo es.

—¿Qué significa el signo?

—Que no estoy seguro.

—Empiezo a disfrutar esto.

Christian levantó la vista.

—¿Mi fracaso?

—Su incertidumbre.

—Qué amable.

—Usted siempre parece saber qué hacer.

—No siempre.

—Hoy no.

Christian cerró el cuaderno.

—Hoy sé qué estoy viendo.

—Pero no qué es.

—Exacto.

Jazmín tomó la tira otra vez.

—Entonces sí encontré algo antes que usted.

Christian la observó.

—¿Qué?

—Que había algo raro.

Christian casi sonrió.

—Eso no es identificar.

—Tampoco lo suyo.

Punto para ella.

No lo admitió.

A las dos y media, Anaïs terminó la llamada con París.

Tenía tres correos pendientes.

Dos mensajes.

Y uno de Víctor.

¿Cinco minutos otra vez?

Anaïs miró la pantalla.

Sonrió antes de querer hacerlo.

Respondió:

Cena. Una hora. No prometo más.

La respuesta llegó casi inmediatamente.

Eso dijeron los imperios antes de expandirse.

Anaïs negó con la cabeza.

Christian seguía encerrado en el laboratorio con Jazmín.

No parecía necesitarla.

Por una vez, ella tampoco necesitaba estar allí.

Víctor eligió un restaurante discreto.

No demasiado formal.

Lo suficiente para que los hombres de negocios pudieran fingir que no hablaban de negocios.

Anaïs llegó siete minutos tarde.

Víctor ya estaba sentado.

—Esto empieza mal —dijo él.

—Pensé que eras optimista cuando bebías.

—Todavía no he empezado.

Anaïs se sentó.

—Entonces tengo tiempo para decepcionarte.

Víctor sonrió.

—Me gusta que vengas preparada.

—Siempre.

Pidieron.

Esta vez la conversación no necesitó calentamiento.

Ya sabían qué ignorar.

Familias.

Preguntas demasiado personales.

Detalles que ninguno quería explicar.

Víctor habló primero de un viaje a Monterrey.

Después de una negociación en la que, según él, había salvado a una división entera de tomar una decisión absurda.

Anaïs bebió agua.

—¿Tú solo?

—Prácticamente.

—Eso parece agotador.

—Lo fue.

—¿Y nadie más entendía lo que ocurría?

Víctor se encogió de hombros.

—La gente ve cifras. Yo veo consecuencias.

Anaïs ocultó una sonrisa.

—Qué don.

—Es incómodo.

—Imagino.

—La mayoría de las empresas está llena de personas que esperan que alguien más decida.

—¿Y tú decides?

—Cuando me dejan.

Anaïs lo miró.

—Y cuando no.

Víctor sonrió.

—También.

Ella ya había entendido el patrón.

Víctor no era un idiota.

Lejos de eso.

Sabía de operaciones.

Costos.

Procesos.

Negociación.

El problema era otro.

Si había participado en una reunión, al contarla después la reunión parecía haber ocurrido alrededor de él.

Si había propuesto una idea, esa idea había salvado la empresa.

Si había ayudado en una operación, la operación era suya.

Anaïs lo encontraba divertido.

No necesariamente admirable.

Eso era diferente.

—Entonces todas las empresas deberían contratarte —dijo.

Víctor levantó su copa.

—Varias deberían.

Anaïs soltó una risa.

Él no pareció notar del todo la ironía.

Eso la hizo reír más.

—¿Y tú? —preguntó Víctor.

—¿Yo qué?

—Hablas poco de tu trabajo.

—Porque cuando termino de trabajar prefiero no repetirlo durante la cena.

—Eso es sospechoso.

—Para alguien que ha hablado cuarenta minutos de sí mismo, probablemente.

Víctor apoyó la copa.

—Me estás acusando.

—Estoy contabilizando.

—Peor.

Anaïs sonrió.

—Trabajo en estrategia y expansión.

—¿Para Le Sillage?

—Entre otras cosas.

—Entonces sí eres importante.

Anaïs levantó una ceja.

—¿Antes qué pensabas?

Víctor se corrigió demasiado tarde.

—No quise decir eso.

—Claro.

—Pensé que eras parte del equipo de Christian.

—Lo soy.

—Pero no sabía hasta qué nivel.

—Eso suena mejor.

Víctor la observó con una curiosidad nueva.

—¿Tomas decisiones?

—Sí.

—¿Presupuestos?

—A veces.

—¿Negociaciones?

—También.

—¿Y Christian escucha?

Anaïs pensó un segundo.

—Cuando le conviene.

—Entonces no escucha.

—Escucha. Otra cosa es obedecer.

Víctor sonrió.

—Eso sí lo entiendo.

Anaïs lo miró.

Había algo fácil en la conversación.

No necesitaba medir cada frase.

No había un cadáver de hace veinte años escondido detrás de cada silencio.

No había expedientes.

Ni sospechas.

Ni un hombre obsesionado con un perfume perdido.

Solo una cena.

Eso, de forma inesperada, le gustó.

En el laboratorio, Christian llevaba seis horas trabajando.

Jazmín había cancelado dos reuniones.

No tres.

Christian se lo recordó.

—Tiene una llamada a las cinco.

Ella revisó el reloj.

—La moví.

—Otra.

—También.

Christian negó.

—Su consejo debe estar encantado.

—Mi consejo está acostumbrado.

—A que desaparezca.

—A que decida.

Christian volvió a oler la muestra.

Jazmín lo observó.

—No va a dejarlo hoy.

—No.

—¿Por qué?

Christian tardó.

—Porque estoy cerca.

—¿De qué?

—No lo sé.

Jazmín sonrió.

—Eso debe dolerle.

—Mucho.

Ella se apoyó en la mesa.

—¿Francisco trabajaba así?

Christian se quedó quieto.

Demasiado quieto.

Jazmín lo supo inmediatamente.

—Otra vez.

—¿Qué?

—Ese nombre.

Christian dejó la tira.

—¿Qué pasa con él?

—Cada vez que lo digo, cambia.

—No.

—Sí.

—Está imaginando cosas.

—No.

Christian guardó silencio.

Jazmín no insistió esta vez.

Solo tomó nota mental.

Francisco.

Christian.

Una reacción demasiado íntima.

No sabía la respuesta.

Pero ya sabía que existía una.

Christian volvió al análisis.

Piel.

Tira.

Tiempo.

El comportamiento seguía siendo extraño.

Había algo que alargaba el corazón del perfume sin volverlo pesado.

El iris se mantenía vivo.

No se asentaba de la forma esperada.

No caía.

Se transformaba.

Como si parte de la materia estuviera liberándose lentamente.

Eso no encajaba con un orris convencional.

—Es un derivado —dijo finalmente.

Jazmín levantó la cabeza.

—¿De iris?

—Probablemente.

—¿Probablemente?

—Tiene firma de orris.

—Entonces lo es.

—No necesariamente.

—Otra vez.

Christian señaló la tira.

—Imagine que conoce una voz.

—Bien.

—Reconoce el idioma, el acento, incluso parte del ritmo.

—Pero no sabe quién habla.

Christian asintió.

—Eso.

Jazmín olió.

—¿Puede estar modificado?

Christian la miró.

—Sí.

—¿Cómo?

—No lo sé.

—¿Procesado?

—Puede ser.

—¿Tratado?

—También.

—¿Una extracción distinta?

—Posible.

—¿Algo botánico?

—También.

Jazmín dejó la tira.

—Está diciendo que puede ser cualquier cosa.

—Estoy diciendo que no voy a inventar una respuesta para parecer más inteligente.

Ella sonrió.

—Eso sí es nuevo.

Christian la ignoró.

Pero tenía razón.

La cena de Anaïs seguía ligera.

Habían pasado de negocios a ciudades.

Víctor prefería Nueva York.

Anaïs prefería París para trabajar y Lisboa para desaparecer unos días.

Víctor sostuvo que Dubái era mejor para cerrar negocios.

Anaïs preguntó cuántos había cerrado allí.

—Varios.

—¿Cuántos?

Víctor sonrió.

—Los suficientes.

—Respuesta de culpable.

—Respuesta de hombre discreto.

—No te queda.

Él rio.

—Me estás conociendo demasiado rápido.

—No exageres. Apenas sé tu apellido.

—Aldana.

—Eso dice la tarjeta.

—¿No confías en tarjetas?

—Confío menos en hombres que imprimen solo nombre y teléfono.

Víctor se llevó una mano al pecho.

—Minimalismo.

—Misterio barato.

—Funcionó.

Anaïs sonrió.

—Por ahora.

Víctor la observó un segundo más.

La diversión empezaba a mezclarse con otra cosa.

No afecto.

Interés.

Anaïs no necesitaba impresionarse por su dinero.

No necesitaba ser rescatada.

No parecía estar buscando posición.

Eso la hacía más entretenida.

Más difícil.

Y, por eso mismo, más atractiva para alguien acostumbrado a medir relaciones por utilidad.

—¿Nunca te cansas? —preguntó.

—¿De qué?

—De trabajar así.

Anaïs pensó.

—Sí.

—¿Y por qué sigues?

—Porque soy buena.

Víctor sonrió.

—Eso me gusta.

—¿Qué?

—La gente suele fingir modestia.

—La modestia es útil cuando no tienes resultados.

Víctor levantó su copa.

—Ahora sí estamos de acuerdo.

Anaïs chocó la suya.

—Y tú —dijo ella—, después de una hora de heroicidades corporativas, todavía no has dicho dónde trabajas.

Víctor la miró.

—¿Eso te preocupa?

—No.

—Entonces.

—Me divierte que lo evites.

—No lo evito.

—Perfecto. Dímelo.

Víctor apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Es un grupo mexicano.

—Eso reduce bastante el universo.

—Bastante grande.

—Qué descriptivo.

—Tenemos operaciones en—

El teléfono de Anaïs vibró.

Ella miró la pantalla.

Christian.

No contestó inmediatamente.

Víctor sonrió.

—Puedes ignorarlo.

Anaïs siguió mirando el nombre.

—No llama cuando no necesita algo.

—Eso suena agotador.

—Lo es.

Contestó.

—¿Qué pasó?

La voz de Christian llegó seca.

—Necesito que vuelvas.

Anaïs miró a Víctor.

—¿Ahora?

—Ahora.

—¿Problema?

—Encontré algo.

Eso cambió todo.

—Voy.

Colgó.

Víctor la observó.

—Entonces me abandonas.

Anaïs tomó el bolso.

—Te advertí que trabajaba.

—No dijiste que eras de guardia.

—No lo soy.

—Peor.

Ella sonrió.

—Me debes dónde trabajas.

Víctor inclinó la cabeza.

—La próxima vez.

—Eso presupone una próxima vez.

—La última vez dijiste lo mismo.

Anaïs se detuvo.

—Y funcionó.

Víctor sonrió.

—Exacto.

Anaïs salió.

Él la vio marcharse.

Por primera vez desde que la había conocido, se preguntó con precisión qué hacía Anaïs para que Christian Niche la llamara personalmente a esa hora.

No le gustó la curiosidad.

Le interesó.

Que era peor.

Anaïs llegó al laboratorio cuarenta minutos después.

Encontró a Jazmín sentada sobre el borde de una mesa, con una taza de café frío.

Christian seguía de pie.

Había tiras por todas partes.

Notas.

Cuadernos.

Muestras.

El orden corporativo del laboratorio había desaparecido alrededor de él.

—Esto parece familiar —dijo Anaïs.

Christian no respondió.

—¿Qué encontraste?

Él le entregó una tira.

—Huele.

Anaïs obedeció.

Esperó.

—Iris.

—Más.

Volvió a oler.

—Violeta.

—Más.

Anaïs frunció el ceño.

—Algo cálido.

Jazmín sonrió.

—Eso dije.

Christian señaló otra tira.

—Compara.

Anaïs lo hizo.

La diferencia era pequeña.

Pero estaba.

—Esto dura más.

—Sí.

—¿Fijador?

Christian negó lentamente.

—También.

—¿También?

—Ese es el problema.

Anaïs lo miró.

Christian señaló el cuaderno.

ORRIS?

—Sé de qué familia viene.

—¿Iris?

—Sí.

—Entonces.

—No sé qué materia es.

Anaïs quedó en silencio.

Jazmín se bajó de la mesa.

—Y lleva horas así.

—No conozco ningún orris que se comporte de esta forma —dijo Christian.

—¿Puede estar tratado? —preguntó Anaïs.

—Puede.

—¿Modificado?

—Puede.

—¿Extracción especial?

—Puede.

Anaïs sonrió apenas.

—Qué reconfortante.

Christian no estaba de humor.

—No es un ingrediente añadido.

—¿Qué quieres decir?

—Está integrado dentro del propio carácter del iris. Como si la materia base fuera distinta.

Jazmín se acercó.

—¿Y eso explica por qué nadie puede copiarlo?

Christian miró el frasco.

—Explica parte.

—¿Puede reconstruirlo?

Christian no respondió inmediatamente.

Tomó una última tira.

Olió.

El perfume seguía allí.

Horas después.

Todavía entero.

Todavía vivo.

Demasiado vivo.

Jazmín repitió:

—Christian.

Él levantó la mirada.

—No todavía.

—Pero ya sabe qué falta.

Christian negó.

—Eso es lo peor.

Anaïs observó el cuaderno.

Jazmín esperó.

Christian miró otra vez Iris 27.

—Sé dónde está.

—¿Dónde?

Christian señaló la estructura del perfume con la punta del lápiz.

El corazón.

La transición.

El lugar donde el iris dejaba de comportarse como cualquier iris que hubiera conocido.

—Aquí.

Jazmín frunció el ceño.

—Entonces ¿qué es?

Christian sostuvo la tira unos segundos más.

Después respondió:

—No lo sé.

Y por primera vez desde que había regresado a México, aquello no sonó como una evasión.

Sonó como verdad.

Aa
CAPÍTULO 15

La cena del reencuentro

La invitación llegó impresa.

Christian la encontró sobre la mesa del despacho de la residencia cuando regresó del laboratorio.

Papel grueso.

Marfil.

El nombre de Alejandro Montalvo en relieve discreto.

Nada que pareciera necesario en una época en que cualquier ejecutivo podía confirmar una reunión con dos palabras desde un teléfono. Precisamente por eso llamó su atención.

La abrió.

La cena sería al día siguiente, en la residencia privada de Montalvo.

El motivo oficial ocupaba dos líneas: conversación privada sobre la futura alianza entre Grupo Montalvo y Le Sillage, continuidad del proyecto de expansión y evaluación de próximos pasos.

Debajo había una indicación separada.

Invitación personal. Asistencia sin asistentes ni equipo de Le Sillage.

Christian volvió a leerla.

Anaïs estaba frente a él revisando cifras en una tableta.

—¿Qué?

Christian deslizó la tarjeta hacia ella.

Anaïs leyó.

—Qué agradable.

—¿Qué?

—Mi despido social.

—No es una reunión formal.

—Precisamente. Las reuniones informales son donde la gente decide cosas que después nos obliga a convertir en contratos.

Christian tomó nuevamente la invitación.

—Quiere hablar conmigo.

—Eso parece.

—A solas.

—Eso también parece.

Anaïs dejó la tableta.

—¿Vas a ir?

Christian la miró.

—Sí.

—Naturalmente.

—¿Qué significa eso?

—Que llevas casi veinte años esperando sentarte frente a ese hombre y ahora preguntas como si tuvieras otra opción.

Christian guardó silencio.

Anaïs observó la tarjeta una última vez.

—No me gusta.

—No tiene por qué gustarte.

—La frase favorita de todos los hombres antes de tomar una mala decisión.

Christian casi sonrió.

—Estaré bien.

—Eso no era lo que me preocupaba.

La residencia de Alejandro Montalvo estaba apartada del ruido de la ciudad sin parecer aislada de ella.

La seguridad comenzaba antes de que la casa fuera visible.

Discreta.

Sin ostentación.

Christian reconoció el tipo de riqueza que no necesitaba demostrar que existía.

Durante el trayecto había dicho muy poco.

Al conductor, nada.

A sí mismo, demasiado.

Había pensado en Francisco.

En la noche del restaurante.

En Iris 27.

En los años en Francia.

En la fotografía mental de Alejandro Montalvo que había conservado durante toda su vida.

Siempre igual.

Un hombre con recursos.

Motivos.

Acceso.

Una empresa que había crecido después de la muerte de Francisco.

Un amigo demasiado cercano.

Un posible traidor.

Cuando el automóvil se detuvo, Christian tardó un segundo antes de bajar.

La puerta principal se abrió antes de que llegara.

Jazmín lo esperaba.

Vestía de forma mucho menos corporativa que en sus reuniones.

Elegante, sencilla.

Sin el rigor de la oficina.

—Pensé que llegaría antes —dijo.

Christian miró su reloj.

—Estoy cuatro minutos adelantado.

—Exacto.

—Está desarrollando expectativas poco razonables.

Jazmín sonrió.

—Entre.

Christian cruzó la entrada.

La casa olía a madera, flores frescas y algo cítrico muy tenue.

No reconoció el perfume.

Le agradeció internamente que no fuera Iris 27.

—Mi padre está terminando una llamada —dijo Jazmín—. Adrián ya llegó.

Christian la miró.

—¿Su marido?

—Generalmente eso significa Adrián.

—Quería confirmar.

—Es una costumbre peligrosa.

Ella caminó hacia el salón.

Christian la siguió.

Adrián estaba junto a una mesa baja con una copa en la mano.

Traje oscuro.

Corbata discreta.

Nada del hombre que Christian había cruzado fugazmente en las oficinas del grupo parecía especialmente memorable.

Eso, pensó Christian, podía ser una virtud.

O un entrenamiento.

Jazmín hizo la presentación.

—Christian, Adrián.

Adrián extendió la mano.

—Finalmente.

Christian se la estrechó.

—¿Finalmente?

—Jazmín habla bastante de la negociación.

Ella lo miró.

—No exageres.

—Nunca.

Christian percibió algo en la voz.

No un recuerdo.

Todavía no.

Solo una sensación.

Una pequeña fricción.

Adrián sonrió.

—Le Sillage ha conseguido bastante atención desde que llegó.

—Era la idea.

—¿México estaba siempre en el plan?

Christian sostuvo la mirada.

—No.

—Interesante.

Jazmín intervino.

—Puedes interrogarlo después.

—Solo conversaba.

—Tú nunca solo conversas.

Adrián levantó la copa.

—Difamación matrimonial.

Christian observó el intercambio.

No había cariño evidente.

Tampoco hostilidad.

Algo más difícil de clasificar.

Una estructura que llevaba demasiado tiempo funcionando.

Alejandro Montalvo entró unos minutos después.

Christian lo vio antes de que él hablara.

Había envejecido.

Naturalmente.

Pero seguía existiendo algo de aquel hombre que Christian recordaba fragmentariamente de la infancia.

La postura.

La manera de mirar antes de sonreír.

Una seguridad sin esfuerzo.

Montalvo caminó directamente hacia él.

—Christian.

No señor Niche.

Christian.

—Señor Montalvo.

Montalvo le ofreció la mano.

—Alejandro está bien.

Christian sintió una presión breve en el pecho.

No por lo que había dicho.

Por el nombre.

Alejandro.

Su propio nombre en la voz de otro Alejandro.

—Prefiero señor Montalvo por ahora.

Montalvo sostuvo su mirada un segundo.

—Como quieras.

La respuesta fue tranquila.

Demasiado tranquila.

Jazmín los observó.

—¿Empezamos con vino?

Christian negó.

—No bebo.

Montalvo no pareció sorprendido.

Eso Christian también lo registró.

—Entonces agua.

—Gracias.

Adrián levantó ligeramente su copa.

—Uno menos compitiendo.

Christian no respondió.

La cena comenzó hablando de negocios.

Eso le resultó casi tranquilizador.

Distribución.

Centros logísticos.

Capacidad de almacenamiento.

Importación.

Segmentación.

Expansión controlada.

Jazmín tomó la iniciativa en la mayor parte de la conversación.

Montalvo escuchaba.

Intervenía poco.

Adrián hablaba cuando el tema tocaba costos, operaciones o proveedores.

Y Christian comprendió algo incómodo.

Adrián no era incompetente.

Eso habría sido más simple.

Tenía conocimientos.

Entendía estructuras.

Sabía detectar debilidades.

El problema no estaba en su capacidad.

Estaba en la manera en que se posicionaba dentro de cada conversación.

Siempre un paso más importante de lo necesario.

Siempre ligeramente más decisivo.

—El modelo de Le Sillage es muy dependiente del control —dijo Adrián.

—Sí —respondió Christian.

—Eso cuesta.

—También.

—Y limita escala.

Christian apoyó los cubiertos.

—No queremos escala indiscriminada.

—Todo el mundo dice eso hasta que ve el crecimiento posible.

—Nosotros ya lo vimos.

Adrián sonrió.

—Y lo rechazaron.

—Parte.

—Curioso.

Jazmín lo miró.

—¿Otra vez?

Adrián se encogió de hombros.

—Me interesan las empresas que prefieren prestigio a volumen.

Christian respondió:

—No son excluyentes.

—Nunca dije que lo fueran.

Montalvo observaba.

Christian tuvo la sensación de que aquella cena estaba siendo evaluada desde más de un ángulo.

El brindis llegó después del plato principal.

Montalvo dejó la servilleta sobre la mesa.

Tomó su copa.

No hizo ningún gesto para llamar atención.

No lo necesitaba.

—Hay algo que quiero decir antes de que terminemos.

Jazmín lo miró.

Adrián también.

Christian sostuvo el vaso de agua.

Montalvo continuó.

—Las empresas tienen una mala costumbre.

Pausa.

—Cuando crecen, empiezan a contar su historia como si todo hubiera ocurrido porque alguien tuvo un plan perfecto.

Adrián sonrió levemente.

Jazmín escuchó.

—Grupo Montalvo no llegó aquí por un solo hombre. Ni por una sola familia. Hubo gente que tomó riesgos. Personas que llegaron cuando esto era mucho más pequeño. Gente que creyó cuando todavía no había demasiado en qué creer.

Christian sintió algo antes de que llegara el nombre.

—Algunos siguen con nosotros.

Montalvo levantó ligeramente la copa.

—Otros no.

Miró a Jazmín.

Luego a Christian.

—Francisco Montemayor fue uno de ellos.

El aire pareció endurecerse.

Christian no movió un músculo.

Jazmín lo miró de inmediato.

Adrián bajó la copa.

Montalvo continuó.

—Francisco cambió nuestra división de perfumería. No porque siguiera tendencias, sino porque tenía la capacidad, a veces insoportable, de adelantarse a ellas.

Una sonrisa pequeña.

Triste.

—Era brillante. Difícil. Generoso cuando no debía serlo y orgulloso cuando menos convenía. Pero sin él, Grupo Montalvo no habría abierto muchas de las puertas que después nos permitieron convertirnos en una de las compañías más importantes de perfumería de América Latina.

Christian sintió la mandíbula tensa.

Montalvo seguía observándolo.

No constantemente.

Lo suficiente.

—Así que brindo por quienes están aquí y por quienes hicieron posible que estuviéramos aquí.

Levantó la copa.

—Por ellos.

Los demás repitieron.

Christian levantó el vaso.

No bebió.

El nombre de Francisco seguía suspendido sobre la mesa.

Entonces habló.

—¿Cómo lo compensaron?

Jazmín giró hacia él.

Montalvo no.

Parecía haber esperado la pregunta.

—¿A Francisco?

—Sí.

Christian apoyó el vaso.

—Si hizo tanto por la empresa.

Adrián observó ahora con más atención.

—¿Cómo compensó Grupo Montalvo a un hombre responsable de una parte tan importante de su crecimiento?

La pregunta estaba formulada con cortesía.

La intención no.

Montalvo dejó su copa.

—Con acuerdos. Participación en proyectos. Compensaciones económicas. Oportunidades.

Christian esperó.

—¿Suficientes?

Silencio.

Jazmín dejó de mirar a su padre y miró a Christian.

Montalvo respiró lentamente.

—Para mí, nunca.

Christian sostuvo la mirada.

—¿Para él?

—Francisco tenía una relación complicada con el dinero.

—Eso no responde.

Montalvo casi sonrió.

—No.

Se recostó.

—Francisco no medía su trabajo solo por lo que valía. A veces rechazaba cosas que habría sido sensato aceptar. Otras veces aceptaba condiciones que cualquier abogado habría considerado una estupidez.

Adrián bebió.

Montalvo continuó:

—También dejó asuntos pendientes.

Christian sintió una nueva tensión.

—¿Qué asuntos?

—Eso no pertenece a esta mesa.

La respuesta fue inmediata.

Christian iba a insistir.

Montalvo no se lo permitió.

—Francisco ya no está.

Miró ahora directamente a Christian.

—Pero siempre he esperado que algún día su hijo regrese para ocupar el lugar que también le corresponde en esta historia.

Christian no respiró.

Nadie habló durante dos segundos.

Jazmín frunció ligeramente el ceño.

Adrián miró primero a Montalvo y luego a Christian.

Isabel no estaba allí.

Christian habría querido verla.

No sabía por qué.

—¿Su hijo? —preguntó Jazmín.

Montalvo volvió hacia ella.

—Alejandro.

Christian sintió el nombre como una aguja.

—¿Sabe dónde está?

Montalvo tomó la copa.

—Sé que está bien.

Jazmín lo miró con sorpresa.

—Nunca me dijiste eso.

—Nunca preguntaste.

—Ni siquiera sabía que seguías teniendo noticias.

Montalvo la observó.

—Hay muchas cosas que no hablamos.

Christian apartó la mirada.

Algo estaba mal.

No sabía aún cuánto.

Después de la cena pasaron al salón.

Café.

Agua.

Una conversación más ligera.

O una imitación de ella.

Christian apenas participaba.

La frase de Montalvo seguía girando.

Sé que está bien.

No había dicho:

creo.

Había dicho:

sé.

Jazmín estaba conversando con su padre.

Adrián se acercó a Christian.

—¿Terraza?

Christian lo miró.

—¿Por qué?

Adrián sonrió.

—No todo necesita un motivo oculto.

Christian pensó que, viniendo de él, la frase tenía algo casi cómico.

Salieron.

La noche estaba fresca.

La ciudad brillaba a distancia.

Adrián apoyó una mano en la baranda.

—Quería preguntarte algo sin convertirlo en discusión de mesa.

Christian esperó.

—No entiendo la alianza.

—Eso ya quedó bastante claro durante la cena.

—No el negocio.

Adrián lo miró.

—La necesidad.

Christian permaneció en silencio.

—Le Sillage tiene dinero —continuó Adrián—. Mucho. Tiene prestigio, red, proveedores, equipo. Podrían abrir México solos.

—Podríamos.

—Entonces ¿para qué Montalvo?

—Porque hacerlo solo no siempre significa hacerlo mejor.

Adrián sonrió.

—Respuesta bonita.

—También cierta.

—No me convence.

Christian se apoyó ligeramente contra la baranda.

—No sabía que necesitaba convencerlo.

—No necesitas.

Pausa.

—Pero trabajamos juntos. O vamos a hacerlo.

—Eso todavía está por verse.

Adrián lo observó.

—Jazmín parece decidida.

Christian no respondió.

—Eso también me interesa.

—¿Qué cosa?

—Jazmín.

Christian giró la cabeza.

Adrián mantuvo el tono agradable.

—He visto cómo la miras.

Christian sostuvo su mirada.

—¿Cómo la miro?

—No como a una socia.

Algo cambió en la voz.

Pequeño.

Un descenso.

Una consonante ligeramente arrastrada.

Christian sintió una punzada.

—Es mi esposa —continuó Adrián—. Así que mientras lo que haya entre ustedes sea negocio, perfecto.

Christian ya no escuchaba completamente el significado.

Escuchaba la voz.

—Si hay otra intención, te recomiendo pensarlo bien.

La frase terminó.

Y el mundo se estrechó.

Un pasillo.

Luz blanca.

Una puerta.

Una figura.

No rostro.

Una mano.

Papel.

Una voz joven.

Christian sintió el recuerdo aproximarse y desaparecer.

Adrián seguía frente a él.

—¿Christian?

—Estoy escuchando.

La voz otra vez.

No podía colocarla.

Pero la conocía.

—Entonces entiendes.

Christian lo miró con una atención distinta.

Edad.

Treinta y tantos ahora.

Dieciocho entonces.

Rasgos transformados por años.

No.

Todavía no podía asegurarlo.

Pero el cuerpo había reconocido algo antes que la memoria.

—Perfectamente —respondió.

Adrián sonrió.

—Bien.

Volvió hacia la casa.

Christian tardó unos segundos en seguirlo.

A varios kilómetros de allí, Anaïs recibió un mensaje que llevaba semanas esperando.

No era de Víctor.

Era de uno de los investigadores.

Médico identificado.

Leyó dos veces.

Después llamó.

—Confirma.

La voz al otro lado lo hizo.

Nombre.

Edad.

Historial profesional.

Había trabajado en el hospital durante el año de la muerte de Francisco.

Había estado de turno aquella noche.

Y, más importante, coincidía con la descripción fragmentaria que Christian conservaba.

—¿Dónde está?

La respuesta llegó después de una pausa.

Un club nocturno.

Ciudad de México.

Reservado privado.

Anaïs miró el reloj.

—¿Está solo?

No.

Acompañado.

Bebiendo.

—Manténganlo localizado.

Colgó.

No llamó a Christian.

Sabía dónde estaba.

Sabía con quién.

Y por una vez no quería interrumpirlo con una posibilidad que todavía podía ser nada.

Entró al dormitorio.

Abrió un armario.

Sacó un maletín.

El club estaba lleno cuando llegó.

Música.

Luces.

Gente que pagaba para sentirse más importante de lo que era durante unas horas.

Anaïs atravesó el lugar sin detenerse.

Uno de los investigadores la esperaba cerca del pasillo privado.

No hablaron mucho.

Le indicó la puerta.

—¿Seguro?

—Sí.

Anaïs sostuvo el maletín.

Entró.

El médico era más viejo que en las fotografías.

Mucho.

Estaba hundido en un sillón, acompañado por varias mujeres y una botella a medio terminar.

Al verla, frunció el ceño.

—¿Quién es usted?

Anaïs cerró la puerta.

Las mujeres la miraron con curiosidad.

Ella sacó dinero.

No demasiado tiempo después, estaban solas con el médico.

Él observó la puerta cerrarse.

Luego el maletín.

—¿Qué quiere?

Anaïs lo dejó sobre la mesa.

—Hablar.

—No la conozco.

—Eso no importa.

—Para mí sí.

Anaïs abrió el maletín.

El médico dejó de hablar.

Dinero.

Mucho.

No necesitó contarlo.

—¿Qué es esto?

—Una razón para recordar.

El hombre miró hacia la puerta.

—No sé de qué habla.

Anaïs se sentó.

—Francisco Montemayor.

El cambio fue inmediato.

No dramático.

Peor.

La cara del médico perdió color.

Anaïs lo vio.

—Así que sí recuerda.

—No sé quién es.

—Eso ha sido una mentira muy rápida.

—Señora...

—Hace casi veinte años usted estuvo de turno la noche de su muerte.

El médico se levantó.

—Tengo que irme.

—Si se va, el dinero se queda.

Él miró el maletín.

Después a Anaïs.

—¿Quién la mandó?

—Nadie.

—¿Qué quiere?

—La verdad.

—No sé nada.

Anaïs cerró el maletín.

El médico se tensó.

—Espere.

Ella no dijo nada.

—¿Qué quiere saber?

Anaïs volvió a abrirlo.

—Quién le pagó para cambiar el certificado.

El médico la miró.

El miedo apareció entonces de verdad.

—¿Vienen a matarme?

Anaïs sostuvo su mirada.

—Si ese fuera el motivo de mi visita, no habría traído dinero.

El médico tragó saliva.

—Yo solo hice mi trabajo.

—No.

Anaïs se inclinó ligeramente.

—Usted hizo algo por lo que le pagaron.

Silencio.

—Quiero saber quién pagó.

El hombre miró el dinero.

—No sé su nombre.

—Descríbalo.

—Fue hace mucho.

—Inténtelo.

El médico se frotó las manos.

—Era joven.

Anaïs permaneció inmóvil.

—Muy joven.

—¿Cuánto?

—Dieciocho. Quizá diecinueve.

El pulso de Anaïs cambió.

—Siga.

—Bien vestido. Muchacho rico.

—Eso describe media ciudad.

—No.

El médico negó.

—Era... desagradable.

—¿Cómo?

—Petulante. Como si yo fuera empleado suyo. Entró y habló como si todo estuviera arreglado.

Anaïs sacó el teléfono y lo dejó sobre la mesa.

La grabación ya estaba activa.

—Descríbalo físicamente.

El hombre lo hizo.

Cabello.

Altura aproximada.

Complexión.

Rasgos.

Detalles borrosos.

Nada definitivo.

Pero suficiente para construir un perfil.

—¿Dijo de dónde venía?

—No.

—¿Empresa?

—No.

—¿Familia?

El médico dudó.

—No dijo el nombre.

—Pero.

—Parecía de una familia importante.

—¿Por qué?

El médico soltó una risa nerviosa.

—Porque los muchachos de dieciocho años no suelen entrar a una morgue con ese dinero y hablar como si pudieran comprar al gobierno.

Anaïs no sonrió.

—¿Qué había en el sobre?

—Dinero.

—¿Solo dinero?

El médico volvió a pensar.

—Había algo escrito.

Anaïs se inclinó.

—¿Qué?

—No recuerdo.

—Acaba de decir que recuerda.

—Recuerdo que había una impresión.

—¿Cuál?

El hombre cerró los ojos.

Tardó.

Después los abrió.

—Garza.

Anaïs no se movió.

—¿Qué Garza?

—Grupo Garza.

Silencio.

—¿Está seguro?

—Sí.

—¿El muchacho dijo trabajar para ellos?

—No.

—¿Dijo que el dinero era de ellos?

—No.

—Entonces lo único que sabe es que el sobre llevaba ese nombre.

—Sí.

Anaïs registró mentalmente la precisión.

No conclusión.

Hecho.

—¿Qué modificó?

El médico miró hacia el suelo.

—El certificado.

—¿Cómo?

—Lo presenté como muerte natural.

Anaïs dejó que el silencio hiciera el resto.

—¿Sabía que no lo era?

El médico levantó la mirada.

—Sabía que me estaban pagando para que nadie preguntara demasiado.

Eso era suficiente.

Anaïs cerró el maletín.

El médico lo miró.

—¿Y el dinero?

—Parte es suyo.

Él pareció sorprendido.

—¿Parte?

—Voy a necesitar volver a hablar con usted.

El miedo regresó.

—Yo ya le dije todo.

—Eso lo decidiré después.

Se puso de pie.

—No salga de Ciudad de México.

—¿Me está amenazando?

Anaïs lo miró.

—Le estoy diciendo que voy a necesitarlo localizable.

—No puede decirme qué hacer.

—Tiene razón.

Tomó el maletín.

—Pero si desaparece después de esta conversación, asumiré que alguien más llegó antes que yo.

El médico no respondió.

Anaïs abrió la puerta.

Antes de salir se volvió.

—Y entonces tendremos un problema distinto.

Se marchó.

En casa de los Montalvo, la velada estaba terminando.

Jazmín acompañó a Christian hasta el salón.

—¿Sobrevivió?

—A la cena.

—Adrián puede ser intenso.

Christian la miró.

—Lo noté.

Jazmín frunció apenas el ceño.

—¿Dijo algo?

—Nada importante.

La respuesta fue automática.

Jazmín la reconoció como evasión.

—Otra vez.

Christian casi sonrió.

—Buenas noches, Jazmín.

Ella no lo dejó escapar todavía.

—Mi padre quiere hablar con usted.

Christian miró hacia el pasillo.

—¿Ahora?

—Eso dijo.

Montalvo apareció detrás de ella.

—Solo unos minutos.

Christian sostuvo su mirada.

—Bien.

Jazmín miró a su padre.

—¿Todo bien?

—Sí.

Montalvo respondió demasiado rápido.

—Ve con Adrián.

Jazmín dudó.

Luego se marchó.

Christian siguió a Montalvo.

El despacho era más pequeño de lo que esperaba.

Libros.

Fotografías.

Carpetas.

Una pared con premios y recuerdos que parecían seleccionados por valor personal, no comercial.

Montalvo cerró la puerta.

Christian permaneció de pie.

—¿Qué quería decirme?

Montalvo caminó hacia una mesa lateral.

No ofreció bebida.

—Tu padre habría odiado esta casa.

Christian sintió el golpe.

No respondió.

Montalvo tocó una fotografía antigua.

Christian no podía verla desde donde estaba.

—Decía que los hombres que necesitaban demasiadas paredes terminaban viviendo dentro de ellas.

Christian sostuvo la mirada.

—Hablaba mucho.

Montalvo sonrió.

—Demasiado.

—Parece que lo conocía bien.

La sonrisa desapareció.

—Sí.

Silencio.

—Era extraordinario —dijo Montalvo—. Probablemente el hombre con más talento natural que he conocido.

Christian esperó.

—También era un desastre.

La palabra le molestó.

Montalvo lo vio.

—Puedes odiarme por decirlo. Sigue siendo verdad.

—No lo conoció como yo.

—No.

Pausa.

—Lo conocí antes que tú.

Christian sintió la irritación subir.

—¿Me hizo entrar aquí para hablar mal de mi padre?

Montalvo negó.

—Para hablar de ti.

Christian quedó quieto.

—No creo que tengamos mucho que hablar.

Montalvo caminó hacia el escritorio.

—Tienes su talento.

Christian no respondió.

—Pero no su caos.

Otra pausa.

—Tienes algo que Francisco nunca consiguió construir del todo.

—¿Qué?

—Disciplina.

Christian miró la puerta.

—No entiendo esta conversación.

—Sí la entiendes.

—No.

Montalvo se detuvo frente a él.

—Has pasado años intentando ser distinto de tu padre y construiste tu carrera usando su segundo nombre.

Christian sintió que el aire desaparecía.

No movimiento.

No palabra.

Montalvo continuó:

—Eso siempre me pareció muy propio de ti.

Christian dio un paso hacia él.

—¿Quién le dijo eso?

Montalvo lo miró.

—Sé quién eres.

Silencio.

Christian sintió primero incredulidad.

Después rabia.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de que el mundo conociera a Christian Niche.

—¿Me investigó?

—No.

—Entonces ¿cómo?

Montalvo se sentó.

Christian no.

—Supe que llegaste a Francia.

Christian quedó inmóvil.

—Supe de Grasse.

—¿Quién?

—Supe cuando empezaste a trabajar con Étienne.

—¿Quién?

—Supe de Ambre Impérial.

Christian apretó las manos.

—¿Quién se lo contó?

Montalvo siguió.

—L’Iris d’Or.

—Basta.

La palabra salió más fuerte de lo que pretendía.

Montalvo calló.

Christian lo miró.

—¿Me estuvo siguiendo?

—No.

—Sabía dónde estaba.

—Sí.

—Qué hacía.

—Sí.

—Con quién trabajaba.

—Sí.

Christian dio otro paso.

—Eso es seguirme.

Montalvo negó lentamente.

—No cuando alguien te cuenta porque quiere que sepas que el muchacho está bien.

Christian dejó de moverse.

—¿Alguien?

Montalvo sostuvo la mirada.

—Hubo una persona que nunca dejó de estar en contacto conmigo.

Christian sintió un frío breve.

—¿Quién?

Montalvo no respondió todavía.

—Esa persona me contó cuando empezaste a destacar. Cuando Étienne entendió lo que tenías. Cuando elegiste tu nuevo nombre.

Christian estaba respirando demasiado rápido.

—¿Quién?

—También me dijo cuánto costaba.

Christian frunció el ceño.

—¿Qué?

Montalvo se levantó.

—Tu formación.

Silencio.

—Tus estudios.

Christian sintió que algo se partía antes de comprender.

—No.

Montalvo continuó.

—Francia no era barata.

—Mi madre pagó.

—Parte.

—Trabajaba.

—Sí.

—Yo trabajaba.

—También.

Christian negó.

—No.

Montalvo se acercó.

—Ayudé.

Christian lo miró como si hubiera cambiado de rostro.

—¿Qué significa ayudó?

—Significa que cuando había que cubrir algo que ella no podía cubrir, yo lo hacía.

—No.

—Sí.

—¿Durante cuánto tiempo?

Montalvo guardó silencio.

Eso fue respuesta suficiente.

Christian sintió rabia.

No hacia Montalvo todavía.

Hacia todo.

—¿Por qué?

—Porque Francisco era mi hermano.

—No era su hermano.

—Lo era para mí.

—Y usted cree que eso le daba derecho—

—No me daba ningún derecho.

La voz de Montalvo cambió por primera vez.

Más firme.

—Me daba una obligación.

Christian calló.

—No iba a permitir que su hijo perdiera su futuro porque Francisco ya no estaba.

Christian apretó la mandíbula.

—¿Compró mi educación?

Montalvo negó.

—Pagué algunas puertas.

Se acercó un poco más.

—Tú fuiste quien tuvo el talento para cruzarlas.

Christian apartó la mirada.

Todo lo que había construido como historia personal empezaba a desordenarse.

No su trabajo.

No sus logros.

Pero el camino.

La posibilidad.

El origen.

—¿Por qué nunca me lo dijo?

Montalvo respondió:

—Porque me odiabas.

Christian volvió hacia él.

—No sabe lo que yo pensaba.

—Sé por qué regresaste.

Silencio.

Montalvo continuó.

—Sé que durante años pensaste que yo tuve algo que ver con la muerte de Francisco.

Christian sintió el pulso en las sienes.

—¿Quién le dijo eso?

—Nadie.

—No le creo.

—No necesitaba que nadie lo dijera.

Montalvo volvió al escritorio.

—Si hubiera sido tú, probablemente habría sospechado lo mismo.

Christian no esperaba eso.

—Empresa.

Montalvo enumeró.

—Dinero. Iris 27. Francisco muerto. Yo vivo. Grupo Montalvo crece.

Christian no respondió.

—Una historia sencilla.

—¿Está diciendo que no tuvo nada que ver?

Montalvo lo miró directamente.

—Estoy diciendo que nunca habría matado a Francisco.

La voz no tembló.

—Lo quería como a un hermano.

Christian quiso responder.

No pudo.

La imagen de Adrián en la terraza regresó.

La voz.

El pasillo.

El sobre.

No dijo nada.

Todavía no.

No sabía si el joven de la memoria había actuado por Montalvo.

No sabía si aquello era una confesión construida con veinte años de ventaja.

Pero por primera vez, la posibilidad de que Montalvo dijera la verdad no le pareció absurda.

Y eso fue peor que odiarlo.

—¿Qué quiere de mí? —preguntó.

Montalvo respiró lentamente.

—Que recuperes lo que Francisco dejó.

Christian frunció el ceño.

—¿Qué?

—Su lugar.

—No quiero su lugar.

—Bien.

Montalvo casi sonrió.

—Eso significa que quizá estás preparado para ocupar el tuyo.

Christian sostuvo la mirada.

—Sigue hablando como si me conociera.

—Sé más de ti de lo que te gustaría.

—Porque alguien le contó.

—Sí.

—¿Quién?

Montalvo guardó silencio.

Christian insistió.

—¿Quién estuvo hablándole de mí durante todos estos años?

Montalvo miró hacia la puerta.

Christian siguió su mirada.

No entendió.

Montalvo caminó hasta ella.

Abrió.

Isabel estaba al otro lado.

Christian dejó de respirar.

No la había visto llegar.

No sabía que estaba en la casa.

Su madre entró lentamente.

No sonreía.

Tenía los ojos húmedos.

Christian miró primero a ella.

Luego a Montalvo.

Después otra vez a ella.

—Mamá.

Isabel no respondió.

Christian retrocedió un paso.

De pronto entendió demasiadas cosas al mismo tiempo.

Grasse.

Los pagos.

Las llamadas que nunca preguntó.

Las oportunidades que creyó imposibles y que, de algún modo, habían aparecido.

La tranquilidad de Isabel cuando hablaba del dinero.

Su resistencia cada vez que Christian convertía a Montalvo en una certeza.

—Tú.

La palabra salió rota.

Isabel dio un paso hacia él.

Christian negó.

—Tú hablabas con él.

Ella cerró los ojos un instante.

—Sí.

Christian miró a Montalvo.

No sabía qué sentir.

Traición.

Vergüenza.

Rabia.

Gratitud.

Ninguna servía.

Todas al mismo tiempo.

Montalvo se acercó.

No demasiado.

Solo lo suficiente para que Christian tuviera que mirarlo.

Y por primera vez aquella noche no habló con Christian Niche.

Habló con el niño que se había ido de México creyendo que había perdido para siempre todo lo que alguna vez llamó suyo.

—Estuve todos estos años esperando que volvieras a casa, Alejandro.

Aa
CAPÍTULO 16

El hombre del sobre

Christian no durmió.

A las cuatro de la mañana seguía sentado en el despacho de la residencia, con la chaqueta de la noche anterior sobre el respaldo de una silla y la corbata abandonada en algún lugar que ya no recordaba.

La casa estaba en silencio.

Demasiado.

Sobre la mesa había una libreta abierta.

No había escrito nada.

No porque no tuviera preguntas.

Porque tenía demasiadas.

Alejandro Montalvo sabía quién era.

Siempre lo había sabido.

Había pagado parte de su formación.

Había recibido noticias sobre él durante años.

Y la persona que había mantenido ese contacto era Isabel.

Su madre.

Christian cerró los ojos.

La frase seguía allí.

Estuve todos estos años esperando que volvieras a casa, Alejandro.

No sabía qué le molestaba más.

Que Montalvo hubiera sabido.

Que Isabel se lo hubiera ocultado.

O que una parte de él hubiera querido creerle.

Eso era lo verdaderamente insoportable.

Durante casi veinte años había convertido a Alejandro Montalvo en una certeza.

El hombre que tenía motivos.

Dinero.

Acceso.

Iris 27.

La empresa.

Todo encajaba si se miraba desde suficiente distancia.

Ahora las piezas seguían allí.

Pero ya no formaban la misma figura.

Y, detrás de todo, una voz.

Adrián.

La terraza.

Piénsalo bien.

La cadencia.

El timbre.

El recuerdo incompleto.

Christian abrió los ojos.

Escuchó pasos en el pasillo.

No tuvo que girarse.

—¿Desde cuándo estás despierto? —preguntó Isabel.

—No dormí.

Ella entró.

Llevaba una bata clara y el cabello recogido sin cuidado.

Parecía mayor que la noche anterior.

No por edad.

Por cansancio.

Christian señaló la silla frente a él.

—Siéntate.

Isabel lo miró.

—Alejandro...

—Siéntate.

La voz no fue alta.

No necesitó serlo.

Ella obedeció.

Durante unos segundos ninguno habló.

Christian apoyó las manos sobre la mesa.

—Quiero saber todo.

Isabel respiró lentamente.

—Lo sé.

—No. No sabes.

La miró.

—Quiero saber desde cuándo hablas con Montalvo.

—Desde Francia.

—Eso no es una fecha.

—Poco después de llegar.

Christian sintió un golpe seco en el pecho.

—¿Poco después?

—Sí.

—¿Semanas?

—Meses.

Christian se levantó.

Caminó hasta la ventana.

—Todo este tiempo.

—Sí.

—Todos estos años.

—Sí.

Se volvió.

—¿Y nunca pensaste que debía saberlo?

Isabel bajó la mirada.

—Sí.

—Pero decidiste que no.

—También.

Christian soltó una risa breve.

Sin humor.

—Qué eficiente.

Isabel levantó la vista.

—Puedes enojarte conmigo.

—Gracias por el permiso.

—Pero escúchame.

—Eso es lo que estoy haciendo.

Se acercó a la mesa.

—¿Cuándo te dio dinero por primera vez?

Isabel tardó.

—Cuando entendí que no iba a poder sostener todo.

—¿Qué significa todo?

—Estudios. Materiales. Traslados. Algunas matrículas. Después otras cosas.

Christian quedó inmóvil.

—¿Cuánto?

—No lo sé exactamente.

—Claro que lo sabes.

—No llevaba una cuenta para ti.

—Él sí.

—Alejandro...

—No me llames así ahora.

Isabel guardó silencio.

Christian respiró hondo.

—Yo creí que tú habías pagado.

—Pagué todo lo que pude.

—Y lo que no pudiste lo pagó él.

—Sí.

—El hombre al que yo creía responsable de la muerte de papá.

Isabel cerró los ojos un segundo.

—Sí.

Christian se apartó.

—¿Cómo pudiste?

La pregunta salió más baja.

Eso la hizo peor.

Isabel lo miró.

—Porque tenía un hijo de diez años al que acababan de arrancarle la mitad de su vida.

Christian no dijo nada.

—Porque llegamos a Francia sin saber qué iba a pasar.

—Podías haberme dicho.

—A los diez años.

—Después.

—¿Cuándo?

Isabel preguntó sin desafío.

—¿A los quince? ¿Cuando ya odiabas escuchar su nombre? ¿A los dieciocho? ¿Cuando te prometiste volver a México a descubrir qué había pasado? ¿A los veinte, cuando cada vez que hablábamos de él terminabas convencido de que todo apuntaba al mismo hombre?

Christian endureció la mandíbula.

—Eso no te daba derecho.

—No.

Isabel asintió.

—Pero me daba miedo.

Eso lo frenó.

—¿Miedo de qué?

—De que rechazaras todo.

Silencio.

—De que supieras que él había ayudado y abandonaras oportunidades por orgullo. De que convertir tu formación en una forma de castigo fuera más importante para ti que tu futuro.

Christian quiso responder.

No encontró cómo.

Isabel continuó:

—Alejandro Montalvo nunca puso condiciones.

—¿Nunca?

—Nunca.

—¿Nunca preguntó qué estudiaba?

—Sí.

—¿Con quién trabajaba?

—Sí.

—¿Qué estaba haciendo?

—Sí.

Christian la miró.

—Eso suena bastante a condiciones.

—No.

Isabel negó.

—Suena a alguien que quería saber si estabas bien.

Christian volvió a la mesa.

—¿Le contaste de Étienne?

—Sí.

—¿De Ambre Impérial?

—Sí.

—¿L’Iris d’Or?

—Sí.

—¿Christian Niche?

Isabel tardó una fracción de segundo.

—Sí.

Christian apartó la mirada.

—Increíble.

—Cuando elegiste el nombre, se quedó en silencio mucho rato.

Christian volvió hacia ella.

—¿Qué dijo?

—Que Francisco habría entendido.

La respuesta le dolió más de lo esperado.

—No quiero saber qué habría entendido mi padre según Montalvo.

—Lo sé.

—No. No lo sabes.

Isabel no discutió.

Christian se sentó otra vez.

—¿Le dijiste que lo investigaba?

—No.

—¿Proyecto Nº27?

—No.

—¿México?

—Sabía que ibas a volver.

—Eso no responde.

—No le conté el proyecto.

—¿Le dijiste que sospechaba de él?

Isabel negó.

—Nunca.

Christian la estudió.

—Entonces ¿cómo lo sabía?

—Porque no es estúpido.

—Eso no basta.

—Te conoce desde niño.

Christian soltó una exhalación amarga.

—Al parecer todos me conocen menos yo.

Isabel sostuvo su mirada.

—No.

—¿No?

—Tú sabes exactamente quién eres. Lo que no sabías era quién te ayudó a llegar hasta allí.

Christian se quedó callado.

La frase de Montalvo regresó.

Yo pagué algunas puertas. Tú fuiste quien tuvo el talento para cruzarlas.

Lo odiaba.

Porque era razonable.

Isabel fue quien rompió el silencio.

—¿Qué más pasó anoche?

Christian levantó la mirada.

—¿Qué quieres decir?

—Volviste distinto.

—Me enteré de que mi madre y el hombre que culpé veinte años mantuvieron una relación secreta. Eso suele modificar el humor.

—No solo eso.

Christian la observó.

—Adrián.

Isabel se tensó apenas.

—¿Qué pasó con él?

Christian miró la libreta.

—Hablamos.

—¿De qué?

—Le Sillage.

—¿Y?

—Jazmín.

Isabel esperó.

Christian tomó un lápiz.

Lo giró entre los dedos.

—Me advirtió que me mantuviera alejado.

—¿Te amenazó?

—No exactamente.

—Entonces.

Christian dejó el lápiz.

—Su voz.

Isabel frunció el ceño.

—¿Qué pasa con su voz?

—La conozco.

—¿De dónde?

Christian cerró los ojos.

Pasillo.

Luz.

Una silueta.

El sobre.

Nada.

Abrió los ojos.

—No sé.

—Alejandro.

Esta vez no corrigió el nombre.

—Algo de esa noche.

Isabel quedó inmóvil.

—¿La noche de tu padre?

—Sí.

—¿Estás seguro?

—No.

Christian se frotó la frente.

—Ese es el problema.

—¿Qué recuerdas?

—Muy poco.

—Entonces no fuerces—

—No lo estoy forzando.

La respuesta salió brusca.

Isabel calló.

Christian respiró.

—Perdón.

Ella no dijo nada.

—Solo... la escuché y algo encajó. No el rostro. No todavía.

—¿Una frase?

—La forma de hablar.

—¿Y crees que era él?

Christian negó.

—Creo que necesito saber más.

El timbre de la entrada sonó.

Los dos miraron hacia el pasillo.

Christian consultó el reloj.

Poco después de las ocho.

—¿Esperas a alguien? —preguntó Isabel.

Christian ya lo sabía.

—Anaïs.

Anaïs entró con el mismo abrigo de la noche anterior.

No parecía haber dormido mucho más que Christian.

Llevaba una carpeta bajo el brazo y el teléfono en la mano.

Se detuvo al ver a Isabel.

—Buenos días.

Isabel la miró.

—Por tu cara, no.

Anaïs casi sonrió.

Christian señaló el despacho.

—Ven.

Anaïs entró.

Dejó la carpeta sobre la mesa.

—Primero tú.

Christian la miró.

—¿Por qué?

—Porque si cuento lo mío primero, vas a dejar de escuchar.

Eso bastó.

Christian se sentó.

Anaïs hizo lo mismo.

Isabel permaneció cerca de la ventana.

Christian empezó.

No narró la cena completa.

No hacía falta.

Montalvo.

El brindis.

Francisco.

La frase sobre el hijo.

El despacho.

La revelación.

La financiación.

Isabel.

Anaïs no interrumpió.

Solo una vez.

—¿Montalvo dijo que sabía del proyecto?

—No.

—¿Te lo preguntó?

—No.

Anaïs miró a Isabel.

Ella negó.

—Nunca se lo dije.

Anaïs volvió hacia Christian.

—¿Y tú le creíste?

Christian tardó.

—Le creí que quería a mi padre.

Anaïs no cambió de expresión.

—No es lo mismo que creer que es inocente.

—Lo sé.

—Bien.

Christian añadió:

—Y Adrián me habló.

Anaïs levantó la vista.

—¿Qué dijo?

—Nada importante.

—Eso generalmente significa que fue importante.

Christian la miró.

—Me preguntó por qué Le Sillage necesita al Grupo Montalvo.

Anaïs apoyó los brazos sobre la mesa.

—No es una mala pregunta.

—No.

—¿Algo más?

—Me advirtió sobre Jazmín.

Anaïs quedó en silencio un segundo.

—Marido territorial.

—Eso parece.

—¿Y?

Christian miró la mesa.

—Su voz.

Anaïs esperó.

—Me resultó familiar.

—¿De dónde?

—De la noche de Francisco.

Ahora sí cambió la expresión de Anaïs.

—¿Qué tan familiar?

—No suficiente.

—¿Rostro?

—No.

—¿Palabras?

—No.

—Entonces tenemos sensación, no evidencia.

Christian levantó la vista.

—Lo sé.

Anaïs asintió.

—Perfecto.

Christian frunció el ceño.

—¿Perfecto?

—Que lo sepas.

Abrió la carpeta.

—Porque yo sí tengo algo.

Sacó el teléfono.

Lo dejó sobre la mesa.

—Ayer identificaron al médico.

Christian no respiró.

Isabel se acercó.

—¿Qué médico?

Anaïs miró a Christian.

—El que recibió el sobre.

El silencio cambió.

—¿Estás segura? —preguntó Christian.

—Trabajaba allí esa noche. Coincide con todo lo que teníamos. Lo vi.

—¿Hablaste con él?

—Sí.

—¿Anoche?

—Mientras tú cenabas.

Christian la miró.

—¿Dónde?

—No importa.

—Anaïs.

—Importa lo que dijo.

Christian dejó pasar el resto.

—Habla.

Anaïs desbloqueó el teléfono.

—Grabé la conversación.

Isabel se sentó finalmente.

Anaïs no reprodujo todo.

Primero resumió.

—Admitió que recibió dinero para alterar el certificado de defunción de Francisco y presentarlo como muerte natural.

Christian quedó inmóvil.

Había esperado esa confirmación durante años.

No sintió alivio.

Solo una especie de vacío.

—¿Dijo quién pagó?

—No conoce el nombre.

—¿Nada?

—Tiene descripción.

Christian levantó la mirada.

Anaïs abrió una nota.

—Muy joven.

Christian no se movió.

—Dieciocho. Quizá diecinueve.

Algo se tensó detrás de sus ojos.

—Bien vestido. Apariencia acomodada. Arrogante. Petulante. Hablaba como alguien acostumbrado a que los demás hicieran lo que él pedía.

Christian dejó de escuchar durante un instante.

El pasillo regresó.

Más claro.

No completo.

Luz blanca.

Una puerta.

El médico más joven.

Un muchacho de espaldas.

Traje.

No.

Camisa.

Algo oscuro.

La mano.

El sobre.

Anaïs siguió:

—Estatura media-alta. Delgado. Cabello oscuro. Rasgos—

La voz de Adrián apareció encima del recuerdo.

Te recomiendo pensarlo bien.

La imagen giró.

El joven del pasillo se volvió.

No con nitidez fotográfica.

Con reconocimiento.

La mandíbula más fina.

El cabello.

Los ojos.

La expresión de alguien que esperaba obediencia.

Christian se puso de pie tan rápido que la silla golpeó el suelo.

Isabel se sobresaltó.

Anaïs dejó de hablar.

—¿Qué?

Christian no estaba mirando a ninguna de las dos.

Veía otra habitación.

Otro año.

Otro rostro.

—Era él.

Anaïs frunció el ceño.

—¿Quién?

Christian respiró.

Una vez.

Dos.

El recuerdo terminó de encajar.

—Adrián.

Silencio.

Isabel llevó una mano a la boca.

Anaïs no reaccionó de inmediato.

—¿Estás seguro?

Christian cerró los ojos.

La terraza.

El pasillo.

La voz.

El muchacho.

Abrió los ojos.

—Sí.

—¿Seguro o convencido?

—Seguro.

Anaïs mantuvo la mirada.

—Dime exactamente qué recuerdas.

Christian habló despacio.

—Lo vi entregar el sobre.

—¿Al médico?

—Sí.

—¿Viste el contenido?

—No.

—¿Escuchaste qué decía?

—No.

—¿Viste quién se lo dio a Adrián antes?

—No.

Christian entendió lo que estaba haciendo.

Delimitando.

Hechos.

No conclusiones.

—Pero era él.

—Bien.

Anaïs asintió.

—Entonces sabemos que Adrián entregó el pago.

Christian la corrigió:

—Sabemos que entregó un sobre.

—Y el médico dice que ese sobre contenía dinero para falsificar el certificado.

Christian guardó silencio.

—Así que sí —concluyó Anaïs—. Adrián entregó el pago.

Isabel palideció.

—¿Por qué?

Nadie respondió.

Anaïs volvió a la carpeta.

—Hay otra cosa.

Christian se sentó lentamente.

—¿Qué?

—El médico recuerda algo del sobre.

—¿Qué?

Anaïs giró el teléfono hacia él.

En la pantalla había dos palabras.

GRUPO GARZA

Christian la miró.

—¿Está seguro?

—Lo suficiente como para repetirlo varias veces.

—¿Dijo que Adrián trabajaba para ellos?

—No.

—¿Que el dinero era de Garza?

—No.

—¿Que lo enviaron ellos?

—No.

Anaïs negó.

—Solo que el sobre llevaba ese nombre.

Christian se quedó quieto.

Grupo Garza.

Diez millones.

La fórmula.

El interés en Iris 27.

El intento de comprar algo que Francisco no quería vender.

La vieja sospecha regresó.

Pero ahora con una diferencia.

Adrián estaba entre ambos puntos.

—Entonces Garza pagó —dijo Isabel.

Anaïs levantó una mano.

—No.

Isabel la miró.

—El sobre—

—El sobre tenía su nombre. Nada más.

Christian asintió lentamente.

—Podía ser dinero suyo.

—Sí.

—O un sobre reutilizado.

—Sí.

—O alguien quería que pareciera suyo.

—También.

Anaïs cruzó los brazos.

—Tenemos una pista material. No una conclusión.

Christian miró de nuevo las palabras.

GRUPO GARZA.

Durante años había tenido nombres separados.

Montalvo.

Garza.

Francisco.

Ahora aparecía Adrián en medio.

—¿El médico reconocería a Adrián hoy?

—No lo sé.

—¿Le mostraste una foto?

—No.

Christian levantó la vista.

Anaïs explicó:

—No quería contaminar el recuerdo.

Eso le pareció correcto.

—¿Dónde está ahora?

—Localizable.

Christian la miró.

—¿Qué hiciste?

—Hablé con él.

—Anaïs.

—Nada que necesites saber ahora.

—Eso suele significar exactamente lo contrario.

Ella sostuvo su mirada.

—Está vivo. Está en la ciudad. Y sabe que podemos volver a hablar.

Christian decidió no insistir.

Todavía.

Durante varios minutos nadie dijo nada.

Isabel fue la primera.

—Entonces Alejandro Montalvo...

Christian levantó la mirada.

—No sabemos.

—Pero si Adrián pagó—

—No sabemos quién le dio el dinero.

—¿Crees que pudo ser Montalvo?

Christian miró hacia la ventana.

La voz del despacho volvió.

Nunca habría matado a Francisco.

Después la otra.

Francisco era mi hermano.

—Ayer habría dicho que sí.

Anaïs lo observó.

—¿Y hoy?

Christian tardó.

—Hoy no sé.

Eso era nuevo.

Decirlo en voz alta fue peor.

Anaïs se levantó.

Caminó hacia el tablero donde aún permanecían elementos del Proyecto Nº27 original.

Fotografías.

Fechas.

Empresas.

Flechas.

Montalvo ocupaba el centro.

Ella lo miró.

—Entonces tenemos un problema.

Christian se acercó.

—Tenemos varios.

—No.

Anaïs señaló el tablero.

—Tenemos uno.

Pausa.

—Esto está mal.

Christian siguió la dirección de su dedo.

Alejandro Montalvo.

Centro.

Hipótesis principal.

Beneficiario.

Motivo.

Acceso.

Todo orbitaba alrededor de él.

—Lo construimos con lo que teníamos.

—Sí.

—No fue un error.

Anaïs lo miró.

—Fue una hipótesis.

Christian entendió el matiz.

—Y ahora tenemos hechos nuevos.

—Exacto.

Isabel se levantó.

—¿Qué van a hacer?

Christian miró el tablero.

Durante casi veinte años había querido una respuesta.

Ahora tenía demasiadas preguntas.

Tomó el marcador.

Borró una línea.

Después otra.

Finalmente quitó el nombre de Montalvo del centro.

No lo eliminó.

Lo colocó a un lado.

Escribió debajo:

POR CONFIRMAR

Anaïs observó.

Christian tomó otra hoja.

Escribió:

PROYECTO Nº27

Debajo:

VERSIÓN 2

Isabel se quedó quieta.

—¿Qué cambia?

Christian miró a Anaïs.

—Todo.

Primero escribió:

ADRIÁN / GRUPO GARZA

Anaïs se apoyó en la mesa.

—Relación histórica.

Christian añadió:

—Dinero.

—Acceso.

—La cena.

—El médico.

—Quién sabía de Iris 27.

Christian escribió cada punto.

—Y quién le dio la orden.

Anaïs levantó la vista.

—Todavía no sabemos que recibió una orden.

Christian sostuvo su mirada.

—Entonces ponemos la pregunta.

Escribió:

¿ACTUÓ SOLO?

Debajo:

¿INTERMEDIARIO?

¿POR ENCARGO?

No más.

Todavía.

Luego Christian tomó otra hoja.

Escribió:

JAZMÍN

Isabel lo miró.

—No.

Christian giró hacia ella.

—Mamá.

—Era una niña.

—Tenía dieciséis.

—Exactamente.

—Y estaba con Adrián.

—Eso no significa—

—No.

Christian la interrumpió.

—No significa nada todavía.

Anaïs añadió:

—Pero necesitamos saber qué sabía.

Isabel negó lentamente.

—Jazmín no habría—

Christian levantó una mano.

—No quiero decidir antes de mirar.

La frase salió más dura de lo previsto.

Isabel entendió.

Era exactamente el error que él acababa de admitir con Montalvo.

Anaïs señaló el nombre.

—Preguntas.

Christian escribió:

¿QUÉ SABÍA DE IRIS 27?

¿CÓMO SUPO ADRIÁN DE LA CENA?

¿FUENTE INVOLUNTARIA?

Se detuvo.

Después añadió:

¿PARTICIPÓ?

Isabel cerró los ojos.

—Esto va a destruirla.

Christian no respondió.

No sabía todavía qué significaba “esto”.

La tercera hoja fue la más difícil.

Christian escribió:

ALEJANDRO MONTALVO

Anaïs lo miró.

—¿Fuente?

—Posible.

—¿Aliado?

Christian dudó.

—Posible.

—¿Sospechoso?

Miró el tablero.

—Por confirmar.

Anaïs asintió.

Christian escribió:

RECONSTRUIR ÚLTIMOS MESES DE FRANCISCO

GRUPO GARZA

ACUERDOS ECONÓMICOS

IRIS 27

NOCHE DE LA MUERTE

Se detuvo.

Después:

LEGADO

Isabel miró esa palabra.

No dijo nada.

Quedaba ella.

Christian no escribió su nombre como objetivo.

Se volvió.

—Ahora tú.

Isabel asintió lentamente.

—Pregunta.

—¿Cuándo empezaste a pensar que Montalvo podía ser inocente?

Ella tardó.

—No hubo un día.

—Entonces ¿cuándo?

—Con los años.

—Eso no me sirve.

—Es la verdad.

Christian esperó.

Isabel buscó las palabras.

—Al principio sospeché de todos.

—Montalvo.

—Sí.

—Garza.

—Sí.

—Acreedores.

—También.

—¿Cuándo cambió?

—Cuando Alejandro siguió ayudando sin pedir nada.

Christian frunció el ceño.

—Eso no prueba inocencia.

—Lo sé.

—Entonces.

—Cuando nunca intentó aprovechar Iris 27.

Christian guardó silencio.

—Cuando nunca presionó por saber dónde estaban las cosas de Francisco.

—¿Te preguntó por la fórmula?

—No.

—¿Nunca?

—Nunca.

Eso importaba.

—¿Y mantuviste contacto igualmente?

—Sí.

—¿Por qué?

Isabel lo miró.

—Porque él también perdió a Francisco.

Christian desvió la mirada.

—No compares.

—No comparo.

Isabel se acercó.

—Tú perdiste a tu padre. Yo perdí a mi marido. Alejandro perdió al hombre al que consideraba hermano.

Christian permaneció quieto.

—Podemos haber sufrido cosas distintas y todas seguir siendo verdad.

No respondió.

No estaba preparado.

Anaïs rompió la tensión.

—Hay algo más que debemos decidir.

Christian volvió hacia ella.

—¿Qué?

—Jazmín.

—Ya está en el tablero.

—No me refiero a eso.

Anaïs cruzó los brazos.

—¿La vas a ver hoy?

Christian pensó en ella.

El laboratorio.

La muñeca.

Iris 27.

Su forma de mirarlo cuando hablaba de Francisco.

La curiosidad.

La inteligencia.

Y ahora una palabra debajo de su nombre.

¿PARTICIPÓ?

—No.

Anaïs asintió.

—Bien.

—No hasta saber más.

Isabel lo observó.

—¿Y si ella te llama?

Christian tardó.

—Responderé.

—¿Y le mentirás?

Christian la miró.

La pregunta era incómodamente precisa.

—No le diré lo que todavía no entiendo.

Anaïs murmuró:

—Otra respuesta diseñada para no decir nada.

Christian la fulminó con la mirada.

—No empieces.

—Era irresistible.

Por primera vez aquella mañana, la tensión cedió un milímetro.

Nada más.

Anaïs tomó el teléfono.

—Quiero que escuches una parte.

Christian volvió a ponerse serio.

Ella reprodujo la grabación.

La voz del médico era débil.

Gastada.

Había miedo.

Christian escuchó.

El dinero.

El certificado.

La edad.

La descripción.

Después:

Grupo Garza.

La grabación terminó.

Christian no dijo nada.

La escuchó una segunda vez.

Luego una tercera.

No necesitaba más.

Se acercó al tablero.

Quitó la fotografía de Montalvo del centro.

Colocó una de Adrián.

No como asesino.

No todavía.

Como hecho.

Debajo escribió:

ENTREGÓ EL PAGO AL MÉDICO

A la izquierda:

GRUPO GARZA

A la derecha:

JAZMÍN

Abajo:

¿QUIÉN DIO LA ORDEN?

Montalvo quedó separado.

POR CONFIRMAR

Christian retrocedió.

Miró todo.

Su investigación ya no se parecía a la que había traído desde Francia.

Era menos limpia.

Más peligrosa.

Y, por primera vez, más verdadera.

Anaïs se colocó a su lado.

—¿Qué hacemos primero?

Christian miró el nombre de Adrián.

—Lo conectamos con Garza.

Después miró a Jazmín.

—Descubrimos qué sabía ella.

Finalmente, a Montalvo.

—Y vuelvo a hablar con él.

Isabel guardó silencio.

Christian sintió algo extraño al decirlo.

No “interrogarlo”.

No “investigarlo”.

Hablar con él.

La diferencia era pequeña.

Pero existía.

Durante veinte años había buscado al hombre que ordenó matar a Francisco.

Ahora sabía quién había pagado para esconderlo.

No era lo mismo.

Pero por primera vez estaba más cerca.

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CAPÍTULO 17

Sin máscaras

La primera reunión formal del proyecto conjunto duró casi cuatro horas.

La segunda, tres.

La tercera terminó con dos abogados discutiendo durante veinte minutos sobre una frase que, según Christian, no significaba nada y que, según ellos, podía significar varios millones de dólares.

Jazmín observó la discusión desde el extremo de la mesa.

Christian estaba a su derecha, con una carpeta abierta y una expresión que había dejado de intentar disimular el aburrimiento.

Anaïs, al otro lado, anotaba algo en su tableta.

Alejandro Montalvo escuchaba en silencio.

Sobre la pantalla principal de la sala aparecía el mismo título que llevaban viendo durante semanas:

PROYECTO DE ASOCIACIÓN ESTRATÉGICA

GRUPO MONTALVO / LE SILLAGE

Debajo, una serie de gráficos comparaba costos, capacidad instalada, proyecciones de demanda y tiempos de producción.

Jazmín deslizó una página hacia Christian.

—Mire esto.

Christian bajó la vista.

—Ya lo vi.

—Entonces dígame qué está mal.

—La proyección de volumen para Asia.

—No está mal.

—Es optimista.

—Es conservadora.

Christian levantó la mirada.

—Eso dice mucho de usted.

—Y su comentario dice mucho de usted.

Anaïs levantó apenas la cabeza.

Alejandro Montalvo sonrió.

Los abogados siguieron discutiendo como si nadie más existiera.

Jazmín señaló una de las columnas.

—Si Le Sillage mantiene el crecimiento de los últimos tres años y entra en Asia con la red prevista, no van a poder sostener la demanda con la capacidad actual.

—Podemos aumentar producción.

—Con terceros.

Christian no respondió.

—Ese es exactamente el problema —continuó Jazmín—. Cada vez que necesitan ampliar volumen, dependen de una planta que también fabrica para otras diez marcas.

Christian cerró la carpeta.

—Doce.

Jazmín lo miró.

—¿Perdón?

—La principal trabaja con doce.

—Mejor aún.

—No para nosotros.

—Ese es mi punto.

Alejandro intervino:

—También es el nuestro.

Todos lo miraron.

Montalvo se acomodó en la silla.

—Grupo Montalvo tiene el mismo problema desde hace años. La diferencia es que nosotros llevamos más tiempo tolerándolo.

Christian apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—¿Cuántos lanzamientos han tenido quiebre de stock?

Jazmín respondió sin consultar documentos.

—Cinco importantes en seis años.

Anaïs levantó la vista.

—¿Cinco?

—Dos en México. Uno en Brasil. Uno en Emiratos. Uno en España.

Christian hizo una mueca.

—Eso ya no es mala suerte.

—Nunca dije que lo fuera.

Jazmín cambió la diapositiva.

Apareció un diagrama industrial.

—Por eso el proyecto no puede limitarse a distribución cruzada.

Christian miró el esquema.

—Quiere la fábrica.

—Quiero dejar de pagar a otros para que decidan cuándo podemos fabricar.

Anaïs intervino:

—Y cuánto.

Jazmín asintió.

—Y cuánto.

Montalvo observó a Christian.

—¿Le parece demasiado pronto?

Christian tardó unos segundos.

—No.

Eso sorprendió incluso a Jazmín.

—¿No?

—Me parece inevitable.

Se inclinó hacia la pantalla.

—Lo absurdo sería expandirnos juntos y seguir produciendo por separado.

Jazmín sonrió apenas.

—Eso llevo diciendo una hora.

—Sí, pero usted lo dice con demasiadas diapositivas.

—Algunas personas necesitan ayuda visual.

—Algunas personas necesitan llegar al punto.

Anaïs murmuró:

—Y algunas personas necesitan recordar que estamos intentando fundar una empresa.

Montalvo soltó una risa breve.

Por primera vez, los abogados dejaron de discutir.

El problema era sencillo.

Al menos en teoría.

Le Sillage necesitaba crecer.

Grupo Montalvo también.

Pero ambos estaban llegando al mismo límite desde direcciones distintas.

Le Sillage dominaba Europa y tenía acceso privilegiado a distribuidores especializados, grandes compradores y boutiques capaces de sostener perfumes de altísimo precio.

Grupo Montalvo conocía América Latina, había construido relaciones comerciales durante décadas y tenía una presencia que Le Sillage tardaría años en reproducir.

Cada uno necesitaba lo que el otro ya tenía.

Pero el crecimiento proyectado traía consigo una consecuencia menos elegante.

Volumen.

Más frascos.

Más alcohol.

Más vidrio.

Más cajas.

Más materias primas.

Más líneas de producción.

Más almacenamiento.

Más riesgo.

Y, sobre todo, más dependencia de terceros.

Christian pasó a la siguiente hoja.

—Esta parte quiero cambiarla.

Jazmín se inclinó hacia él.

—¿Cuál?

—Compras.

—¿Qué tiene?

—Está planteada como ahorro.

—Porque es ahorro.

—No solo.

Tomó un lápiz.

—Si compramos juntos, no solo bajamos costo unitario. Ganamos prioridad.

Anaïs asintió.

—Exacto.

Christian escribió algo al margen.

—Rosa. Jazmín. Iris. Vainilla. Sándalo. Si vamos con contratos más grandes podemos reservar producción antes.

Jazmín añadió:

—Y asegurar lotes.

—Y cosechas.

Montalvo los observó.

—Eso sí me interesa.

Christian levantó la vista.

—Debería.

—¿Por qué?

—Porque producir perfume no es comprar tornillos.

Montalvo sonrió.

—Lo sé.

—No siempre parece.

Jazmín soltó aire por la nariz para ocultar una risa.

Christian continuó:

—Si una cosecha de rosa es excepcional y sabemos que la vamos a necesitar durante tres años, no deberíamos estar compitiendo con veinte casas por los mismos lotes.

—Podemos firmar acuerdos plurianuales —dijo Jazmín.

—Y financiar productores estratégicos.

Anaïs añadió:

—Eso también reduce volatilidad.

Christian señaló la pantalla.

—Eso es mucho más importante que un descuento.

Jazmín tomó nota.

—Entonces lo incorporamos como objetivo estructural.

—Sí.

Montalvo miró a ambos.

—Están empezando a sonar como si hubieran hecho esto juntos durante años.

Christian y Jazmín lo miraron al mismo tiempo.

Ninguno respondió.

Anaïs decidió hacerlo por ellos.

—No los anime.

La parte más sensible llegó después.

Propiedad intelectual.

Christian cambió de postura.

Jazmín lo notó inmediatamente.

—Aquí no vamos a tener problema —dijo ella.

—Eso espero.

—Cada grupo conserva sus fórmulas.

—No basta.

—¿Qué más quiere?

—Que fabricar en la planta conjunta no dé acceso automático a las formulaciones completas del otro socio.

Jazmín frunció el ceño.

—Eso complica producción.

—Complica curiosos.

—No todo el mundo intenta robar fórmulas.

Christian la miró.

Silencio.

Jazmín entendió.

Grupo Garza.

El pasado.

Las filtraciones.

Montalvo intervino:

—Tiene razón.

Jazmín giró hacia su padre.

—Sé que la tiene.

Alejandro se quedó mirando la mesa unos segundos.

—Nosotros ya aprendimos esa lección.

Christian observó el cambio de tono.

—¿Qué pasó exactamente?

Montalvo levantó la vista.

—No hoy.

Christian sostuvo su mirada.

Montalvo añadió:

—Pero pasó.

Jazmín cerró la carpeta.

—Entonces habrá compartimentación.

Christian asintió.

—Y acceso por necesidad.

—Control de lotes.

—Trazabilidad.

—Laboratorio común de calidad.

Christian levantó un dedo.

—Calidad.

—Sí.

—No creación.

Jazmín sonrió.

—¿Teme que le roben sus ideas?

—Temo que las arruinen.

Montalvo rio.

—Francisco decía algo parecido.

Christian quedó inmóvil.

Solo un instante.

Jazmín lo vio.

Anaïs también.

Christian bajó la mirada hacia los documentos.

—Francisco tenía razón en algunas cosas.

Montalvo no respondió.

La reunión terminó con una conclusión que semanas antes habría parecido exagerada.

Una planta propia no era una posibilidad.

Era el centro del proyecto.

Una fábrica construida para ambos grupos.

Propiedad de ambos.

Capaz de producir los volúmenes proyectados sin depender de calendarios ajenos.

Un centro industrial con almacenamiento, control de calidad y logística integrada.

Una instalación donde las fórmulas no circularan entre proveedores que también trabajaban para competidores.

Y un lugar desde el cual ambas compañías pudieran abastecer varias regiones.

Quedaba decidir dónde.

Jazmín cambió la pantalla.

Aparecieron cuatro ciudades.

Singapur.

Barcelona.

Ciudad de México.

Dubái.

Christian miró la lista.

—Barcelona no.

—¿Por qué?

—Demasiado inclinada hacia Europa.

—Ciudad de México favorece América.

—Singapur favorece Asia.

Montalvo preguntó:

—¿Y Dubái?

Jazmín señaló el mapa.

—Equilibra.

Asia al este.

Europa al oeste.

África cerca.

Golfo.

Puertos.

Carga aérea.

Distribución.

Christian observó el esquema.

—También nos acerca a proveedores asiáticos sin alejarnos demasiado de Grasse.

—Exacto.

Anaïs añadió:

—Y Grupo Montalvo ya tiene operaciones en la región.

Jazmín asintió.

—No empezaríamos desde cero.

Christian se recostó.

—¿Terrenos?

—Hay tres opciones preliminares.

—¿Plazos?

—Si decidimos este trimestre, podríamos tener diseño final antes de fin de año.

Christian volvió a mirar el mapa.

—Quiero verlas.

Jazmín levantó una ceja.

—¿Las tres?

—Las tres.

—Eso requiere viajar.

—Lo imaginé.

—Dubái.

Christian la miró.

—Sé dónde queda.

Anaïs bajó la vista para ocultar una sonrisa.

Jazmín continuó:

—También habría que revisar proveedores, almacenes y las rutas de distribución propuestas.

—Sí.

—Y la capacidad de ampliación.

—También.

Montalvo cerró su carpeta.

—Entonces viajen.

Jazmín giró hacia él.

—¿Los dos?

—¿Tiene sentido que vaya solo uno?

Ella no respondió.

Montalvo miró a Christian.

—Jazmín conoce la operación y las proyecciones.

Luego a su hija.

—Christian tiene que aprobar estándares, seguridad industrial y protección de fórmulas.

Anaïs añadió:

—Y Le Sillage no va a comprometer producción futura sin que él vea la planta propuesta.

Christian asintió.

—Correcto.

Jazmín tomó su agenda.

—Puedo estar allá la próxima semana.

Christian abrió la suya.

—Yo también.

—Perfecto.

No discutieron vuelos.

No discutieron hotel.

No discutieron itinerarios personales.

Los equipos se encargarían.

Era trabajo.

Nada más.

Al menos eso era lo que todos parecían decididos a fingir.

Dos días después, Christian volvió a la residencia de Alejandro Montalvo.

Esta vez sin abogados.

Sin gráficos.

Sin Jazmín.

Sin Anaïs.

Montalvo lo esperaba en el despacho.

Sobre la mesa había una caja vieja de fotografías, varios documentos y un cuaderno.

Christian entró.

—¿Encontró algo?

—Recuerdos.

—Eso no siempre ayuda.

—A veces es lo único que queda.

Christian tomó asiento.

Montalvo abrió el cuaderno.

—Francisco hablaba demasiado.

Christian casi sonrió.

—Eso sí lo recuerdo.

—Pero no de trabajo.

—¿No?

—No del trabajo importante.

Montalvo pasó varias páginas.

—Podía contarle a cualquiera que estaba creando algo. Podía hablar durante una hora sobre una nota, una materia prima, una idea. Pero cuando el proyecto era serio...

Levantó la vista.

—Se volvía reservado.

Christian apoyó una mano sobre la mesa.

—¿Incluso con usted?

—Sobre todo conmigo.

—¿Por qué?

—Porque sabía que yo podía convertir una idea en negocio.

Christian esperó.

—Y a veces no quería que el negocio apareciera demasiado pronto.

Eso tenía sentido.

Montalvo continuó:

—Casi siempre hablábamos solos.

—¿Casi?

Alejandro abrió una fotografía.

Jazmín adolescente.

Sonriente.

Cabello más largo.

Una energía distinta en el rostro.

Christian no dijo nada.

—Recuerdo una vez —dijo Montalvo—. Francisco vino a verme. Jazmín estaba allí.

—¿Cuándo?

—Meses antes de morir.

—¿Qué dijo?

Montalvo frunció el ceño intentando reconstruirlo.

—Que estaba terminando algo.

—Eso no es mucho.

—Dijo que si funcionaba, cambiaría la forma en que entendíamos ciertos perfumes.

Christian se quedó quieto.

—¿Iris 27?

—No lo llamó así.

—¿Jazmín escuchó?

—Estaba a pocos metros.

Christian miró la fotografía.

—Entonces podía saber.

—Podía.

Montalvo bajó la vista.

El cambio en su expresión fue mínimo.

Suficiente.

Christian decidió no empujar todavía.

—¿La cena?

Alejandro cerró el cuaderno.

—También estuve pensando en eso.

—¿Qué recuerda?

—Que no debía ser una gran cena.

Christian se inclinó.

—¿Quiénes iban a estar?

—Francisco. Yo. Isabel probablemente.

—¿Jazmín?

—No era necesario.

—¿Adrián?

Montalvo soltó una risa seca.

—Mucho menos.

Christian guardó silencio.

—Entonces ¿cómo terminó allí?

Alejandro tardó.

—Jazmín.

Christian no cambió de expresión.

—¿Ella lo invitó?

—Insistió.

—¿Por qué?

—Porque estaba enamorada.

La respuesta llegó demasiado rápido.

Christian lo notó.

—Eso explica que quisiera llevarlo. No explica por qué usted aceptó.

Montalvo lo miró.

—Tenía dieciséis años.

—Y usted era su padre.

—Exactamente.

Christian entendió.

—Cedió.

—Sí.

Montalvo apoyó ambas manos sobre el escritorio.

—También recuerdo que insistió en que fuera algo más familiar. Que estuvieran ustedes.

Christian sintió una presión leve en el pecho.

—¿Nosotros?

—Tú. Isabel.

—¿Por qué?

—No lo sé.

Silencio.

La pregunta quedó entre ambos.

Montalvo miró nuevamente la fotografía.

—Nunca pensé en eso.

—Porque no tenía motivos.

—No.

—Ahora sí.

Alejandro no respondió.

Christian tampoco.

No había prueba.

Solo una coincidencia más.

Pero Proyecto Nº27 había empezado a cambiar de forma otra vez.

Anaïs lo esperaba al regresar.

Estaba en el despacho, hablando por teléfono con alguien de Ginebra sobre una estructura de inversión que Christian apenas quiso escuchar.

Terminó la llamada.

—¿Y?

Christian dejó la carpeta sobre la mesa.

—Jazmín sabía más de lo que pensábamos.

Anaïs no reaccionó.

—¿Cuánto más?

—Francisco habló delante de ella de un proyecto importante meses antes de morir.

—¿Iris 27?

—Probablemente.

—¿Algo más?

Christian asintió.

—La cena era más pequeña al principio.

Anaïs lo observó.

—Y Adrián apareció después.

—Por insistencia de Jazmín.

Anaïs se quedó en silencio.

—También pidió que estuviera mi familia.

—Eso es peor.

Christian la miró.

—Es extraño.

—Es peor.

—No sabemos por qué.

—Exacto. Por eso es peor.

Christian se acercó a la ventana.

Anaïs abrió el expediente digital.

—Voy a profundizar.

—Con cuidado.

—Siempre.

Christian giró.

—No la confrontes.

Anaïs levantó la mirada.

—No iba a hacerlo.

—Bien.

—Pero es interesante que lo aclares.

Christian no respondió.

Anaïs cerró la tableta.

—Si fuera otra persona...

—No empieces.

—No dije nada.

—Lo ibas a hacer.

—También es interesante que ya sepas qué iba a decir.

Christian la miró.

Anaïs sonrió apenas.

—Viajas el martes.

—¿Ya está confirmado?

—Sí.

—¿Hotel?

—Sí.

—¿Equipo?

—Parte llega antes.

—¿Tú?

—Me quedo.

Christian frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque alguien tiene que trabajar.

—Voy a trabajar.

—Eso he oído.

Christian no dignificó la frase con respuesta.

Anaïs continuó:

—También tengo que seguir con el médico, Garza y Adrián.

Eso era cierto.

—Y el family office quiere revisar la estructura de inversión antes de que apruebes compromisos de capital.

Christian hizo una mueca.

—Que hablen contigo.

—Ya lo hacen.

—Perfecto.

—Como desde hace años.

Christian levantó una ceja.

—No te acostumbres demasiado.

—Llegas tarde.

La última reunión antes del viaje fue breve.

Al menos estaba programada para serlo.

Jazmín llegó al laboratorio de Le Sillage en Ciudad de México con una carpeta y sin séquito.

Christian estaba revisando muestras.

—Pensé que íbamos a hablar de Dubái.

—Vamos a hablar de Dubái.

—Eso parece perfume.

—Lo es.

Jazmín dejó la carpeta.

—Impresionante.

Christian ignoró el comentario.

—Quiero comprobar cómo está reaccionando Iris 27.

—¿Antes de viajar?

—Antes de dejarla una semana sin tocar.

—Podría llevarla.

Christian levantó la vista.

—No.

Jazmín sonrió.

—Era una broma.

—No fue buena.

—Entonces era apropiada para usted.

Christian volvió al frasco.

Jazmín lo observó trabajar.

—¿Su padre hacía esto?

Christian se detuvo.

La pregunta llegó sin advertencia.

—¿Qué?

—Perfumería.

Christian levantó lentamente la mirada.

Jazmín señaló sus manos.

—La forma en que trabaja.

Silencio.

—No aprendió solo de Moreau.

Christian cerró el frasco.

—No.

Jazmín esperó.

Christian pudo haber cambiado de tema.

Normalmente lo habría hecho.

Pero algo en la conversación con Montalvo seguía rondándole.

Francisco.

El pasado.

Jazmín adolescente.

La cena.

Y aquella mujer frente a él que no sabía todavía quién estaba mirando.

—Mi padre era perfumista.

Jazmín no habló.

Christian continuó:

—Uno muy bueno.

—¿Francés?

—No.

—¿Dónde trabajaba?

Christian la miró.

—Eso ya son demasiadas preguntas.

—Una condición profesional.

—Para fabricar perfumes juntos.

—Exacto.

Christian casi sonrió.

—Murió cuando yo era niño.

La expresión de Jazmín cambió.

—Lo siento.

—Fue hace mucho.

—Eso no siempre importa.

Christian bajó la vista.

—No.

Jazmín se apoyó contra la mesa.

—¿Por eso se dedica a esto?

Christian pensó antes de responder.

—En parte.

—¿Qué parte?

—Dejó cosas inconclusas.

—¿Fórmulas?

—También.

Jazmín esperó.

—Pasé muchos años intentando entender cómo pensaba.

—¿Lo consiguió?

Christian miró el frasco de Iris 27.

—A veces.

—¿Y otras?

—Descubro que no sabía nada.

Jazmín sonrió suavemente.

—Eso debe ser difícil para usted.

Christian levantó la vista.

—¿Por qué?

—Porque le gusta saberlo todo.

—No me gusta.

—Le aterra no saber.

Christian guardó silencio.

La precisión lo irritó.

Porque era cierta.

Jazmín caminó hasta la ventana.

—Mi padre también era así.

Christian observó su espalda.

—¿Montalvo?

—Sí.

—No parece.

—Porque ha aprendido a fingir.

Christian se acercó un poco.

—¿Y usted?

Jazmín se volvió.

—¿Yo qué?

—¿También?

—¿También qué?

—Fingir.

La mirada de Jazmín se endureció apenas.

Christian supo que había tocado algo.

Podía retroceder.

No lo hizo.

—Su matrimonio.

Ella quedó completamente quieta.

—¿Qué pasa con mi matrimonio?

—Nada.

—Entonces no pregunte.

Christian asintió.

—Bien.

Jazmín lo miró durante varios segundos.

Luego soltó aire.

—Es de conveniencia.

Christian no esperaba la respuesta.

No así.

—¿Conveniencia?

—Sí.

—¿Para quién?

—Para todos.

—Eso no existe.

Jazmín sonrió sin humor.

—Existe bastante.

Christian esperó.

—Mi padre tiene una empresa. Adrián tiene una posición. Yo tengo una estructura de vida que funciona.

—¿Funciona?

Jazmín lo miró.

—No dije que fuera feliz.

Silencio.

Christian sintió algo incómodo.

No satisfacción.

No alivio.

Algo peor.

Esperanza.

La reprimió inmediatamente.

—¿Lo ama?

Jazmín bajó la mirada.

—Eso es personal.

—Sí.

—Y bastante insolente.

—También.

Jazmín volvió a mirarlo.

—No.

Christian no respondió.

La palabra quedó suspendida.

Jazmín cerró la carpeta.

—Ya le di suficiente información privada por hoy.

—Estoy de acuerdo.

—Qué generoso.

Christian la acompañó hacia la puerta.

Antes de salir, Jazmín se detuvo.

—¿Su padre habría estado orgulloso?

Christian quedó inmóvil.

—¿De qué?

—De usted.

Él miró hacia el laboratorio.

—No lo sé.

Jazmín asintió.

—Espero que sí.

Y se fue.

Christian permaneció varios segundos junto a la puerta.

Después miró Iris 27.

No supo si acababa de acercarse más a Jazmín.

O a Francisco.

Y cada vez resultaba más difícil separar ambas cosas.

El martes llegó demasiado rápido.

Christian salió hacia el aeropuerto con dos maletas.

Una de ropa.

Otra de documentos y muestras autorizadas.

Nada de Iris 27.

Anaïs había enviado el resto del equipo en horarios distintos.

Ingenieros.

Abogados.

Consultores.

Especialistas de logística.

La visita no iba a ser pequeña.

Solo estaba organizada para que no pareciera una invasión.

Christian llegó a la sala de primera clase con tiempo de sobra.

Pidió café.

Abrió el dossier de Dubái.

Terrenos.

Capacidad.

Costos.

Proveedores.

Escenarios.

Volúmenes.

La cifra de inversión aparecía repetida tantas veces que había perdido cualquier significado humano.

Escuchó una voz detrás.

—Esto empieza a parecer sospechoso.

Christian levantó la vista.

Jazmín estaba a pocos metros.

Llevaba un traje claro, bolso de viaje y una expresión divertida.

Christian cerró lentamente el dossier.

—¿Qué hace aquí?

—Trabajo.

—Qué decepción.

Jazmín mostró su tarjeta de embarque.

—Dubái.

Christian miró la suya.

Luego la de ella.

Mismo vuelo.

Misma hora.

Jazmín levantó una ceja.

—¿También?

—También.

—¿Lo sabía?

—No.

—Yo tampoco.

Christian miró hacia los ventanales.

El A380 esperaba al otro lado del cristal.

Jazmín siguió su mirada.

—Parece que nuestros equipos coordinan mejor que nosotros.

—Eso no es difícil.

—Qué amable.

La llamada de embarque apareció en las pantallas.

Jazmín recogió su equipaje de mano.

Christian hizo lo mismo.

Caminaron juntos hacia la puerta.

No habían organizado el viaje juntos.

No habían elegido encontrarse.

No habían hablado de compartir vuelo.

Durante semanas habían intentado mantener una distancia precisa entre negocios, secretos y curiosidad.

Ahora tenían más de quince horas por delante.

Y ningún despacho al que escapar.

Jazmín miró la aeronave.

Después a Christian.

—Parece que vamos al mismo lugar.

Christian guardó la tarjeta de embarque.

—Eso parece.

Y por primera vez ninguno de los dos pareció particularmente molesto por la coincidencia.

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CAPÍTULO 18

Lo que calló veinte años

Christian llegó a la residencia de Alejandro Montalvo poco después de las nueve de la mañana.

No llevaba muestras.

No llevaba contratos.

No llevaba nada relacionado con Dubái.

Solo una carpeta delgada.

Montalvo lo recibió en el despacho.

—Pensé que hoy estaría preparando maletas.

—Anaïs prepara mejor las cosas que yo.

—Eso ya lo había notado.

Christian dejó la carpeta sobre la mesa.

—Necesito contarle algo antes de irme.

Montalvo cambió de expresión.

No mucho.

Lo suficiente.

—¿Sobre Francisco?

—Sobre Adrián.

Alejandro no se sentó.

Christian abrió la carpeta.

—Encontramos al médico que estuvo de guardia la noche que murió mi padre.

Montalvo permaneció inmóvil.

—¿Está vivo?

—Sí.

—¿Habló?

—Sí.

Christian sostuvo su mirada.

—Admitió que recibió dinero para alterar el certificado de defunción.

Alejandro bajó lentamente la vista hacia la carpeta.

—¿Dinero de quién?

—No lo sabe.

—Entonces no sirve.

—Sirve.

Montalvo levantó la mirada.

Christian continuó:

—Recuerda quién se lo entregó.

Silencio.

—¿Quién?

Christian tardó un segundo.

—Adrián.

Montalvo no reaccionó inmediatamente.

Fue peor.

Pareció quedarse vacío.

—¿Está seguro?

—Lo vi de niño.

—Eso fue hace casi veinte años.

—Lo sé.

—¿Puede confundirse?

—La voz me hizo recordar primero. Después la descripción del médico terminó de ordenar la imagen.

Montalvo caminó hasta la ventana.

—Adrián.

—Sí.

—¿El médico lo reconoció?

—No le mostramos fotografías. Anaïs no quiso contaminar el recuerdo.

Alejandro asintió apenas.

Eso le gustó.

O, al menos, le pareció correcto.

—¿Qué había en el sobre?

—Dinero.

—¿Algo más?

—El sobre llevaba el nombre de Grupo Garza.

Montalvo se volvió.

—¿Garza?

—Eso dijo el médico.

—Entonces Garza pagó.

Christian negó.

—No sabemos eso.

—El sobre—

—El sobre tenía su nombre.

—Christian.

—No voy a convertir una pista en una conclusión porque nos convenga.

Montalvo lo observó.

Por un instante, Christian tuvo la impresión de que algo parecido al respeto cruzaba su rostro.

—Francisco hacía eso —dijo Alejandro.

—¿Qué?

—Se enamoraba de una explicación antes de poder demostrarla.

Christian cerró la carpeta.

—Yo ya cometí ese error con usted.

El silencio que siguió fue distinto.

Montalvo regresó al escritorio.

—¿Entonces qué sabe?

Christian respondió con precisión.

—Sé que Adrián entregó al médico el pago utilizado para ocultar la verdadera causa de muerte de Francisco.

—¿Y qué cree?

—Creo que sabía más de lo que hemos entendido hasta ahora.

—No le pregunté qué cree de él.

Christian levantó la vista.

—¿Qué cree que hizo?

Christian tardó.

—No puedo demostrar que lo matara.

Montalvo no apartó los ojos.

—Eso tampoco fue lo que pregunté.

Christian exhaló.

—Creo que es capaz.

Alejandro permaneció quieto.

Después miró hacia la puerta.

—Yo también.

Jazmín llegó una hora más tarde.

No esperaba encontrar a Christian.

Lo vio salir del despacho cuando ella cruzaba el corredor.

Ambos se detuvieron.

—¿Qué hace aquí? —preguntó.

—Trabajo.

—Mañana viajamos.

—Por eso estoy trabajando hoy.

Jazmín miró la carpeta que llevaba bajo el brazo.

—Eso no parece Dubái.

Christian sostuvo su mirada.

—No lo es.

Algo en ella se tensó.

—¿Mi padre?

—Está bien.

—No pregunté eso.

Christian guardó silencio.

Jazmín lo estudió unos segundos.

—Nos vemos en el aeropuerto.

—Sí.

Christian siguió hacia la salida.

Antes de llegar a la puerta, se volvió.

Jazmín ya estaba entrando al despacho de su padre.

No supo por qué aquella imagen le produjo una incomodidad difícil de explicar.

Alejandro no comenzó con preguntas.

Eso fue lo primero que inquietó a Jazmín.

Estaba sentado detrás del escritorio.

Sin documentos.

Sin teléfono.

Sin computadora encendida.

Solo él.

—Siéntate.

Jazmín cerró la puerta.

—Tengo otra reunión en cuarenta minutos.

—Ya no.

—Papá.

—La cancelé.

Ella se quedó de pie.

—No puedes cancelar mi agenda.

—Acabo de hacerlo.

—¿Qué pasa?

Alejandro señaló la silla.

Jazmín se sentó.

—Christian estuvo aquí —dijo ella.

—Sí.

—¿Por qué?

Montalvo la miró.

—Encontró al médico.

Jazmín dejó de respirar.

Fue mínimo.

Pero su padre lo vio.

—¿Qué médico? —preguntó.

Alejandro cerró los ojos un instante.

—No hagas eso.

—¿Qué cosa?

—No conmigo.

Jazmín se levantó.

—No sé de qué estás hablando.

—Sí sabes.

—Tengo que irme.

—Adrián pagó al médico.

Jazmín quedó inmóvil.

La frase cayó entre ambos.

No hubo forma de recogerla.

—¿Qué?

—Christian lo recordó.

Jazmín abrió la boca.

No salió nada.

—El médico confesó que recibió dinero para falsificar la causa de muerte de Francisco.

Ella retrocedió un paso.

—No.

—Jazmín.

—No.

—Siéntate.

—No.

Alejandro se puso de pie.

—Entonces quédate de pie, pero dime la verdad.

Ella lo miró.

Por primera vez desde que entró, su padre ya no parecía un empresario.

Ni el dueño del grupo.

Ni el hombre que tomaba decisiones por miles de personas.

Parecía simplemente un padre que acababa de descubrir que había vivido veinte años dentro de una mentira.

—¿Qué verdad? —preguntó ella.

Montalvo la sostuvo con la mirada.

—La noche de Francisco.

Jazmín palideció.

—Yo tenía dieciséis años.

—Lo sé.

—No sabía—

—Todavía no te pregunté qué sabías.

Ella cerró los ojos.

—Papá.

—Quiero que me mires.

Jazmín no lo hizo.

Alejandro se acercó.

—Quiero que me digas por qué Adrián estaba esa noche en mi casa.

Silencio.

—Porque yo lo invité.

—Eso ya lo sé.

Jazmín levantó la vista.

—Entonces ¿qué quieres?

—Saber por qué.

Ella apretó los labios.

—Porque era mi novio.

—No.

—Sí.

—Francisco venía a hablar conmigo. Adrián no tenía nada que hacer allí.

Jazmín no respondió.

Alejandro continuó:

—Tú insististe en que viniera.

—Sí.

—Insististe en que estuvieran Francisco, Isabel y Alejandro.

Jazmín bajó la mirada.

—Sí.

—Y sabías de Iris 27.

El silencio se volvió insoportable.

—¿Quién te dijo eso?

—Tú acabas de hacerlo.

Jazmín levantó los ojos de golpe.

Montalvo la miró con una tristeza que la dejó sin defensa.

—Dime que estoy equivocado.

Ella no pudo.

Alejandro regresó lentamente a su silla.

—Siéntate.

Esta vez Jazmín obedeció.

Él juntó las manos sobre la mesa.

—Empieza por el principio.

—No puedo.

—Sí puedes.

—No.

—Jazmín.

—No sabes lo que estás pidiendo.

—Llevo veinte años sin saberlo.

Ella sintió que algo empezaba a ceder.

Una pared construida demasiado joven.

Demasiado rápido.

Y sostenida después por miedo.

—Yo sabía que Francisco estaba trabajando en algo importante.

Montalvo no interrumpió.

—No sabía todo.

—¿Cómo te enteraste?

—Te escuché.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Cuándo?

—Estabas hablando con él.

—¿Yo?

—Sí.

—¿Qué escuchaste?

—Que era algo distinto. Que podía cambiar muchas cosas. Que Francisco no quería venderlo.

Montalvo cerró los ojos.

Recordó.

La oficina.

Francisco hablando demasiado bajo.

Jazmín entrando y saliendo.

Una conversación que nunca había considerado peligrosa.

—¿Y se lo contaste a Adrián?

Ella asintió.

—Sí.

La palabra apenas tuvo sonido.

—¿Por qué?

Jazmín rio una vez.

Una risa rota.

—Porque estaba enamorada.

Alejandro no respondió.

—Yo creía que él era todo.

—¿Y qué te pidió?

Jazmín miró sus manos.

—Que averiguara más.

—¿Y lo hiciste?

—Sí.

—¿Después?

Ella tragó saliva.

—Dijo que podíamos venderlo.

Alejandro quedó inmóvil.

—¿Iris 27?

—Sí.

—¿A quién?

—No lo sabía.

—¿Adrián sí?

—Creo que sí.

—¿Garza?

Jazmín levantó la mirada.

—No me lo dijo.

—¿Pero lo sospechabas?

—Después.

Alejandro apretó la mandíbula.

—Sigue.

Jazmín empezó a respirar más rápido.

—Él dijo que necesitábamos la fórmula.

—Francisco nunca llevó la fórmula.

—Lo sé ahora.

—¿Entonces?

—Adrián pensaba que la tendría con él.

Montalvo recordó el vial.

La cena.

Francisco llegando con una sola muestra.

—¿Qué acordaron?

Jazmín cerró los ojos.

—Robarla.

Alejandro no se movió.

—¿Cómo?

—No importa.

—A mí sí.

—No voy a explicar eso.

—Entonces dime lo necesario.

Ella asintió lentamente.

—Adrián dijo que había que hacer que Francisco no pudiera darse cuenta durante un rato.

Montalvo la miró.

—¿Incapacitarlo?

Jazmín no respondió.

—¿Aceptaste?

Un segundo.

Dos.

—Sí.

Alejandro apartó la mirada.

Aquello fue peor que cualquier grito.

—Papá...

—Sigue.

—Yo no acepté matarlo.

—No dije que lo hicieras.

—Necesito que lo sepas.

—Lo sé ahora.

Jazmín respiró entrecortadamente.

—Él me dijo que sería temporal.

—¿Y tú lo creíste?

—Tenía dieciséis años.

—Eso no responde.

—¡Sí!

La voz quebró finalmente.

—Sí. Le creí.

Silencio.

—Creía todo lo que decía.

Alejandro volvió a mirarla.

Ya no había dureza.

Solo devastación.

—¿Qué ibas a hacer después?

Jazmín tardó demasiado.

—Irme.

—¿Adónde?

—No sé.

—¿Con él?

Ella asintió.

Alejandro se recostó.

—¿Y el perfume?

—Venderlo.

—¿Y Francisco?

—Debía despertar.

La frase salió casi infantil.

—Eso era todo.

Montalvo cerró los ojos.

—Pero no despertó.

Jazmín empezó a llorar.

Sin ruido.

—No.

Durante varios minutos ninguno habló.

Alejandro dejó que llorara.

No intentó tocarla.

Todavía no.

—¿Qué pasó después? —preguntó finalmente.

Jazmín se secó el rostro.

—Adrián me llamó.

—¿Cuándo?

—Después.

—¿Después de que murió Francisco?

—Sí.

—¿Qué dijo?

—Que todo había salido mal.

—¿Y tú?

—Quería ir con la policía.

Montalvo levantó la vista.

—¿Por qué no fuiste?

Jazmín lo miró.

Ahí estaba la verdadera prisión.

—Porque tenía una grabación.

Alejandro se quedó quieto.

—¿Qué grabación?

—Nuestra.

—¿De qué?

—De antes.

La voz se volvió casi inaudible.

—Me había grabado.

—¿Sin que supieras?

—Sí.

Montalvo apretó las manos.

—¿Qué se escucha?

Jazmín respiró hondo.

—Yo aceptando ayudarlo.

—¿Qué más?

—La cena.

—Jazmín.

—La incapacitación.

Montalvo cerró los ojos.

Ella continuó.

—El robo.

—¿Homicidio?

—No.

La respuesta fue inmediata.

—Nunca.

—¿Francisco muriendo?

—No.

—¿Tú diciendo que debía morir?

—No.

—¿Algo que implicara que sabías que iba a morir?

—No.

Montalvo abrió los ojos.

—Entonces ¿por qué no hablaste?

Jazmín lo miró como si la respuesta fuera demasiado grande.

—Porque yo creía que nadie me creería.

—Yo te habría creído.

Ella negó.

—No lo sabes.

—Soy tu padre.

—Precisamente.

Alejandro quedó en silencio.

—Yo había ayudado a llevarlo ahí.

La voz de Jazmín se quebró.

—Había aceptado robarle. Había aceptado que le hicieran algo. Francisco murió y yo estaba en esa grabación hablando como si todo fuera un juego.

—Tenías dieciséis años.

—Y él estaba muerto.

—Adrián tenía dieciocho.

—Y sabía exactamente qué hacer conmigo.

Eso detuvo a Montalvo.

—¿Qué hizo?

Jazmín lo miró.

—Me dijo que si hablaba, la grabación aparecía.

—¿Dónde?

—Policía. Prensa. Tú. Mamá. Todos.

Alejandro palideció.

—¿Durante cuánto tiempo?

Jazmín soltó una risa vacía.

—¿Cuánto llevamos casados?

Su padre dejó de respirar.

—No.

Ella no respondió.

—No.

Alejandro se levantó de golpe.

—No me digas que te casaste con él por eso.

Jazmín bajó la vista.

—No fue solo eso.

—¿Qué significa eso?

—Al principio todavía lo amaba.

Montalvo parecía incapaz de procesarlo.

—Después no.

—¿Cuándo dejaste de amarlo?

Jazmín tardó.

—Mucho antes de casarnos.

Alejandro apoyó ambas manos sobre el escritorio.

—Entonces ¿por qué?

Jazmín levantó la mirada.

—Porque ya no sabía cómo salir.

La frase cayó en la habitación.

Alejandro se quedó inmóvil.

De pronto recordó demasiadas cosas.

La boda.

Jazmín seria.

Las fotografías.

La ausencia de hijos.

Las discusiones que nunca presenció.

La forma en que ella evitaba hablar de Adrián.

Todo aquello que había interpretado como carácter.

Madurez.

Ambición.

Control.

—Dios mío.

Jazmín cerró los ojos.

—Papá.

Alejandro rodeó el escritorio.

Esta vez sí la abrazó.

Ella se quebró.

No como CEO.

No como heredera.

No como la mujer impecable que llevaba años construyendo alrededor de sí.

Como la niña que había entrado en una conspiración creyendo que estaba viviendo una historia de amor.

—Perdóname —dijo Montalvo.

Jazmín se aferró a él.

—No.

—Debí verlo.

—No podías.

—Era tu padre.

—Yo hice todo para que no lo vieras.

Alejandro apoyó la mejilla sobre su cabello.

—Y yo te dejé sola.

—No.

—Sí.

Ella lloró contra él.

Durante veinte años había esperado una condena.

Lo que recibió fue un abrazo.

Eso resultó más difícil de soportar.

La conversación duró casi tres horas.

Cuando terminó, Jazmín parecía haber envejecido y rejuvenecido al mismo tiempo.

Alejandro la acompañó hasta la puerta.

—No tienes que viajar.

—Sí.

—Puedo cancelar.

—No.

—Jazmín.

—No quiero que esto destruya también el proyecto.

—El proyecto puede esperar.

—Yo no.

Montalvo la miró.

—¿Qué significa eso?

Ella respiró.

—Que si me quedo hoy aquí, voy a pasar las próximas cuarenta y ocho horas pensando en lo mismo.

—Eso quizá sería bueno.

—Para ti.

Alejandro no discutió.

—¿Christian sabe?

Jazmín lo miró.

—¿Sabe qué?

—Nada.

Ella negó.

—No.

Montalvo asintió.

—Bien.

—¿Por qué?

—Porque necesito hablar con él.

Jazmín se tensó.

—No.

—No voy a contarle esto.

—Promételo.

—Es tu verdad.

—Papá.

—Te lo prometo.

Ella cerró los ojos.

—Gracias.

Alejandro la observó unos segundos.

—¿Confías en él?

Jazmín frunció el ceño.

—¿En Christian?

—Sí.

—Profesionalmente.

—No pregunté eso.

Ella sonrió apenas.

—Entonces no sé.

Montalvo no insistió.

—Tu madre te llevará al aeropuerto.

—Puedo ir sola.

—Déjame ganar una discusión hoy.

Jazmín lo miró.

—Solo una.

—Me conformo.

La abrazó una vez más.

Más breve.

Más fuerte.

—Cuando regreses hablamos.

Jazmín asintió.

—Cuando regrese.

La casa quedó en silencio después de que se fue.

Alejandro regresó al despacho.

Cerró la puerta.

Durante mucho rato no hizo nada.

Después caminó hasta la caja fuerte.

La abrió.

Dentro había documentos, joyas, escrituras y dos carpetas iguales.

Sin etiquetas visibles.

Las sacó.

Las colocó sobre el escritorio.

Abrió una.

Leyó.

Después la otra.

No cambió de expresión.

Solo permaneció allí.

Pensando.

Recordó a Christian frente a la pantalla del proyecto industrial.

La forma en que había rechazado una ventaja contractual que podía perjudicar a Montalvo.

La manera en que había separado evidencia de sospecha incluso cuando odiaba al hombre que tenía delante.

Su disciplina.

Su talento.

Su capacidad para mirar una empresa sin dejar de entender el producto.

Y recordó a Francisco.

No al muerto.

Al hombre.

El amigo insoportable.

El genio.

El desastre.

El hermano que la vida le había dado sin preguntarle.

Alejandro cerró una de las carpetas.

Tomó la otra.

Encendió el pequeño fuego de la chimenea.

La sostuvo sobre las llamas.

El borde comenzó a oscurecerse.

El papel se dobló.

Después ardió.

Alejandro no apartó la mirada hasta que dejó de existir.

Regresó al escritorio.

Tomó el teléfono.

Marcó un número que conocía de memoria.

—Licenciado.

Escuchó.

—Necesito que venga hoy.

Pausa.

—Sí. Es esa versión.

Otra pausa.

—Estoy seguro.

Colgó.

Miró la carpeta restante.

Después la guardó nuevamente en la caja fuerte.

La cerró.

Por primera vez en mucho tiempo, Alejandro Montalvo sintió que había puesto su casa en orden.

No sabía que acababa de ordenar lo único que sobreviviría a esa noche.

Aa
CAPÍTULO 19

Un día fuera del mundo

Jazmín no le dijo nada a Christian.

Ni en la sala.

Ni durante el embarque.

Ni cuando descubrieron que sus asientos estaban a pocos metros.

Christian sí notó algo.

La mirada.

El cansancio.

La forma en que ella dejó el bolso sobre el asiento y permaneció unos segundos inmóvil, como si sentarse hubiera requerido más energía de la esperada.

—¿Está bien? —preguntó.

Jazmín lo miró.

—Sí.

—Eso sonó convincente.

—Entonces funcionó.

Christian ocupó su lugar.

—No era necesario responder.

—Ya respondí.

—También es cierto.

El avión comenzó a llenarse.

Jazmín miró por la ventanilla.

México desaparecía detrás del cristal.

Christian abrió el dossier de la planta.

No preguntó otra vez.

Y quizá fue precisamente por eso que Jazmín permaneció cerca.

Trabajaron durante las primeras horas.

Volúmenes.

Capacidad.

Costos.

Proveedores.

Escenarios.

Lo bastante aburrido como para parecer serio.

Jazmín señaló una tabla.

—Si proyectamos solo el volumen actual, estamos construyendo una planta vieja antes de inaugurarla.

Christian asintió.

—Estoy de acuerdo.

—Eso es preocupante.

—¿Qué cosa?

—Que esté de acuerdo conmigo tan rápido.

—Puedo retractarme.

—No lo arruine.

Christian señaló una columna.

—Quiero capacidad para duplicar producción sin reconstruir el complejo.

—Eso sube inversión inicial.

—Sí.

—Mucho.

—También evita pagar dos veces.

Jazmín lo observó.

—¿Qué horizonte piensa?

—Diez años.

—Yo estaba pensando ocho.

—Entonces piensa pequeño.

Ella sonrió por primera vez desde que subieron.

—Eso no me lo habían dicho nunca.

—Todos necesitan una experiencia nueva.

La conversación continuó.

Después se agotó.

No porque faltaran temas.

Porque incluso dos personas capaces de discutir costos industriales durante horas terminan recordando que existe un mundo fuera de Excel.

Más tarde coincidieron en el lounge del avión.

Jazmín llevaba una copa.

Christian, agua mineral.

Ella miró su vaso.

—¿En serio?

—¿Qué?

—¿Agua?

—Sí.

—Estamos a diez mil metros de altura.

—Eso no cambia su composición química.

—Debe ser agotador ser usted.

Christian miró su copa.

—Y usted está bebiendo.

—Una.

—No juzgo.

—Su cara sí.

—Mi cara tiene muchas funciones que no controlo.

Jazmín sonrió.

—¿Nunca bebe?

—No.

—¿Nunca?

—Nunca.

Ella no preguntó inmediatamente por qué.

Christian lo agradeció.

Después de un rato, dijo:

—Mi padre bebía demasiado.

Jazmín lo miró.

—Lo siento.

—No siempre fue así.

—¿Era difícil?

Christian observó la oscuridad detrás del vidrio.

—Era brillante.

—No es lo mismo.

—No.

Pausa.

—También era difícil.

Jazmín esperó.

Christian continuó:

—Tenía la clase de talento que hace que la gente perdone cosas que no debería perdonar.

—¿Usted también?

Christian tardó.

—Durante años.

—¿Y después?

—Murió.

La respuesta fue seca.

Jazmín bajó la mirada.

—Eso no responde.

—Es la única respuesta que tengo.

Ella bebió un poco.

—¿Lo admiraba?

—Sí.

—¿Lo odiaba?

Christian la miró.

—A veces.

Jazmín asintió.

—Entonces era su padre.

Christian casi sonrió.

—Supongo.

—¿Por eso no bebe?

—En parte.

—¿Y la otra parte?

Christian miró su agua.

—Me gusta saber exactamente qué estoy haciendo.

—Eso sí lo creo.

Silencio.

—A veces pienso que construí toda mi vida intentando terminar conversaciones con alguien que ya no estaba.

Jazmín lo observó.

—¿Le molesta?

—No sé.

—Esa respuesta vuelve mucho últimamente.

Christian la miró.

—No se acostumbre.

—Demasiado tarde.

Jazmín dejó la copa.

—Mi matrimonio es exactamente lo contrario.

Christian alzó una ceja.

—¿De qué?

—De una conversación inconclusa.

—No entiendo.

—Está terminado desde hace años.

Christian guardó silencio.

Ella continuó:

—Solo que nadie lo ha declarado oficialmente.

—Eso suena incómodo.

—Es eficiente.

—No parece.

—Funciona.

—Otra vez esa palabra.

Jazmín lo miró.

—Hay cosas que pueden funcionar y seguir estando muertas.

Christian no respondió.

—Adrián y yo tenemos vidas separadas.

—¿Siempre fue así?

Jazmín sostuvo su mirada.

—No.

—¿Cuándo cambió?

Ella sonrió sin humor.

—Preguntas demasiado.

—Usted empezó.

—Error mío.

Christian se recostó.

—Entonces pare.

Jazmín pareció sorprendida.

—¿No va a insistir?

—No.

—Eso también es nuevo.

—Disfrútelo.

Jazmín lo observó durante unos segundos.

—No vamos a tener hijos.

Christian no esperaba aquello.

—No pregunté.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué me lo dice?

Ella miró la oscuridad.

—Porque a veces decir algo en voz alta hace que deje de parecer una sentencia.

Christian no dijo nada.

Y Jazmín agradeció que no intentara arreglarla.

Dubái los recibió con calor, vidrio y una organización que parecía diseñada para recordar a cualquiera que el tiempo también podía comprarse.

El equipo de Grupo Montalvo ya estaba trabajando.

Le Sillage tenía consultores esperándolos.

En menos de dos horas, ambos volvieron a ser ejecutivos.

Jazmín recuperó precisión.

Christian recuperó distancia.

Era más fácil así.

Durante el primer día recorrieron dos ubicaciones.

La primera tenía logística excelente y poco margen para crecer.

Christian la descartó.

—Demasiado pequeña.

—No ahora.

—En seis años.

—Podemos expandir hacia el este.

—Dependemos de un terreno que todavía no es nuestro.

Jazmín miró al consultor.

—¿Precio estimado?

Él respondió.

Christian hizo una mueca.

—No.

Jazmín lo miró.

—¿Por el precio?

—Por depender de que alguien quiera vendérnoslo después.

Ella asintió.

—Coincido.

El consultor tomó nota.

La segunda ubicación era más cara.

Mucho más.

Pero tenía terreno suficiente para crecer.

Christian caminó por el perímetro con casco y gafas.

Jazmín iba a su lado.

—Esto es demasiado grande.

—Ahora.

—Acaba de decir lo contrario en la otra.

—Porque aquí el tamaño es ventaja.

—Estamos pagando tierra que no usaremos durante años.

—Estamos comprando la posibilidad de no arrepentirnos.

Jazmín lo miró.

—Eso no aparece en el modelo financiero.

—Debería.

Ella sonrió.

—Voy a decírselo al equipo.

—Van a odiarme.

—Ya empezaron.

—Excelente.

Al final de la visita, se quedaron mirando el terreno vacío.

Arena.

Carreteras.

Horizonte.

Jazmín cruzó los brazos.

—Si hacemos esto, no construimos para lo que somos.

Christian asintió.

—Construimos para lo que queremos ser.

Ella lo miró.

—Eso sonó sospechosamente optimista.

—No se lo cuente a nadie.

—Su reputación está a salvo.

Esa noche cenaron en At.mosphere.

No estaba previsto como una cita.

Ambos se dijeron eso al menos una vez.

El nivel 122 del Burj Khalifa convirtió esa afirmación en algo bastante menos convincente.

Dubái se extendía debajo como un mapa iluminado.

La ciudad parecía improbable.

Jazmín estaba junto al ventanal.

Christian llegó unos minutos después.

Se detuvo al verla.

Ella llevaba un vestido oscuro, sencillo, sin exceso.

—Llegó tarde —dijo.

—Dos minutos.

—Sigue siendo tarde.

—Qué comienzo tan prometedor.

Jazmín sonrió.

—Pensé que los franceses habían inventado la puntualidad selectiva.

—Soy mexicano.

La frase salió antes de que pudiera corregirla.

Jazmín lo miró.

Christian sostuvo la mirada.

—Eso ya lo sabía —dijo ella.

—¿Ah, sí?

—Su español lo traicionó hace semanas.

Christian tomó asiento.

—No parece muy sorprendida.

—Me sorprenden otras cosas.

—Eso es inquietante.

—Debería serlo.

Hablaron del proyecto durante los primeros veinte minutos.

Después dejaron de fingir.

Jazmín miró la ciudad.

—Aquí nadie sabe quién soy.

Christian levantó una ceja.

—Estoy bastante seguro de que el personal sí.

—No me refiero a eso.

—Lo sé.

Ella apoyó la mano en la mesa.

—En México siempre soy algo antes de ser yo.

—¿Qué cosa?

—La hija de Alejandro Montalvo.

Pausa.

—La esposa de Adrián.

Otra.

—La CEO.

Christian la observó.

—La heredera.

—También.

—¿Y aquí?

Jazmín miró las luces.

—Aquí podría ser simplemente una mujer cenando demasiado alto.

Christian sonrió.

—Muy alto.

—¿Cuántas identidades tiene usted?

La pregunta lo encontró sin defensa.

—Una.

Jazmín rio.

—Mentiroso.

Christian no respondió.

—Christian Niche no existía hace diez años.

—Yo sí.

—Eso nunca lo he dudado.

—Entonces.

Jazmín se inclinó ligeramente.

—La pregunta es quién existía antes.

Christian sostuvo su mirada.

—No esta noche.

Ella asintió.

—Bien.

No insistió.

Y eso hizo que Christian estuviera más cerca de contarle que cualquier interrogatorio.

El primer relámpago apareció a lo lejos.

Jazmín giró hacia el vidrio.

—¿Tormenta?

Christian miró.

Otra luz rasgó el cielo.

—Parece.

—En Dubái.

—Hasta las ciudades improbables tienen clima.

La lluvia empezó poco después.

No violenta.

Primero dispersa.

Después más firme.

Las luces del horizonte desaparecieron parcialmente detrás del agua.

Jazmín observó fascinada.

—Esto sí no estaba en la agenda.

—Puedo pedir que lo incorporen.

—No se atreva.

Christian sonrió.

La cena terminó lentamente.

Ninguno tenía prisa.

Cuando se levantaron, la tormenta estaba sobre la ciudad.

Bajaron en silencio.

Christian estaba alojado en el Armani Hotel.

Jazmín debía continuar hacia su propio hotel.

No lo hizo.

Se detuvieron cerca de los ascensores.

—¿Está bien? —preguntó Christian.

Jazmín lo miró.

La pregunta era distinta esta vez.

No profesional.

No educada.

Real.

—No.

Christian esperó.

—Pero creo que quiero estarlo.

La tormenta vibró detrás de los cristales.

—Jazmín.

—No me diga que estoy casada.

Christian guardó silencio.

—Lo sé.

—Entonces no haga esto por impulso.

Ella se acercó un paso.

—Llevo veinte años sin hacer nada por impulso.

Christian la observó.

—Eso no significa que esta sea una buena idea.

—No.

—¿Entonces?

Jazmín sostuvo su mirada.

—Significa que es mía.

Y lo besó.

Christian permaneció inmóvil apenas un instante.

Después respondió.

No hubo música.

No hubo frase perfecta.

Solo la tormenta y el sonido distante de la ciudad.

Cuando se separaron, Christian apoyó la frente contra la de ella.

—Todavía podemos detenernos.

Jazmín negó.

—No quiero.

La suite del piso 39 estaba casi a oscuras.

Los ventanales ocupaban buena parte de la pared.

La tormenta convirtió la ciudad en una sucesión irregular de sombras y destellos.

Un relámpago iluminó la habitación.

Después otro.

Christian cerró la puerta.

Jazmín permaneció junto al vidrio.

Durante algunos segundos ninguno habló.

Todo lo ocurrido antes parecía lejano.

México.

Adrián.

Francisco.

Proyecto Nº27.

La cena.

La confesión.

La culpa.

Cada uno llevaba secretos suficientes para destruir aquella noche.

Ninguno los pronunció.

Christian se acercó.

Jazmín tomó su mano.

La decisión seguía siendo de ambos.

Lo demás quedó fuera.

La tormenta continuó detrás de los ventanales mientras la distancia entre ellos desaparecía.

Y por unas horas no fueron heredera y perfumista.

Ni esposa y sospechoso.

Ni hija del enemigo y hombre de la venganza.

Solo dos personas que habían pasado demasiado tiempo viviendo para otros.

Christian despertó antes.

La tormenta había terminado.

Dubái amanecía limpia.

Jazmín dormía de lado.

Tranquila.

Christian la observó.

Entonces recordó el tablero.

JAZMÍN

¿QUÉ SABÍA?

¿PARTICIPÓ?

Cerró los ojos.

No podía seguir fingiendo que aquello era simple.

La había investigado.

Había vuelto a México dispuesto a utilizar cualquier relación necesaria para acercarse a la verdad.

Y ahora estaba allí.

A pocos centímetros.

Lo peor era que ya no sabía en qué momento había dejado de ser estrategia.

Jazmín abrió los ojos.

—Está pensando demasiado.

Christian la miró.

—¿Cómo sabe?

—Su cara.

—Otra vez mi cara.

—Debería aprender a controlarla.

—Tengo cosas más útiles que aprender.

Jazmín sonrió.

No había arrepentimiento.

Eso lo sorprendió.

—¿Está bien? —preguntó.

—Sí.

—¿Seguro?

—No haga que me arrepienta preguntándolo demasiadas veces.

Christian sonrió.

—Entendido.

El día siguiente tenía una ventana libre.

Pequeña.

Jazmín la convirtió en grande.

—Moví dos reuniones.

Christian la miró.

—¿Por qué?

—Porque podemos hacerlas mañana.

—Eso no responde.

—Quiero salir.

—Estamos trabajando.

—Ya trabajamos.

—Tenemos agenda.

—Soy CEO.

—Eso explica muchas cosas.

Jazmín tomó su teléfono.

Lo miró.

Luego lo dejó sobre la mesa.

—No.

Christian frunció el ceño.

—¿Qué?

—Hoy no.

—¿No qué?

—Teléfono.

—Eso es irresponsable.

—Sobrevivirán.

—No estoy seguro.

Jazmín apagó la pantalla.

—Déjelo.

Christian miró su propio teléfono.

Después el de ella.

—Una hora.

—Todo el día.

—Dos.

—Todo el día.

—Tres.

Jazmín levantó una ceja.

Christian guardó su teléfono.

—Todo el día.

—Sabía que podía negociar con usted.

El desierto los recibió con un silencio que la ciudad no tenía.

Jazmín se quedó mirando el horizonte.

Arena.

Luz.

Nada más.

Christian caminó a su lado.

Durante varios minutos ninguno habló.

—No recuerdo la última vez que hice esto —dijo Jazmín.

—¿Caminar?

—Algo porque quería.

Christian la miró.

—Eso es bastante triste.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo sé.

Jazmín siguió caminando.

—Mi vida siempre ha tenido una razón.

—Eso suena eficiente.

Ella lo miró.

—No use mis palabras contra mí.

—Son útiles.

Se sentaron lejos del vehículo.

El viento movía apenas la arena.

Jazmín cerró los ojos.

—Aquí nadie me necesita.

Christian se quedó mirando el horizonte.

—Eso dura poco.

—No arruine el momento.

—Perdón.

Ella abrió los ojos.

—¿Usted qué quiere?

Christian la miró.

—¿Ahora?

—En general.

—No lo sé.

Jazmín sonrió.

—Otra vez.

—Últimamente pasa mucho.

—¿Qué quería antes?

Christian pensó.

—La verdad.

—¿Y ahora?

Miró hacia ella.

Podía decírselo.

Soy Alejandro Montemayor.

Francisco era mi padre.

Volví para encontrar a su asesino.

La confesión llegó hasta su garganta.

No salió.

—Ahora quiero entender qué hacer cuando la encuentre.

Jazmín sostuvo su mirada.

—Eso suena más difícil.

—Lo es.

Ella apoyó la cabeza sobre su hombro.

Christian no se movió.

Durante unos minutos, el mundo dejó de exigir explicaciones.

Regresaron al hotel al caer la tarde.

Jazmín estaba distinta.

No curada.

No liberada.

Pero ligera.

Christian la vio entrar en el ascensor y comprendió algo que no quería admitir.

Por primera vez desde que había regresado a México, había pasado horas sin pensar en la muerte de Francisco.

Cuando se dio cuenta, ya era demasiado tarde para fingir que Jazmín seguía siendo solamente parte de la investigación.

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CAPÍTULO 20

La última decisión

Adrián aterrizó en Ciudad de México poco después del mediodía.

Había pasado tres días en Estados Unidos.

Reuniones.

Proveedores.

Distribuidores.

Una cena que había detestado.

Un vuelo que había aprovechado para dormir.

Esperaba llegar a casa, ducharse y desaparecer durante unas horas.

El mensaje de Alejandro Montalvo cambió el plan.

Pasa por mi despacho en cuanto llegues.

Nada más.

Adrián miró la pantalla.

No le gustó.

No respondió.

Alejandro había terminado con su abogado menos de una hora antes.

No había contado a nadie lo ocurrido.

Ni a su esposa.

Ni a Christian.

Ni a Jazmín.

El abogado se había marchado con instrucciones precisas.

La caja fuerte estaba cerrada.

Una sola carpeta permanecía dentro.

Alejandro se sentó detrás del escritorio.

Esperó.

Cuando escuchó el automóvil de Adrián en el exterior, no sintió miedo.

Solo cansancio.

Adrián entró sin llamar.

—Acabo de bajar del avión.

Alejandro lo miró.

—Siéntate.

—¿Qué pasó?

—Siéntate.

Adrián dejó el teléfono sobre la mesa.

No obedeció.

—Tengo una llamada en cuarenta minutos.

Montalvo lo observó.

—Jazmín me contó todo.

Adrián no se movió.

Nada cambió en su cara.

Al menos durante los primeros segundos.

—No sé de qué habla.

Alejandro casi sonrió.

—Claro que sí.

—Si esto es sobre ella y Christian—

—Francisco.

Ahí sí.

Muy poco.

Pero estuvo.

Una tensión en la mandíbula.

—¿Qué pasa con Francisco?

—Jazmín me contó lo que hicieron.

Adrián miró hacia la puerta.

Después a Montalvo.

—No sé qué le dijo.

—Me contó lo suficiente.

—Jazmín estaba confundida.

Alejandro se levantó.

—Tenía dieciséis años.

—Precisamente.

—Y tú dieciocho.

Adrián no respondió.

—La convenciste de robar Iris 27.

—Eso es ridículo.

—La grabaste.

Silencio.

—La chantajeaste.

Adrián dejó escapar una risa breve.

—¿Eso le dijo?

—Durante veinte años.

—Alejandro—

—No me llames así.

Adrián cerró la boca.

—Tú no eras parte de esta familia.

—Soy su marido.

—Eras el muchacho que mi hija llevó a mi casa.

La expresión de Adrián se endureció.

—Llevo casi veinte años trabajando para este grupo.

—Y ni uno solo te convirtió en mi hijo.

Silencio.

Aquello sí dolió.

Montalvo lo vio.

Y comprendió que había encontrado algo verdadero.

—Ahora entiendo muchas cosas.

Adrián lo miró.

—¿Qué entiende?

—Por qué ella cambió.

—Jazmín siempre fue complicada.

—No.

Alejandro negó.

—Tú la volviste cuidadosa.

—No sabe de qué habla.

—La tuviste aterrorizada.

—Ella hizo lo que hizo.

—Era una niña.

—No cuando se casó conmigo.

—Para entonces ya la tenías atada.

Adrián se acercó al escritorio.

—Jazmín tomó sus propias decisiones.

—Y tú te encargaste de que todas pasaran por el miedo.

Montalvo abrió un cajón.

Sacó una hoja.

La dejó sobre la mesa.

—Tus abogados recibirán mañana la documentación.

Adrián no la tomó.

—¿Qué documentación?

—Tu salida.

—¿De qué?

—Del grupo.

Adrián rio.

—No puede hacer eso.

—Puedo.

—Tengo contratos.

—Los abogados se ocuparán.

—Tengo responsabilidades.

—Ya no.

Adrián perdió por primera vez la calma.

—No puede sacarme de una empresa a la que he dedicado media vida por una historia que su hija le contó llorando.

Montalvo lo miró.

—También sales de esta casa.

Adrián quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Hoy.

—Esta es mi casa.

—No.

Alejandro habló sin elevar la voz.

—Nunca lo fue.

Adrián apretó las manos.

—Jazmín es mi esposa.

—Eso se acabó.

—No puede decidirlo por ella.

—No.

Montalvo asintió.

—Pero puedo asegurarme de que cuando vuelva tenga una puerta abierta.

Adrián entendió.

—¿Dónde está?

—No te importa.

—Está con Christian.

Montalvo no respondió.

Adrián sonrió sin humor.

—Claro.

—No hagas esto.

—¿Qué?

—Convertirla otra vez en algo que te pertenece.

—Es mi mujer.

—No.

Alejandro lo miró.

—Es mi hija.

Adrián caminó hacia la ventana.

—¿Y qué quiere que haga?

—Irte.

—¿Así?

—Así.

—¿Y después?

—Presentarte ante la justicia.

Adrián se volvió lentamente.

—¿Perdón?

—Vas a contar lo que sabes de la muerte de Francisco.

El rostro de Adrián cambió.

Esta vez por completo.

—No sabe nada.

—Sé que Jazmín nunca aceptó matarlo.

—Eso dice ella.

—Sé que la grabaste.

Adrián guardó silencio.

—Y sé otra cosa.

Montalvo se acercó.

—Christian encontró al médico.

Adrián dejó de respirar.

—¿Qué médico?

—El que pagaste.

Silencio.

—No sé de qué está hablando.

—Sí sabes.

—Está loco.

—Christian te vio.

Adrián retrocedió un paso.

Alejandro continuó:

—Te vio entregar el sobre.

—Era un niño.

—Y te recordó.

—Eso no sirve en un tribunal.

—Veremos.

Adrián lo miró.

Ya no había máscara.

Solo cálculo.

—¿Qué quiere?

—La verdad.

—No la soportaría.

—Pruébame.

Adrián soltó una risa amarga.

—Siempre fue así.

—¿Así cómo?

—Superior.

Alejandro frunció el ceño.

—Siempre mirándome como si yo hubiera entrado por la puerta equivocada.

—Entraste por mi hija.

—Y trabajé.

—Nadie dijo que no.

—Más que ella.

Alejandro quedó quieto.

—Ten cuidado.

—Mientras Jazmín estudiaba, viajaba, hacía sus cursos, yo estaba aquí.

—Trabajando para una empresa que te pagaba.

—Construyéndola.

—No.

Montalvo negó.

—Ayudando a administrarla.

Adrián apretó la mandíbula.

—Nunca me dio una oportunidad real.

—Te di demasiadas.

—Nunca el cargo.

—¿Qué cargo?

Adrián lo miró.

—CEO.

Alejandro entendió.

No pudo evitar una sonrisa triste.

—Era esto.

—¿Qué?

—Todo este tiempo.

Adrián no respondió.

—Querías mi lugar.

—Quería lo que me correspondía.

—Nunca te correspondió.

—Jazmín no estaba lista.

—Lo estaba más que tú.

—Porque era su hija.

—Porque era mejor.

El golpe fue limpio.

Adrián palideció.

—Ella no sabe lo que yo sé.

—Sabe lo que importa.

—No sobreviviría seis meses sin la gente que yo puse ahí.

—Entonces será una excelente oportunidad para comprobarlo.

Adrián miró el escritorio.

Después a Alejandro.

—¿Y Christian?

Montalvo no respondió.

—¿Qué pasa con él?

—Nada que te concierna.

—Claro.

Adrián rio.

—El nuevo hijo.

Alejandro endureció la expresión.

—No lo menciones.

—Francisco muerto y ahora aparece su niño prodigio.

—Christian construyó lo suyo.

—Con su dinero.

Silencio.

Adrián había acertado sin saberlo.

Alejandro no reaccionó.

—Usted siempre necesitó a alguien a quien admirar.

—No.

—Francisco. Después Jazmín. Ahora Christian.

Montalvo lo miró.

—¿Sabes cuál es tu problema?

Adrián sonrió.

—Ilumíneme.

—Crees que respeto y posición son la misma cosa.

—Lo son.

—Por eso nunca entendiste nada.

Alejandro se acercó lentamente.

—¿Alguna vez amaste a mi hija?

La pregunta descolocó a Adrián.

—¿Qué?

—Una vez.

—No estamos hablando de—

—Contesta.

Adrián lo miró.

Alejandro esperó.

Y por algún motivo, quizá porque ya no quedaba nada que proteger, Adrián dejó de mentir.

—No.

Montalvo sintió que algo se rompía dentro.

—Nunca.

—No.

—Entonces ¿por qué?

Adrián se encogió de hombros.

—Al principio era útil.

Alejandro quedó inmóvil.

—Tenía apellido. Dinero. Acceso.

—Tenía dieciséis años.

—Y yo dieciocho.

—Era una niña.

—No cuando me casé.

Alejandro lo miró con una repulsión nueva.

—¿Y después?

—Después era cómodo.

—¿Cómodo?

—La casa. El grupo. La vida.

Alejandro cerró los ojos un segundo.

—Dios.

Adrián sonrió.

—No se haga el sorprendido. Usted también usa a la gente.

—No así.

—Todos lo hacen.

—No.

Montalvo abrió los ojos.

—Eso te dices para poder dormir.

Adrián se quedó callado.

—Te vas hoy.

—No.

—Sí.

—No voy a irme.

—Seguridad te acompañará si es necesario.

—No puede—

—Y mañana estarás con un abogado.

Adrián retrocedió.

—¿Para qué?

—Para presentarte ante la fiscalía.

—No.

—Sí.

—No sabe lo que está haciendo.

—Por primera vez en veinte años, sí.

Adrián comprendió entonces que no había negociación.

No había regreso.

No había silencio.

No había Jazmín.

No había CEO.

No había herencia.

No había grupo.

Y si Christian tenía al médico, quizá tampoco habría libertad.

Miró el escritorio.

Documentos.

Una lámpara.

Un reloj.

El abrecartas.

Alejandro siguió hablando.

—Puedes decir la verdad ahora o esperar a que otros la encuentren.

Adrián levantó la vista.

—Si salgo de aquí, lo pierdo todo.

Montalvo lo miró.

—Nunca fue tuyo.

Adrián tomó el abrecartas.

Alejandro vio el movimiento.

No retrocedió.

—Adrián.

—Usted hizo esto.

—No.

Adrián avanzó.

—Nunca me respetó.

—Te di oportunidades.

—Nunca el lugar que merecía.

—Porque no lo merecías.

Adrián perdió el control.

El movimiento fue rápido.

Brutal.

Alejandro cayó contra el borde del escritorio.

No hubo heroicidad.

No hubo tiempo.

Solo una decisión irreversible.

Adrián lo sostuvo por la chaqueta.

—Debió respetarme.

Alejandro respiró con dificultad.

Lo miró.

Incluso entonces.

Incluso ahí.

No había miedo en sus ojos.

Solo lástima.

—Pasaste toda tu vida queriendo mi lugar...

Adrián apretó los dientes.

Alejandro terminó:

—...y nunca entendiste que el único lugar que importaba era el de mi hija. Ese nunca fue tuyo.

Adrián lo soltó.

Alejandro Montalvo cayó.

Y no volvió a levantarse.

Durante algunos segundos, Adrián no hizo nada.

Miró el cuerpo.

Miró sus manos.

Después el abrecartas.

La realidad llegó de golpe.

No como culpa.

Como problema.

Se movió.

Abrió cajones.

Tiró papeles.

Movió objetos.

Dejó la oficina superficialmente alterada.

La ventana quedó abierta.

Tomó un par de cosas pequeñas.

Nada que realmente importara.

Después miró el sistema de seguridad.

Sabía dónde se encontraba el registro porque llevaba años entrando y saliendo de aquella casa.

Cuando terminó, el soporte de las grabaciones ya no estaba allí.

Se llevó también el abrecartas.

Antes de salir, miró una última vez a Alejandro.

No sintió triunfo.

Eso lo enfureció todavía más.

Se marchó.

El personal encontró a Montalvo poco después.

Un ruido.

Una puerta.

Después gritos.

La esposa de Alejandro regresó minutos más tarde del aeropuerto.

Había dejado a Jazmín y vuelto pensando en una tarde normal.

La residencia estaba llena de gente.

Personal médico.

Seguridad.

Voces.

Ella entró corriendo.

—¿Dónde está Alejandro?

Nadie quiso responder.

Eso fue suficiente.

En Dubái, el teléfono de Jazmín seguía sobre la mesa de su habitación.

Su madre llamó una vez.

Luego otra.

Y otra.

No obtuvo respuesta.

Jazmín estaba en el desierto.

Riéndose por algo que Christian acababa de decir.

Sin reloj.

Sin llamadas.

Sin saber que, a miles de kilómetros, su padre ya no podía volver a decirle que todo iba a estar bien.

Regresaron al hotel entrada la noche.

Jazmín se duchó.

Christian preparó los documentos para el vuelo.

Ella abrió finalmente el teléfono.

La pantalla se llenó de notificaciones.

Llamadas perdidas.

Muchas.

Todas de su madre.

Jazmín dejó de sonreír.

—¿Qué pasa? —preguntó Christian.

—No sé.

Marcó.

Su madre respondió casi inmediatamente.

—Mamá.

Silencio.

—¿Qué pasó?

La voz al otro lado estaba rota.

—Jazmín...

Ella se puso de pie.

—¿Qué pasó?

Christian la miró.

—Tu padre tuvo un accidente.

Jazmín palideció.

—¿Qué accidente?

—Tienes que volver.

—¿Está bien?

Silencio.

—Mamá.

—Está en la clínica.

Jazmín cerró los ojos.

—¿Está vivo?

La madre tardó demasiado.

—Están haciendo todo lo posible.

Jazmín llevó una mano a la boca.

Christian se acercó.

—¿Qué ocurrió?

Ella lo miró.

Ya no estaba en Dubái.

Ya no estaba en el desierto.

Ya no estaba fuera del mundo.

—Mi padre.

Christian sintió que algo se cerraba dentro.

—¿Qué pasó?

Jazmín apenas consiguió hablar.

—Tenemos que volver.

Christian no preguntó más.

Tomó el teléfono.

Empezó a reorganizar el vuelo.

Jazmín volvió a mirar la pantalla.

Doce llamadas perdidas.

Todas mientras ella había decidido, por primera vez en años, que nadie la molestara.

A miles de kilómetros de México, creyó que todavía podía llegar a tiempo.

No sabía que Alejandro Montalvo ya estaba muerto.

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CAPÍTULO 21

La casa sin Alejandro

Jazmín no durmió durante el vuelo.

Lo intentó.

Cerró los ojos.

Ajustó el asiento.

Pidió agua.

Volvió a leer los mismos mensajes de su madre hasta que las palabras perdieron sentido.

Tu padre tuvo un accidente.

Lo llevaron a la clínica.

Necesito que vuelvas.

Nada más.

Ninguna explicación.

Ningún diagnóstico.

Ningún nombre de médico.

Ninguna frase que permitiera construir esperanza.

Durante horas, Jazmín llenó ese vacío con posibilidades.

Una caída.

Un infarto.

Una herida.

Una cirugía.

Un accidente doméstico absurdo que después terminarían recordando como una historia desagradable.

Se obligó a pensar así.

Porque la alternativa era pensar en la voz de su madre.

Y en la forma en que había evitado responder una pregunta muy sencilla.

¿Está vivo?

El avión aterrizó en Ciudad de México poco después de las dos de la tarde.

Jazmín ya estaba de pie antes de que la puerta se abriera.

Esperó.

Caminó.

Contestó preguntas sin escuchar.

Atravesó controles.

Siguió a un empleado del aeropuerto hacia una zona reservada.

Todo ocurría demasiado lento.

La gente caminaba despacio.

Las puertas tardaban.

Los pasillos parecían haberse alargado.

En algún momento alguien le preguntó si necesitaba ayuda con el equipaje.

Jazmín negó.

Solo quería ver a su madre.

Nada más.

Al doblar el último corredor la encontró.

Y supo.

Su madre estaba completamente vestida de negro.

Traje oscuro.

Zapatos negros.

Cabello recogido.

Lentes oscuros.

No llevaba ningún color.

Ninguno.

Jazmín se detuvo.

Durante un segundo sintió que el aeropuerto entero desaparecía.

No escuchó conversaciones.

No escuchó ruedas de maletas.

No escuchó anuncios.

Solo vio a su madre.

Negro.

Todo negro.

Su madre dio un paso hacia ella.

Jazmín retrocedió.

—No.

La mujer se detuvo.

Jazmín negó lentamente.

—No.

Su madre se quitó los lentes.

Tenía los ojos hinchados.

Eso terminó de destruir cualquier posibilidad.

—Jazmín...

—No.

La voz ya no fue una palabra.

Fue una súplica.

Su madre se acercó.

Esta vez Jazmín no retrocedió.

—¿Dónde está?

Silencio.

—Mamá.

La mujer intentó hablar.

No pudo.

Jazmín cerró los ojos.

—Dímelo.

Su madre la abrazó.

Y entonces Jazmín dejó de sostenerse.

No cayó.

Pero todo lo demás sí.

La compostura.

La ejecutiva.

La hija capaz de resolver problemas.

La mujer que había pasado veinte años escondiendo cosas incluso de sí misma.

Todo desapareció.

—No alcancé —dijo.

Su madre la sujetó con fuerza.

—No digas eso.

—No alcancé.

—Jazmín.

—Me estaba esperando.

La mujer cerró los ojos.

—No.

—Le dije que iba a volver.

—Lo sabía.

Jazmín apretó las manos contra la espalda de su madre.

—Le dije que cuando regresara íbamos a hablar.

La voz se quebró.

—Y no regresé.

Su madre la separó apenas.

—Tu padre sabía que ibas a volver.

Jazmín la miró.

—¿Sufrió?

La pregunta llegó demasiado pronto.

La madre bajó la mirada.

—No lo sé.

Eso fue peor que una mentira.

Jazmín volvió a abrazarla.

Y lloró.

No por el presidente de Grupo Montalvo.

No por el empresario.

No por el hombre al que medio continente conocía.

Lloró por su padre.

El hombre que había sido el lugar al que podía volver incluso después de cometer el peor error de su vida.

El hombre ante quien había confesado aquello que había callado durante veinte años.

El hombre que no la había condenado.

La había abrazado.

Y ahora estaba muerto.

Christian aterrizó en París a las siete de la mañana.

No había dormido mucho.

El vuelo desde Dubái había salido a las 23:50.

Durante buena parte del trayecto había revisado documentos del proyecto industrial sin entender realmente lo que leía.

Capacidad.

Proveedores.

Inversión.

Expansión.

Todo seguía allí.

Pero su cabeza regresaba continuamente a la última conversación con Jazmín.

Su padre.

La clínica.

La voz de su madre.

Y, detrás de todo eso, una idea que todavía no quería nombrar.

Adrián.

El jet privado de Étienne lo esperaba en Charles de Gaulle.

Christian apenas salió del aeropuerto.

Subió.

Despegó.

Grasse apareció bajo él poco después.

A las nueve de la mañana estaba nuevamente en el sur de Francia.

A las nueve y media entró a las oficinas de Le Sillage.

Étienne lo esperaba en una sala pequeña.

Sin directorio.

Sin abogados.

Sin asesores.

Solo una carpeta, café y esa mirada insoportable que Christian conocía desde adolescente.

—Llegas horrible.

Christian dejó el abrigo sobre una silla.

—Buenos días.

—Eso no mejora tu cara.

—Tampoco la suya.

Étienne sonrió.

—Entonces todavía estás vivo.

Christian tomó asiento.

—Tenemos dos horas.

—Lo sé.

Étienne abrió la carpeta.

—Dubái.

Christian asintió.

—La segunda ubicación.

—¿La cara?

—La única que tiene sentido.

—Jazmín opinó lo mismo.

Christian levantó la vista.

Étienne apenas sonrió.

—Interesante.

—No empiece.

—No he dicho nada.

—Lo está pensando.

—Eso es asunto mío.

Christian pasó una página.

—Tiene espacio suficiente para duplicar capacidad sin rehacer la planta.

—Eso sube inversión.

—También evita construir dos veces.

—Jazmín dijo exactamente eso.

Christian lo miró.

Étienne bebió café.

—Sigue.

Christian continuó.

Explicó ubicación, logística, acceso, proveedores, costos, expansión, seguridad, propiedad intelectual, laboratorios y capacidad futura.

Étienne escuchó.

Preguntó poco.

Cuando Christian terminó, cerró la carpeta.

—Funciona.

—Sí.

—Y tú también.

Christian frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Étienne lo observó.

—México.

—¿Qué pasa con México?

—Ya no hablas como alguien que está abriendo un mercado.

Christian guardó silencio.

—Hablas como si estuvieras construyendo algo allí.

—Eso estamos haciendo.

—No me refiero a la fábrica.

Christian desvió la mirada.

Étienne sonrió apenas.

—Jazmín.

Christian volvió a mirarlo.

—No.

—Eso fue demasiado rápido.

—No estamos hablando de ella.

—Acabas de hablar de ella durante hora y media.

—Hablé de Grupo Montalvo.

—No.

Étienne apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Dijiste “Jazmín cree”, “Jazmín propone”, “Jazmín considera”. Hace seis meses habrías dicho “ellos”.

Christian no respondió.

Étienne lo estudió.

—Está entrando.

—¿Quién?

—Sabes perfectamente quién.

Christian cerró la carpeta.

—No tengo tiempo para esto.

—Nunca lo tienes cuando tengo razón.

Christian se levantó.

—La inversión necesita revisión final.

—La tendrá.

—Quiero escenarios con veinte y treinta por ciento más de volumen.

—Hecho.

—Y—

Étienne levantó una mano.

—Christian.

Silencio.

—Ten cuidado.

Christian sostuvo su mirada.

—Siempre.

Étienne negó.

—No.

Una pausa.

—Ese es el problema.

A las once y media Christian salió de las oficinas.

A las doce y media volaba nuevamente hacia París.

A las tres de la tarde estaba sentado en un salón VIP de Charles de Gaulle.

Tenía el teléfono sobre la mesa.

Una taza de café intacta.

Y una hora antes del embarque hacia Ciudad de México.

El teléfono vibró.

Jazmín.

Christian contestó inmediatamente.

—¿Cómo está tu padre?

Silencio.

Christian se incorporó.

—Jazmín.

La voz llegó muy baja.

—Murió.

Christian no habló.

Durante varios segundos no encontró nada que pudiera decir sin convertirlo en una frase inútil.

—Lo siento.

Jazmín respiró.

—Llegué tarde.

—No.

—Estaba muerto desde ayer.

Christian cerró los ojos.

—Jazmín...

—Mi madre no quiso decírmelo.

—Entiendo.

—Yo no.

Silencio.

—Pensó que no quería decírmelo por teléfono.

—Probablemente.

—Estuve todo el vuelo pensando que todavía podía verlo.

Christian apretó el teléfono.

—No fue culpa tuya.

Jazmín no respondió.

—¿Sabes qué pasó?

—No.

Una pausa.

—Dicen que fue un robo.

Christian abrió los ojos.

—¿Un robo?

—Entraron a la casa.

—¿Estás segura?

—Eso dijeron.

Christian sintió algo oscuro.

No miedo.

Reconocimiento.

—¿Christian?

—Estoy aquí.

—¿Cuándo llegas?

Miró la pantalla de embarque.

—Mañana.

—Pensé que venías hoy.

—Tuve que pasar por Francia.

—Claro.

No había reproche.

Eso lo hizo peor.

—Voy a llegar para el funeral.

Silencio.

—Gracias.

Christian quiso decir algo más.

No encontró nada que no sonara pobre.

—Jazmín.

—¿Sí?

—No estás sola.

La respiración al otro lado cambió.

—Lo sé.

Colgó.

Christian dejó el teléfono sobre la mesa.

Durante varios segundos permaneció inmóvil.

Después volvió a tomarlo.

Marcó a Anaïs.

Anaïs estaba almorzando.

No sola.

Víctor Aldana se sentaba frente a ella.

Habían elegido un restaurante pequeño.

Él hablaba de una negociación en Estados Unidos.

Anaïs escuchaba a medias.

El teléfono vibró.

Vio el nombre.

Christian.

—Perdón.

Víctor sonrió.

—Los jefes.

—Algo así.

Anaïs se levantó y caminó unos metros.

Contestó.

—¿Qué pasó?

Christian no saludó.

—Alejandro Montalvo murió.

Anaïs quedó completamente quieta.

—¿Qué?

—Ayer.

—¿Cómo?

—Dicen que un robo.

Anaïs miró hacia la mesa.

Víctor estaba revisando su teléfono.

—Christian...

—¿Qué?

—Nada.

—Anaïs.

—Estoy escuchando.

Christian continuó:

—La última vez que hablé con él fue ayer por la mañana.

Anaïs entendió.

—Adrián.

—Sí.

Anaïs miró nuevamente a Víctor.

Él levantó la vista y sonrió desde lejos.

Ella le devolvió una sonrisa automática.

—¿Estás sola?

Anaïs tardó medio segundo.

—No.

Christian lo notó.

—¿Con quién?

—Con Víctor.

Silencio.

—El tipo de las cenas.

—Sí.

—Anaïs.

—Después.

—¿Dónde estás?

—En público.

—No te vayas con él a ninguna parte.

Anaïs frunció el ceño.

—Christian.

—Hazme caso.

—Estoy almorzando.

—Eso ya lo sé.

—Entonces deja de hablarme como si tuviera diecisiete años.

—Después discutimos.

Anaïs miró a Víctor.

—Está bien.

—Te llamo cuando aterrice.

—Christian.

—¿Sí?

Anaïs pensó en decirle que algo de aquel hombre le resultaba extraño desde hacía días.

No lo hizo.

Todavía no sabía qué.

—Nada.

Colgó.

Regresó a la mesa.

Víctor sonrió.

—Problemas.

—Siempre.

—México parece más divertido cuando uno no trabaja.

Anaïs lo miró.

—Depende del trabajo.

El funeral se celebró tres días después.

Privado.

Sobrio.

Y aun así suficientemente importante como para que algunos de los hombres y mujeres más influyentes del mundo empresarial mexicano estuvieran allí.

No hubo cámaras.

No hubo discursos políticos.

No hubo multitudes.

Solo familia.

Directores.

Ejecutivos.

Socios antiguos.

Personas que conocían a Alejandro desde hacía décadas.

Y otras que solo conocían el poder de su apellido.

El cementerio estaba apartado de la ciudad.

Protegido.

Silencioso.

Nada parecía fuera de lugar.

Excepto que Alejandro Montalvo estaba dentro de un ataúd.

Christian llegó esa mañana.

No pasó por el hotel.

No había tiempo.

Se cambió.

Subió al automóvil.

Y llegó cuando la ceremonia ya estaba por comenzar.

Vio primero a Isabel.

Después a Jazmín.

Vestida de negro.

El rostro rígido.

Su madre a un lado.

Adrián al otro.

Christian sintió algo inmediato al verlo.

Un rechazo físico.

No sabía todavía por qué.

Solo sabía que aquel hombre había entregado dinero al médico después de la muerte de Francisco.

Y ahora estaba allí.

Junto a otro muerto.

Christian caminó hacia Jazmín.

Ella lo vio.

Durante un instante pareció querer mantener la distancia.

Después no.

Christian se acercó.

No dijo nada.

Jazmín tampoco.

Él la abrazó.

Nada más.

No fue el abrazo de Dubái.

No tuvo intimidad.

No tuvo promesas.

Fue simplemente un lugar donde ella pudo dejar caer el peso durante unos segundos.

Cuando se separaron, Jazmín dijo:

—Llegaste.

—Sí.

Eso fue suficiente.

Adrián observó desde unos metros.

No mostró nada.

Christian lo vio recibir condolencias.

Dar la mano.

Inclinar la cabeza.

Decir las palabras correctas.

Era impecable.

Demasiado.

Pero Christian sabía que estaba proyectando.

Todavía no tenía derecho a convertir cada gesto en culpa.

Eso era exactamente lo que había hecho durante años con Alejandro Montalvo.

Y había aprendido la lección demasiado tarde.

Isabel se acercó a Christian después de la ceremonia.

Tenía los ojos rojos.

—No pensé que iba a doler tanto.

Christian la miró.

—Yo tampoco.

Isabel sostuvo la mirada hacia el ataúd.

—Pasó veinte años cuidándote desde lejos.

Christian bajó la vista.

—Sin decir nada.

—Nunca quiso que supieras.

—Eso no lo hace mejor.

—No.

Isabel lo miró.

—Pero tampoco lo hace menos real.

Christian guardó silencio.

—Hay algo más.

—¿Qué?

Isabel miró alrededor antes de hablar.

—No creo en coincidencias.

Christian entendió inmediatamente.

—Mamá.

—Estabas investigando.

—Eso no significa—

—Alejandro muere justo ahora.

Christian miró hacia Adrián.

Estaba hablando con dos ejecutivos.

—No sé qué significa.

Isabel siguió su mirada.

—Todavía.

Anaïs permaneció más lejos.

No pertenecía a la familia.

Ni al directorio.

Ni a Grupo Montalvo.

Había asistido por Christian y por respeto.

Desde donde estaba podía observar sin ser observada demasiado.

En algún momento vio a Adrián.

Solo un perfil.

Después el gesto al inclinar la cabeza.

Después la forma en que sostuvo el teléfono.

Anaïs frunció el ceño.

Algo.

Un recuerdo.

Víctor.

No.

Era absurdo.

Miró nuevamente.

Adrián se volvió.

Demasiado lejos.

Anaïs sacó el teléfono.

Buscó un contacto.

Víctor Aldana.

Dudó.

Marcó.

A la distancia, Adrián bajó la mirada.

Sacó el teléfono del bolsillo.

Miró la pantalla.

No respondió.

Anaïs cortó.

Se quedó inmóvil.

Adrián volvió a guardar el teléfono.

No la había visto.

Anaïs miró el nombre en su pantalla.

Víctor Aldana.

Después volvió a mirar a Adrián.

No estaba segura.

Pero por primera vez tampoco le pareció absurdo.

Dos días después, Christian regresó a la residencia Montalvo.

La casa estaba distinta.

No por los muebles.

Por el silencio.

Faltaba una persona y, sin embargo, parecía faltar estructura.

Jazmín lo recibió en una sala pequeña.

Sin asistentes.

Sin abogados.

Sin Adrián.

—Gracias por venir.

—No tenías que pedírmelo.

Jazmín asintió.

—Quiero entender qué pasó.

Christian no respondió inmediatamente.

—La policía está investigando.

—Lo sé.

—Entonces—

—No confío en la historia.

Christian la miró.

—¿Qué historia?

—El robo.

Ahí estaba.

—¿Por qué?

Jazmín caminó hacia la ventana.

—Porque no tiene sentido.

—Todavía no sabes suficiente.

—Por eso quiero saber.

Christian se quedó mirándola.

—¿Qué hizo tu padre antes de morir?

Jazmín negó.

—No lo sé.

—¿Con quién habló?

—No lo sé.

Silencio.

—Pero podemos preguntar.

La empleada entró unos minutos después.

Llevaba años trabajando para la familia.

Jazmín la conocía desde adolescente.

La mujer todavía estaba afectada.

—No tiene que hablar si no quiere.

—Está bien, señorita.

Jazmín respiró.

—Solo quiero reconstruir la tarde.

La mujer asintió.

—¿A qué hora viste a mi padre por última vez?

—En la tarde.

—¿Más o menos?

—Como a las cinco y media.

—¿Estaba solo?

—Sí.

—¿Después?

La mujer pensó.

—Fui a llevarle la infusión.

Jazmín levantó la vista.

—¿A qué hora?

—A las siete.

—Como siempre.

—Sí.

—¿Entraste?

La mujer tardó.

—No.

Jazmín frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Pensé que estaba ocupado.

Christian observó.

—¿Lo escuchó hablando con alguien?

—No.

—¿Vio a alguien?

—No.

Jazmín se inclinó.

—Entonces ¿por qué pensaste que estaba ocupado?

La mujer permaneció en silencio.

Algo parecía estar ordenándose en su memoria.

—Había una maleta.

Christian levantó apenas la cabeza.

—¿Qué maleta?

—La del señor Adrián.

Jazmín quedó quieta.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Cómo sabes que era de él?

—La usa siempre cuando viaja.

Christian intervino:

—¿Dónde estaba?

—Afuera del despacho.

Silencio.

Jazmín miró a Christian.

—¿Afuera?

—Sí.

—¿No en la entrada?

—No.

—¿No arriba?

—No.

La mujer negó.

—Al lado del despacho.

Jazmín respiró lentamente.

—Entonces pensaste que Adrián estaba con mi padre.

—Sí.

—¿Entraste después?

—Volví unos minutos más tarde.

—¿Cuántos?

—No sé. Cinco. Tal vez diez.

—¿Y la maleta?

La mujer frunció el ceño.

—Ya no estaba.

Jazmín no dijo nada.

Christian tampoco.

—Fue cuando encontré a don Alejandro.

La mujer bajó la mirada.

Jazmín se quedó inmóvil.

Después de que la empleada se fue, Christian permaneció sentado.

Jazmín caminó lentamente por la sala.

—Adrián llegó de Estados Unidos ese día.

—Lo sé.

—La maleta estaba frente al despacho.

—Sí.

—Minutos después desapareció.

—Sí.

—Y mi padre estaba muerto.

Christian la miró.

—Eso no demuestra que fuera Adrián.

—No.

—Pero demuestra que probablemente estuvo cerca.

Jazmín cruzó los brazos.

—¿Por qué nadie mencionó esto?

—Porque para ella no significaba nada.

—Hasta ahora.

Christian asintió.

Jazmín lo llevó hasta el despacho.

La policía ya había terminado la primera revisión.

El lugar estaba ordenado parcialmente.

Pero aún conservaba marcas del caos.

Jazmín se detuvo en la puerta.

No había entrado desde la muerte de su padre.

Christian lo notó.

—No tienes que hacerlo.

—Sí.

Entró.

Miró el escritorio.

La ventana.

Los cajones.

Los espacios vacíos.

—Dicen que se llevaron algunas cosas.

—¿Qué?

—Un par de objetos pequeños.

—¿Dinero?

—Algo.

Christian miró alrededor.

—¿Y todo esto?

Jazmín siguió su mirada.

Había piezas evidentemente más valiosas.

Arte.

Objetos antiguos.

Tecnología.

Nada de eso faltaba.

—Exacto.

Christian caminó lentamente.

—¿Las cámaras?

Jazmín señaló una zona.

—El sistema de grabación estaba conectado aquí.

—¿Visible?

—No.

—¿Un ladrón habría sabido dónde estaba?

Jazmín lo miró.

—No.

—¿El personal?

—Algunos.

—¿Familia?

Jazmín no respondió.

Christian entendió.

La pregunta dejó de necesitar respuesta.

—¿Se lo llevaron completo?

—Sí.

Christian se quedó mirando el lugar vacío.

—Eso es raro.

Jazmín negó.

—No.

—¿No?

—Es peor.

Christian la miró.

Jazmín recorrió el despacho con los ojos.

Objetos caros intactos.

Desorden demasiado evidente.

El sistema de seguridad desaparecido.

La maleta de Adrián frente a la puerta.

Su padre muerto minutos después.

Todo empezó a encajar de una manera que todavía no quería nombrar.

Jazmín respiró.

—Esto no fue un robo.

Christian no respondió.

Porque por primera vez pensó exactamente lo mismo.

Aa
CAPÍTULO 22

El hombre que no estaba allí

Anaïs esperó hasta que Christian cerrara la puerta.

No había nadie más en el despacho.

Ni asistentes.

Ni abogados.

Ni personal de Le Sillage.

Christian dejó el teléfono sobre la mesa y la miró.

—Ahora.

Anaïs se sentó.

—¿Ahora qué?

—Víctor.

Ella cruzó una pierna sobre la otra.

—No empieces.

—¿Cuántas veces?

—Christian.

—¿Cuántas veces estuviste con él?

Anaïs lo observó unos segundos.

—Tres.

Christian endureció la mandíbula.

—¿Tres?

—Dos cenas y un almuerzo.

—¿Y no me dijiste nada?

—Porque no tenía nada que decirte.

—Un desconocido aparece en Ciudad de México, empieza a invitarte a cenar, dice ser ejecutivo internacional, evita decir dónde trabaja y tú consideraste que no había nada que decirme.

Anaïs levantó una ceja.

—¿Quieres escuchar cómo sonó eso?

—No.

—Sonó exactamente como crees.

Christian caminó hasta la ventana.

—No estoy cuestionando tu criterio.

—Llevas cinco minutos haciéndolo.

—Estoy diciendo que—

Se detuvo.

Anaïs esperó.

Christian exhaló.

—Estoy diciendo que no me gusta.

—Eso es diferente.

—No mucho.

—Bastante.

Christian se volvió.

—¿Estuviste alguna vez sola con él en un lugar privado?

—No.

—¿Subiste a su auto?

—No.

—¿Hotel?

—No.

—¿Casa?

—Christian.

—Respóndeme.

Anaïs lo miró con paciencia cada vez menor.

—No.

Él asintió.

—Bien.

—¿Terminaste?

—Por ahora.

Anaïs sonrió.

—Qué alivio.

Christian regresó a la mesa.

—Cuéntame todo.

Anaïs comenzó por el principio.

Víctor Aldana.

El hombre agradable que había aparecido en Ciudad de México cuando ella no esperaba conocer a nadie.

Seguro de sí mismo.

Fanfarrón.

Simpático cuando quería serlo.

Convencido de que tenía una comprensión empresarial bastante superior a la que realmente poseía.

—Eso suena a alguien que conozco —dijo Christian.

—Ahora también a mí.

Anaïs continuó.

Víctor había dicho que estaba soltero.

Que trabajaba en negocios internacionales.

Que viajaba constantemente.

Que tenía experiencia en operaciones, compras y expansión.

Había hablado de empresas grandes.

De familias empresarias.

De proveedores.

De negociación.

Pero siempre había esquivado una respuesta sencilla.

¿Dónde trabajas?

—¿Nunca dijo Grupo Montalvo?

—No.

—¿México?

—“Un grupo mexicano bastante grande”.

Christian negó lentamente.

—Y no te pareció raro.

—No hasta que desaparecía cada vez que la pregunta se acercaba demasiado.

—¿Por qué seguiste viéndolo?

Anaïs se encogió de hombros.

—Porque era agradable.

Christian puso una expresión difícil de disimular.

—No pongas esa cara.

—No puse ninguna cara.

—Esa es exactamente tu cara de desaprobación.

—Tengo varias.

—La conozco desde hace años.

Christian apoyó las manos sobre la mesa.

—¿Te interesaba?

Anaïs lo miró.

—¿Eso es realmente importante?

—Ahora sí.

—Como amigo.

—¿Solo?

Anaïs tardó apenas un segundo.

—Solo.

Christian asintió.

—Bien.

Ella frunció el ceño.

—No sé si sentirme protegida o insultada.

—Elige la opción que te permita seguir hablando.

Anaïs sonrió sin humor.

—Encantador.

Le contó entonces lo ocurrido durante el funeral.

Adrián a la distancia.

El perfil.

El gesto.

La sensación de haber visto antes aquella forma de moverse.

La llamada.

Víctor Aldana en la pantalla.

Y, a casi cincuenta metros, Adrián Montalvo sacando un teléfono del bolsillo exactamente en ese momento.

—No respondió —dijo Anaïs.

—¿Te vio?

—No.

—¿Estás segura?

—Sí.

Christian se quedó pensando.

—Puede ser coincidencia.

—Lo sé.

—Dos teléfonos pueden sonar al mismo tiempo.

—También lo sé.

—Entonces todavía no tenemos nada.

—Tenemos una hipótesis.

Christian la miró.

Anaïs sonrió apenas.

—Proyecto Nº27 te ha vuelto insoportablemente predecible.

—Eso es una virtud.

—No siempre.

Christian tomó el teléfono.

—No vuelvas a verlo hasta que sepamos quién es.

Anaïs negó.

—Eso no tiene sentido.

—Tiene todo el sentido.

—Si es Adrián, yo tengo acceso a él sin que sepa que sospechamos.

—Precisamente por eso.

—Precisamente por eso debo seguir viéndolo.

Christian se quedó en silencio.

Anaïs continuó:

—Si Víctor es Adrián, ha cometido un error enorme.

—Acercarse a ti.

—Creer que no sé quién es.

—Todavía no lo sabes.

—Lo sabré.

Christian negó.

—No sola.

Anaïs apoyó la espalda en la silla.

—No te estoy pidiendo permiso.

—No dije que—

—Lo estabas pensando.

Christian la miró.

—Si vuelves a reunirte con él, quiero saber dónde estás.

—Bien.

—Lugar público.

—Sí.

—Nada de autos.

—Christian.

—Nada de habitaciones privadas.

Anaïs lo observó.

—¿Terminaste de redactar el protocolo parental?

—Todavía no.

—Intenta no convertirlo en PDF.

Christian casi sonrió.

—Habrá vigilancia discreta.

—Eso sí lo acepto.

—Y si algo te parece extraño—

—Me voy.

—Inmediatamente.

—Sí, papá.

Christian la miró.

—No abuses.

—Imposible.

Dos días después, Víctor escribió.

¿Cena?

Anaïs miró el mensaje.

Después a Christian.

—Llegó.

Christian leyó.

—No.

—Habíamos hablado de esto.

—He cambiado de opinión.

—Qué pena.

—Anaïs.

Ella tomó el teléfono.

—Lugar público.

—No.

—Vigilancia.

—No.

—Ubicación compartida.

—No.

Anaïs empezó a escribir.

Christian la miró.

—¿Qué haces?

—Aceptando.

—No.

—Demasiado tarde.

Envió.

Christian cerró los ojos.

—Algún día voy a despedirte.

Anaïs guardó el teléfono.

—Llevas diciendo eso quince años.

—Algún día va a funcionar.

—Ese día me avisas.

Víctor eligió un restaurante discreto.

Nada demasiado caro.

Nada demasiado íntimo.

Anaïs llegó primero.

Dos hombres del equipo de seguridad de Christian se encontraban en mesas diferentes.

Víctor no los habría reconocido ni aunque los hubiera mirado directamente.

Apareció diez minutos después.

Sonriente.

Seguro.

Traje sin corbata.

—Pensé que me cancelarías.

—¿Por qué?

—Has estado ocupada.

—Siempre.

Se sentó frente a ella.

—¿Cómo va Le Sillage?

Anaïs lo miró.

—¿Por qué te interesa tanto Le Sillage?

Víctor sonrió.

—Porque tú trabajas ahí.

—Eso sonó peligrosamente encantador.

—Tengo mis momentos.

—Muy pocos.

Él rio.

La conversación empezó ligera.

Viajes.

Ciudad de México.

Restaurantes.

Negocios.

Víctor habló de Estados Unidos.

Demasiado.

—Estuve fuera hace poco —dijo.

Anaïs levantó la vista.

—¿Dónde?

—Nueva York. Houston. Un par de reuniones.

—¿Volviste hace poco?

—Hace unos días.

—Debe ser agotador.

—Uno se acostumbra.

Anaïs bebió agua.

—¿Directo a trabajar?

—Prácticamente.

—Qué disciplinado.

Víctor sonrió.

—Cuando diriges cosas importantes no tienes muchas opciones.

Anaïs pensó en todas las veces que había inflado su cargo.

—¿Sigues sin decirme dónde trabajas?

—No vas a rendirte.

—No.

—Me gusta eso.

—A mí me gusta que respondan.

Víctor la miró.

—Algún día.

—Promesas.

—Expectativa.

Anaïs sonrió.

Por dentro, sentía otra cosa.

Repulsión.

No por una prueba.

Todavía no.

Por la mentira.

Había cenado con ese hombre creyendo que era alguien que no existía.

Y ahora podía estar mirando al hombre que llevaba décadas chantajeando a Jazmín Montalvo.

Tenía que recordar una sola cosa.

Él no sabía que ella sospechaba.

A varios kilómetros de allí, Christian estaba en la residencia Montalvo.

Jazmín tenía una carpeta abierta sobre la mesa.

Informes.

Declaraciones.

Horarios.

Copias.

—La policía sigue tratando el robo como hipótesis principal —dijo.

Christian tomó una hoja.

—Hipótesis principal no significa conclusión.

—Lo sé.

—¿Te están dejando ver todo esto?

—Soy hija de la víctima.

—Eso tampoco significa acceso irrestricto.

Jazmín lo miró.

—Tengo buenos abogados.

—Eso sí significa acceso a demasiadas cosas.

Ella ignoró el comentario.

—El sistema de cámaras sigue desaparecido.

—¿Nada?

—Nada.

—¿Copias externas?

—No de esa instalación.

Christian volvió a revisar los documentos.

—Quiero hablar con Adrián.

Jazmín levantó la vista.

—¿Para qué?

—Necesito saber qué dijo.

—Está en la declaración.

—Quiero escucharlo.

Jazmín negó.

—No ahora.

Christian la miró.

—Entonces necesito su número.

Ella frunció el ceño.

—¿No lo tienes?

—No.

—Eso es bastante extraño considerando cuánto lo investigas.

—Tengo otros números.

—Qué tranquilizador.

Jazmín tomó el teléfono.

Buscó el contacto.

—Te lo envío.

El mensaje llegó.

Christian miró la pantalla.

Después recordó algo.

Anaïs.

—Un segundo.

Reenvió el contacto.

El teléfono de Anaïs vibró sobre la mesa.

Víctor seguía hablando.

—...y el problema de muchos ejecutivos es que creen que tener capital significa entender operaciones.

Anaïs bajó la vista.

Mensaje de Christian.

Contacto: Adrián.

Tocó.

El teléfono procesó el número.

Una advertencia apareció inmediatamente.

Este número ya está guardado en tus contactos.

Anaïs dejó de respirar.

Debajo:

Víctor Aldana.

Levantó lentamente la mirada.

El hombre seguía hablando.

Misma voz.

Mismo rostro.

Mismo teléfono junto a su mano.

Anaïs sintió que algo se volvía completamente frío dentro de ella.

No miedo.

Claridad.

Víctor Aldana no existía.

Adrián sí.

Y estaba sentado frente a ella.

—¿Todo bien? —preguntó él.

Anaïs bloqueó la pantalla.

Sonrió.

—Perfecto.

—Pareció importante.

—Christian.

Víctor hizo una mueca.

—Ese hombre necesita aprender a delegar.

Anaïs sostuvo su mirada.

—Le diré que lo dijiste.

—No seas cruel.

Ella sonrió.

—Nunca.

La cena continuó cuarenta minutos más.

Anaïs no cambió de actitud.

Eso fue lo más difícil.

Hizo preguntas.

Escuchó.

Se rio cuando correspondía.

Lo dejó hablar de sí mismo.

Adrián disfrutaba demasiado hacerlo.

Cuando se despidieron, él intentó besarla en la mejilla con una familiaridad que antes le habría parecido normal.

Esta vez Anaïs tuvo que controlar el impulso de apartarse.

Lo permitió.

Después lo vio alejarse.

Esperó hasta que subiera a su vehículo.

Tomó el teléfono.

Christian respondió al segundo tono.

—¿Sí?

Anaïs miró el automóvil desaparecer.

—Víctor es Adrián.

Silencio.

—¿Segura?

—Mismo número.

Christian dejó de hablar.

—El contacto que me enviaste ya estaba guardado.

—Como Víctor.

—Sí.

Christian cerró los ojos.

—Sal de ahí.

—Ya salió.

—¿Te vio diferente?

—No.

—¿Estás segura?

—Christian.

—Bien.

Anaïs caminó hacia su automóvil.

—Ahora tenemos una ventaja.

—Tenemos un problema.

—También.

—No vuelvas—

—Ya hablamos de esto.

Christian respiró profundamente.

—Mañana.

—Mañana.

—En mi oficina.

—Sí.

Anaïs iba a colgar.

—Anaïs.

—¿Qué?

—Ten cuidado.

Ella guardó silencio un segundo.

—Siempre.

Colgó.

Christian dejó el teléfono.

Jazmín lo observaba desde el otro lado de la mesa.

—¿Qué pasó?

Christian permaneció quieto.

—Anaïs conoce a Adrián.

Jazmín frunció el ceño.

—¿Cómo?

—No como Adrián.

—No entiendo.

Christian se sentó.

—En Ciudad de México conoció a un hombre.

—¿Qué hombre?

—Se hacía llamar Víctor Aldana.

Jazmín dejó de moverse.

—¿Se hacía llamar?

—Acaba de confirmar que es Adrián.

Jazmín no pareció sorprendida.

Eso llamó inmediatamente la atención de Christian.

—No te sorprende.

Ella sonrió sin humor.

—No.

—¿Por qué?

—Porque Adrián miente cuando respira.

Christian la observó.

—Le dijo que era soltero.

Jazmín cerró los ojos apenas un instante.

—Claro.

—¿Eso tampoco te sorprende?

—No.

—Jazmín.

Ella levantó la vista.

—No quiero hablar de mi matrimonio.

—No estoy preguntando por tu matrimonio.

—Sí estás preguntando.

Christian permaneció en silencio.

Algo de Dubái seguía ahí.

Pero cada vez había más cosas colocándose entre ambos.

Anaïs no esperó hasta la mañana.

Desde el automóvil llamó al responsable del pequeño equipo privado que trabajaba para Christian.

—Quiero todo sobre Adrián Montalvo.

—Ya tenemos—

—No lo que tenemos.

—¿Qué busca?

—Rutinas.

—¿Desde cuándo?

—Ahora.

Una pausa.

—¿Alguna prioridad?

Anaïs pensó en Víctor.

En Estados Unidos.

En Grupo Garza.

—Personas con las que se reúne fuera de Grupo Montalvo. Casas que visita. Empresas. Familia. Amigos antiguos.

—Entendido.

—Y colegio.

—¿Colegio?

—Sí.

—¿Qué estamos buscando?

Anaïs miró la ciudad a través de la ventana.

—Todavía no lo sé.

A la mañana siguiente Christian volvió a la residencia.

Esta vez llegó con Anaïs.

Jazmín los esperaba.

No hubo saludos largos.

Anaïs colocó el teléfono sobre la mesa.

—Víctor Aldana.

Jazmín lo miró.

—¿Qué quieres saber?

Anaïs se sorprendió.

—¿No te molesta?

Jazmín soltó aire.

—¿Qué parte?

—Que tu marido se presente como soltero frente a otra mujer.

Jazmín la miró.

—Anaïs, eso está bastante abajo en la lista de cosas que Adrián ha hecho para molestarme.

Anaïs entendió que aquella frase contenía mucho más de lo que Jazmín estaba dispuesta a explicar.

Christian también.

—¿Te dijo dónde trabajaba? —preguntó Jazmín.

—Nunca.

—Eso sí me llama la atención.

—¿Por qué?

—Adrián presume de Grupo Montalvo cada vez que puede.

Christian intervino.

—Entonces no quería que relacionaras a Víctor con su vida real.

—Exactamente —dijo Anaïs.

Jazmín miró el teléfono.

—¿Por qué acercarse a ti?

—No lo sé.

—¿Sabía quién eras?

—Al principio probablemente no.

—¿Después?

Anaïs asintió.

—Seguro.

Christian apoyó las manos sobre la mesa.

—Y siguió viéndote.

—Sí.

—Entonces quería algo.

Anaïs sonrió ligeramente.

—O simplemente le gusto.

Jazmín la miró.

—Ambas cosas pueden ser ciertas.

Christian no pareció disfrutar la observación.

La conversación cambió cuando Christian cerró la puerta.

—Hay algo que necesito contarte.

Jazmín lo miró.

La expresión de él había cambiado.

—¿Sobre mi padre?

Christian tardó.

—Sobre Adrián.

Jazmín quedó quieta.

—Anaïs encontró al médico que estaba de guardia la noche que murió Francisco.

El nombre produjo un cambio casi imperceptible en ella.

Christian lo vio.

—¿Qué médico?

—El que firmó el certificado.

Jazmín respiró lentamente.

Christian continuó:

—Admitió que recibió dinero.

Silencio.

—Para cambiar la causa de muerte.

Jazmín palideció.

—¿Quién le pagó?

Christian la miró directamente.

—Adrián.

Ella no respondió.

—El médico describió al joven.

—Eso fue hace veinte años.

—Yo estaba allí.

Jazmín levantó la mirada.

—¿Qué?

Christian se dio cuenta de que había dicho demasiado.

No podía retroceder del todo.

—Vi al hombre del sobre aquella noche.

—¿Tú?

—Era niño.

Jazmín lo observó.

—¿Qué hacías ahí?

Christian endureció la expresión.

—Eso no importa ahora.

—Para mí sí.

—Después.

—Christian.

—Después.

Ella lo miró con una mezcla de sospecha y cansancio.

Él continuó antes de que pudiera insistir.

—La voz de Adrián me hizo recordar. La descripción terminó de ordenar la imagen. Era él.

Jazmín se sentó lentamente.

—Adrián pagó al médico.

—Sí.

—¿Mi padre sabía?

Christian no respondió.

Jazmín lo entendió.

—Se lo contaste.

—La mañana que murió.

El silencio fue absoluto.

Jazmín lo miró como si acabara de abrir otra puerta que llevaba días intentando mantener cerrada.

—¿Esa mañana?

—Sí.

—Antes de mi conversación con él.

Christian levantó la vista.

—¿Qué conversación?

Jazmín apretó los dedos.

—Yo también hablé con mi padre.

—¿De Adrián?

—Sí.

—¿Qué le dijiste?

Ella apartó la mirada.

—Lo suficiente.

—Eso no es una respuesta.

—Es la que voy a darte.

Christian sintió rabia.

No contra ella.

Contra la situación.

Contra los secretos.

Contra sí mismo.

—Jazmín, tu padre recibió información mía sobre Adrián y después habló contigo. Horas más tarde estaba muerto.

—Lo sé.

—Necesito saber qué sabía.

—No.

Christian quedó inmóvil.

—¿No?

—No ahora.

—¿Por qué?

Jazmín lo miró.

—Porque no confío en ti lo suficiente.

La frase lo golpeó.

Dubái desapareció por completo.

—Dormiste conmigo.

—Eso no significa que te haya contado mi vida.

—No.

Christian dio un paso atrás.

—Claramente.

Jazmín se levantó.

—No hagas esto.

—¿Qué?

—Convertir lo que pasó entre nosotros en una obligación.

—No lo estoy haciendo.

—Entonces deja de mirarme como si te debiera una confesión.

Christian la sostuvo con la mirada.

—No me debes nada.

—Bien.

—Pero si sabes algo que puede explicar por qué murió tu padre, sí se lo debes a él.

Jazmín palideció.

La frase fue demasiado lejos.

Christian lo supo en el instante en que la dijo.

—Jazmín—

—Vete.

Anaïs permaneció inmóvil.

—No quise—

—Vete.

Christian cerró los ojos.

—Está bien.

Recogió su teléfono.

Antes de salir se detuvo.

—Lo siento.

Jazmín no respondió.

Christian se fue.

La puerta se cerró.

Y por primera vez desde Dubái, el silencio entre ellos ya no tuvo nada de cómodo.

Anaïs permaneció con Jazmín.

No intentó arreglar lo ocurrido.

Eso probablemente salvó la conversación.

Después de unos minutos dijo:

—Es un idiota cuando tiene miedo.

Jazmín la miró.

—No parece tener miedo de nada.

Anaïs sonrió.

—Ese es uno de sus mejores trucos.

Jazmín se secó los ojos.

—No quiero hablar de Christian.

—No hablaremos.

Anaïs abrió una carpeta.

—Hablemos de Adrián.

El chofer llegó esa tarde.

Había trabajado con la familia varios años.

Recordaba perfectamente el regreso desde el aeropuerto.

—Lo recogí alrededor de las cinco y media.

—¿Venía de Estados Unidos? —preguntó Jazmín.

—Sí, señorita.

—¿Fueron directamente a la casa?

—Sí.

—¿Pararon en algún lugar?

—No.

—¿Cuánto tardaron?

—Como una hora veinte.

Anaïs anotó mentalmente.

—¿Llevaba equipaje?

—Una maleta.

Jazmín y Anaïs se miraron.

—¿La misma que usa siempre? —preguntó Jazmín.

—Sí.

—¿Lo vio entrar con ella?

—Sí.

—¿Hasta dónde?

—Hasta la entrada.

—¿Después?

—Me fui.

—¿Sabe si subió?

—No.

Jazmín respiró.

La maleta había salido del aeropuerto con Adrián.

Había entrado a la residencia con Adrián.

Y aproximadamente a las siete estaba frente al despacho de Alejandro.

La secuencia era real.

La policía no era tan ingenua como Adrián esperaba.

La hipótesis de robo seguía abierta.

Pero ya no era la única.

Los investigadores habían detectado:

- objetos valiosos ignorados;

- desaparición selectiva del sistema de grabación;

- desorden poco consistente;

- ausencia del arma.

Todavía no tenían un responsable.

Pero alguien había empezado a considerar algo que Jazmín ya sabía:

la escena podía haber sido construida.

Aquella noche Anaïs recibió el primer informe privado sobre Adrián.

No era espectacular.

No todavía.

Viajes.

Empresas.

Restaurantes.

Reuniones.

Rutinas.

Pero había una dirección que aparecía demasiado.

Una casa.

No relacionada formalmente con Grupo Montalvo.

No relacionada con Jazmín.

Adrián iba allí varias veces al mes.

A veces se quedaba horas.

Anaïs señaló la dirección.

—Quiero saber quién vive ahí.

El investigador asintió.

—¿Seguimiento?

—Discreto.

—¿Fotografías?

—Solo desde espacio público.

—Entendido.

—Y no quiero contacto con nadie.

—Bien.

Anaïs cerró el expediente.

No sabía todavía qué estaba buscando.

Solo sabía que Adrián tenía demasiadas vidas.

Dos días después llegaron las primeras fotografías.

Una mujer.

Cuarenta años, aproximadamente.

Adrián entrando en la casa.

Saliendo.

Compras.

Rutina.

Nada concluyente.

Después apareció un niño.

Doce años, quizá.

La fotografía mostraba a Adrián abriendo la puerta del automóvil mientras el muchacho subía.

No parecía un encuentro casual.

Había familiaridad.

La clase de familiaridad que no se improvisa.

Anaïs permaneció mirando la imagen.

—¿Quién es?

—Estamos verificando.

—¿La mujer?

—También.

Anaïs dejó las fotografías sobre la mesa.

No llamó a Jazmín.

Todavía.

Aquello no tenía relación directa con la muerte de Montalvo.

Y Jazmín acababa de perder a su padre.

No necesitaba recibir todas las crueldades de Adrián en una sola semana.

Pero Anaïs comprendió algo.

Víctor Aldana no era simplemente una mentira.

Era un método.

El vínculo con Grupo Garza apareció después.

Anaïs había pedido revisar el colegio de Adrián.

No porque esperara encontrar un crimen en un anuario.

Sino porque la relación con Garza tenía que haber comenzado en alguna parte.

La respuesta llegó en una lista de alumnos.

Mismo curso.

Misma generación.

Adrián.

Y otro apellido.

Garza.

Hijo del propietario de Grupo Garza.

Anaïs leyó el informe dos veces.

Después llamó a Christian.

—Encontramos el puente.

—¿Qué puente?

—Adrián y Garza.

Christian se quedó en silencio.

—Habla.

—Era compañero de colegio del hijo del dueño.

—Eso no demuestra nada.

—No.

—Pero explica acceso.

—Exacto.

Christian comprendió.

Un muchacho de dieciocho años no necesitaba trabajar formalmente para Grupo Garza.

Solo necesitaba conocer a alguien que pudiera llevarlo hasta la puerta correcta.

—Sigue.

—Ya están revisando cuándo empezó el contacto con el padre.

—Sin asumir que Garza ordenó nada.

—Christian.

—Tenía que decirlo.

—Sí. Estoy completamente sorprendida.

La ruptura con Jazmín duró cuatro días.

Cuatro días en que Christian no la llamó.

Ella tampoco.

Anaïs se negó a actuar como intermediaria.

—Son adultos —dijo cuando Christian le preguntó indirectamente cómo estaba.

—No pregunté eso.

—Precisamente.

Christian volvió a trabajar.

Pero no con normalidad.

Algo se había roto.

Y la parte que más le molestaba era saber por qué.

No era solamente que Jazmín ocultara información.

Era que Christian también lo hacía.

Ella no sabía quién era él.

No sabía que Francisco era su padre.

No sabía que cada vez que hablaban de aquella muerte Christian estaba escuchando como investigador y como hijo.

La duplicidad que tanto odiaba en otros se había convertido en su propia vida.

Y empezaba a resultarle insoportable.

Jazmín fue quien terminó el silencio.

Llegó a Le Sillage sin anunciarse.

Christian estaba trabajando cuando Anaïs abrió la puerta.

—Tienes visita.

Jazmín entró.

Llevaba una carpeta.

No saludó.

Christian dejó lo que tenía en las manos.

—Jazmín.

Ella colocó la carpeta sobre la mesa.

—Leí la declaración de Adrián.

Christian miró el documento.

—¿Y?

—Quiero que la leas.

Abrió una página.

Señaló un párrafo.

Christian leyó.

Adrián declaraba que había regresado de Estados Unidos aquella tarde.

Que el chofer lo había dejado en la residencia.

Que había entrado con su equipaje.

Y que había subido directamente a su habitación con la maleta.

Christian dejó de leer.

Volvió al párrafo.

—¿Directamente?

—Sí.

—¿Con la maleta?

—Sí.

Christian levantó lentamente la vista.

Jazmín lo estaba mirando.

—La empleada la vio.

—Frente al despacho.

—A las siete.

Christian volvió a mirar la declaración.

—Entonces esto es falso.

Jazmín asintió.

—Mintió a la policía.

Christian caminó hasta la ventana.

Pensó en los horarios.

Aeropuerto.

Chofer.

Casa.

Maleta.

Despacho.

Muerte.

Cámaras.

—¿La policía sabe lo de la maleta?

—No.

—¿Por qué?

Jazmín guardó silencio.

—Jazmín.

—No confío en quién puede comprar Adrián.

Christian se volvió.

—Eso es peligroso.

—Lo sé.

—Si ocultas información a la policía—

—No estoy ocultando una prueba. La empleada recordó algo que nunca declaró.

—Y ahora tú sabes que contradice a Adrián.

—Por eso estoy aquí.

Christian se quedó mirándola.

—¿Por qué conmigo?

Jazmín tardó.

—Porque mi padre confiaba en ti.

La respuesta lo dejó sin defensa.

Ella continuó:

—Y porque tú sabías algo sobre Adrián antes de que mi padre muriera.

Christian bajó la mirada.

—Sí.

—Todavía estoy enojada contigo.

—Lo sé.

—Mucho.

—También lo sé.

—Pero eso no cambia esto.

Christian asintió.

Volvió a la declaración.

—Tu padre sabía lo del médico.

Jazmín no respondió.

—Y sabía lo que tú le contaste.

Ella apretó los labios.

—Sí.

—Entonces tenía dos razones para enfrentar a Adrián.

Jazmín levantó los ojos.

Christian señaló el documento.

—Y Adrián acaba de mentir sobre dónde estaba cuando murió tu padre.

Silencio.

Jazmín miró la declaración.

Después a Christian.

—Entonces nunca subió con la maleta.

—No.

—Estuvo abajo.

—Sí.

—Cerca del despacho.

Christian negó.

—No cerca.

Miró nuevamente la declaración.

—La maleta estaba frente a la puerta.

Jazmín cerró los ojos.

La conclusión estaba allí.

Todavía no como certeza.

Pero ya no como una sospecha vaga.

Christian dejó el documento sobre la mesa.

—Ya no estamos buscando a un ladrón.

Jazmín levantó la mirada.

—Entonces ¿qué estamos buscando?

Christian sostuvo sus ojos.

—Qué hizo Adrián en el despacho de tu padre.

Aa
CAPÍTULO 23

Víctor Aldana

—Víctor Aldana no existe.

Anaïs dejó el teléfono sobre el escritorio.

Christian no respondió inmediatamente.

La oficina estaba en silencio.

Habían pasado cuatro días desde la última conversación difícil con Jazmín y dos desde que ella había aparecido con la declaración de Adrián.

Cuatro días en los que todo parecía haberse movido demasiado rápido.

Alejandro muerto.

Adrián mintiendo.

La maleta.

Las cámaras.

Grupo Garza.

Y ahora Víctor.

Christian observó el teléfono.

—Existe para él.

Anaïs levantó una ceja.

—Eso sonó innecesariamente filosófico.

—Sabes a qué me refiero.

—Sí.

Christian se levantó.

—Víctor existe mientras Adrián crea que tú lo ves como Víctor.

—Exactamente.

—Y eso termina ahora.

Anaïs negó.

—No.

Christian cerró los ojos.

—Otra vez no.

—Otra vez sí.

—Ya confirmamos quién es.

—Precisamente.

—No necesitas volver a verlo.

—Ahora es cuando necesito verlo.

Christian caminó hacia la ventana.

—Anaïs.

—Tiene una identidad que cree segura. Habla conmigo porque piensa que no tengo ninguna relación personal con su vida real. Cree que puede contarme lo que quiera y seleccionar qué parte es verdad.

—Eso lo hace peligroso.

—También útil.

Christian se volvió.

—No me gusta.

Anaïs sonrió apenas.

—Eso ya quedó bastante establecido.

—Encontramos una familia paralela.

—Sí.

—Sabemos que mintió sobre su identidad.

—Sí.

—Sabemos que tuvo vínculos con Garza.

—Estamos empezando a saberlo.

Christian la miró.

—Y un hombre acaba de morir.

Anaïs dejó de sonreír.

—También lo sé.

Silencio.

Christian regresó al escritorio.

—Si sigues viéndolo, no improvisas.

—Nunca improviso.

—Eso es objetivamente falso.

—Improviso con preparación.

—Eso no existe.

—Claro que existe.

Christian negó.

—Sitios públicos.

—Sí.

—Seguridad cerca.

—Sí.

—Nada de seguirlo.

—Para eso están los investigadores.

—Nada de provocarlo.

Anaïs lo miró.

—Eso depende de cuánto se provoque solo.

Christian apoyó ambas manos sobre el escritorio.

—Si sospecha que sabes quién es, sales.

—De acuerdo.

—Sin intentar rescatar una conversación.

—Sí.

—Sin querer ser más lista que él.

Anaïs sonrió.

—Esa parte será difícil.

Christian la ignoró.

—¿Qué quieres obtener?

Ella respondió inmediatamente.

—Garza.

Christian asintió.

—¿Y?

Anaïs pensó.

—Todo aquello que crea que puede contarle a una mujer a la que intenta impresionar.

Adrián respondió aquella misma tarde.

Anaïs había enviado un mensaje sencillo.

Nada que pareciera investigación.

Nada que alterara el ritmo que Víctor y ella habían construido.

Tengo una propuesta interesante. Necesito opinión mexicana.

La respuesta tardó menos de tres minutos.

Siempre.

Anaïs mostró la pantalla a Christian.

—Se cree importante.

—Eso no es noticia.

—Nos sirve.

—Hasta que deje de servir.

Anaïs guardó el teléfono.

—Entonces lo descartamos.

Christian la observó.

A veces olvidaba que detrás del humor y de la aparente ligereza había una persona capaz de tomar decisiones con una frialdad muy parecida a la suya.

Quizá por eso funcionaban.

Jazmín llegó al final de la tarde.

No había avisado.

Anaïs estaba saliendo cuando la vio entrar.

Las dos se miraron.

—Está adentro —dijo Anaïs.

Jazmín asintió.

—Gracias.

Anaïs avanzó dos pasos.

Después se detuvo.

—No está de buen humor.

Jazmín casi sonrió.

—Nunca lo está.

—No. Hoy está peor.

—Entonces será una conversación breve.

Anaïs la observó.

—Eso también suele decir él.

Jazmín entró.

Christian levantó la vista.

—Hola.

—Hola.

Nada más.

Era extraño cuánto podía cambiar una palabra después de Dubái.

Jazmín cerró la puerta.

—Necesito contarte algo.

Christian dejó el documento que estaba leyendo.

—¿Sobre Adrián?

—Sí.

Ella permaneció de pie.

—El otro día me preguntaste qué le dije a mi padre.

Christian no respondió.

—Y yo te pedí que te fueras.

—Lo recuerdo.

—No vine a disculparme.

—No esperaba que lo hicieras.

—Bien.

Jazmín caminó hasta la ventana.

Por varios segundos pareció buscar una forma de empezar.

—Existe una grabación.

Christian frunció el ceño.

—¿Qué grabación?

Jazmín sostuvo la mirada hacia afuera.

—Mía.

Christian esperó.

—Adrián me grabó cuando tenía dieciséis años.

El silencio cambió.

—¿Sin tu consentimiento?

—Sí.

Christian se levantó lentamente.

—¿Qué hay en ella?

Jazmín cerró los ojos.

—Suficiente.

—Eso no responde.

—Lo sé.

—¿Suficiente para qué?

Ella se volvió.

—Para destruirme.

Christian sintió una tensión inmediata.

—¿Destruirte cómo?

Jazmín no respondió.

—¿Tiene relación con Francisco?

Ella asintió.

Christian dejó de moverse.

Todo lo demás desapareció.

—¿Qué se escucha?

—No quiero hablar de eso.

—Jazmín.

—Te estoy contando más de lo que le he contado a casi cualquier persona durante veinte años.

Christian controló la voz.

—¿La grabación demuestra que mataste a Francisco?

Jazmín lo miró directamente.

—No.

La respuesta fue inmediata.

—¿Participaste en algo?

Silencio.

Christian sintió que el estómago se le cerraba.

—Jazmín.

Ella bajó la mirada.

—No puedo.

Christian dio un paso.

—¿No puedes o no quieres?

—Ambas.

—Entonces necesito saber otra cosa.

Ella levantó los ojos.

—¿La grabación puede decirnos qué pasó aquella noche?

Jazmín tardó.

—Puede decirte una parte.

—¿La tiene Adrián?

—Sí.

—¿Dónde?

Jazmín rio sin humor.

—Si supiera eso no seguiría existiendo.

Christian se quedó mirándola.

—¿La buscaste?

—Durante años.

—¿Dónde?

—En todas partes.

—¿Casa?

—Sí.

—¿Oficina?

—Sí.

—¿Archivos?

—Sí.

—¿Dispositivos?

—Sí.

—¿Cajas de seguridad?

—Las que conocía.

—¿Copias?

Jazmín lo miró.

—Adrián nunca dependería de una sola.

Christian asintió lentamente.

—¿Alguna vez te dijo dónde estaba?

Jazmín tardó.

—Una vez.

Christian esperó.

—Estábamos discutiendo.

Su voz bajó.

—Yo le dije que algún día encontraría la grabación y la destruiría.

—¿Qué respondió?

Jazmín miró hacia otro lado.

—Que estaba en el único lugar donde yo jamás podría encontrarla.

Christian permaneció quieto.

La frase quedó flotando entre ambos.

—¿Eso fue todo?

—Sí.

—¿Nunca mencionó una dirección?

—No.

—¿Una persona?

—No.

—¿Un país?

—Nada.

Jazmín negó.

—Durante años pensé que solo estaba jugando conmigo.

Christian no respondió.

—Ahora ya no estoy segura.

Christian abrió la puerta.

—Anaïs.

Ella apareció pocos segundos después.

—¿Qué pasó?

Christian señaló una silla.

—Siéntate.

Anaïs miró a Jazmín.

Después a él.

—Eso nunca anuncia nada agradable.

Christian habló sin rodeos.

—Existe una grabación de Jazmín.

Anaïs no hizo ninguna pregunta inmediata.

—Adrián la tiene.

—Entiendo.

—Tiene relación con Francisco.

Anaïs miró a Jazmín.

—¿Sabes dónde está?

Jazmín negó.

Christian continuó:

—Le dijo que la guardaba en el único lugar donde ella nunca podría encontrarla.

Anaïs permaneció en silencio.

Después preguntó:

—¿Cuánto tiempo llevas buscándola?

—Casi veinte años.

—¿Revisaste todo lo relacionado con su vida?

—Todo lo que conocía.

Anaïs volvió la mirada hacia Christian.

Él ya había llegado al mismo punto.

—Encuéntrala —dijo.

Anaïs asintió.

No preguntó para qué.

La cena con Víctor ocurrió esa noche.

Adrián llegó de excelente humor.

—¿Qué propuesta necesitaba tanto mi opinión?

Anaïs bebió un poco de agua.

—Le Sillage está evaluando alianzas adicionales en México.

—¿Además de Montalvo?

—Complementarias.

—Eso va a encantarle a Jazmín.

Anaïs sonrió.

—Los negocios no existen para mantener contenta a la gente.

Adrián la señaló.

—Ves. Por eso me gustas.

Anaïs ignoró el comentario.

—Grupo Garza.

Por primera vez aquella noche Adrián tardó una fracción demasiado larga en responder.

—¿Qué pasa con Garza?

—Nos interesa.

—No debería.

—¿Por qué?

—Están pasando por una etapa complicada.

—Precisamente.

Anaïs apoyó los brazos sobre la mesa.

—Malas decisiones de los herederos, deuda, pérdida de posición regional. Una alianza con un grupo internacional puede tener sentido para ellos y para nosotros.

Adrián sonrió.

—Estás mirando el problema equivocado.

—Ilumíname.

—Garza no necesita dinero.

—Todos necesitan dinero.

—Necesita dirección.

—Eso también cuesta.

Adrián rio.

—Conozco al CEO.

Anaïs fingió sorpresa.

—¿Personalmente?

—Desde hace años.

—¿Puedes conseguirme una reunión?

Aquello alimentó exactamente lo que ella esperaba.

La vanidad.

—Claro.

—¿Así de fácil?

—Para mí, sí.

Anaïs sostuvo su mirada.

—Empiezo a pensar que eres mucho más importante de lo que dices.

Adrián sonrió.

—Te lo vengo diciendo desde que nos conocimos.

—No. Tú insinuas. Es distinto.

Él bebió.

—Conozco a esa familia desde joven.

Anaïs mantuvo una expresión casual.

—¿Familiares?

—No.

—¿Negocios?

—También.

—¿También?

Adrián se acomodó en la silla.

—Estudié con uno de los hijos.

—Eso explica el acceso.

—El acceso nunca ha sido mi problema.

Anaïs sonrió.

—¿Hiciste negocios con el padre?

Adrián la miró.

—Hace muchos años.

—¿Buenos?

Una sombra cruzó su expresión.

—Pudieron serlo.

—¿Qué pasó?

—Un tercero se metió en medio.

Anaïs no reaccionó.

—Eso es bastante ambiguo.

—Es una historia antigua.

—Las mejores son esas.

—Esta no.

—Entonces fue importante.

Adrián sonrió.

—Tienes la mala costumbre de escuchar demasiado.

—Me pagan por eso.

—Algún día te la contaré.

—Promesas otra vez.

—Expectativa.

Anaïs cambió de tema.

No necesitaba más.

Por ahora.

Al día siguiente entregó la frase a Christian.

—“Un tercero se metió en medio”.

Christian dejó de escribir.

—¿Esas fueron sus palabras?

—Exactamente.

—¿Cuando habló de Garza?

—Sí.

Christian se quedó pensando.

—Puede significar cualquier cosa.

—También puede significar Francisco.

—No vamos a decidir eso porque nos convenga.

Anaïs sonrió.

—Te estaba esperando.

—¿Qué?

—Esa frase.

Christian la ignoró.

—¿Confirmamos el colegio?

Anaïs abrió la carpeta.

—Sí.

Una fotografía de una antigua generación escolar.

Nombres.

Años.

Adrián.

Y un Garza.

—Hijo del propietario de esa época.

Christian tomó la hoja.

—Entonces tenía acceso.

—Y según los registros sociales de la familia, el padre asistió a varios actos escolares.

—Eso no demuestra que Adrián se reuniera con él.

—No.

Anaïs señaló otra página.

—Pero confirma que no necesitaba encontrar una puerta. Conocía a quien podía abrirla.

Christian dejó el documento.

—Sigue buscando.

—Ya lo hacen.

Anaïs abrió después el otro expediente.

La casa.

Habían confirmado el nombre de la mujer.

Verónica Salvatierra.

La fotografía mostraba a una mujer elegante saliendo de un automóvil.

Cabello oscuro.

Ropa cara.

Seguridad suficiente para parecer dueña de cada lugar en el que entraba.

Anaïs observó la imagen.

Después el informe.

Antigua asistente.

Había trabajado directamente con Adrián años atrás.

El niño aparecía en otras fotografías.

Doce años.

Mismo domicilio.

Mismo colegio desde pequeño.

Adrián figuraba indirectamente en pagos relacionados con la vivienda y gastos familiares a través de estructuras privadas.

Nada de aquello parecía una aventura.

Era una vida.

Anaïs cerró la carpeta.

Entonces recordó la frase de Christian.

El único lugar donde ella nunca podría encontrarla.

Volvió a abrirla.

Miró la dirección.

Y sintió algo.

No certeza.

Pero sí dirección.

Jazmín llegó una hora después.

Anaïs la había citado sin explicarle demasiado.

Christian también estaba presente.

Sobre la mesa había una sola fotografía.

La casa.

—¿La conoces? —preguntó Anaïs.

Jazmín miró.

—No.

—¿Nunca has estado ahí?

—No.

—¿Sabes de quién es?

—No.

Anaïs colocó otra fotografía.

Verónica.

Jazmín quedó inmóvil.

No necesitó más de un segundo.

—Verónica.

Christian la miró.

—¿La conoces?

Jazmín no apartó los ojos de la imagen.

—Trabajó con Adrián.

—¿Cuándo?

—Hace años.

—¿Cuánto?

—No recuerdo.

Anaïs esperó.

Jazmín tomó la fotografía.

—Era su asistente.

La voz había cambiado.

—¿Cercana?

Jazmín soltó una risa breve.

—Demasiado.

Anaïs miró a Christian.

—¿Sabías que tenían una relación?

—No.

—¿Sospechabas?

Jazmín tardó.

—Siempre pensé que ella quería algo más que ser asistente.

—¿Qué?

Jazmín dejó la fotografía.

—Todo.

Recordó a Verónica.

La forma de caminar por las oficinas.

La manera de hablar con ejecutivos que llevaban veinte años trabajando allí como si fueran subordinados suyos.

La ropa cada vez más cara.

Las invitaciones que intentaba conseguir.

Las reuniones a las que aparecía sin haber sido requerida.

La manera en que pronunciaba “Adrián” cuando creía que nadie prestaba atención.

—Era ambiciosa —dijo Jazmín.

Anaïs esperó.

—Eso no es un delito.

—No.

Jazmín negó.

—Pero ella estaba convencida de que merecía estar donde estábamos nosotros.

Christian frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Que para Verónica trabajar cerca del poder no era suficiente. Quería pertenecer.

Anaïs colocó una tercera fotografía.

El niño.

Jazmín dejó de respirar.

—¿Quién es?

Anaïs respondió con cuidado.

—Todo indica que es hijo de Adrián.

Jazmín no reaccionó inmediatamente.

Miró la imagen.

Una vez.

Otra.

El niño tenía unos doce años.

Doce.

Jazmín hizo el cálculo sin querer.

—¿Estás segura?

—Todavía estamos cerrando documentación.

—¿Segura?

Anaïs sostuvo su mirada.

—Sí.

Jazmín se sentó.

Christian dio un paso hacia ella.

Se detuvo antes de tocarla.

No sabía si tenía derecho.

—¿Desde cuándo? —preguntó Jazmín.

—La relación es anterior al nacimiento del niño.

—¿Cuánto?

—Años.

Jazmín cerró los ojos.

No lloró.

Eso resultó más difícil de mirar.

—Toda una familia.

Anaïs asintió.

—Sí.

—Mientras vivía conmigo.

Nadie respondió.

Jazmín abrió los ojos.

—¿Ella sabe quién soy?

Anaïs miró el informe.

—Sí.

Jazmín se volvió hacia ella.

—¿Sabe que seguimos casados?

—Sí.

Christian frunció el ceño.

—Entonces no está engañada.

—No —respondió Anaïs—. Al menos no respecto de ti.

Jazmín miró nuevamente a Verónica.

—Claro que no.

Su voz ya no tenía dolor.

Tenía reconocimiento.

—Ella siempre supo exactamente lo que quería.

Anaïs dejó pasar varios minutos.

Después habló.

—Hay algo más.

Jazmín levantó la mirada.

—Adrián visita esa casa constantemente.

—Ya entendí.

—No te la estoy mostrando solo por eso.

Christian comprendió antes.

—La grabación.

Anaïs asintió.

Jazmín la miró.

—¿Qué?

Christian se acercó a la mesa.

—Dijiste que Adrián te aseguró que estaba en el único lugar donde nunca podrías encontrarla.

—Sí.

Anaïs señaló la casa.

—Pasaste veinte años buscando dentro de la vida de Adrián que conocías.

Jazmín miró la fotografía.

—Residencia.

—Sí.

—Oficinas.

—Sí.

—Cajas.

—Sí.

Anaïs señaló nuevamente la imagen.

—Pero nunca podías buscar en una casa cuya existencia ignorabas.

Jazmín dejó de respirar.

La frase de Adrián regresó.

Su voz.

Su sonrisa.

Nunca la vas a encontrar.

Ella había pensado que era arrogancia.

Después había creído que se refería a un lugar especialmente protegido.

Un banco.

Una caja.

Otra ciudad.

Algo complejo.

Pero Adrián nunca había dicho que fuera difícil de encontrar.

Había dicho otra cosa.

El único lugar donde tú nunca podrías encontrarla.

Jazmín miró a Verónica.

Después al niño.

Después la casa.

—Está ahí.

Christian no respondió.

Anaïs tampoco.

Jazmín levantó lentamente la mirada.

—La grabación está ahí.

Esa misma noche Anaïs volvió a cenar con Víctor.

No porque necesitara confirmar quién era.

Eso ya estaba resuelto.

Necesitaba entender cómo pensaba.

Adrián hablaba de un empresario con el que había tenido problemas.

—La gente confía demasiado —dijo.

Anaïs levantó la copa.

—Eso suena extraño viniendo de alguien que vive de negociar.

—Negociar no es confiar.

—¿Entonces qué es?

—Asegurarse de que a la otra persona le cueste más traicionarte que cumplir.

Anaïs lo observó.

—Eso suena casi mafioso.

Adrián rio.

—Suena realista.

—¿Y cómo haces eso?

—Depende.

—Contratos.

—A veces.

—Garantías.

—También.

—Información.

Adrián sonrió.

Anaïs supo que había tocado algo.

—Información siempre.

—¿Sobre qué?

—Sobre las personas.

—Eso parece poco elegante.

—La elegancia es para cuando todo funciona.

Anaïs inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Guardas secretos de la gente con la que haces negocios?

Adrián bebió.

—Nunca dependas de que alguien recuerde una conversación igual que tú.

—¿Entonces?

—Guarda algo.

—¿Documentos?

—Lo que sirva.

—¿Grabaciones?

Adrián la miró.

Solo un segundo.

Anaïs sonrió como si fuera una ocurrencia cualquiera.

Después él se relajó.

—La gente dice cosas muy interesantes cuando cree que nadie está escuchando.

Anaïs sostuvo su mirada.

—Eso es bastante siniestro, Víctor.

Adrián sonrió.

—Es bastante útil.

—¿Y dónde guardas todas esas maravillas?

Él rio.

—¿Crees que voy a decírtelo?

—Pensé que confiabas en mí.

—Nunca dije eso.

Anaïs fingió ofensa.

—Qué decepción.

Adrián se inclinó.

—Te daré un consejo gratis.

—¿Gratis?

—Solo esta vez.

—Adelante.

—Nunca guardes algo importante donde todo el mundo sabe que vives.

Anaïs no movió un músculo.

—¿Por qué?

—Porque cuando alguien quiera hacerte daño, ese será el primer lugar que busque.

Ella tomó agua.

—Entonces necesitas otro lugar.

Adrián sonrió.

—Siempre.

Anaïs le devolvió la sonrisa.

Y en ese instante dejó de considerar la casa una posibilidad.

Se convirtió en la hipótesis principal.

Dos días después, el investigador dejó un informe sobre su escritorio.

—Tenemos algo más sobre Salvatierra.

Anaïs abrió.

—Habla.

—Sabe perfectamente quién es la señora Montalvo.

—Eso ya lo imaginábamos.

—Hay más.

El investigador señaló varios movimientos financieros y registros históricos.

—La relación con Adrián lleva muchos años. Ella dejó Grupo Montalvo y poco después empezó a recibir pagos indirectos vinculados a estructuras controladas por él.

—¿Compra de la casa?

—Entre otras cosas.

Anaïs siguió leyendo.

—¿El niño?

—Confirmado.

—¿Padre?

—Adrián.

Anaïs cerró la carpeta lentamente.

—¿Ella depende económicamente de él?

—En buena medida.

—¿Completamente?

—No.

Eso llamó su atención.

—Explícate.

—Tiene inversiones propias. Algunos negocios pequeños. Patrimonio a su nombre.

—¿De dónde salió?

—Parte parece provenir de Adrián.

Anaïs sonrió apenas.

—Entonces aprendió.

—¿Qué?

—A guardar lo suyo.

Christian recibió la llamada esa tarde.

—Tenemos confirmación.

—¿De la grabación?

—No.

—Entonces no tenemos confirmación.

—Tenemos la familia.

Christian guardó silencio.

—Verónica sabe quién es Jazmín. Sabe que el matrimonio sigue existiendo. El niño es de Adrián.

—¿Y?

—Y creo que ella es nuestra puerta.

Christian tardó.

—No.

—Ni siquiera he dicho qué quiero hacer.

—Te conozco.

—Entonces ahorramos tiempo.

—No vas a irrumpir en esa casa.

Anaïs soltó una risa.

—Qué imagen tienes de mí.

—Realista.

—No necesito entrar.

—¿Entonces?

Anaïs miró las fotografías.

—Necesito que Verónica quiera abrirme la puerta.

Christian quedó en silencio.

—¿Por qué lo haría?

Anaïs tomó el informe financiero.

—Porque está empezando a ocurrir algo que Adrián no puede controlar.

—¿Qué?

—Alejandro murió.

Pausa.

—Y Jazmín sigue ahí.

Christian entendió.

Anaïs continuó:

—Durante años él debió prometerle que todo cambiaría cuando controlara Grupo Montalvo.

—No sabemos eso.

—Todavía.

—Anaïs.

—Mira lo que tenemos.

Ella enumeró:

—Una mujer ambiciosa. Una relación de más de una década. Un hijo. Una casa. Dinero. Y un hombre que lleva años prometiendo un futuro que nunca llega.

Christian no respondió.

—Alejandro muere y ¿qué ocurre?

—Jazmín asume más control.

—Exactamente.

Anaïs sonrió sin alegría.

—Verónica lleva años esperando.

—¿Y crees que va a traicionarlo?

—Creo que todo el mundo tiene una razón.

—Eso no responde.

Anaïs miró nuevamente el informe.

—Entonces encontraremos la suya.

Aquella noche Jazmín volvió a mirar la fotografía de la casa.

Christian estaba frente a ella.

La distancia de los últimos días seguía ahí.

Pero era distinta.

Menos hostil.

Más triste.

—¿Cuánto sabe Verónica? —preguntó Christian.

—No sé.

—¿Sobre ti?

—Mucho.

—¿Sobre Adrián?

Jazmín sonrió sin humor.

—Probablemente más que yo.

Christian bajó la mirada.

—No debería haberte dicho lo que te dije.

Jazmín supo inmediatamente a qué se refería.

Se lo debes a tu padre.

—No.

—Sí.

—No fue eso lo que me hizo enojar.

Christian la miró.

—¿Entonces?

Jazmín permaneció en silencio.

—Que tenías razón.

Christian no esperaba esa respuesta.

—Yo sé cosas que tú necesitas saber.

—Entonces cuéntamelas.

Jazmín negó.

—Todavía no puedo.

Christian cerró los ojos.

—Jazmín.

—Pero quiero.

Eso lo detuvo.

Ella continuó:

—No sé cómo contarle a alguien algo que llevo veinte años intentando no decirme ni a mí misma.

Christian la observó.

Toda la rabia que había acumulado perdió parte de su forma.

—No voy a obligarte.

—Lo sé.

—Pero esa grabación puede obligarnos a ambos.

Jazmín miró la casa.

—Por eso tenemos que encontrarla.

Christian siguió su mirada.

Una propiedad cualquiera.

Una calle cualquiera.

Una vida que Jazmín jamás supo que existía.

El escondite perfecto no porque estuviera protegido.

Sino porque estaba fuera de su realidad.

—Anaïs cree que puede llegar a Verónica —dijo.

Jazmín levantó la vista.

—¿Cómo?

—Todavía no me lo dice.

—Eso debería preocuparte.

—Me preocupa casi todo lo que hace.

Jazmín sonrió por primera vez en días.

Fue pequeño.

Pero estuvo.

Christian lo vio.

No dijo nada.

Anaïs observaba la misma casa desde una fotografía en su oficina.

No necesitaba entrar.

No necesitaba seguir a Adrián.

No necesitaba romper cerraduras ni adivinar contraseñas.

Necesitaba entender a la persona que vivía allí.

Verónica Salvatierra llevaba años esperando que Adrián cumpliera una promesa.

Ahora Alejandro Montalvo estaba muerto.

Jazmín estaba más cerca que nunca del control de la empresa.

Y Adrián tenía una investigación policial respirándole en la nuca.

Las posibilidades de que cumpliera aquella promesa disminuían cada día.

Anaïs tomó otra fotografía.

Verónica.

Elegante.

Segura.

Ambiciosa.

Después miró el informe financiero.

Dinero.

Siempre terminaba apareciendo.

Tomó el teléfono.

No llamó todavía.

Primero necesitaba saber cuánto.

Porque si Verónica había esperado años por una vida que Adrián nunca le entregó, Anaïs estaba dispuesta a ofrecerle algo mucho más sencillo.

Una salida.

Y un precio.

Miró una vez más la fotografía de la casa.

En alguna parte de aquella vida paralela podía estar la voz de una adolescente grabada veinte años atrás.

La pieza que Adrián había utilizado para construir una prisión.

Anaïs cerró la carpeta.

Por primera vez, sabían dónde buscar.

Y Adrián todavía no sabía que habían encontrado la puerta.

Aa
CAPÍTULO 24

La mujer en la grabación

Verónica Salvatierra llegó al colegio de su hijo a las tres y veinte de la tarde.

Siempre llegaba antes.

No porque fuera especialmente paciente, sino porque detestaba esperar detrás de otros automóviles.

Estacionó donde acostumbraba.

Apagó el motor.

Miró el teléfono.

Ningún mensaje de Adrián.

No era extraño.

Últimamente desaparecía durante horas.

Reuniones.

Problemas.

La muerte de Alejandro Montalvo.

Jazmín ocupando cada vez más espacio dentro del grupo.

La policía rondando demasiado.

Adrián decía que todo estaba bajo control.

Verónica llevaba años escuchándolo decir lo mismo.

Empezaba a preguntarse si alguna vez había sido cierto.

Tomó el bolso.

Abrió la puerta.

—Verónica Salvatierra.

Se detuvo.

La mujer que estaba junto a otro automóvil no parecía madre de ningún alumno.

Traje oscuro.

Cabello perfectamente ordenado.

Expresión demasiado tranquila.

Verónica la examinó.

—¿Nos conocemos?

—No.

—Entonces se equivoca de persona.

Anaïs sonrió apenas.

—No.

Verónica endureció la mirada.

—¿Qué quiere?

—Hablar contigo.

—No tengo nada que hablar con usted.

—Probablemente.

Anaïs miró hacia la entrada del colegio.

—Pero quizá sí tengas algo que hablar sobre Adrián Montalvo.

Verónica dejó de moverse.

Solo un instante.

Anaïs lo vio.

—No sé de qué habla.

—Claro.

Verónica dio un paso.

—Discúlpeme.

Anaïs no la siguió.

—Sé que es el padre de tu hijo.

Verónica se detuvo.

La espalda se tensó.

—Sé cuánto tiempo llevan juntos.

Silencio.

—Sé dónde vive.

Verónica se volvió.

—¿Quién es usted?

—Anaïs.

—¿Anaïs qué?

—Eso no importa.

—Para mí sí.

—Lo que debería importarte es que yo sé quién eres tú.

Verónica miró alrededor.

Padres.

Choferes.

Niños que empezaban a salir.

Todo demasiado público.

—Baje la voz.

Anaïs no había levantado la voz.

Eso fue peor.

—Sé que llevas años esperando que Adrián deje a Jazmín.

Verónica palideció.

—No sabe nada.

—Sé que te prometió algo.

—No.

—Y también sé que empieza a quedarse sin tiempo para cumplirlo.

Verónica apretó el bolso.

—Voy a llamar a seguridad.

—Hazlo.

Anaïs sacó una tarjeta.

Se la ofreció.

Verónica no la tomó.

—Tienes veinticuatro horas.

—¿Para qué?

—Para decidir si quieres hablar conmigo antes de que todo esto explote.

—¿Me está amenazando?

—No.

Anaïs dejó la tarjeta sobre el techo del automóvil.

—Te estoy ofreciendo una posibilidad.

Verónica miró la tarjeta.

Después a ella.

—¿Posibilidad de qué?

Anaïs sostuvo su mirada.

—De no quedarte en la calle cuando Jazmín descubra que Adrián lleva doce años formando otra familia.

Algo cambió en los ojos de Verónica.

No indignación.

Miedo.

Anaïs lo reconoció inmediatamente.

—Veinticuatro horas.

Se dio la vuelta.

Verónica la observó alejarse.

No recogió la tarjeta.

Todavía.

El niño apareció cinco minutos después.

—Mamá.

Verónica sonrió demasiado rápido.

—Hola, amor.

Él abrió la puerta del automóvil.

—¿Quién era esa señora?

—Nadie.

—Te estaba hablando.

—Se equivocó de persona.

El muchacho se encogió de hombros.

Subió.

Verónica cerró la puerta.

Antes de rodear el automóvil, miró el techo.

La tarjeta seguía allí.

La tomó.

La guardó en el bolso.

Anaïs recibió la llamada desde Zúrich mientras regresaba a las oficinas de Le Sillage.

Contestó con manos libres.

—Dime.

Una voz masculina respondió en francés.

La operación Garza seguía avanzando.

Los asesores habían recibido información nueva.

Pasivos.

Deterioro de mercado.

Una estructura familiar mal gestionada.

Nada todavía suficiente para hacer caer la negociación.

—¿El patriarca?

—Sigue controlando el consejo.

—¿Y los hijos?

—Operación diaria.

Anaïs miró por la ventana.

—Ahí está el problema.

—Probablemente.

—Continúen.

—¿Sin modificar oferta?

—Por ahora.

—Necesitamos autorización para la siguiente fase.

—La tienen.

Pausa.

—¿Christian sabe?

—Sabe lo necesario.

—Anaïs.

—Lo llamaré.

Colgó.

Durante unos segundos pensó en Grupo Garza.

Después en Verónica.

Después en Adrián.

La misma familia aparecía demasiadas veces en historias que no debían tocarse entre sí.

Eso nunca era buena señal.

Verónica llegó a su casa poco después de las cuatro.

Su hijo subió a su habitación.

Ella permaneció en la cocina.

Sacó la tarjeta.

Solo un nombre.

Anaïs.

Un teléfono.

Nada más.

Sin empresa.

Sin cargo.

Sin apellido.

Verónica buscó el nombre en internet.

No tardó mucho.

Le Sillage.

Christian Niche.

México.

Su estómago se cerró.

Volvió a leer.

Directora ejecutiva.

Estrategia.

Operaciones.

Persona de máxima confianza de Christian.

Verónica dejó el teléfono sobre la mesa.

Adrián había mencionado a Christian demasiadas veces últimamente.

Nunca con cariño.

Después recordó algo.

Una conversación de semanas atrás.

Adrián diciendo que aquel perfumista francés estaba metiéndose donde nadie lo había invitado.

Verónica tomó el teléfono.

Buscó el contacto de Adrián.

Dudó.

No llamó.

Porque otra pregunta apareció primero.

¿Qué haría Adrián si supiera que alguien había descubierto esta casa?

La respuesta no le gustó.

Esa noche Adrián llegó tarde.

Verónica no mencionó a Anaïs.

Lo observó cenar.

Hablar por teléfono.

Quejarse de Jazmín.

Quejarse del directorio.

Quejarse de la policía.

Quejarse de Christian.

—Todo el mundo se volvió idiota al mismo tiempo —dijo.

Verónica lo miró.

—¿Tienes problemas?

—No.

Demasiado rápido.

—Pareces tenerlos.

—No necesito que tú también empieces.

Ella dejó el tenedor.

—Solo pregunté.

Adrián respiró.

—Perdón.

Verónica lo estudió.

Años esperando.

Años escuchando:

Cuando controle Montalvo.

Cuando Alejandro ya no esté.

Cuando Jazmín deje de ser útil.

Cuando llegue el momento.

Siempre faltaba algo.

Siempre había una persona que quitar de en medio.

Por primera vez se preguntó si algún día ella también ocuparía ese lugar.

Anaïs recibió la llamada a las seis y cuarenta de la mañana.

No reconoció el número.

—¿Sí?

Silencio.

—Habla Anaïs.

—Quiero reunirme.

Anaïs se incorporó en la cama.

—Verónica.

—No diga mi nombre.

—Bien.

—Hoy.

—Dime dónde.

—No.

Anaïs sonrió.

—Entonces dime cuándo.

Silencio.

—En dos horas.

—Te enviaré una dirección.

—No quiero gente.

—Estaré sola.

Verónica colgó.

Anaïs miró la hora.

Christian iba a odiar aquello.

Una pequeña alegría laboral para comenzar el día.

La reunión fue en un salón privado de un hotel.

Verónica llegó con lentes oscuros.

No se los quitó al entrar.

Anaïs estaba sentada frente a una mesa vacía.

Sin documentos.

Sin computador.

Sin teléfono visible.

—¿Qué quiere?

—Primero siéntate.

—No vine a tomar café.

—Yo tampoco.

Verónica se sentó.

—¿Qué sabe?

Anaïs la observó.

—Lo suficiente.

—Eso no significa nada.

—Sé cuánto tiempo llevas con Adrián.

—¿Cuánto?

—Más de doce años.

Verónica no respondió.

—Sé que el niño es de él.

Silencio.

—Sé que él paga parte de esta vida.

Verónica cruzó los brazos.

—Eso no es ilegal.

—No.

—Entonces no entiendo qué quiere.

Anaïs se inclinó ligeramente hacia delante.

—Quiero algo que Adrián guarda en tu casa.

Verónica rio.

—No.

—Ni siquiera sabes qué.

—No importa.

—Entonces estamos perdiendo tiempo.

Verónica se levantó.

—Espere.

Anaïs permaneció sentada.

Verónica volvió a mirarla.

—¿Qué está buscando?

—Una grabación.

La expresión cambió.

Muy poco.

Suficiente.

Anaïs lo vio.

—Así que sabes que guarda cosas.

—Todo el mundo guarda cosas.

—Adrián más.

Verónica volvió a sentarse.

—No sé qué tiene.

—Pero sabes dónde guarda lo importante.

Silencio.

Anaïs esperó.

No necesitó insistir.

—Tiene una oficina.

—Lo sabemos.

Verónica la miró sorprendida.

—¿Entonces para qué me necesita?

—Porque la casa es tuya.

—También vive él.

—Pero la propiedad está a tu nombre.

Verónica no respondió.

—Hay una caja fuerte —continuó Anaïs.

Verónica la miró.

—Sí.

—¿Conoces la combinación?

—No.

Anaïs asintió.

Eso le pareció completamente coherente.

—Nunca me la dio.

—¿Después de todos estos años?

Verónica apretó la mandíbula.

—No necesito conocerla.

Anaïs no dijo nada.

Precisamente por eso la frase dolió.

—¿Qué me ofrece? —preguntó Verónica.

Anaïs sonrió apenas.

Habían llegado al idioma que ambas entendían.

—Quinientos mil dólares.

Verónica se quedó quieta.

—¿Por qué?

—Por colaborar.

—Eso es poco.

—No.

—Para ustedes.

—No estás vendiendo una compañía.

Verónica sostuvo su mirada.

—Estoy arriesgando mi vida.

—Entonces deberías valorar más tener una salida.

Silencio.

Anaïs continuó:

—Medio millón de dólares. Pago formal. Garantizado. Te vas con tu hijo.

—¿Adónde?

—Eso lo decides tú.

—¿Y Adrián?

—También lo decides tú.

—No.

Verónica negó.

—No puedo simplemente desaparecer.

—Claro que puedes.

—No entiende.

—Entiendo perfectamente.

Anaïs se inclinó.

—Llevas años esperando que él cumpla una promesa.

Verónica endureció la mirada.

—No sabe nada de nuestra relación.

—Sé que Alejandro Montalvo murió y Adrián sigue sin controlar Grupo Montalvo.

Silencio.

—Sé que Jazmín está más cerca del poder que antes.

Verónica bajó los ojos.

—Y sé que si todo se derrumba, Adrián tiene recursos para desaparecer.

Anaïs hizo una pausa.

—¿Tú también?

Verónica no respondió.

—¿Tu hijo?

Nada.

—Ese es el problema.

—¿Qué pasa si digo que no?

—Nada.

Verónica la miró con incredulidad.

—¿Nada?

—Me levanto, me voy y seguimos investigando.

—¿Y Jazmín?

—Eventualmente sabrá que existes.

Verónica apretó los labios.

—¿Adrián?

—Eventualmente sabrá que sabemos.

—Me está amenazando.

—No.

Anaïs negó.

—Te estoy explicando el orden natural de los acontecimientos.

Verónica miró la mesa.

—Veinticuatro horas.

—Ya pasaron diecisiete.

Anaïs miró el reloj.

—Te quedan siete.

Verónica soltó una risa amarga.

—Es una hija de puta.

Anaïs se encogió de hombros.

—He escuchado cosas peores.

Verónica llamó tres horas después.

—Acepto.

Anaïs no sonrió.

—Bien.

—Quiero el acuerdo por escrito.

—Lo tendrás.

—Y el dinero antes de irme.

—Tendrás garantía antes. Transferencia cuando cumplamos.

—No confío en usted.

—Eso nos hace dos.

Pausa.

—¿Cuándo?

—Hoy.

—Adrián puede venir.

—¿A qué hora?

—No antes de las siete.

Anaïs miró el reloj.

—Tenemos tiempo.

Christian no reaccionó bien.

—No.

Anaïs dejó el acuerdo sobre la mesa.

—Ya aceptó.

—Dije que no.

—Lo escuché.

—No vamos a entrar a una casa y abrir una caja fuerte.

—La propietaria nos está autorizando.

—No sabemos qué hay dentro.

—Precisamente.

Christian caminó por el despacho.

—¿La policía?

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Porque estamos buscando una grabación que Jazmín quiere recuperar.

—Y si encontramos otra cosa.

Anaïs lo miró.

—Entonces dejamos de tocar.

Christian se quedó en silencio.

—Quiero estar ahí.

—Lo suponía.

—Jazmín también.

Anaïs levantó una ceja.

—Eso no lo suponía.

Jazmín llegó veinte minutos después.

Christian le explicó.

No necesitó mencionar el dinero.

Cuando dijo:

oficina privada

y

caja fuerte

Jazmín entendió.

—Está ahí.

Christian la miró.

—No sabemos eso.

—Yo sí.

—Jazmín.

—Adrián me dijo que jamás la encontraría.

Anaïs permaneció en silencio.

—Y tenía razón —continuó Jazmín—. Nunca habría buscado en la casa de una mujer que no sabía que existía.

Christian sostuvo su mirada.

—No tienes que ir.

Jazmín respondió inmediatamente.

—Sí.

—No.

—Christian.

—La grabación puede—

—Es mi voz.

Eso terminó la discusión.

Verónica abrió la puerta poco después de las dos.

No saludó.

Miró a Jazmín.

Por primera vez las dos mujeres se encontraron después de años.

Jazmín la reconoció con una claridad desagradable.

Verónica había envejecido bien.

Seguía teniendo la misma manera de levantar el mentón.

La misma expresión de quien consideraba que el espacio le pertenecía por adelantado.

—Señora Montalvo.

Jazmín casi sonrió.

—Verónica.

Nada más.

No hubo escena.

No hubo reproches.

Eso pareció incomodar más a Verónica.

—Mi hijo no está.

—Mejor —dijo Anaïs.

Verónica miró a Christian.

—Y usted es...

—Christian Niche.

—Lo sé.

Él no respondió.

La oficina estaba al fondo del primer piso.

Madera oscura.

Escritorio grande.

Un espacio demasiado serio para ser secundario.

Verónica señaló una pared.

—Ahí.

La caja estaba integrada en un mueble.

Christian la observó.

—¿Nunca la abriste?

—No.

—¿Nunca quisiste?

Verónica lo miró.

—Claro que quise.

Anaïs casi sonrió.

Por fin una respuesta completamente sincera.

El profesional que Anaïs había contratado trabajó sin conversación.

Verónica autorizó formalmente el acceso.

Nadie preguntó cómo.

Nadie necesitaba saberlo.

La espera fue peor.

Jazmín permanecía de pie junto a una ventana.

Christian la observaba de vez en cuando.

Anaïs revisaba el teléfono.

Verónica caminaba.

Quince minutos.

Veinte.

Treinta.

Después:

—Ya está.

Todos miraron.

La puerta de la caja se abrió.

No había fortuna.

Al menos no la que Verónica esperaba.

Carpetas.

Sobres.

Un par de dispositivos.

Dinero en efectivo.

Documentos.

Pequeñas cajas.

Anaïs se acercó.

—Nadie toca nada sin decir qué está tomando.

Christian asintió.

Jazmín no se movió.

Verónica abrió el primer cajón interior.

Papeles.

Contratos.

Fotografías.

Documentación financiera.

Christian tomó una carpeta.

Nada.

Anaïs abrió otra.

Transferencias.

Sociedades.

Nombres.

Todavía nada.

Después Verónica sacó un sobre grueso.

—¿Esto?

Anaïs lo tomó.

En la parte frontal había un logotipo antiguo.

Grupo Garza.

Christian cambió de expresión.

Abrió.

Dentro había un cheque.

Lo sostuvo por los bordes.

Leyó.

Dos millones de dólares.

Beneficiario:

Adrián.

Christian levantó lentamente la vista.

—¿Qué fecha?

Anaïs miró.

Año 2000.

Jazmín dejó de respirar.

—Dios.

—Nunca fue cobrado —dijo Anaïs.

Christian examinó el documento.

—Lo guardó.

—¿Por qué? —preguntó Jazmín.

Anaïs miró el cheque.

—Porque para él esto debía significar algo.

Christian no respondió.

Pero una palabra apareció en su cabeza.

Pago.

Continuaron.

Una pequeña caja contenía varios soportes antiguos.

Discos.

Memorias.

Grabaciones.

Verónica frunció el ceño.

—Nunca vi eso.

Jazmín se acercó.

Anaïs extrajo uno.

Había una fecha escrita a mano.

Jazmín palideció.

—Ese día.

Christian la miró.

—¿Segura?

Jazmín asintió.

Anaïs no preguntó más.

Reprodujeron el contenido en un equipo separado.

Nadie habló mientras cargaba.

Después apareció ruido.

Una habitación.

Una voz masculina joven.

Adrián.

Christian lo reconoció inmediatamente.

Después otra.

Una adolescente.

Jazmín.

La mujer adulta cerró los ojos.

Su propia voz atravesó veinte años.

Demasiado joven.

Demasiado segura de cosas que no comprendía.

—¿Quieres que paremos? —preguntó Christian.

Jazmín abrió los ojos.

—No.

La grabación continuó.

Hablaron de Iris 27.

De Francisco.

De la cena.

De cómo conseguir que estuviera distraído.

De una sustancia.

La voz adolescente preguntó varias veces cuánto duraría el efecto.

Adrián respondió que horas.

Nada más.

Jazmín habló de vender la fórmula.

De dinero.

De irse.

De escapar de México.

De no volver.

Christian escuchaba sin moverse.

Cada frase era una herida distinta.

No porque demostrara homicidio.

Porque demostraba participación.

Jazmín había sabido.

No todo.

Pero suficiente para formar parte.

La voz adolescente rio en algún momento.

Christian cerró los ojos.

Aquella risa fue lo peor.

No porque fuera cruel.

Porque era inocente.

—¿Y Francisco? —preguntaba la voz grabada.

—Dormirá.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente.

—No quiero que le pase nada.

Silencio breve.

—No le va a pasar nada.

La Jazmín adulta dejó caer una lágrima.

Christian abrió los ojos.

El audio siguió.

—Cuando despierte ya no estaremos aquí.

—Exacto.

—¿Y si sabe que fuimos nosotros?

—No lo sabrá.

—Adrián...

—Confía en mí.

La grabación terminó poco después.

Nadie habló.

Verónica fue la primera en moverse.

—¿Eso era todo?

Jazmín la miró.

—No.

Verónica frunció el ceño.

—Pero no dicen que...

—No.

Jazmín negó.

—Porque yo nunca supe que iba a morir.

Christian bajó la mirada.

Jazmín continuó.

—Sabía que iban a sedarlo.

Su voz tembló.

—Sabía que íbamos a robarle.

Silencio.

—Sabía que era incorrecto.

Christian no la miró.

—Pensé que despertaría.

La frase salió rota.

—Pensé que al día siguiente estaría furioso.

Nadie respondió.

—Pensé que para entonces yo ya estaría lejos.

Christian sintió algo insoportable.

Jazmín hablaba como adulta.

Pero él seguía escuchando la voz de una niña.

—Esa era yo —dijo.

Christian finalmente levantó la vista.

—Tenía dieciséis años.

—Lo sé.

—Era imbécil.

—Eras joven.

—No me excuses.

Christian endureció la expresión.

—No lo estoy haciendo.

Jazmín tragó saliva.

—Quería dinero.

—Lo escuché.

—Quería irme.

—También.

—Y quería a Adrián.

Christian no respondió.

—Creí cada palabra que me dijo.

La mirada de Jazmín cayó.

—Incluso cuando no debía.

Christian mantuvo el silencio.

Porque si hablaba iba a decir demasiado.

Verónica regresó hacia la caja.

—Hay algo más aquí.

Anaïs se volvió.

—Espera.

Pero Verónica ya había retirado un objeto envuelto en tela.

Lo dejó sobre el escritorio.

Anaïs levantó la tela.

Un abrecartas.

Metal.

Mango oscuro.

Nada extraordinario.

Hasta que Jazmín lo vio.

Su expresión cambió completamente.

—No.

Christian se acercó.

—¿Qué?

Jazmín no apartó los ojos.

—Ese era de mi padre.

Silencio.

Anaïs quedó quieta.

—¿Estás segura?

—Lo veía todos los días.

Christian miró el objeto.

—¿Estaba en el despacho?

Jazmín asintió.

—Sí.

—¿La noche que murió?

—Desapareció.

Verónica retrocedió.

—No.

Todos la miraron.

—Yo no sabía que eso estaba ahí.

Anaïs levantó una mano.

—No toques nada más.

Verónica la miró.

—¿Qué significa esto?

Jazmín respondió.

—Que el hombre con quien viviste escondió en tu casa algo que desapareció cuando mataron a mi padre.

Verónica palideció.

—No.

—No estoy diciendo que tú supieras.

—Adrián no...

Se detuvo.

No pudo terminar.

Porque ni ella misma sabía ya qué frase estaba intentando defender.

Anaïs tomó el teléfono.

Christian la miró.

—Policía.

Ella asintió.

Verónica reaccionó.

—¿Aquí?

—Sí.

—No.

—Se terminó la negociación privada.

—Usted dijo—

—El acuerdo sigue.

Anaïs la miró.

—Pero esto es evidencia de un homicidio.

—No quiero policías en mi casa.

—Entonces debiste elegir mejor al hombre que guardaba sus cosas aquí.

Verónica la miró con rabia.

Anaïs no se movió.

—A partir de ahora nadie toca nada.

Marcó.

La policía llegó poco después.

La casa cambió de naturaleza en minutos.

Fotografías.

Guantes.

Preguntas.

Identificaciones.

Documentación.

La caja fue tratada como evidencia.

El abrecartas también.

La grabación.

El cheque.

Todo.

Christian entregó lo que sabía.

Anaïs explicó cómo habían llegado allí.

Verónica firmó su declaración inicial con manos que ya no parecían tan seguras.

Jazmín permaneció sentada.

No necesitaba escuchar la grabación nuevamente.

La tenía en la cabeza.

Al caer la tarde, Christian salió al jardín.

Necesitaba aire.

Jazmín apareció unos minutos después.

No se acercó demasiado.

—Christian.

Él se volvió.

—¿Sí?

—¿Después de escuchar eso todavía quieres saber la verdad?

Christian la miró.

No era una pregunta sobre la grabación.

Era sobre todo lo demás.

Sobre Francisco.

Sobre ella.

Sobre Adrián.

Sobre veinte años.

Christian respiró.

—Ahora más que nunca.

Jazmín bajó la mirada.

Christian la observó.

Sabía que la siguiente verdad no iba a venir de ella.

Iba a venir de él.

Y por primera vez desde que había puesto un pie en México, Christian Niche sintió miedo de decir su verdadero nombre.

Aa
CAPÍTULO 25

El hijo de Francisco

Christian no durmió.

No porque no pudiera.

Porque cada vez que cerraba los ojos volvía a escucharla.

La voz de Jazmín.

No la de ahora.

La de entonces.

Dieciséis años.

Riendo.

Hablando de dinero.

De escapar.

De Iris 27.

De dormir a Francisco.

Y después:

No quiero que le pase nada.

Christian permaneció sentado frente a la ventana durante horas.

Ciudad de México todavía estaba oscura.

El teléfono sobre la mesa.

El expediente del Proyecto Nº27 abierto.

Había pasado veinte años intentando encontrar una respuesta.

Durante casi todo ese tiempo había imaginado que la verdad llegaría limpia.

Un culpable.

Una víctima.

Una decisión.

Una traición.

La realidad había resultado mucho más desagradable.

Jazmín había participado.

Eso era indiscutible.

Había aceptado robarle a su padre.

Había ayudado a crear la oportunidad.

Había creído que Francisco sería sedado.

Había querido huir con Adrián después.

Pero también había preguntado si despertaría.

Había dicho que no quería que le ocurriera nada.

Y Adrián le había mentido.

Christian volvió a escuchar aquella frase en su cabeza.

Confía en mí.

Cerró los ojos.

Su padre había muerto porque demasiada gente había confiado en el hombre equivocado.

A las seis y veinte llamó a Anaïs.

Contestó al tercer tono.

—Si esto no implica otro homicidio, voy a insultarte.

—Quiero la casa.

Silencio.

Anaïs tardó un segundo en cambiar de registro.

—¿Cuál?

Christian no respondió.

No necesitaba hacerlo.

—La antigua.

—Christian...

—Quiero comprarla.

—La propietaria no quiere vender.

—Entonces todavía no le ofrecimos suficiente.

Anaïs se incorporó.

—¿Por qué ahora?

Christian miró el expediente.

—Porque no podemos reconstruir Iris 27.

—Eso ya lo sabemos.

—La respuesta tiene que estar ahí.

Anaïs permaneció en silencio.

—En el laboratorio de Francisco.

—Probablemente ya no exista.

—La casa sí.

—Han pasado veinte años.

—Lo sé.

—Puede que no quede nada.

Christian observó las primeras luces sobre la ciudad.

—Entonces compraré una casa vacía.

Anaïs entendió.

Aquello no era solamente una decisión técnica.

—¿Cuánto estás dispuesto a pagar?

Christian respondió sin vacilar:

—Lo que pida.

—Eso es una excelente manera de negociar.

—No te pedí que negociaras bien.

Pausa.

—Te pedí que la compraras.

Anaïs suspiró.

—Me voy a arrepentir de haberte enseñado a delegar.

Christian colgó.

Jazmín llamó cerca del mediodía.

Christian miró su nombre varios segundos antes de responder.

—Hola.

—Necesito hablar contigo.

—¿Sobre qué?

Silencio.

—Sobre lo que escuchaste ayer.

Christian cerró los ojos.

—Está bien.

—No por teléfono.

—¿Dónde?

—En casa.

—Voy.

La residencia Montalvo parecía más grande sin Alejandro.

Christian lo había notado desde la primera vez que regresó después del funeral.

No faltaban muebles.

No faltaba gente.

Faltaba gravedad.

Alejandro había sido una presencia que ordenaba el lugar incluso cuando no hablaba.

Ahora los pasillos eran solamente pasillos.

Jazmín lo esperaba en una sala privada orientada hacia el jardín.

No llevaba maquillaje.

Tenía el cabello recogido.

Una taza de café intacta frente a ella.

Christian entró.

—Hola.

—Hola.

Ninguno se acercó.

Jazmín señaló una silla.

Christian se sentó.

Durante varios segundos no hablaron.

Finalmente ella dijo:

—Ayer escuchaste una grabación.

—Sí.

—Pero no escuchaste toda la historia.

Christian sostuvo su mirada.

—Por eso vine.

Jazmín respiró lentamente.

—No sé por dónde empezar.

—Por el principio.

Ella sonrió con tristeza.

—Eso es exactamente lo que me da miedo.

Tenía dieciséis años.

Lo dijo primero como una fecha.

Después como una disculpa.

Y finalmente como una acusación contra sí misma.

—Estaba enamorada de Adrián.

Christian no reaccionó.

—No como ahora entiendo el amor.

Jazmín miró hacia el jardín.

—Era esa cosa estúpida que una siente cuando alguien un poco mayor te hace creer que eres más adulta de lo que eres.

Christian permaneció quieto.

—Él me hacía sentir importante.

Silencio.

—Mi padre me protegía demasiado. Mi madre también. Todo estaba decidido por mí. Colegio. Viajes. Personas. Horarios. Futuro.

Jazmín bajó la mirada.

—Adrián era lo contrario.

—¿Libertad?

—Eso pensaba.

Christian no dijo nada.

—Me trataba como si mis decisiones importaran.

Una pausa.

—Aunque en realidad solo le importaban cuando le servían.

Jazmín recordó cuándo mencionó Iris 27 por primera vez.

No había sido durante una conspiración.

Había sido durante una conversación.

Una de tantas.

Francisco estaba trabajando en algo extraordinario.

Su padre hablaba de él con admiración.

La empresa estaba emocionada.

Ella escuchaba cosas.

Nombres.

Resultados.

Comentarios.

No fórmulas.

No detalles técnicos.

Pero suficiente.

—Yo quería impresionarlo.

Christian frunció apenas el ceño.

—¿A Adrián?

—Sí.

Jazmín sintió vergüenza incluso ahora.

—Quería demostrarle que sabía cosas importantes.

—Y le hablaste de Iris 27.

—Sí.

Christian bajó la mirada.

—¿Qué le dijiste?

—Que Francisco estaba terminando algo que podía cambiar la perfumería.

—¿Sabías dónde estaba?

—Sabía que trabajaba en su laboratorio.

—¿Sabías que existía una muestra?

—Después.

Christian volvió a mirarla.

—¿Cómo?

—Por cosas que escuchaba.

—¿De tu padre?

—De todos.

Jazmín negó.

—Nadie imaginaba que yo estuviera prestando atención.

Christian sintió algo amargo.

Los secretos más peligrosos nunca parecían secretos cuando los escuchaba alguien a quien nadie tomaba en serio.

—Adrián se obsesionó —continuó.

—¿Inmediatamente?

—No.

Jazmín pensó.

—Al principio hizo preguntas.

Cuánto podía valer.

Quién sabía de la fórmula.

Si Francisco tenía copias.

Si Montalvo era dueño o Francisco.

Christian endureció la expresión.

—¿Y tú respondiste?

—Lo que sabía.

—¿Por qué?

Jazmín lo miró.

—Porque quería que me admirara.

La respuesta fue tan miserablemente humana que Christian no encontró nada que decir.

Después apareció el dinero.

No dos millones.

Jazmín nunca había conocido esa cifra.

Adrián le dijo que podían ganar suficiente para irse.

Empezar una vida lejos.

No necesitar a su padre.

No necesitar a nadie.

—Yo quería creerlo.

Christian apoyó los antebrazos sobre las piernas.

—¿Y el robo?

Jazmín tragó saliva.

—Fue después.

—¿De quién fue la idea?

—De Adrián.

—¿Y aceptaste?

Ella tardó.

—Sí.

No añadió excusas.

—¿Qué aceptaste exactamente?

Jazmín lo miró.

La pregunta era clínica.

Eso dolía más.

—Ayudar a que Francisco estuviera allí.

—¿En la cena?

—Sí.

—¿Ayudar a entrar al laboratorio?

—Sí.

—¿Sedarlo?

Jazmín cerró los ojos.

—Sí.

Christian sintió la palabra como un golpe.

Aunque ya la había escuchado.

Necesitaba oírla de ella.

—¿Sabías qué sustancia iban a usar?

—No.

—¿Preguntaste?

—Sí.

—¿Qué te dijo?

—Que lo dormiría.

Christian no respondió.

—Horas —añadió Jazmín—. Me dijo que dormiría durante horas.

—¿Y eso te pareció aceptable?

Ella abrió los ojos.

—No.

Christian la observó.

Jazmín sostuvo su mirada.

—Pero acepté igual.

Eso era distinto.

—No voy a decirte que tenía dieciséis años y no sabía que estaba mal.

Su voz se quebró.

—Sí sabía.

Silencio.

—Sabía que robar era malo. Sabía que drogar a una persona era horrible. Sabía que estaba traicionando a mi padre.

Christian no se movió.

—Lo hice igual.

Jazmín se secó una lágrima.

—Quería dinero.

Otra.

—Quería irme.

—Con Adrián.

—Sí.

—¿Y Francisco?

Jazmín cerró los ojos.

—Pensé que despertaría.

Christian sintió que algo dentro suyo volvía a tensarse.

—¿De verdad?

Ella abrió los ojos.

—Sí.

—Jazmín.

—Sí.

La voz se elevó.

—Eso es lo peor.

Christian guardó silencio.

—Porque no puedo decirte que no sabía nada.

Ella respiró con dificultad.

—Sabía muchísimo.

Pausa.

—Solo no sabía lo único que terminó importando.

Christian la miró.

—Que lo iban a matar.

—Sí.

El jardín quedó en silencio.

Un pájaro cruzó entre los árboles.

Algo absurdamente normal.

Jazmín continuó.

—Cuando Adrián me dijo que Francisco había muerto, pensé que mentía.

—¿Cuándo te lo dijo?

—Después.

—¿Cuánto después?

—Horas.

Christian sintió que su cuerpo se tensaba.

—¿Qué dijo?

—Que algo había salido mal.

—¿Eso fue todo?

—Al principio.

Jazmín tomó aire.

—Yo quería ir a contarle a mi padre.

—¿Y no lo hiciste?

—Adrián me mostró la grabación.

Christian recordó el audio.

La adolescente.

El dinero.

La sedación.

El plan.

—Y te amenazó.

—No inmediatamente.

Jazmín negó.

—Primero me explicó lo que pasaría si alguien la escuchaba.

Policía.

Familia.

Prensa.

Grupo Montalvo.

—Después me hizo entender que él podía hacerla aparecer cuando quisiera.

Christian endureció la mirada.

—¿Y durante veinte años?

Jazmín asintió.

—Siempre estuvo ahí.

—¿Cada vez que querías dejarlo?

—Sí.

—¿Cada vez que querías hablar?

—Sí.

—¿Cada vez que—

—Sí.

Jazmín lo interrumpió.

—Cada vez.

Christian se levantó.

Necesitaba distancia.

Jazmín lo vio caminar hacia la ventana.

—¿Por qué nunca dijiste nada?

Ella rio sin humor.

—¿Cuándo?

Christian se volvió.

—Cualquier momento durante veinte años.

—Porque tenía miedo.

—¿Solo eso?

Jazmín negó.

—No.

Silencio.

—También vergüenza.

Christian esperó.

—Y cobardía.

Eso lo sorprendió.

—No voy a convertirlo todo en Adrián.

Jazmín se puso de pie.

—Él me manipuló. Me chantajeó. Me destruyó muchas cosas.

Pausa.

—Pero durante veinte años hubo momentos en los que podría haber hablado.

Christian la miró.

—Y no lo hice.

—¿Por qué?

—Porque mientras más tiempo pasaba, peor era.

La voz se hizo más baja.

—A los dieciséis podía decir que fui una adolescente imbécil.

A los veinte tenía que explicar por qué había callado cuatro años.

A los treinta, catorce.

Después...

Jazmín dejó la frase morir.

—Después ya no sabía quién era sin ese secreto.

Christian volvió a sentarse.

No cerca.

—¿Cómo era Francisco contigo?

La pregunta sorprendió a Jazmín.

—¿Qué?

—Francisco.

—¿Por qué quieres saber eso?

—Respóndeme.

Ella lo observó.

Algo en Christian había cambiado.

—Era bueno conmigo.

Christian bajó los ojos.

Jazmín continuó.

—Me trataba como si no fuera una niña.

El dolor de la ironía apareció inmediatamente.

—Pero no como Adrián.

Christian levantó la vista.

—¿Qué diferencia había?

Jazmín pensó.

—Francisco me explicaba cosas porque creía que podía entenderlas.

Pausa.

—Adrián me decía que las entendía para que yo hiciera lo que él quería.

Christian sintió que esa frase le atravesaba el pecho.

—¿Entrabas a su laboratorio?

—A veces.

—¿Te mostraba perfumes?

—Sí.

Una pequeña sonrisa apareció y murió.

—Me dejaba oler cosas horribles.

Christian casi recordó algo similar.

Su padre riéndose.

Una tira olfativa.

Una sustancia insoportable.

—Decía que para aprender a distinguir lo extraordinario primero había que aprender a soportar lo malo.

Christian cerró los ojos.

Esa sí era una frase de Francisco.

Jazmín lo observó.

—¿Qué pasa?

Christian no respondió.

—Christian.

Él abrió los ojos.

—Él confiaba en mí —dijo Jazmín.

La frase terminó de romper algo.

Christian miró hacia otro lado.

—Y yo lo traicioné.

Silencio.

—Aunque no quisiera matarlo.

Christian se puso de pie.

Jazmín lo miró.

—¿Qué pasa?

Él caminó unos pasos.

—Hay algo que no te he dicho.

La expresión de Jazmín cambió.

—¿Qué?

Christian se quedó de espaldas.

Por primera vez desde que había regresado a México, decir la verdad le pareció más difícil que esconderla.

—Francisco era mi padre.

Silencio.

Nada.

Christian se volvió.

Jazmín no parecía haber entendido.

—¿Qué dijiste?

—Francisco Montemayor era mi padre.

Ella lo miró.

Su rostro perdió color.

—No.

Christian no respondió.

—No.

Jazmín retrocedió un paso.

—Christian...

—Mi nombre no es Christian.

Silencio.

—¿Quién eres?

Christian sintió que veinte años se reducían a una frase.

—Alejandro Montemayor.

Jazmín dejó de respirar.

No metafóricamente.

Durante varios segundos su cuerpo pareció olvidar cómo hacerlo.

—Alejandro.

Christian no respondió.

—¿Alejandro Montemayor?

—Sí.

Ella negó.

—No.

—Jazmín.

—No.

Las conexiones empezaron a aparecer demasiado rápido.

Isabel.

La cena.

Alejandro Montalvo.

La investigación.

Iris 27.

La obsesión.

El médico.

Adrián.

Francisco.

—Tu madre.

Christian asintió.

—Isabel.

Jazmín llevó una mano a la boca.

—Dios mío.

Christian permaneció inmóvil.

—Tú eras...

La voz desapareció.

—El niño.

Christian sintió algo frío.

—Sí.

Jazmín se sentó porque las piernas dejaron de responderle.

—Tú estabas ahí.

Christian no respondió.

—La noche que murió.

—Sí.

—Viste...

Ella no pudo terminar.

—Vi suficiente.

Jazmín cerró los ojos.

Las lágrimas aparecieron inmediatamente.

—Dios mío.

Christian no se acercó.

No podía.

—¿Desde cuándo sabías quién era yo?

La pregunta cambió el tono.

—Desde antes de venir a México.

Jazmín abrió los ojos.

—Desde el principio.

—Sí.

—Cuando llegaste a Grupo Montalvo.

—Sí.

—Cuando empezaste a trabajar conmigo.

—Sí.

Cada respuesta era una herida distinta.

—Cuando empezaste a investigarme.

Christian guardó silencio.

Eso era respuesta suficiente.

Jazmín se levantó lentamente.

—¿Todo fue una investigación?

—Al principio.

Ella rio entre lágrimas.

—Al principio.

—Jazmín.

—¿Y después?

Christian no respondió.

—Te estoy preguntando algo.

—Después cambió.

—¿Cuándo?

—No lo sé.

—Qué conveniente.

Christian apretó la mandíbula.

—No estoy intentando justificarlo.

—Entonces dime.

Jazmín avanzó un paso.

—Dubái.

Christian supo que llegaría ahí.

—¿También sabías quién era yo en Dubái?

—Sí.

Jazmín cerró los ojos.

La respuesta pareció doler más que todas las anteriores.

—Dormiste conmigo sabiendo quién era.

—Sí.

—Sabiendo lo que sospechabas que había hecho.

—Sí.

—Sabiendo que Francisco era tu padre.

—Sí.

Jazmín lo golpeó.

No fuerte.

Una bofetada.

Christian no reaccionó.

Ella lo miró horrorizada inmediatamente después.

—Lo siento.

Christian negó.

—No.

Jazmín retrocedió.

—No me digas que no importa.

—No iba a hacerlo.

Ella se secó el rostro.

—Me convertiste en parte de tu investigación.

Christian respondió:

—Sí.

La sinceridad la enfureció todavía más.

—¿Eso es todo?

—No.

—¿Me observabas?

—Sí.

—¿Me analizabas?

—Sí.

—¿Buscabas contradicciones?

—Sí.

—¿Y cuando me besaste?

Christian levantó la mirada.

—No.

Jazmín quedó inmóvil.

—¿No qué?

—Eso no.

—¿Cómo se supone que voy a saberlo?

Christian no tuvo respuesta.

Ella rio con dolor.

—Exactamente.

—¿Te acostaste conmigo para averiguar quién mató a tu padre?

Christian reaccionó inmediatamente.

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Y por qué debería creerte?

Christian sostuvo su mirada.

—No deberías.

Eso la detuvo.

—No todavía.

Jazmín respiró.

Christian continuó:

—Si yo estuviera en tu lugar tampoco me creería.

Ella lo miró.

—Pero no fue por eso.

—Entonces ¿por qué?

Christian tardó.

—Porque me enamoré de ti.

La frase cayó mal.

No porque fuera falsa.

Porque era verdadera en el peor momento posible.

Jazmín cerró los ojos.

—No.

—Jazmín.

—No me digas eso ahora.

—Es la verdad.

—Precisamente.

Christian sintió que también algo dentro suyo cedía.

—¿Y qué quieres que haga?

Jazmín lo miró.

—Nada.

—Acabo de escuchar tu voz planeando robarle a mi padre.

Ella quedó quieta.

—Escuché cómo aceptaste sedarlo.

—Lo sé.

—Cómo ayudaste a crear la oportunidad para que Adrián pudiera llegar hasta él.

—Lo sé.

Christian dio un paso.

—Durante veinte años intenté encontrar a las personas responsables de su muerte.

Su voz finalmente se quebró un poco.

—Y cuando por fin encontré a alguien que estuvo ahí...

Jazmín cerró los ojos.

—Era yo.

—Sí.

Silencio.

Ninguno pudo esconderse detrás del otro.

Jazmín respiró.

—¿Crees que lo maté?

Christian la miró.

Esa pregunta había acompañado toda la investigación.

Proyecto Nº27.

Versiones.

Hipótesis.

Sospechas.

Durante meses había intentado responderla.

Ahora la mujer estaba delante.

Sin documentos.

Sin grabaciones.

Sin estrategia.

—No.

Jazmín abrió los ojos.

Christian continuó:

—No creo que quisieras matarlo.

Las lágrimas regresaron.

—Pero sí creo que ayudaste a crear la oportunidad para que ocurriera.

Jazmín asintió.

—Sí.

No discutió.

No se defendió.

—Sí.

Permanecieron en silencio.

Después Jazmín preguntó:

—¿Por qué no me lo dijiste?

Christian respiró.

—Necesitaba saber la verdad.

—Podrías habérmela pedido.

Christian la miró.

—¿Me la habrías contado?

Jazmín abrió la boca.

No respondió.

Christian esperó.

Ella bajó la mirada.

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

Silencio.

—Probablemente no.

Christian asintió.

—Ese es el problema.

Jazmín levantó los ojos.

—No.

—¿No?

—Ese es uno de los problemas.

Christian no discutió.

Tenía razón.

Christian tomó su chaqueta.

Jazmín lo observó.

—¿Te vas?

—Sí.

—Christian.

Él se detuvo.

—Alejandro.

La palabra lo alcanzó antes que cualquier otra.

Christian cerró los ojos.

Era la primera vez que Jazmín lo llamaba así.

Se volvió.

Ella lloraba en silencio.

—Perdón.

Christian no respondió.

—No por estos meses.

Su voz tembló.

—Por tu padre.

Christian sintió que el aire se volvía pesado.

—Era una adolescente estúpida.

Se secó los ojos.

—Creí que Adrián me amaba. Creí que podía controlar algo que no entendía. Creí que Francisco iba a despertar.

Christian permaneció inmóvil.

—No puedo cambiar lo que hice.

Pausa.

—Pero si pudiera volver atrás...

La voz desapareció.

Christian la miró.

Parte de él quería acercarse.

Otra parte quería salir de aquella casa y no verla durante semanas.

Ganó la segunda.

—No puedo responderte hoy.

Jazmín asintió.

—Lo entiendo.

Christian abrió la puerta.

Antes de salir dijo:

—Te creo cuando dices que no sabías que iba a morir.

Jazmín levantó la mirada.

Christian salió.

Anaïs llamó una hora después.

Christian estaba en el automóvil.

—Rechazó.

—¿Quién?

—La propietaria.

Christian recordó la casa.

—¿Cuánto ofrecimos?

Anaïs dijo la cifra.

Christian miró por la ventana.

—Duplícala.

Silencio.

—Christian.

—Duplícala.

—Eso pone la casa muy por encima del mercado.

—No estoy comprando mercado.

Anaïs entendió.

—¿Quieres que negocie algo?

—Quiero que firme.

—Eso no es negociación.

—Entonces haz otra cosa.

Anaïs suspiró.

—Voy a terminar siendo la única persona funcional de este imperio imaginario.

Christian casi sonrió.

—Ya lo eres.

Colgó.

Jazmín permaneció sola durante mucho tiempo.

Después caminó hasta el despacho secundario de su padre.

No el lugar donde había muerto.

Otro.

Más pequeño.

Más personal.

Había fotografías.

Viajes.

Familia.

Eventos empresariales.

Una vida reducida a marcos.

Jazmín tomó una imagen antigua.

Ella tenía quizá quince años.

Alejandro Montalvo estaba a su lado.

Francisco aparecía al fondo.

Sonriendo.

Jazmín cerró los ojos.

Nunca había pensado demasiado en aquella fotografía.

Ahora solo podía mirar a Francisco.

Y pensar:

su hijo estuvo frente a mí.

Trabajó conmigo.

Me investigó.

Me besó.

Durmió conmigo.

Se enamoró de mí.

Y yo ayudé al hombre que mató a su padre.

Dejó la fotografía.

Tomó el teléfono.

Buscó el contacto.

Christian.

Se quedó mirando el nombre.

Después lo editó.

Los dedos temblaron.

Borró una palabra.

Escribió otra.

Alejandro.

Guardó.

La pantalla quedó frente a ella.

Por primera vez comprendió que Christian Niche nunca había llegado a México buscando solamente un perfume.

Había regresado buscando a quienes habían destruido a su padre.

Y ella había sido una de las personas que le abrió la puerta al asesino.

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CAPÍTULO 26

Lo que Francisco dejó

Anaïs llamó a las ocho y doce de la mañana.

Christian estaba terminando el primer café.

—Aceptó.

Él dejó la taza.

—¿La casa?

—La casa.

Silencio.

No celebró.

Anaïs tampoco.

—Firmó anoche —continuó—. El traspaso puede quedar listo en unos días.

—Quiero acceso antes.

—Ya lo tienes.

Christian frunció el ceño.

—¿Cómo?

—La señora aceptó entregar las llaves hoy. Considerando lo que acabas de pagar, supongo que decidió que podía sobrevivir unas horas sin ellas.

Christian miró hacia la ventana.

—¿Cuánto terminó costando?

Anaïs dijo la cifra.

Christian no reaccionó.

—Eso fue obsceno —añadió ella.

—Funcionó.

—También habría funcionado comprarle otra casa y regalarle un yate.

—¿Está resuelto?

—Sí.

—Entonces está bien.

Anaïs guardó silencio.

—Christian.

—¿Qué?

—Ya no estás comprando una propiedad.

Él lo sabía.

—No.

—¿Vas hoy?

—Sí.

—¿Con Isabel?

Christian tardó un segundo.

—Sí.

—Bien.

—Anaïs.

—¿Qué?

—Gracias.

Silencio.

—No te acostumbres.

Colgó.

Isabel no quiso hablar durante el trayecto.

Christian tampoco.

La ciudad avanzaba alrededor de ellos con una normalidad que le resultaba ofensiva.

Autos.

Semáforos.

Gente caminando.

Edificios.

Veinte años podían caber en un trayecto de cuarenta minutos y, aun así, todo seguía funcionando.

Cuando el automóvil dobló hacia la calle, Isabel levantó la vista.

Christian lo notó.

No dijo nada.

La casa apareció unos metros después.

Había cambiado.

La fachada tenía otro color.

Los árboles eran más grandes.

La reja era distinta.

Una parte del jardín había desaparecido.

Pero seguía siendo la misma.

Isabel llevó una mano a la boca.

Christian sintió que el pecho se le cerraba.

El automóvil se detuvo.

Ninguno bajó.

—No sé si puedo —dijo Isabel.

Christian miró la casa.

—Yo tampoco.

Ella giró hacia él.

—Entonces ¿por qué la compraste?

Christian respiró.

—Porque necesito volver.

Isabel cerró los ojos.

—No es lo mismo.

—Lo sé.

—Esa casa no existe como tú la recuerdas.

—Tampoco nosotros.

Isabel lo miró.

Christian abrió la puerta.

—Pero está ahí.

La llave giró.

El sonido fue insignificante.

Para Christian no.

Entró primero.

El recibidor había sido remodelado.

Piso distinto.

Muros claros.

Un cuadro donde antes había un espejo.

La distribución general permanecía.

Eso era suficiente.

Isabel entró detrás.

Se quedó inmóvil.

—Aquí estaba la mesa.

Christian miró.

No recordaba la mesa.

Ella sí.

—Tu padre dejaba las llaves ahí.

Una sonrisa breve.

—Y después pasaba diez minutos buscándolas.

Christian casi sonrió.

—Eso sí lo recuerdo.

Isabel caminó unos pasos.

Tocó una pared.

—Cambió el color.

—Supongo.

—Era más oscura.

Christian la observó.

No había imaginado cuánto recordaba ella.

Quizá porque él había pasado veinte años intentando preservar imágenes.

Isabel había pasado veinte intentando sobrevivirlas.

Subieron.

La antigua habitación de Christian era ahora un dormitorio de invitados.

Entró.

Más pequeña.

Todo parecía más pequeño.

La ventana seguía en el mismo lugar.

Se acercó.

Recordó lluvia.

Francisco golpeando suavemente la puerta.

Isabel gritando desde abajo.

Un balón.

Un cumpleaños.

Nada importante.

Todo importante.

—Dormías con la puerta abierta —dijo Isabel.

Christian se volvió.

—No.

—Sí.

—No.

—Hasta los ocho.

—Eso es mentira.

—Pregúntale a tu padre.

Los dos quedaron en silencio.

La sonrisa desapareció.

Isabel bajó la mirada.

—Perdón.

Christian negó.

—No.

Miró la habitación otra vez.

—Está bien.

El laboratorio estaba al final del pasillo interior que llevaba hacia una zona lateral de la casa.

Ya no era laboratorio.

La antigua propietaria lo había convertido en estudio.

Estantes.

Un escritorio moderno.

Un sillón.

Nada de frascos.

Nada de balanzas.

Nada de tiras olfativas.

Nada de Francisco.

Christian se quedó en la puerta.

Isabel lo observó.

—¿Es aquí?

—Sí.

Entró.

El espacio parecía incorrecto.

Algo dentro de él rechazaba los muebles.

La luz, sin embargo, era la misma.

Entraba desde la ventana lateral y caía contra una pared.

Christian avanzó.

—Aquí estaba la mesa central.

Isabel miró.

—No entraba mucho.

—Lo sé.

—Tu padre decía que yo movía cosas.

—Las movías.

—Mentira.

Christian sonrió apenas.

—Una vez cambiaste todos los frascos porque querías limpiar.

Isabel lo miró horrorizada.

—No fue así.

—Francisco casi muere.

Ella se quedó quieta.

Ambos lo notaron.

Christian apartó la mirada.

—Antes.

Isabel asintió.

—Antes.

Christian caminó alrededor.

No sabía qué buscaba.

Había comprado la casa porque estaba convencido de que la respuesta podía estar allí.

Pero ahora que estaba dentro, la convicción parecía ridícula.

Veinte años.

Propietarios.

Remodelaciones.

Limpieza.

Mudanzas.

Francisco no había dejado un mensaje esperando pacientemente.

Christian pasó la mano por una pared.

Nada.

Abrió un antiguo armario empotrado.

Vacío.

Cerró.

—Quizá no quede nada —dijo Isabel.

Christian no respondió.

Se acercó al lugar donde recordaba el escritorio de Francisco.

Ahora había una biblioteca.

Movió la vista.

Pared.

Ventana.

Esquina.

Una sensación.

Christian frunció el ceño.

—¿Qué pasa?

No contestó.

Algo.

No una imagen.

Un movimiento.

Francisco de espaldas.

Una carpeta.

Su mano entrando detrás de algo.

Christian cerró los ojos.

Tenía seis o siete años.

No estaba seguro.

Había entrado al laboratorio sin permiso.

Francisco estaba frente a la pared.

No lo había escuchado.

Movió una pieza.

Guardó algo.

Christian se acercó.

Francisco se volvió.

—¿Qué haces aquí?

—Nada.

—Eso es exactamente lo que dicen las personas cuando hacen algo.

Alejandro niño sonrió.

Después intentó mirar detrás de él.

Francisco le puso una mano sobre la cabeza.

—Eso no se toca.

—¿Qué es?

—Trabajo.

—¿Perfume?

—Todo es perfume para ti.

—¿Entonces sí?

Francisco sonrió.

—Fuera.

El recuerdo terminó.

Christian abrió los ojos.

—Ahí.

Isabel miró.

—¿Dónde?

Christian se acercó a la pared.

La biblioteca moderna cubría parte del revestimiento.

—Ayúdame.

—¿Con qué?

—Mover esto.

Isabel observó el mueble.

—Christian...

—Alejandro.

Ella quedó en silencio.

Christian la miró.

Isabel corrigió:

—Alejandro, eso pesa una barbaridad.

Él no respondió.

Entre ambos desplazaron lo suficiente.

Apareció un panel antiguo.

No exactamente como lo recordaba.

Pero estaba.

Christian pasó los dedos.

Buscó.

Presionó.

Nada.

Otra vez.

Más abajo.

Un pequeño movimiento.

Isabel dejó de respirar.

Christian empujó.

El panel cedió.

Detrás había un espacio estrecho.

Oscuro.

Vacío en apariencia.

Christian introdujo la mano.

Tocó cartón.

Se detuvo.

Después extrajo una carpeta.

Isabel se cubrió la boca.

Christian no habló.

La carpeta era simple.

Oscura.

Desgastada en los bordes.

Había una etiqueta.

Escrita a mano.

IRIS 27

Christian sintió que el mundo se volvía silencioso.

Veinte años.

Ahí estaba.

No en París.

No en Grasse.

No en un archivo corporativo.

No en manos de Montalvo.

Detrás de una pared.

Donde su padre la había dejado.

Christian pasó un dedo sobre la escritura.

—Es su letra.

Isabel no respondió.

Lloraba.

Se sentaron en el suelo.

Christian abrió la carpeta.

La primera página contenía una fórmula.

No la leyó inmediatamente.

Miró la letra.

Trazos.

Correcciones.

Números.

Pequeñas notas al margen.

Francisco.

No una fotografía.

No un recuerdo.

Algo escrito por su mano.

Christian tocó el papel.

Isabel lo observó.

—¿Está?

Él asintió.

—Sí.

—¿Completo?

Christian empezó a leer.

Sus ojos se movieron rápido.

Después más lento.

Cambió página.

Otra.

Otra.

Algo en su expresión se transformó.

—¿Qué pasa?

Christian no respondió.

Volvió atrás.

Leyó otra vez.

—No puede ser.

—¿Qué?

—Estábamos buscando algo que no existía.

Isabel frunció el ceño.

—No entiendo.

Christian tomó una hoja.

—Irone-Ω.

—¿Eso es...?

—El elemento que faltaba.

La voz de Christian cambió.

Ahora era perfumista.

—No era una materia prima comercial.

Pasó otra página.

—Francisco estaba trabajando con una variación experimental.

Isabel lo miró.

—¿La creó él?

—La desarrolló.

Christian leyó.

—Una estructura derivada. Estabilidad distinta. Persistencia extraordinaria.

Otra página.

—Por eso nunca funcionaba.

Se levantó.

Caminó.

—Yo intentaba recrear Iris 27 utilizando materiales existentes.

Miró la fórmula.

—Pero esto no existía.

Isabel sonrió entre lágrimas.

—Tu padre era insoportable.

Christian casi rio.

—Sí.

La carpeta tenía una sección marcada:

IRIS AETERNUM Ω

Christian la abrió.

Notas.

Ensayos.

Comparaciones.

Evolución temporal.

Descripciones olfativas.

Francisco había documentado cómo el componente modificaba el comportamiento del acorde de iris durante horas.

No era simplemente intensidad.

Era transformación.

Christian leyó una línea varias veces.

La memoria olfativa no debe repetirse. Debe evolucionar.

Cerró los ojos.

Eso era Francisco.

Había pasado veinte años intentando recrear un perfume congelado.

Su padre estaba intentando precisamente lo contrario.

—¿Puedes hacerlo? —preguntó Isabel.

Christian abrió los ojos.

—Sí.

La palabra salió demasiado fácil.

—¿Estás seguro?

—Ahora sí.

Miró la carpeta.

—Tengo todo.

Isabel sonrió.

—Entonces lo lograste.

Christian no respondió.

Ella lo observó.

—Alejandro.

—No.

—¿No qué?

Christian miró las páginas.

—Yo no lo logré.

—Lo encontraste.

—Él lo hizo.

Isabel guardó silencio.

Christian volvió a sentarse.

—Yo llevaba veinte años intentando terminar su trabajo.

Pausa.

—Pero estaba terminado.

Miró el compartimiento abierto.

—Siempre estuvo terminado.

La conclusión le produjo algo inesperado.

Alivio.

Y vacío.

Si Francisco había terminado Iris 27, entonces Christian no tenía que hacerlo por él.

No existía una deuda creativa.

No había una obra inconclusa esperando a su hijo.

Había una obra terminada cuyo autor había muerto antes de mostrarla.

Christian había construido media vida alrededor de una obligación que nunca existió.

Encontraron después las notas personales.

No estaban separadas de forma dramática.

Aparecían entre pruebas técnicas.

Fechas.

Iniciales.

Observaciones.

Christian leyó una.

Garza volvió a preguntar por el proyecto. Demasiado interés para no tener información previa.

Cambió página.

Otra nota:

Alguna filtración viene desde Montalvo. No sé de dónde.

Christian endureció la expresión.

Isabel lo notó.

—¿Qué encontraste?

Él le mostró.

—Garza.

—¿Grupo Garza?

—Sí.

Siguió leyendo.

No compartir composición fuera de laboratorio.

Después:

A.M. preocupado por competencia. Revisar acceso.

Christian frunció el ceño.

—A.M.

Isabel entendió.

—Alejandro Montalvo.

Christian asintió.

No había acusación.

No había nombre de Adrián.

Solo sospecha.

Francisco sabía que alguien estaba detrás de Iris 27.

Nunca supo quién le estaba abriendo la puerta.

Anaïs llamó.

Christian miró el teléfono.

No respondió.

Isabel arqueó una ceja.

—Eso debe ser importante.

—Siempre piensa que todo es importante.

—Porque probablemente lo es.

Christian respondió.

—¿Qué?

—Qué agradable.

—Encontré algo.

Anaïs cambió inmediatamente.

—¿Qué?

Christian miró la carpeta.

—Todo.

Silencio.

—Voy.

—No.

—Christian.

—Trae a Jazmín.

Anaïs tardó.

—¿Estás seguro?

Christian miró hacia la ventana.

—Sí.

Jazmín llegó una hora después.

Entró despacio.

No había estado nunca allí.

Anaïs caminaba a su lado.

Christian las esperaba en el antiguo laboratorio.

La relación entre él y Jazmín seguía dañada.

Se notó en la distancia.

No abrazo.

No sonrisa.

—Hola —dijo ella.

—Hola.

Anaïs observó a ambos.

Después decidió que tenía suficiente sufrimiento propio para no administrar también ese.

—¿Qué encontramos?

Christian señaló la carpeta.

Jazmín se acercó.

Leyó.

IRIS 27

Su expresión cambió.

—No.

Christian asintió.

—Sí.

—¿Dónde?

Él señaló la pared.

Jazmín miró el compartimiento.

—Todo este tiempo.

—Todo este tiempo.

Christian le mostró la fórmula.

Después Irone-Ω.

Explicó.

No como profesor.

Como alguien que necesitaba decirlo en voz alta para creerlo.

Jazmín entendió rápidamente.

—Entonces por eso nunca pudimos recrearlo.

—Sí.

—No era un error de proporciones.

—No.

—Nos faltaba una materia prima que nadie conocía.

—Exacto.

Jazmín observó las notas.

—¿Puedes producirla?

Christian tardó apenas un segundo.

—Sí.

Ella levantó los ojos.

—Entonces puedes recrear Iris 27.

—Sí.

Silencio.

Jazmín miró la carpeta.

Después a él.

—¿Lo vas a hacer?

Christian sostuvo su mirada.

Todo lo ocurrido entre ambos estaba allí.

Francisco.

Adrián.

Dubái.

La grabación.

Su verdadero nombre.

—No ahora.

Jazmín asintió.

No preguntó por qué.

Entendía.

Anaïs encontró las notas sobre Garza.

—Esto es nuevo.

Christian se acercó.

—Francisco sabía que estaban interesados.

—No sabía cómo.

—No.

Anaïs leyó otra vez.

—“Alguna filtración viene desde Montalvo.”

Jazmín palideció.

No necesitaba que nadie dijera el nombre.

Adrián.

Christian cerró la carpeta.

—Esto no demuestra que fuera él.

Anaïs lo miró.

—No.

—No vamos a convertir sospechas en pruebas porque encajen.

—Qué hombre tan divertido te has vuelto.

Christian ignoró el comentario.

Jazmín permaneció mirando las notas.

—Mi padre sabía algo.

Christian la miró.

—Alejandro también sospechaba que había una filtración.

—Y veinte años después terminó muerto.

Nadie respondió.

A kilómetros de allí, Adrián miraba fotografías.

Había dormido poco.

La investigación policial estaba empezando a incomodarlo.

No porque creyera que fueran capaces de demostrar algo.

Porque estaban mirando demasiado.

Christian.

Anaïs.

Jazmín.

Todos demasiado cerca.

Había ordenado seguir a Christian días atrás.

Nada sofisticado.

Movimientos.

Visitas.

Rutinas.

Personas.

Una fotografía llamó su atención.

Una mujer entrando a una casa.

La miró.

Después otra.

Mismo rostro.

Cabello distinto.

Mayor.

Pero algo.

Adrián frunció el ceño.

—Amplía esa.

El hombre frente a él acercó la imagen.

Adrián la observó.

Una sensación desagradable.

Había visto esa cara.

¿Dónde?

Funeral.

Alejandro Montalvo.

La mujer hablando con Christian.

Adrián se quedó quieto.

—¿Quién es?

—Estamos revisando.

—Revísalo más rápido.

La respuesta llegó esa tarde.

Un nombre.

Isabel Montemayor.

Adrián sintió frío.

Leyó otra vez.

Isabel.

Montemayor.

No podía ser.

Tomó la fotografía.

Veinte años desaparecieron.

Francisco.

La morgue.

Una mujer destruida.

Un niño.

Adrián dejó la fotografía sobre la mesa.

—¿Está seguro?

—Sí.

—¿Qué relación tiene con Christian?

—No está claro.

Adrián levantó lentamente la mirada.

—Averígualo.

—Estamos—

—Ahora.

El hombre asintió.

Adrián volvió a mirar la fotografía.

Isabel Montemayor entrando en la casa de Christian.

No.

Había algo mal.

Muy mal.

En la antigua casa, Christian llevó la carpeta al escritorio.

Isabel había preparado café.

Jazmín permanecía cerca de la ventana.

Anaïs revisaba fotografías de páginas con el teléfono.

—Esto debe quedar seguro —dijo Anaïs.

—Lo estará.

—No aquí.

Christian la miró.

—Aquí estuvo veinte años.

—Precisamente. Ya agotó su cuota de suerte.

Jazmín casi sonrió.

Christian cerró la carpeta.

—Haré copias.

Anaïs asintió.

—Y el original.

—Lo guardo yo.

—Eso no me tranquiliza.

—No tiene que hacerlo.

Isabel apareció con una bandeja.

—Todavía discutiendo.

Anaïs tomó una taza.

—Es nuestra forma de afecto.

Isabel miró a Jazmín.

Fue la primera vez que estuvieron frente a frente desde que Jazmín conocía toda la verdad.

Jazmín bajó los ojos.

—Señora Montemayor.

Isabel la observó.

Christian se tensó.

Jazmín continuó:

—Quiero pedirle perdón.

Silencio.

—No ahora —dijo Isabel.

Jazmín levantó la mirada.

No había crueldad en la voz.

—No porque no quiera escucharlo.

Isabel dejó la bandeja.

—Porque todavía estamos intentando entender qué pasó.

Jazmín asintió.

—Tiene razón.

Isabel la miró unos segundos más.

—Pero Alejandro me contó que no sabías que Francisco iba a morir.

Jazmín miró a Christian.

Él no apartó los ojos.

—No lo sabía.

Isabel sostuvo su mirada.

—Entonces habrá tiempo.

Nada más.

Jazmín respiró.

—Gracias.

La tarde se fue apagando.

Christian permaneció solo en el antiguo laboratorio.

Todos habían salido de la habitación.

La carpeta estaba frente a él.

Pasó una última página.

La fórmula.

Iris Aeternum Ω.

Irone-Ω.

Todo.

Podía hacerlo.

Mañana mismo podía reunir un equipo.

Reconstruir materiales.

Empezar ensayos.

Semanas.

Meses.

Lo que fuera.

Podía terminar aquello que llevaba veinte años persiguiendo.

Christian cerró la carpeta.

—No ahora.

La habitación no respondió.

Por primera vez, eso no le molestó.

Adrián recibió el informe entrada la noche.

Christian Niche.

Origen europeo públicamente documentado.

Trayectoria.

Le Sillage.

Nada que no conociera.

Golpeó la mesa.

—Eso ya lo sé.

El investigador permaneció de pie.

—Usted pidió relación con Isabel Montemayor.

—Sí.

El hombre abrió otra carpeta.

—Hay inconsistencias en los primeros años.

Adrián levantó la mirada.

—¿Qué inconsistencias?

—Christian Niche aparece públicamente después de cierta edad. Antes hay muy poca información verificable.

—¿Y?

—Encontramos otro nombre relacionado.

Silencio.

El investigador dejó una hoja frente a él.

Alejandro Montemayor.

Adrián no la tocó.

Durante varios segundos solo miró.

—Edad.

El hombre respondió.

Coincidía.

—Madre.

—Isabel Montemayor.

Adrián sintió que algo se cerraba alrededor suyo.

—Padre.

El investigador buscó una línea.

—Francisco Montemayor.

Silencio.

Adrián se levantó.

Caminó hacia la ventana.

No podía ser.

Pero era.

Todo.

Christian llegando a México.

Christian acercándose a Grupo Montalvo.

Christian preguntando por Francisco.

Christian encontrando al médico.

Christian mirando a Adrián.

Anaïs.

Jazmín.

Iris 27.

Todo.

Adrián empezó a respirar más rápido.

—¿Cuándo cambió el nombre?

—No tenemos el momento exacto.

—Encuéntrelo.

—Sí.

Adrián se volvió.

—Quiero todo.

—Ya estamos—

—No quiero saber quién es Christian Niche.

El investigador quedó quieto.

Adrián señaló la hoja.

—Quiero saber quién era antes.

El hombre se fue.

Adrián permaneció solo.

Buscó una caja antigua entre documentos que había hecho traer días atrás.

Fotografías.

Recortes.

Papeles que nadie más habría conservado.

Encontró una imagen.

Año 2000.

Hospital.

Prensa.

Francisco Montemayor.

Isabel.

Y un niño.

Adrián acercó la fotografía.

No había pensado en él durante años.

Un niño pequeño.

Pálido.

Mirando demasiado.

Lo recordó.

No con claridad.

Pero lo recordó.

La noche de Francisco.

El pasillo.

La morgue.

El caos.

Ese niño había estado allí.

El investigador regresó después de medianoche.

Traía nuevas confirmaciones.

No definitivas para un tribunal.

Suficientes para Adrián.

—Hay conexiones con Francia.

—¿Qué conexiones?

—Formación. Tutores. Patrimonio administrado desde estructuras privadas. Cambios de residencia.

Adrián apenas escuchaba.

Miraba dos fotografías.

Alejandro niño.

Christian adulto.

Era absurdo.

Y evidente.

—¿Conoce a Alejandro Montemayor? —preguntó el investigador.

Adrián no respondió inmediatamente.

Miró el rostro del niño.

Después el de Christian.

Y por primera vez entendió por qué, desde que aquel hombre había llegado a México, todo en su vida había comenzado a derrumbarse.

—Sí.

Su voz salió baja.

—Lo vi una vez.

Pausa.

—La noche que murió su padre.

Aa
CAPÍTULO 27

El nombre del traidor

Christian volvió a abrir la carpeta de Francisco a las siete y diez de la mañana.

No porque hubiera dormido mal.

Porque había dejado de confiar en la idea de que dormir servía para algo.

Anaïs ya estaba en la casa.

Jazmín llegó quince minutos después.

Nadie comentó que los tres empezaban a parecer personas que llevaban semanas viviendo alrededor de los mismos documentos.

La mesa del antiguo laboratorio estaba cubierta.

La carpeta de Francisco.

Fotografías.

Copias del cheque de Grupo Garza.

Registros escolares.

Notas de investigación.

Cronologías.

Un mapa de relaciones que Anaïs había hecho imprimir durante la madrugada.

Demasiadas piezas.

Por primera vez, casi todas apuntaban hacia el mismo lugar.

Christian sostuvo el cheque.

Dos millones de dólares.

Año 2000.

Beneficiario:

Adrián.

Nunca cobrado.

Lo dejó sobre la mesa.

—No le estaban pagando información.

Anaïs levantó la vista.

—No.

Jazmín observó el documento.

—Le estaban pagando el perfume.

Christian negó.

—Más que eso.

Tomó la copia.

—Le estaban pagando posesión.

Anaïs deslizó una carpeta hacia ellos.

—Llegó anoche.

Christian la abrió.

Registro escolar.

Fotografías.

Listas.

Actividades.

Apellidos.

Uno aparecía varias veces junto al de Adrián.

Garza.

Jazmín se inclinó.

—¿Ese es el hijo?

—Sí —dijo Anaïs.

—¿Estudiaban juntos?

—Mismo curso.

Christian pasó otra página.

Dos jóvenes.

Uniforme.

Una fotografía de fin de año.

Adrián aparecía varias personas más allá.

—¿Tienes algo que demuestre contacto posterior?

—No directo.

Anaïs señaló otra hoja.

—Pero encontramos suficientes coincidencias sociales como para afirmar que se conocían bien.

Jazmín miró las imágenes.

—Entonces no llegó a Garza por negocios.

Christian levantó los ojos.

—Llegó por el hijo.

Anaïs asintió.

—Y utilizó eso para llegar al padre.

Jazmín se quedó mirando la fotografía.

—Lo habría hecho así.

Christian la observó.

—¿Por qué?

—Porque Adrián nunca tuvo paciencia para construir nada desde abajo.

Pausa.

—Siempre buscaba a la persona que podía abrir la puerta.

Anaïs apoyó una mano sobre la mesa.

—Eso encaja con lo que contó cuando todavía creía que yo no sabía quién era.

Christian la miró.

—¿Qué dijo exactamente?

Anaïs recordó.

—Que conocía a los Garza desde joven.

—Eso ya lo sabemos.

—Y que habían hecho negocios, pero que un tercero impidió que llegaran a puerto.

Jazmín levantó lentamente la vista.

—Francisco.

Anaïs asintió.

—Probablemente.

Christian no dijo nada.

El cheque volvió al centro de la mesa.

—Dos millones —dijo Jazmín.

—En 2000 —añadió Anaïs.

—¿Por una fórmula?

Christian negó otra vez.

—Por algo que no podían replicar.

Se volvió hacia la carpeta de Francisco.

—Garza podía comprar información.

Podía robar clientes.

Podía levantar choferes.

Podía presionar proveedores.

Pausa.

—Pero no podía comprar esto si Francisco seguía trabajando.

Jazmín apretó los labios.

Christian abrió una de las notas.

Garza volvió a preguntar por el proyecto. Demasiado interés para no tener información previa.

Otra.

Alguna filtración viene desde Montalvo. No sé de dónde.

Jazmín cerró los ojos.

—Era yo.

Christian la miró.

—No.

Ella abrió los ojos.

—La información salió por mí.

—Sí.

—Entonces era yo.

Christian negó.

—Tú abriste una puerta.

Pausa.

—Adrián decidió a quién llevarla.

Jazmín no respondió.

Anaïs tomó otra hoja.

—Hay algo más.

Christian la miró.

—Los investigadores reconstruyeron la secuencia más probable.

—¿Qué tan probable?

—Lo suficiente para entenderla.

No para presentarla como prueba.

Christian hizo un gesto para que siguiera.

—Adrián insiste con el hijo Garza.

Consigue una reunión con el padre.

Presenta Iris 27 como una oportunidad.

No una idea.

No un rumor.

Un producto real.

Christian sostuvo su mirada.

—¿Y Garza?

—Muestra interés.

Mucho.

—Dos millones.

—Sí.

Anaïs señaló el cheque.

—Pero condicionado a entrega.

—Fórmula o muestra.

—Probablemente ambas.

Jazmín miró el documento.

—Y Adrián nunca las tuvo.

—Por eso no cobró.

Christian se apoyó en la mesa.

—Falta una parte.

Anaïs asintió.

—La que todos sabemos.

Jazmín levantó la vista.

—Francisco.

Silencio.

Anaïs respiró.

—El patriarca Garza no necesitaba explicarle demasiado a Adrián.

Christian la observó.

—¿Qué tenemos?

—Nada escrito.

Nada que pueda llamarse orden.

Pero sí una reconstrucción consistente con lo que ya sabemos.

Jazmín frunció el ceño.

—¿Qué le dijo?

Anaïs miró a Christian.

—Algo equivalente a que una fórmula no servía de mucho si el hombre que la había creado podía reproducirla al día siguiente.

Silencio.

Jazmín perdió color.

Christian no se movió.

—¿Equivalente?

—Eso es lo que Adrián dejó entrever conmigo cuando habló de negocios antiguos.

No lo dijo de forma directa.

Pero la lógica es obvia.

Christian bajó la mirada.

—Y Adrián la entendió.

—Perfectamente.

Jazmín se alejó de la mesa.

Caminó hasta la ventana.

Durante unos segundos nadie habló.

Después:

—Cambió después.

Christian se volvió.

—¿Qué?

Jazmín no apartó los ojos del jardín.

—Adrián.

—¿Cuándo?

—Después de una semana en la que estuvo insoportable con las preguntas.

Christian esperó.

—Antes hablaba de irnos.

De escapar.

De que podíamos vivir juntos.

Pausa.

—Después empezó a hablar de cifras.

Anaïs frunció el ceño.

—¿Qué cifras?

—No números exactos.

Solo...

Jazmín buscó la palabra.

—Dinero real.

Como si de pronto ya no fuera una fantasía.

Christian se acercó un poco.

—¿Cuándo fue eso respecto de la cena?

—Pocos días antes.

Silencio.

Anaïs miró el cheque.

—Entonces ya había hablado con Garza.

Christian asintió.

—Y ya sabía cuánto podía ganar.

Jazmín regresó a la mesa.

Tomó una de las notas de Francisco.

Leyó.

Alguna filtración viene desde Montalvo. No sé de dónde.

Su voz salió baja.

—Él sabía.

Christian no respondió.

—No quién.

—No.

—Pero sabía.

—Sí.

Jazmín dejó la hoja.

—Debió sentirse rodeado.

Christian miró la letra de su padre.

—Probablemente.

Jazmín lo observó.

—Y nunca supo que era yo.

Christian sostuvo su mirada.

—No.

Ella asintió.

No parecía alivio.

Parecía algo peor.

A doce kilómetros de allí, un investigador de la fiscalía colocó varias fotografías sobre una mesa.

La residencia Montalvo.

La casa de Verónica.

El despacho.

El abrecartas.

Un automóvil.

El chofer.

Una maleta.

—La declaración no aguanta —dijo.

El otro hombre revisó las notas.

—Dice que habló con Montalvo y después subió.

—Nadie lo vio subir.

—Eso no demuestra nada.

—La maleta tampoco subió.

Silencio.

El primero señaló una fotografía.

—Y esto estaba en la caja fuerte.

El abrecartas.

—Todavía falta laboratorio.

—Ya llegó preliminar.

El otro levantó la vista.

—¿Y?

—Compatible.

—Eso tampoco basta.

—No.

El investigador se sentó.

—Pero ya no estamos buscando quién pudo haber entrado.

Pausa.

—Estamos intentando demostrar que nunca hubo intruso.

La fiscal revisó el expediente.

Declaraciones.

Fotografías.

Cronología.

Ausencia de cámaras.

Objetos desplazados.

Chofer.

Empleada.

Maleta.

Verónica.

Caja fuerte.

Abrecartas.

Nada por separado resolvía el caso.

Junto, empezaba a formar algo difícil de ignorar.

—Quiero el informe final del arma.

—Está en proceso.

—¿Cámaras?

—Nada.

—¿Servidor?

—Desaparecido.

—¿Y acceso?

—Interno o de alguien que conocía la residencia.

La fiscal cerró una carpeta.

—Sigan.

—¿Orden?

—Todavía no.

Pausa.

—Pero preparen la solicitud.

Anaïs recibió la llamada de Zúrich poco antes del mediodía.

Salió del antiguo laboratorio.

Contestó en el pasillo.

—Dime.

La voz al otro lado habló durante varios minutos.

Grupo Garza.

Deuda.

Deterioro.

Proyecciones.

Pasivos.

Herederos.

Consejo.

Nada de homicidios.

Solo números.

A veces las empresas morían de formas mucho menos interesantes.

—¿El patriarca sigue controlando? —preguntó.

—Sí.

—¿Los hijos?

—Operación diaria.

Anaïs cerró los ojos.

—Eso explica bastante.

—La valoración bajó.

—¿Cuánto?

Escuchó.

—Continúen.

—La contraparte quiere saber quién está detrás del vehículo.

—No.

—Van a insistir.

—Entonces que insistan.

—Necesitamos confirmación de Christian.

Anaïs miró hacia el laboratorio.

—La tienen.

Colgó.

Cuando regresó, Christian estaba leyendo otra vez las notas de Francisco.

—Zúrich.

Él levantó la vista.

—¿Qué pasó?

—Garza está peor de lo esperado.

Jazmín observó a ambos.

—¿Qué es Zúrich?

Anaïs miró a Christian.

Él respondió:

—Una operación.

—¿Qué operación?

Christian tardó.

—Estamos estudiando Grupo Garza.

Jazmín frunció el ceño.

—¿Estudiando para qué?

—Comprar.

Silencio.

—¿Comprar Grupo Garza?

—Lo que quede.

Jazmín lo miró como si hubiera decidido comprar un país mediano.

—Christian.

—Alejandro.

Ella cerró los ojos un segundo.

—Alejandro.

Pausa.

—¿Desde cuándo?

—Hace tiempo.

—¿Por qué no me dijiste?

Christian la miró.

—Porque no era tu problema.

Jazmín cruzó los brazos.

—Todo lo relacionado con Garza parece haberse convertido en mi problema.

Anaïs intervino.

—Por ahora no es una compra.

Es una negociación.

—¿Y ellos saben que es él?

—No.

Jazmín miró a Christian.

—Eso te gusta.

Christian no respondió.

Anaïs sí.

—Muchísimo.

Adrián llevaba horas mirando nombres.

Sociedades.

Vehículos de inversión.

Fondos.

Abogados.

Zúrich aparecía varias veces.

No Christian.

No Le Sillage.

No Montalvo.

Eso era lo que lo incomodaba.

Demasiada limpieza.

Demasiada distancia.

El hombre que había contratado para investigar dejó una carpeta frente a él.

—No puedo confirmar beneficiario final.

—Entonces no sirve.

—La estructura está hecha precisamente para eso.

Adrián lo miró.

—Todo deja rastro.

—Sí.

—Encuéntrelo.

—Necesito tiempo.

Adrián apretó la mandíbula.

Tiempo.

Todo el mundo empezaba a pedirle tiempo.

—¿Cuándo apareció el interés?

El investigador revisó.

—Meses atrás.

—¿Antes de Christian?

—Difícil saberlo.

Adrián se levantó.

—No.

El hombre lo miró.

—¿No qué?

Adrián señaló la carpeta.

—No es difícil.

Christian había aparecido en México.

Anaïs había empezado a moverse.

Garza había recibido interés.

Víctor Aldana había regresado.

La policía había comenzado a preguntar.

Isabel había reaparecido.

Todo.

—Es él.

—¿Quién?

Adrián lo miró.

—Christian.

El investigador no respondió.

—No puedo demostrarlo.

—Yo tampoco.

Adrián caminó hacia la ventana.

—Pero es él.

Miró la ciudad.

—Quiere Garza.

—¿Por qué?

Adrián rio.

Sin humor.

—Porque quiere todo.

Esa tarde llamó a Verónica.

Una vez.

Dos.

Tres.

No respondió.

Adrián dejó el teléfono sobre la mesa.

Volvió a llamar.

Nada.

Escribió.

¿Dónde estás?

Sin respuesta.

Esperó.

Diez minutos.

Veinte.

Volvió a llamar.

Buzón.

Algo empezó a crecer dentro de él.

No miedo todavía.

Irritación.

La irritación era más cómoda.

Christian reunió los documentos en dos grupos.

Hechos.

Inferencias.

Anaïs lo observó.

—Qué obsesión con separar cosas.

—Es la única manera de no empezar a inventar.

Jazmín se sentó frente a ellos.

—Entonces ¿qué sabemos?

Christian señaló el primer grupo.

—Sabemos que Adrián conocía al hijo Garza.

Sabemos que consiguió acceso al patriarca.

Sabemos que Grupo Garza estaba interesado en Iris 27.

Sabemos que ofrecieron dos millones.

Sabemos que el cheque estaba condicionado a algo que Adrián nunca entregó.

Sabemos que Francisco sospechaba filtración.

Sabemos que Garza preguntaba por el proyecto.

Jazmín asintió.

—¿Y qué creemos?

Christian señaló el otro grupo.

—Que el patriarca dejó claro que Francisco vivo reducía el valor del negocio.

Anaïs añadió:

—Y que facilitó a Adrián un contacto para conseguir la sustancia.

Jazmín levantó la vista.

—Eso todavía no lo podemos probar.

—No.

Christian cerró la carpeta.

—Pero Adrián sí puede.

Anaïs lo miró.

—Si habla.

—Hablará.

—¿Por qué?

Christian sostuvo su mirada.

—Porque cuando pierda todo no tendrá ninguna razón para proteger a Garza.

Jazmín sintió frío.

—Estás hablando como si supieras que va a perderlo todo.

Christian la miró.

—Lo va a perder.

Esa noche, la fiscal recibió el informe final.

No era perfecto.

Eso la tranquilizó.

Las pruebas perfectas solían existir únicamente en televisión.

El abrecartas era compatible con las lesiones.

Había indicios relevantes.

Ubicación.

Desaparición.

Ocultamiento.

Cadena temporal.

Declaraciones.

La fiscal leyó cada página.

Después tomó el teléfono.

—Preparen la solicitud.

—¿Ahora?

—Ahora.

Adrián recibió una llamada a las nueve y diecisiete.

Número privado.

—¿Sí?

Silencio.

Después una voz.

—Están preguntando por usted.

Adrián se quedó quieto.

—¿Quién?

—Fiscalía.

—Eso ya lo sé.

—No.

Pausa.

—Ahora es distinto.

Adrián miró hacia la puerta.

—¿Qué significa distinto?

—Que están preparando algo.

—¿Qué?

—No lo sé.

—Averígualo.

—No puedo.

—Entonces ¿para qué me llamas?

Silencio.

—Para que no esté donde esperan encontrarlo.

La llamada terminó.

Adrián permaneció con el teléfono en la mano.

La habitación estaba demasiado silenciosa.

Miró alrededor.

Todo lo que tenía.

Casa.

Ropa.

Documentos.

Dinero.

Identidades.

Una vida construida con capas.

Durante años había pensado que control significaba tener alternativas.

Ahora cada alternativa parecía cerrarse.

Jazmín.

Verónica.

Garza.

La policía.

Christian.

Alejandro.

El nombre le produjo algo distinto.

No era solo Christian.

Era el niño.

El hijo.

El hombre al que había dejado vivo porque nunca había importado.

Hasta ahora.

En la antigua casa Montemayor, Christian abrió el archivo del Proyecto Nº27.

Anaïs y Jazmín ya se habían ido.

Isabel dormía.

La casa estaba en silencio.

En la pantalla apareció la primera estructura del proyecto.

Objetivo.

Hipótesis.

Personas.

Rutas.

Francisco.

Montalvo.

Jazmín.

Adrián.

Garza.

El médico.

Veinte años convertidos en carpetas.

Christian avanzó lentamente.

No necesitaba leerlo todo.

Sabía dónde había empezado.

Una pregunta.

¿Quién mató a Francisco Montemayor?

Durante años había pensado que encontrar la respuesta sería una victoria.

No lo era.

Era otra cosa.

Final.

Quizá.

Abrió la carpeta física de Francisco.

La colocó junto al expediente.

Una al lado de la otra.

El trabajo del padre.

La investigación del hijo.

Durante mucho tiempo había creído que ambas cosas eran la misma.

No.

Francisco había creado.

Alejandro había perseguido.

Christian cerró la carpeta digital.

Se quedó mirando el campo de estado.

Escribió:

PROYECTO Nº27 — CERRADO

No sintió nada inmediatamente.

Después respiró.

Eso fue todo.

Tomó la carpeta de Iris 27.

La guardó.

No destruida.

No olvidada.

Solo cerrada.

Por ahora.

Apagó la pantalla.

La fiscal firmó la solicitud pasada la medianoche.

El expediente salió de su despacho.

No era todavía una detención.

Era el camino hacia ella.

Y ese camino ya había empezado.

Adrián abrió un armario.

Sacó una bolsa pequeña.

No una maleta.

Metió dinero.

Documentos.

Un cargador.

Otro teléfono.

Nada más.

Su mano se detuvo sobre una fotografía de su hijo.

La tomó.

La miró.

Después la guardó.

Volvió al teléfono principal.

Tres llamadas perdidas.

Una de un abogado.

Una de un número desconocido.

Otra de Verónica.

Adrián llamó de inmediato.

No contestó.

Esperó.

Marcó otra vez.

Nada.

Miró la pantalla.

Después la ciudad.

Pensó en Christian.

En Alejandro.

En Jazmín.

En Francisco.

En todo lo que había hecho para ganar.

Había pasado casi toda su vida entrando primero.

Tomando antes.

Usando antes de ser usado.

Traicionando antes de que alguien pudiera traicionarlo.

Y aun así, allí estaba.

Solo.

Con una bolsa pequeña.

Esperando una orden que todavía nadie le había mostrado.

Adrián apagó el teléfono.

Por primera vez en muchos años dejó de pensar en cómo ganar.

Empezó a pensar en cómo desaparecer.

Aa
CAPÍTULO 28

La caída de Adrián

La orden llegó poco después de las siete de la mañana.

No con sirenas.

No con esposas.

Primero llegó como un documento.

Después como una instrucción.

Y finalmente como hombres entrando en lugares donde esperaban encontrar a Adrián.

No estaba.

La fiscal recibió la confirmación diez minutos después.

—¿Nada?

—Nada.

—¿Casa?

—Vacía.

—¿Teléfono?

—Apagado.

—¿Vehículo?

—No está.

La fiscal cerró los ojos un instante.

—Entonces alguien le avisó.

Nadie respondió.

No hacía falta.

—Activen búsqueda.

—¿Fronteras?

—Todo.

—¿Familia?

—También.

La fiscal miró el expediente.

Durante semanas habían tratado de demostrar que Adrián no había salido del despacho de Alejandro Montalvo como decía.

Ahora tenían un problema diferente.

Había salido de todas partes.

Christian recibió la llamada mientras desayunaba con Anaïs y Jazmín.

No alcanzó a terminar el café.

—¿Qué pasó?

Anaïs lo observó.

Christian escuchó.

Su expresión cambió.

—¿Cuándo?

Silencio.

—Entiendo.

Colgó.

Jazmín lo miró.

—¿Qué?

Christian dejó el teléfono.

—Fueron por Adrián.

Anaïs dejó de comer.

—¿Y?

—No estaba.

Jazmín no reaccionó inmediatamente.

Christian la observó.

—Huyó.

Ella negó.

—No.

—Jazmín.

—Adrián puede escapar.

Pausa.

—Pero no sabe perder.

Anaïs sostuvo su mirada.

—¿Qué significa eso?

Jazmín miró a Christian.

—Que todavía no terminó.

Adrián llevaba despierto desde antes del amanecer.

No había salido de Ciudad de México.

No tenía intención de hacerlo.

Había conducido durante horas sin rumbo claro.

Después se detuvo.

Apagó el motor.

Miró la pistola sobre el asiento del acompañante.

La había llevado consigo desde la noche anterior.

No era un hombre particularmente acostumbrado a las armas.

Pero ya había aprendido hacía mucho que no necesitaba sentirse cómodo con algo para utilizarlo.

Tomó el teléfono secundario.

Una fotografía.

Isabel entrando a una casa.

Otra.

La dirección.

Había mandado seguirla desde el funeral.

Primero por desconfianza.

Después por miedo.

Ahora por otra cosa.

Venganza.

Durante años había pensado que perder significaba dejar de ganar.

Qué idea tan infantil.

Perder era aquello.

Verónica desaparecida.

Jazmín fuera de su control.

La policía buscándolo.

Garza debilitado.

Christian frente a él desde el principio sin que hubiera sido capaz de verlo.

Alejandro.

El niño.

El hijo de Francisco.

Adrián cerró los ojos.

Todo volvía al mismo apellido.

Montemayor.

Isabel estaba en el despacho de la casa leyendo unas notas de Francisco cuando sonó el citófono.

La empleada respondió.

—¿Sí?

Una voz masculina.

—Buenos días. Vengo de Grupo Montalvo. Traigo unas carpetas para el señor Christian Niche.

—¿Tiene cita?

—Me indicaron que las dejara con la señora Isabel.

La empleada miró hacia el pasillo.

—Un momento.

Isabel levantó la vista.

—¿Quién es?

—Grupo Montalvo.

—Déjalas recibir.

La empleada asintió.

Fue hacia la entrada.

Adrián esperaba junto a la reja con una carpeta bajo el brazo.

Nada sofisticado.

Nada brillante.

Solo algo lo suficientemente normal.

Cuando la empleada abrió, él sonrió.

—Gracias.

Ella extendió la mano.

—Puede dármelas.

Adrián la tomó del brazo.

La sonrisa desapareció.

—Abre.

La mujer quedó rígida.

—¿Qué?

Él mostró la pistola.

No apuntó todavía.

No necesitaba hacerlo.

—La puerta.

La empleada palideció.

—Señor...

—No quiero repetirlo.

La mujer abrió.

Entraron.

Apenas cruzaron, Adrián cerró.

La empleada intentó gritar.

No alcanzó.

Él la golpeó con la culata del arma.

El cuerpo cayó.

Adrián la observó.

Respiraba.

Bien.

No había ido por ella.

Isabel escuchó el golpe.

Se levantó.

—¿María?

Nada.

Salió del despacho.

Adrián apareció al final del pasillo.

Isabel se detuvo.

Lo reconoció.

No inmediatamente por el rostro.

Por algo peor.

Una sensación.

—¿Qué haces aquí?

Adrián levantó el arma.

—Vine a terminar todo.

Isabel no retrocedió.

Él se acercó.

—Manos.

—¿Qué?

—No me hagas perder tiempo.

Isabel miró la pistola.

Después a él.

—Tú.

Adrián frunció el ceño.

—¿Qué?

—El muchacho.

Silencio.

—Aquella noche.

La expresión de Adrián cambió apenas.

—Tardaste.

Isabel negó.

—No.

Lo observó.

—Nunca pensé demasiado en ti.

Eso le molestó.

Se notó.

Adrián la llevó al salón.

La obligó a sentarse.

Sacó unas esposas.

Le aseguró las muñecas.

Después utilizó cinta adhesiva para fijarla por la cintura a la silla.

Isabel lo miró todo el tiempo.

—Qué elegante.

Adrián levantó los ojos.

—Cállate.

—¿Esto es lo que te queda?

Él apretó la cinta.

—Te dije que te calles.

Isabel respiró.

—Francisco murió y tú seguiste viviendo como si hubieras conseguido algo.

Adrián se incorporó.

—Conseguí bastante.

Isabel miró alrededor.

—¿De verdad?

Pausa.

—Estás escondido en la casa del hijo del hombre que asesinaste, huyendo de la policía, apuntándole con una pistola a una mujer esposada.

Lo miró.

—No parece exactamente la vida de un vencedor.

Adrián endureció la mandíbula.

—Cállate.

—Durante años pensé que quien había matado a Francisco debía ser alguien poderoso.

Adrián la observó.

—Alguien peligroso.

Pausa.

—Alguien capaz de enfrentarlo.

Isabel negó lentamente.

—Y eras tú.

Adrián dio un paso.

—No sabes nada de mí.

—Sé suficiente.

Isabel sostuvo su mirada.

—Nunca construiste nada.

Él se acercó más.

—Cuidado.

—Te escondiste detrás de Jazmín para entrar a Montalvo.

Silencio.

—Detrás de Garza para conseguir dinero.

Adrián apretó el arma.

—Cállate.

—Detrás de una grabación para mantener a una mujer contigo.

Él respiró más fuerte.

—Cállate.

—Y detrás de otra mujer para construir una segunda vida.

Adrián llegó hasta ella.

—Te dije que te calles.

Isabel levantó el rostro.

—Siempre necesitaste a alguien.

Él acercó la pistola.

—Porque solo no eres nadie.

Silencio.

Adrián levantó el arma.

Isabel no apartó los ojos.

—Eso es lo que Francisco tenía y tú nunca entendiste.

—¿Qué?

—Talento.

La palabra quedó suspendida.

—No necesitaba robarle nada a nadie para ser importante.

Adrián acercó el arma al rostro de Isabel.

—Tu marido terminó muerto.

—Y tú necesitaste matarlo para sentirte más grande que él.

Algo cambió.

Isabel lo vio.

—Pero no funcionó, ¿verdad?

Adrián respiró.

—Casi dos décadas.

La voz de Isabel permaneció estable.

—Y todavía eres el muchacho que quería apropiarse de algo que no podía crear.

Adrián levantó el arma.

Durante un segundo ella pensó que dispararía.

No lo hizo.

La bajó.

—Todavía no.

Isabel lo miró.

Adrián sonrió.

—Primero quiero que tu hijo te vea morir.

Christian recibió la llamada treinta minutos después.

Número desconocido.

Contestó.

—¿Sí?

—Alejandro.

Christian quedó inmóvil.

Anaïs levantó la vista.

Jazmín también.

—Adrián.

—Creo que ya no necesitamos fingir.

Christian se puso de pie.

—¿Dónde está mi madre?

Silencio.

Después una voz al fondo.

Isabel.

—Alejandro.

Christian cerró los ojos.

—Mamá.

—Estoy bien.

Adrián cortó la voz de ella.

—Por ahora.

Christian apretó el teléfono.

—Déjala ir.

—Ven.

—¿Dónde?

Adrián rio.

—Tu casa.

Christian entendió.

La antigua.

—Solo.

—Sí.

—Si le haces algo—

—No pierdas tiempo amenazándome.

Pausa.

—Tienes una hora.

La llamada terminó.

Anaïs se levantó.

—No.

Christian tomó las llaves.

—No tenemos tiempo.

—Precisamente.

—Tiene a mi madre.

—Y eso no mejora si tú también entras como rehén.

Christian la miró.

—Voy.

Anaïs dio un paso.

—Entonces vamos con la policía.

—No.

—Christian.

—Adrián está fuera de sí.

—Eso es exactamente por qué—

—Si ve policía puede matarla.

Anaïs apretó la mandíbula.

Jazmín permanecía en silencio.

Christian la miró.

—Quédate aquí.

Ella levantó los ojos.

—No.

—Jazmín.

—No vayas.

—Es mi madre.

Nada más.

Jazmín bajó la mirada.

Christian se volvió hacia Anaïs.

—Dame tiempo.

—¿Cuánto?

—Dos horas.

Anaïs negó.

—No.

—Dos horas.

—Eso es absurdo.

—Si no te llamo—

—No.

Christian la miró.

Anaïs respiró.

—Vete.

Él se detuvo.

—¿Qué?

—Vete.

Anaïs sostuvo su mirada.

—Antes de que cambie de opinión.

Christian salió.

La puerta se cerró.

Jazmín miró a Anaïs.

—Llévame.

—No.

—Anaïs.

—No.

—Sé cómo piensa.

—Eso no te convierte en policía.

—No.

Pausa.

—Me convierte en la persona que sabe lo que va a hacer cuando Christian entre.

Anaïs la observó.

—¿Qué va a hacer?

Jazmín tragó saliva.

—Hablar.

—¿Y?

—Necesita que Christian sepa que ganó.

Anaïs negó.

—Ya perdió.

—Él no lo acepta.

Jazmín tomó aire.

—Y cuando finalmente lo entienda, va a querer destruir algo.

Anaïs la miró.

—¿A Christian?

Jazmín respondió:

—A todos.

Anaïs tardó cinco segundos.

Después tomó sus llaves.

—Vamos.

Christian estacionó frente a la casa.

No vio movimiento.

Eso era peor.

Entró.

La puerta estaba abierta.

—Adrián.

Nada.

Avanzó.

La empleada estaba en el suelo del pasillo.

Respiraba.

Christian se inclinó.

—María.

No reaccionó.

Una voz desde el salón.

—Déjala.

Christian levantó la mirada.

Entró.

Isabel estaba sentada.

Esposada.

Atada.

Viva.

Christian dejó de respirar.

—Mamá.

—Estoy bien.

Adrián apareció detrás de ella.

La pistola apuntaba hacia Isabel.

—Ahí.

Señaló una mesa.

Había unas esposas.

—Póntelas.

Christian no se movió.

Adrián acercó el arma a la cabeza de Isabel.

—Ahora.

Christian tomó las esposas.

Se las colocó por delante.

Click.

Click.

Adrián sonrió.

—Dos metros atrás.

Christian obedeció.

—Bien.

Anaïs estacionó a una calle de distancia.

Sacó unas llaves.

—La entrada de servicio está por atrás.

Jazmín la miró.

—¿Cómo sabes?

—Yo compré esta casa.

Pausa.

—Alguien tenía que leer los planos.

Le entregó las llaves.

—Entras por cocina.

Subes por la escalera de servicio.

El corredor superior da al salón.

Jazmín asintió.

Anaïs sacó un pequeño auricular.

—Póntelo.

Jazmín lo hizo.

—No hables si no es necesario.

—Está bien.

—Y cuando veas la escena, activa la grabación.

Jazmín sacó el teléfono.

—¿Por qué?

Anaïs la miró.

—Porque si Adrián quiere hablar, por una vez vamos a dejar que eso nos sirva.

Jazmín entró.

Anaïs esperó diez segundos.

Después llamó a la policía.

—Tengo ubicación del fugitivo Adrián Montalvo.

Silencio.

—Está armado.

Otra pausa.

—Tiene al menos dos rehenes.

Escuchó.

—No entren con sirenas.

Anaïs miró hacia la casa.

—Pero vengan ahora.

Adrián observaba a Christian.

—Te ves diferente.

Christian no respondió.

—Más viejo.

—Tú también.

Adrián sonrió.

—Qué decepción.

—¿Qué?

—Esperaba algo mejor.

Christian miró a Isabel.

—Déjala ir.

—Siempre tan aburrido.

—Ya vine.

—Sí.

Adrián levantó la pistola.

—El niño vino a buscar a su madre.

Isabel lo miró con desprecio.

—No necesitas seguir demostrando que eres cobarde.

Adrián giró la cabeza.

—Tú ya hablaste demasiado.

—Y todavía no me mataste.

Christian observó la reacción.

Adrián estaba quebrado.

No solo desesperado.

Herido en algo más profundo.

—¿Por qué estoy aquí? —preguntó Christian.

Adrián volvió a mirarlo.

—¿No lo sabes?

—Quiero escucharlo.

—Siempre quisiste escuchar.

Christian no respondió.

Adrián caminó lentamente.

—Preguntas.

Médicos.

Papeles.

Garza.

Jazmín.

Pausa.

—Hasta mi casa.

Christian lo observó.

—No era tu casa.

Adrián se detuvo.

—¿Qué?

—Era la casa de Verónica.

Pausa.

—Como Montalvo era de Jazmín.

El rostro de Adrián se endureció.

—Cuidado.

Christian levantó las manos esposadas.

—¿Con qué?

Isabel casi sonrió.

Adrián apuntó hacia él.

—Me quitaste todo.

Christian negó.

—No.

—Garza.

—Todavía no es mío.

Adrián lo miró.

—Mientes.

—No.

—Zúrich.

Christian sostuvo su mirada.

Algo en Adrián confirmó la sospecha.

—Eras tú.

Christian no respondió.

Adrián rio.

—Claro.

—No importa.

—Para ti todo importa.

Christian miró a Isabel.

—Lo que importa está sentado ahí.

Adrián volvió la pistola hacia ella.

—Eso puede cambiar.

Jazmín llegó al segundo piso.

Escuchó voces.

Se acercó al borde del corredor.

Vio el salón desde arriba.

Christian.

Esposado.

Isabel.

Atada.

Adrián.

Armado.

Jazmín sintió que el cuerpo se le enfriaba.

Activó la grabación.

Anaïs escuchó un leve cambio en el auricular.

—Te escucho —susurró.

Jazmín no respondió.

Christian volvió a mirar a Adrián.

—¿Tú mataste a mi padre?

Silencio.

Isabel cerró los ojos.

Adrián sonrió.

—Veinte años.

Christian endureció la expresión.

—Casi toda mi vida adulta.

Adrián inclinó la cabeza.

Christian continuó:

—Y todavía no puedes decirlo.

—¿Decir qué?

—Que obedeciste.

La sonrisa desapareció.

—¿Qué?

—Garza te dijo qué necesitaba.

Adrián dio un paso.

—No sabes de qué hablas.

—Te ofrecieron dinero.

—Dos millones.

Christian sostuvo la mirada.

—Y aun así no pudiste entregar nada.

Adrián apretó la pistola.

—Francisco arruinó el negocio.

—No.

Christian negó.

—Garza te dijo que Francisco vivo era un problema y tú obedeciste.

—Cállate.

—Te consiguió el contacto.

—Cállate.

—Te indicó cómo resolverlo.

Adrián avanzó.

—Yo lo resolví.

Silencio.

Christian no se movió.

Isabel abrió los ojos.

Arriba, Jazmín dejó de respirar.

El teléfono seguía grabando.

Christian habló despacio.

—Entonces dilo.

Adrián lo miró.

—Yo maté a Francisco.

La frase no fue fuerte.

No necesitaba serlo.

Isabel cerró los ojos.

Jazmín sintió que las piernas casi cedían.

Anaïs escuchó desde el automóvil.

Perfectamente.

Christian no apartó la vista.

—¿Por qué?

Adrián rio.

—Porque tu padre era un idiota.

Isabel tiró de las esposas.

—No digas su nombre.

Adrián la ignoró.

—Garza entendió algo antes que yo.

Christian esperó.

—Una fórmula no sirve si el hombre que la hizo puede repetirla.

—Entonces Garza ordenó matarlo.

Adrián negó.

—No.

Pausa.

—Garza abrió la puerta.

Christian sostuvo su mirada.

—¿Qué puerta?

—Un contacto.

—¿Para la sustancia?

Adrián sonrió.

—Tu padre ni siquiera supo qué tomó.

Isabel cerró los ojos.

Jazmín apretó el teléfono.

La grabación seguía.

Christian respiró.

—¿Jazmín sabía?

Adrián soltó una risa corta.

Arriba, Jazmín sintió un golpe en el pecho.

—Jazmín.

Adrián negó.

—Jazmín no sabía nada de verdad.

Christian lo observó.

—Sabía del robo.

—Sí.

—Sabía que iban a sedarlo.

—Sí.

—¿Sabía que iba a morir?

Adrián miró hacia otro lado.

—No.

Silencio.

Jazmín cerró los ojos.

Una lágrima cayó.

—Era una niña enamorada —continuó Adrián—. Le habría creído cualquier cosa.

Christian no dijo nada.

—Le dije que dormiría unas horas.

Adrián sonrió.

—Y me creyó.

Jazmín llevó una mano a la boca.

No lloró fuerte.

No podía.

Isabel habló.

—La usaste.

Adrián la miró.

—Todos usamos a alguien.

—No.

Isabel negó.

—Tú necesitabas usar a todos porque nunca pudiste ser suficiente por ti mismo.

Adrián se volvió completamente hacia ella.

—¿Otra vez?

—Te duele.

—Cállate.

—Que Francisco fuera mejor que tú.

—Cállate.

—Que Christian sea mejor que tú.

Adrián levantó el arma.

—Cállate.

—Que Jazmín haya dejado de tenerte miedo.

Adrián respiró con violencia.

—Cállate.

Isabel lo miró.

—Que Verónica te haya vendido.

La expresión cambió.

Ahí estaba.

Isabel lo vio.

—Ahí.

Adrián la apuntó.

—¿Qué?

—Eso.

Pausa.

—Ese es el hombre que eres cuando ya no tienes a quién esconderte detrás.

Adrián dio un paso hacia ella.

Christian se tensó.

—Adrián.

Él no respondió.

—Mírame.

Adrián siguió apuntando a Isabel.

Christian levantó las manos esposadas.

—Me querías a mí.

Adrián giró lentamente.

—Sí.

Christian lo observó.

—Entonces deja de apuntarle.

Adrián sonrió.

—No.

Pausa.

—Eso era antes.

Christian sintió frío.

Adrián miró a Isabel.

Después a Christian.

—Ahora quiero que entiendas algo.

Se acercó a Isabel.

—Cuando uno pierde todo, aprende que todavía puede quitar.

Christian dio un paso.

—No.

Adrián apuntó a la cabeza de Isabel.

—Despídete de tu madre.

—¡Detente!

La voz cayó desde arriba.

Todos miraron.

Jazmín estaba en el corredor.

Adrián quedó inmóvil.

—¿Qué haces aquí?

Christian no esperó.

Se abalanzó.

El golpe fue torpe.

Las esposas limitaron el movimiento.

Christian impactó contra Adrián.

La pistola salió de su mano.

Cayó.

Golpeó el suelo.

Se deslizó varios metros.

Isabel gritó.

Jazmín bajó corriendo.

Adrián golpeó a Christian en el rostro.

Christian respondió con ambas manos juntas.

Adrián retrocedió.

Volvió.

Lo empujó contra una mesa.

Christian cayó de rodillas.

Adrián lo pateó.

Jazmín llegó al primer piso.

Vio la pistola.

Corrió hacia ella.

Christian intentó levantarse.

Adrián tomó algo junto a la chimenea.

Un hierro.

Pesado.

Christian lo vio demasiado tarde.

El golpe le dio en el hombro y parte de la cabeza.

Cayó.

Isabel gritó su nombre.

—¡Alejandro!

Adrián levantó el hierro.

Christian intentó cubrirse con las manos esposadas.

No podía.

Adrián alzó el brazo.

El disparo llenó la casa.

Adrián se detuvo.

El hierro cayó.

Durante un segundo nadie entendió.

Después Adrián llevó una mano al cuello.

Sangre.

Miró sus dedos.

Luego miró a Jazmín.

Ella sostenía la pistola con ambas manos.

Temblaba.

—No.

Adrián dio un paso hacia ella.

Jazmín retrocedió.

—No te acerques.

Él avanzó.

—Jazmín.

Su voz era extraña.

Ella retrocedió otra vez.

—Detente.

Adrián se lanzó.

Tres disparos.

Uno.

Dos.

Tres.

El cuerpo de Adrián perdió fuerza.

Cayó frente a ella.

Silencio.

Solo respiraciones.

Después nada.

Jazmín permaneció con el arma extendida.

Christian estaba en el suelo.

Isabel seguía esposada.

La empleada inconsciente en el pasillo.

Adrián inmóvil.

—Jazmín.

Christian levantó la cabeza.

Ella lo miró.

—Déjala.

Jazmín tardó.

Christian volvió a hablar.

—El arma.

Ella bajó los brazos.

La dejó lentamente en el suelo.

Se apartó.

Anaïs escuchó los disparos.

—Mierda.

Abrió la puerta del automóvil.

A lo lejos comenzaron a oírse sirenas.

No esperó.

Corrió hacia la casa.

La policía llegó segundos después que ella.

Órdenes.

Armas.

Gritos.

Anaïs levantó las manos.

—Dentro.

—¿Cuántos?

—Cuatro. Uno armado. Probablemente muerto.

Los agentes entraron.

Christian apenas consiguió sentarse.

Un policía le ordenó mostrar las manos.

Él levantó las esposadas.

—Mi madre.

—No se mueva.

—Está atada.

Otros agentes llegaron a Isabel.

Uno liberó la cinta.

Otro revisó a Adrián.

—Sin pulso.

Paramédicos entraron.

Jazmín permaneció apartada.

Un agente se acercó.

—Señora, necesito que venga conmigo.

Christian intentó levantarse.

—Ella—

—Señor, quédese sentado.

—Fue defensa.

—Después.

Jazmín miró a Christian.

No parecía aterrada.

Eso lo inquietó más.

Parecía cansada.

Como si algo hubiera terminado.

Anaïs entró.

Vio a Christian.

—Estás sangrando.

—Estoy bien.

—Naturalmente.

Miró a Jazmín.

Después el teléfono que seguía en su bolsillo.

La grabación.

Anaïs cerró los ojos un instante.

Habían conseguido algo.

Pero el precio acababa de cambiar.

Isabel fue trasladada a revisión.

La empleada recuperó la conciencia.

Christian necesitó puntos y estudios por el golpe.

Jazmín quedó bajo custodia.

No esposada inmediatamente.

Pero tampoco libre.

Un investigador se acercó.

—Necesitamos su declaración.

Ella asintió.

—La tendrá.

Christian la miró desde una camilla.

—Jazmín.

Ella se volvió.

—Diles la verdad.

Christian sostuvo su mirada.

—Toda.

Jazmín asintió.

Horas después, la sacaron de la propiedad.

No había prensa todavía.

Solo policía.

Vehículos.

Luces.

La casa estaba llena de personas que intentaban reconstruir en minutos algo que había tardado casi dos décadas en ocurrir.

Christian salió acompañado por un paramédico.

Vio a Jazmín junto al vehículo.

Intentó acercarse.

Un agente levantó la mano.

—Señor.

Christian se detuvo.

Jazmín lo miró.

No sonrió.

No lloró.

Simplemente lo miró.

Y por primera vez Christian entendió que ya no había nada más que ella pudiera esconder.

La grabación.

Francisco.

Adrián.

Todo estaba fuera.

Toda la verdad.

La puerta del vehículo se cerró.

Christian permaneció inmóvil mientras empezaba a alejarse.

Había dedicado casi toda su vida adulta a encontrar la verdad.

Nunca se había preguntado cuánto costaría encontrarla.

Aa
CAPÍTULO 29

La última voluntad

Christian despertó antes de que sonara el teléfono.

Durante unos segundos no supo qué lo había despertado.

Después intentó moverse.

El hombro respondió primero.

Dolor.

No intenso.

Profundo.

Persistente.

El golpe de Adrián había dejado una línea oscura desde la clavícula hasta la parte alta del brazo. Los puntos junto a la sien tiraban de la piel cada vez que fruncía el ceño.

El médico había dicho reposo.

Christian había preguntado cuánto.

El médico había respondido una semana.

Christian había salido del hospital esa misma tarde.

Habían pasado cuatro días.

Adrián estaba muerto.

La casa había sido liberada por la policía.

Isabel dormía mal.

La empleada había vuelto con su familia.

Y Jazmín estaba en prisión preventiva.

Christian permaneció sentado en la cama.

Miró sus manos.

Ya no había esposas.

Pero todavía sentía el metal.

Anaïs llegó a las ocho.

Entró en el comedor con una carpeta gruesa, dos teléfonos y el rostro de alguien que llevaba demasiadas horas funcionando gracias a café y obstinación.

Christian ya estaba vestido.

—¿Dormiste?

—Sí.

Anaïs dejó las cosas sobre la mesa.

—Eso no fue una respuesta.

—Cuatro horas.

—Entonces no.

Christian sirvió café.

Anaïs abrió la carpeta.

—Tenemos reunión a las diez.

—¿Con quién?

—El equipo penal.

Christian levantó la mirada.

—¿Ya están todos?

—Desde anoche.

—Bien.

Anaïs sacó una hoja.

—Penalista principal. Dos asociados. Investigador. Especialista en evidencia digital. Médico forense.

Christian leyó los nombres.

—¿Toxicología?

—Confirmado para mañana.

—Necesito alguien que pueda revisar la sustancia utilizada en 2000 sin convertir la defensa en una teoría imposible de demostrar.

—Ya lo saben.

Christian dejó el papel.

—¿Y Jazmín?

Anaïs tardó un segundo.

—La prisión preventiva se mantiene.

Christian no respondió.

—La defensa por Adrián está bien encaminada —continuó ella—. La llamada previa a la policía, tus lesiones, Isabel, la empleada, el arma de Adrián, la grabación...

—No me preocupa Adrián.

Anaïs lo miró.

Christian cerró la carpeta.

—Me preocupa Francisco.

La reunión duró casi dos horas.

El abogado principal se llamaba Herrera.

Cincuenta y tantos.

Cabello gris.

Sin teatralidad.

Christian agradeció eso.

Herrera extendió varios documentos sobre la mesa.

—Tenemos que separar dos asuntos desde ahora.

Christian asintió.

—Adrián y el año 2000.

—Exactamente.

El abogado señaló la primera carpeta.

—Respecto de Adrián, la escena es favorable.

—¿Favorable?

Herrera sostuvo su mirada.

—En términos jurídicos.

Christian no dijo nada.

—Su madre estaba secuestrada. Usted estaba esposado. Hay lesiones compatibles con el forcejeo. Adrián tenía el arma. La señora Montalvo entra cuando existe una amenaza inmediata contra usted.

—Dispara cuatro veces.

—El número no decide por sí solo la naturaleza del acto.

Christian permaneció inmóvil.

—El primer disparo interrumpe un ataque potencialmente mortal. Después Adrián avanza contra ella.

Herrera cerró esa carpeta.

—Ese no es el problema más difícil.

Abrió la segunda.

—Esto sí.

El audio de 2000.

Christian lo miró.

No necesitaba escucharlo otra vez.

Lo llevaba dentro desde el primer día.

Herrera continuó:

—La grabación demuestra que Jazmín sabía del plan para incapacitar temporalmente a Francisco Montemayor.

—Sí.

—Sabía del robo.

—Sí.

—Sabía de la intención de vender el perfume.

—Sí.

—Y planeaba huir con Adrián.

Christian apretó la mandíbula.

—Sí.

Herrera lo observó.

—Eso la compromete.

—Nunca he dicho lo contrario.

—Bien.

Christian levantó los ojos.

—No quiero una defensa basada en convertirla en alguien que no fue.

La sala quedó en silencio.

Anaïs permanecía al fondo.

Herrera cruzó las manos.

Christian continuó:

—No quiero que digan que era una niña que no entendía nada.

—Tenía dieciséis años.

—Y entendía bastante.

Pausa.

—Sabía que iban a sedar a mi padre.

El abogado esperó.

—Sabía que iban a robarle.

Otra pausa.

—Sabía que iban a vender algo que no les pertenecía.

Christian miró la carpeta.

—Eso hizo.

Herrera asintió lentamente.

—¿Y qué quiere que hagamos?

Christian levantó la vista.

—Demuestren exactamente qué hizo.

Silencio.

—Y exactamente qué no hizo.

Herrera no sonrió.

—Eso sí podemos intentarlo.

Después de la reunión, Christian encontró a Isabel junto a la ventana del salón.

Tenía una taza entre las manos.

No bebía.

—¿Cómo estás?

—Me preguntaste eso hace una hora.

Christian se sentó frente a ella.

—Puedo preguntarlo otra vez.

—Entonces sigo igual.

Él miró el moretón alrededor de su muñeca.

Isabel lo notó.

Bajó la manga.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Mirarme como si todavía estuviera atada.

Christian apartó la vista.

Isabel dejó la taza.

—Ya terminó.

Él no respondió.

—Adrián terminó.

Christian miró hacia el jardín.

—¿Terminó?

—Él sí.

—No era lo único.

Isabel permaneció en silencio.

Christian apoyó los antebrazos sobre las piernas.

—¿Valió la pena?

—¿Qué cosa?

—Buscar.

Isabel tardó en contestar.

—¿Quieres que te diga que sí?

—Quiero que me digas la verdad.

Ella casi sonrió.

—Eso nos ha traído bastantes problemas últimamente.

Christian levantó los ojos.

Isabel lo observó durante unos segundos.

—La verdad no existe para hacerte sentir mejor, Alejandro.

Él no reaccionó al nombre.

—Existe aunque te destruya.

Christian miró sus manos.

—Encontré todo.

—Sí.

—La fórmula.

—Sí.

—A Adrián.

Isabel asintió.

—La verdad sobre papá.

Silencio.

—Todo.

Isabel lo miró.

—Y todavía estás aquí.

Christian levantó la vista.

—No sé qué hacer con eso.

—Quizá por primera vez no tienes que hacer nada.

Christian soltó una respiración corta.

—Eso suena terrible.

—Lo sé.

El teléfono de Anaïs vibró desde la mesa.

Ella apareció desde el pasillo.

—Christian.

Él se volvió.

—¿Qué?

Anaïs sostenía el teléfono.

—Llamó el despacho de Alejandro Montalvo.

Isabel levantó la cabeza.

Christian no dijo nada.

—Quieren que estés ahí a las cuatro.

—¿Para qué?

Anaïs lo miró.

—El testamento.

El edificio no pertenecía a Grupo Montalvo.

Christian agradeció eso.

Era un despacho privado en Polanco.

Sin logotipos.

Sin fotografías corporativas.

Sin el rostro de Alejandro Montalvo mirando desde una pared.

La viuda de Montalvo ya estaba sentada cuando llegaron.

Christian la saludó.

Ella respondió con un gesto cansado.

Habían coincidido varias veces durante los últimos días, pero nunca habían hablado más de lo necesario.

Isabel se sentó cerca de ella.

Anaïs permaneció junto a Christian.

Frente a ellos había tres personas.

El abogado personal de Montalvo.

Un notario.

Y un representante del consejo de administración.

Sobre la mesa descansaban varias carpetas.

Una de ellas era mucho más gruesa.

Christian la observó.

No sabía por qué lo habían citado.

Supuso que Montalvo habría dejado algún mensaje.

Quizá documentos sobre Francisco.

Quizá Iris 27.

No pensó en la empresa.

El abogado esperó a que todos estuvieran sentados.

—Gracias por venir.

Nadie respondió.

—Las disposiciones que leeremos hoy fueron formalizadas por el señor Alejandro Montalvo antes de su fallecimiento.

Hizo una pausa.

—Los instrumentos societarios y testamentarios fueron preparados con anterioridad y revisados conforme a sus instrucciones.

Christian miró al representante del consejo.

El hombre evitó devolverle la mirada.

Algo ocurría.

El abogado abrió la primera carpeta.

—Antes de comenzar con las disposiciones patrimoniales, el señor Montalvo dejó una instrucción específica.

Sacó un sobre.

Crema.

Sin sello.

En el frente había dos palabras escritas a mano.

A mi familia.

La viuda de Montalvo bajó la mirada.

Christian sintió que Isabel se tensaba.

—Pidió que esta carta fuera leída antes de comunicar sus últimas disposiciones.

El abogado abrió el sobre.

Desdobló varias hojas.

La letra era de Montalvo.

Christian la reconoció.

El abogado comenzó.

—Durante muchos años pensé que uno construía una empresa para dejar algo después de morir.

Hoy no estoy tan seguro.

Quizá uno construye porque tiene miedo de desaparecer.

Porque necesita pensar que las horas, los errores, las personas que dejó esperando, las decisiones que tomó y las cosas que sacrificó terminarán significando algo cuando ya no esté.

He pasado buena parte de mi vida diciendo que Grupo Montalvo era una empresa.

No era verdad.

Nunca lo fue.

Fue mi vida.

Y durante muchos años cometí el error de tratar ambas cosas como si fueran exactamente lo mismo.

La viuda cerró los ojos.

El abogado continuó.

—Trabajé cuando debí estar en casa.

Tomé decisiones pensando en lo que era mejor para el grupo y después me convencí de que también eran lo mejor para mi familia.

A veces lo fueron.

Otras veces simplemente fue más cómodo creerlo.

Con los años aprendí algo que habría preferido entender mucho antes:

querer proteger a alguien no significa necesariamente saber cómo hacerlo.

Yo he querido proteger a muchas personas.

A Francisco.

A Isabel.

A Alejandro.

A mi esposa.

Y, sobre todo, a Jazmín.

Christian miró hacia la silla vacía que había quedado al otro extremo de la mesa.

No sabía si alguien la había dejado así deliberadamente.

Quizá no.

Pero ahora parecía pertenecerle.

—No siempre lo hice bien.

Francisco fue mi amigo desde que ninguno de los dos tenía nada.

Antes de los consejos de administración.

Antes de los contratos.

Antes del dinero.

Antes incluso de que supiéramos qué clase de hombres llegaríamos a ser.

Él tenía algo que yo nunca tuve.

Podía imaginar algo que todavía no existía y después encontrar la manera de darle forma.

Yo sabía convertir aquello en una empresa.

Durante muchos años pensé que esa era nuestra gran diferencia.

Hoy creo que era también la razón por la que funcionábamos juntos.

Christian sintió algo detrás de los ojos.

No apartó la vista.

—Cuando Francisco murió, perdí mucho más que a un socio.

Perdí al hombre con quien había empezado todo.

Y cometí otro error.

Pensé que podía ocuparme de las consecuencias desde lejos.

Pensé que ayudar a Isabel y a Alejandro sin intervenir demasiado en sus vidas era una forma de respetarlos.

Tal vez solo fue cobardía.

Tal vez me resultaba más fácil ayudarlos sin tener que sentarme delante de ese niño y explicarle todo aquello que yo tampoco sabía cómo explicar.

Isabel bajó la cabeza.

Christian no la miró.

—Nunca perdí contacto con Isabel.

Nunca dejé de saber cómo estaba Alejandro.

Supe cuando empezó a destacar.

Supe cuando dejó de ser solamente el hijo de Francisco.

Y supe también cuándo decidió que el mundo lo conocería como Christian Niche.

No tuve que descubrir quién era.

Siempre lo supe.

Anaïs miró a Christian.

Él permaneció inmóvil.

—Lo observé desde lejos durante años.

Vi cómo construyó algo sin mi apellido, sin mi empresa y sin necesitar que nadie le explicara quién debía ser.

A veces me sentí orgulloso.

Otras veces sentí algo mucho menos cómodo.

Culpa.

Porque mientras él aprendía a vivir sin nosotros, yo seguía convenciéndome de que mantenerme lejos era lo correcto.

El abogado se detuvo para cambiar de hoja.

Nadie se movió.

—También vi crecer a mi hija.

Y si hay algo que quiero dejar escrito sin ninguna posibilidad de interpretación es esto:

estoy orgulloso de Jazmín.

Mucho más de lo que probablemente fui capaz de decirle.

La viuda de Montalvo comenzó a llorar.

En silencio.

Isabel tomó su mano.

—La vi entrar a Grupo Montalvo siendo mi hija y convertirse, poco a poco, en una mujer que ya no necesitaba serlo para justificar su lugar.

La vi equivocarse.

La vi levantarse.

La vi tomar decisiones con las que no siempre estuve de acuerdo.

Y la vi convertirse en una ejecutiva mucho mejor de lo que muchos dentro de esta empresa estaban dispuestos a admitir.

Quizá yo incluido.

Christian miró otra vez la silla vacía.

Por primera vez pensó que Montalvo iba a dejarle todo a Jazmín.

Y le pareció correcto.

—Ser padre tiene una crueldad particular.

Uno pasa años intentando preparar a sus hijos para vivir sin nosotros y, cuando finalmente demuestran que pueden hacerlo, una parte de uno desea desesperadamente seguir siendo necesario.

He escrito estas páginas más de una vez.

Las he roto también más de una vez.

Porque es mucho más sencillo decidir sobre empresas que decidir sobre las personas que uno ama.

Una empresa se divide.

Se vende.

Se administra.

Las personas no.

El abogado tomó aire.

—Y cualquier decisión que tome aquí será interpretada.

Algunos creerán que es una recompensa.

Otros creerán que es un castigo.

Se equivocarán ambos.

Esto no es ninguna de las dos cosas.

Es la decisión de un hombre que ha tenido demasiado tiempo para comprender que dejar algo también significa aceptar lo que ese legado puede hacer después de nuestra muerte.

No puedo decidir cómo vivirán quienes quedan.

Pero todavía puedo decidir qué peso les dejo sobre los hombros.

Christian sintió que algo había cambiado en la habitación.

Nadie sabía qué.

Pero todos lo habían sentido.

—He pasado demasiadas noches preguntándome qué debía dejarles.

Hasta que comprendí que esa era la pregunta equivocada.

No debía preguntarme cuánto dejarles.

Debía preguntarme qué podía dejarles sin condenarlos a repetir mis errores.

A veces amar significa entregar.

Otras veces significa conservar.

Y, algunas pocas veces, significa tener el valor de quitar de los hombros de alguien aquello que todos esperan que cargue.

He tomado mi decisión.

Sé que alguno de ustedes no la comprenderá hoy.

Quizá tampoco mañana.

Solo espero que llegue un día en que puedan juzgarla sabiendo una cosa:

no decidí pensando en quién merecía más.

Decidí pensando en quién necesitaba qué para poder seguir viviendo cuando yo ya no estuviera.

Los quiero.

Incluso si después de escuchar lo que viene alguno de ustedes necesita un tiempo para volver a creerlo.

Alejandro.

El abogado bajó las hojas.

Nadie habló.

La viuda de Montalvo se secó las lágrimas.

Isabel seguía sosteniendo su mano.

Christian miró la carta.

Por primera vez desde que había entrado no le importaba el testamento.

El abogado guardó las hojas dentro del sobre.

Después abrió la carpeta gruesa.

Su voz cambió.

No por frialdad.

Por función.

Ahora ya no leía a un hombre.

Leía un documento.

Nombres completos.

Fechas.

Cláusulas.

Bienes.

Disposiciones.

Christian dejó de escuchar algunos detalles.

La residencia principal.

Propiedades.

Cuentas.

Inversiones personales.

Bienes muebles.

Todo el patrimonio personal de Alejandro Montalvo pasaba a su esposa.

Ella escuchó sin reaccionar.

Christian pensó en Jazmín.

Probablemente heredaría aquello algún día.

Era lógico.

El abogado pasó varias hojas.

—Respecto de la participación societaria del señor Alejandro Montalvo en Grupo Montalvo...

El representante del consejo levantó la cabeza.

Christian también.

El abogado continuó leyendo.

El lenguaje era técnico.

Frío.

Preciso.

Christian necesitó varios segundos para entender lo que estaba oyendo.

Entonces escuchó su nombre.

No Christian.

Alejandro.

—...se establece como beneficiario único de la totalidad de las acciones, derechos políticos y económicos correspondientes al señor Alejandro Montalvo en Grupo Montalvo a don Alejandro Montemayor, conocido profesionalmente como Christian Niche...

Silencio.

Christian no reaccionó.

El abogado continuó.

Más cláusulas.

Mecanismos de transferencia.

Disposiciones del consejo.

Representación.

Christian seguía atrapado en una sola palabra.

Totalidad.

Esperó a que el abogado terminara.

—¿Cuánto?

El abogado lo miró.

—Perdón.

—¿Qué porcentaje?

Ahora todos lo miraban.

El representante del consejo respondió.

—El cien por ciento de la participación que otorgaba al señor Montalvo el control del grupo.

Christian negó lentamente.

—No.

Nadie entendió.

—Tiene que haber otra disposición.

El abogado sostuvo su mirada.

—La hay.

Christian esperó.

—Pero no respecto del control de Grupo Montalvo.

La viuda de Montalvo miró a Christian.

No había hostilidad en su rostro.

Solo cansancio.

—Él lo decidió —dijo.

Christian la miró.

—¿Usted sabía?

—No.

Pausa.

—Sabía que estaba preparando algo.

Miró la carpeta.

—No esto.

Christian volvió hacia el abogado.

—¿Jazmín?

El hombre respiró.

—No recibe participación directa en Grupo Montalvo.

La frase quedó sobre la mesa.

Christian miró la silla vacía.

De pronto la carta cambió.

Cada frase.

Cada palabra.

Quitar de los hombros de alguien aquello que todos esperan que cargue.

—No puedo aceptar esto ahora.

Anaïs lo miró.

El abogado respondió:

—No necesita tomar ninguna decisión hoy.

—Pero la empresa—

El representante del consejo intervino.

—Está operando bajo administración transitoria.

Christian lo observó.

—¿Quién?

—El comité ejecutivo y el directorio.

—¿Por cuánto tiempo?

—Hasta que se formalice la transferencia y usted ejerza los derechos correspondientes.

Christian cerró los ojos.

—Dios.

Isabel lo miró.

—Alejandro.

—No.

Él se levantó.

El hombro protestó.

No le importó.

—Necesito aire.

Salió al pasillo.

Anaïs lo siguió.

—Christian.

Él caminó hasta una ventana.

Ciudad de México debajo.

Autos.

Edificios.

Personas.

Todo continuaba.

—Él sabía.

—¿Qué?

—Que iba a hacerme esto.

Anaïs frunció el ceño.

—¿Hacerte qué?

Christian se volvió.

—Dejarme responsable de todo.

Anaïs lo miró durante algunos segundos.

—Podría haber sido peor.

Christian soltó una risa sin humor.

—¿Cómo?

—Podría habértelo dejado a ti y a Adrián juntos.

Christian la miró.

—No es gracioso.

—No pretendía serlo.

Pausa.

—Pero tampoco es una condena.

Christian volvió hacia la ventana.

—Pregúntame en un año.

La reunión terminó cuarenta minutos después.

No hubo fotografías.

No hubo anuncios.

No hubo brindis.

Christian salió con una carpeta que pesaba demasiado poco para contener una empresa entera.

Étienne llamó esa noche.

No por el testamento.

Anaïs había organizado la videollamada antes.

Christian estuvo a punto de cancelarla.

No lo hizo.

Étienne apareció en la pantalla desde Grasse.

—Pareces terrible.

Christian se acomodó en la silla.

—Gracias.

—¿Te golpearon con algo?

—Sí.

Étienne levantó una ceja.

—Era una pregunta retórica.

Christian casi sonrió.

—Estoy bien.

—Nunca he confiado en esa frase.

Étienne tomó unos documentos.

—Tenemos otro asunto.

Christian miró a Anaïs.

Ella permaneció fuera de cámara.

Étienne continuó.

—La documentación está terminada.

—¿Qué documentación?

El francés lo observó.

—Christian.

Pausa.

—La participación.

Christian recordó.

Habían hablado de ello meses atrás.

Antes de México.

Antes de Dubái.

Antes de que todo empezara a desmoronarse.

—No tienes que hacerlo ahora.

Étienne frunció el ceño.

—No estoy haciéndote un favor.

—No dije eso.

—Lo pensaste.

Christian no respondió.

—El acuerdo se cumplió. La expansión, los contratos, la estructura de distribución y el valor creado para Le Sillage están ahí.

Étienne levantó una carpeta.

—Treinta por ciento.

Christian lo miró.

—Aproximadamente.

—Los abogados adoran esa palabra.

Christian respiró.

—Étienne...

—No es un regalo.

—Nunca pensé que lo fuera.

—Bien.

El francés se recostó.

—Porque sale bastante caro.

Christian sonrió por primera vez en cuatro días.

Solo un poco.

Cuando terminó la llamada, Anaïs entró.

Llevaba otra carpeta.

Christian la vio.

—No.

—Todavía no sabes qué es.

—Da igual.

—Entonces estás mejorando. Antes las abrías todas.

Dejó la carpeta delante de él.

Christian no la tocó.

—¿Qué?

Anaïs se sentó.

—Quiero mostrarte algo.

Abrió.

Tres nombres.

GRUPO MONTALVO

LE SILLAGE

GRUPO GARZA

Christian la miró.

—No.

Anaïs señaló el primero.

—Montalvo.

Después el segundo.

—Le Sillage.

Y finalmente el tercero.

—Garza.

Christian se reclinó.

—Garza todavía no.

—Por eso está en otra columna.

—Muy considerado.

Anaïs ignoró el comentario.

—¿Te das cuenta de lo que tienes?

Christian miró los nombres.

—Sí.

—No creo.

—Anaïs.

—Control de Grupo Montalvo.

Pasó una hoja.

—Treinta por ciento aproximado de Le Sillage.

Otra.

—Y una estructura en Zúrich negociando por uno de los principales competidores históricos de Montalvo.

Christian cerró la carpeta.

—No lo tengo.

—Todavía.

—No quiero hablar de esto hoy.

Anaïs lo observó.

—Precisamente hoy deberías.

Christian levantó los ojos.

—¿Por qué?

—Porque hace seis meses querías todo esto por razones muy distintas.

Silencio.

Christian no respondió.

El teléfono de Anaïs vibró.

Miró la pantalla.

Luego a Christian.

—Zúrich.

Christian soltó aire.

—No.

Anaïs respondió.

—Dime.

Escuchó.

Su expresión cambió apenas.

—¿Cuándo?

Pausa.

—Entiendo.

Colgó.

Christian la miró.

—¿Qué quieren?

Anaïs dejó el teléfono.

—Cerrar.

—¿Ahora?

—Garza necesita liquidez.

—Eso ya lo sabíamos.

—Ahora la necesitan más.

Christian abrió otra vez la carpeta.

—¿El patriarca?

—Quiere terminar.

—¿Los hijos?

—También.

Christian miró las cifras.

La oferta original.

La estructura.

Las condiciones.

Todo parecía pertenecer a otra vida.

—¿Cuánto creen que vamos a pagar?

Anaïs le indicó el número.

Christian lo observó.

No reaccionó.

—No.

—¿No qué?

—No vamos a pagar eso.

Anaïs esperó.

Christian cerró la carpeta.

—Las condiciones cambiaron.

—¿Cuánto?

Christian levantó la mirada.

No respondió.

Todavía.

Anaïs guardó el teléfono.

—¿Quieres que les diga que mañana?

Christian miró otra vez los tres nombres.

Montalvo.

Le Sillage.

Garza.

Durante años había imaginado el poder como una herramienta.

Una forma de abrir puertas.

Comprar silencios.

Obligar a otros a escuchar.

Llegar finalmente hasta los responsables.

Ahora las puertas estaban abiertas.

Los responsables ya no podían esconderse.

Francisco estaba muerto.

Montalvo también.

Adrián también.

Jazmín estaba en una celda.

Christian cerró la carpeta.

—Sí.

Anaïs se levantó.

—¿Mañana?

—Mañana.

Ella caminó hacia la puerta.

—Anaïs.

Se volvió.

Christian miró la carpeta.

—Antes de hablar con Zúrich quiero todos los números otra vez.

Anaïs asintió.

—Los tendrás.

Salió.

Christian permaneció solo.

Sobre la mesa estaban los documentos de tres empresas.

Pero volvió a pensar en una hoja escrita a mano.

En una frase.

No decidí pensando en quién merecía más.

Cerró los ojos.

Durante años había vivido creyendo que obtener la verdad sería el final.

No lo era.

Tener la verdad solo había eliminado la última excusa.

Ahora tendría que decidir qué hacer con todo lo que quedaba.

Aa
CAPÍTULO 30

Notas de Venganza

Víctor Garza llegó once minutos tarde.

Christian lo supo porque había mirado el reloj una sola vez.

Anaïs, sentada a su derecha, no lo miró en absoluto.

La sala de reuniones ocupaba el último piso de un edificio discreto en Paseo de la Reforma. No pertenecía a Grupo Montalvo. Tampoco a Garza.

Era territorio neutral.

Eso habían pedido los abogados.

Sobre la mesa había tres carpetas idénticas, dos juegos de contratos y una pantalla encendida con los representantes de la estructura financiera en Zúrich.

Todo estaba preparado.

Menos el precio.

Christian pasó el pulgar por el borde de una hoja.

Anaïs se inclinó apenas hacia él.

—Podemos irnos.

—Todavía no.

—Once minutos.

—Lo sé.

—Entonces solo quería asegurarme de que sigues teniendo reloj.

Christian la miró.

Anaïs no sonrió.

La puerta se abrió.

Víctor Garza entró acompañado por dos hombres.

Uno de ellos era abogado.

El otro, su hijo mayor.

Christian reconoció al segundo por las fotografías de los informes.

Víctor tenía más años de los que Christian recordaba haber imaginado.

No era frágil.

Pero sí viejo.

Cabello completamente blanco.

La espalda todavía recta.

La clase de hombre acostumbrado a entrar en una habitación esperando que alguien se levantara.

Christian no lo hizo.

Anaïs tampoco.

Víctor se detuvo.

Sus ojos fueron primero hacia ella.

Después hacia Christian.

Tardó apenas un segundo.

Pero Christian lo vio.

—Señor Niche.

Christian permaneció sentado.

—Señor Garza.

Víctor miró a los abogados.

—Creí que la representación de los compradores estaba a cargo de la señorita...

—Anaïs sigue a cargo de la operación —respondió Christian.

Víctor volvió a mirarlo.

—Entonces no entiendo por qué está usted aquí.

Christian cerró la carpeta que tenía delante.

—Eso vamos a resolverlo rápido.

El hijo de Víctor tomó asiento.

Su padre lo hizo después.

El abogado fue el último.

Anaïs activó la pantalla.

Una voz desde Zúrich saludó.

Christian apenas escuchó.

Observaba a Víctor.

El hombre que había estado en el origen de una historia que comenzó cuando él tenía diez años.

No sintió odio.

Eso lo sorprendió.

Había imaginado muchas veces cómo sería estar frente a alguien relacionado con la muerte de Francisco.

Había imaginado rabia.

Temblor.

Satisfacción.

No había nada de eso.

Solo cansancio.

Y una necesidad mucho más simple.

Saber que todo terminaba ahí.

El abogado de Garza abrió la reunión.

Cifras.

Deuda.

Liquidez.

Pasivos.

Garantías.

Continuidad operacional.

Christian escuchó.

Anaïs intervino dos veces.

Los representantes de Zúrich hicieron preguntas.

Víctor no habló durante los primeros veinte minutos.

Su hijo sí.

Defendió activos.

Capacidad instalada.

Contratos.

Marcas.

Mercados.

Christian comprendió algo.

Era competente.

No brillante.

Pero competente.

También comprendió que no importaba.

El problema de Grupo Garza ya no era su capacidad de producir.

Era que necesitaban tiempo.

Y el tiempo era precisamente lo que no tenían.

Anaïs deslizó una hoja hacia Christian.

La cifra anterior.

Christian la observó.

Era la oferta que habían preparado meses atrás.

Antes de Adrián.

Antes de Montalvo.

Antes del abrecartas.

Antes de saber exactamente qué había ocurrido en 2000.

Tomó un bolígrafo.

Tachó el número.

Escribió otro debajo.

Anaïs lo leyó.

No reaccionó.

Solo levantó los ojos.

Christian asintió.

Ella giró la hoja hacia el otro lado de la mesa.

El hijo de Víctor la tomó.

Frunció el ceño.

—Esto no puede estar bien.

—Está bien —dijo Anaïs.

El hombre volvió a leer.

—Es menos de una cuarta parte de la oferta anterior.

—Aproximadamente.

—Esto es absurdo.

Christian permaneció callado.

El abogado de Garza tomó la hoja.

Víctor todavía no la había mirado.

—Teníamos una negociación avanzada —dijo su hijo—. No pueden cambiar las condiciones a estas alturas.

Christian apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Podemos retirarnos.

Silencio.

—Eso no responde—

—Responde exactamente.

El hijo de Víctor apretó la mandíbula.

—La compañía vale mucho más que esto.

Christian asintió.

—Entonces no vendan.

Nadie habló.

Víctor tomó finalmente la hoja.

Leyó.

No preguntó.

Calculó.

Christian reconoció el gesto.

No porque lo hubiera visto antes.

Porque él hacía lo mismo.

—Veinte por ciento —dijo Víctor.

Anaïs respondió.

—Aproximadamente veinte por ciento del valor que se había considerado al inicio de la negociación.

Víctor levantó los ojos.

—Esto no es una oferta.

Christian lo miró.

—Sí lo es.

—Es una humillación.

Christian negó.

—No.

Víctor esperó.

—Es el valor que estamos dispuestos a asumir con el riesgo actual.

—Qué conveniente.

Christian no respondió.

Víctor dejó la hoja.

—¿Quién está detrás de la estructura?

Nadie se movió.

Christian miró a Anaïs.

Ella cerró el computador.

El sonido fue pequeño.

Definitivo.

Christian volvió hacia Víctor.

—Yo.

El hijo del patriarca lo miró.

—¿Qué?

—La estructura de Zúrich.

Christian habló sin elevar la voz.

—El comprador soy yo.

Víctor no parpadeó.

Pero algo cambió.

No sorpresa.

Reconocimiento.

El silencio duró más de lo necesario.

Víctor observó a Christian como si acabara de reorganizar veinte años dentro de su cabeza.

—Christian Niche.

—Ese es mi nombre profesional.

Víctor no dijo nada.

Christian continuó.

—Alejandro Montemayor.

La respiración del hijo de Garza se detuvo un instante.

Víctor no apartó la mirada.

—Francisco.

Christian asintió.

No necesitaba explicarlo.

Víctor se reclinó lentamente.

—Así que de eso se trata.

—No.

—¿No?

Christian miró los contratos.

—De eso se habría tratado hace unos meses.

Víctor lo estudió.

—¿Y ahora?

—Ahora es un negocio.

El patriarca soltó una risa seca.

—No me insulte.

Christian levantó los ojos.

—No vine a insultarlo.

—Vino a comprar mi empresa por una fracción de su valor.

—Vine a comprar una empresa que necesita vender.

Víctor sostuvo su mirada.

—Como dije. Una humillación.

—Eso lo decidió usted cuando llegó once minutos tarde.

Anaïs miró hacia otro lado.

El hijo de Víctor abrió la boca.

Su padre levantó una mano.

Christian dejó el bolígrafo.

—Mi padre murió por dos millones de dólares.

La frase cambió la habitación.

El hijo de Víctor miró a su padre.

Víctor no.

—Yo no lo maté.

Christian asintió.

—Lo sé.

Víctor pareció no esperar esa respuesta.

Christian continuó:

—Usted solo hizo que fuera posible.

Nadie habló.

—No sabe lo que ocurrió.

—Sé suficiente.

—Era otro tiempo.

Christian lo observó.

—Eso no cambia quién murió.

Víctor apretó los labios.

—Adrián tomó sus propias decisiones.

—Sí.

Christian se inclinó ligeramente hacia atrás.

—Y ya respondió por ellas.

Víctor lo miró durante varios segundos.

—¿Qué quiere de mí?

Christian miró el contrato.

—Una firma.

—¿Eso es todo?

Christian pensó en Francisco.

En la cocina.

En el laboratorio.

En el hombre que había pasado veinte años tratando de reconstruir.

Pensó en Adrián muerto.

En Jazmín detrás de una puerta cerrada.

—Sí.

Víctor parecía decepcionado.

Como si hubiera esperado odio.

Acusaciones.

Tal vez incluso una amenaza.

—No quiere escuchar mi versión.

Christian negó.

—Ya tengo la verdad.

La negociación continuó.

No hubo confesión.

No hubo disculpa.

No hubo justicia repentina descendiendo sobre la mesa.

Hubo números.

Cláusulas.

Garantías.

Plazos.

El hijo de Víctor discutió.

Los abogados corrigieron.

Zúrich confirmó.

Anaïs respondió.

Christian intervino solo cuando era necesario.

Tres horas después, Víctor Garza firmó.

Después su hijo.

Después los abogados.

Finalmente Christian.

El bolígrafo se deslizó sobre el papel.

Un movimiento pequeño.

Menos de dos segundos.

Cuando terminó, Grupo Garza ya no pertenecía a los Garza de la manera en que había pertenecido esa mañana.

Víctor cerró su carpeta.

Se levantó.

Christian hizo lo mismo.

Por primera vez quedaron frente a frente sin una mesa entre ambos.

Víctor extendió la mano.

Christian la miró.

Después la estrechó.

No por perdón.

Por final.

Víctor se acercó apenas.

—Su padre era un hombre extraordinario.

Christian sostuvo su mirada.

—Lo sé.

—También era un hombre difícil.

—También lo sé.

Víctor soltó su mano.

Pareció querer decir algo más.

No lo hizo.

Christian agradeció eso.

Esperaron a que la puerta se cerrara.

Anaïs permaneció de pie junto a la mesa.

Christian observó los contratos firmados.

—Ya está.

—Ya está —repitió ella.

Christian miró la pantalla apagada.

Grupo Montalvo.

Le Sillage.

Garza.

Todo aquello que durante años habría considerado una victoria.

Ahora parecía otra cosa.

Responsabilidad.

Anaïs recogió los documentos.

—Necesitamos empezar la transición inmediatamente.

Christian asintió.

—Lo sé.

—Garza tiene problemas de liquidez, equipos duplicados, contratos que hay que revisar y una estructura de compras que—

—Te encargas tú.

Anaïs se detuvo.

—Claro.

Christian la miró.

—De todo lo operativo.

Ella tardó un segundo.

—¿De Garza?

—De todo.

Anaïs dejó lentamente la carpeta.

—Christian.

—Confío en ti.

—Eso no responde lo que acabo de preguntar.

—Sí responde.

—Acabas de recibir Montalvo.

—Lo sé.

—Tienes una participación en Le Sillage.

—También lo sé.

—Y acabamos de comprar Garza.

Christian asintió.

Anaïs lo observó.

—¿Y tú qué vas a hacer?

Christian miró los papeles.

Después a ella.

—Voy a ocuparme de Jazmín.

Anaïs permaneció en silencio.

Christian añadió:

—No voy a desaparecer. Las decisiones estratégicas siguen pasando por mí.

—Eso esperaba.

—Pero necesito que tú hagas funcionar esto.

Anaïs tomó aire.

—¿Todo?

Christian asintió.

—Todo.

Ella miró los contratos.

Después a Christian.

—Hace unos años me contrataste para ordenar tu agenda.

—Eras bastante mala.

Anaïs lo miró indignada.

—Eso es mentira.

Christian sonrió.

—Lo sé.

Ella negó con la cabeza.

—Idiota.

—Directora operacional idiota.

Anaïs intentó no sonreír.

Falló.

Solo un poco.

Elena Mora llegó a la prisión aquella tarde con un sobre bajo el brazo.

Jazmín la vio entrar desde el otro lado del vidrio.

Durante unos segundos pensó que su madre parecía más vieja.

No porque lo estuviera.

Porque ya no llevaba puesta la expresión que había utilizado durante toda su vida para convencer al mundo de que todo estaba bien.

Elena se sentó.

Jazmín tomó el teléfono.

Su madre hizo lo mismo.

—Hola.

—Hola, mamá.

Silencio.

Elena miró el sobre.

—Traje algo.

Jazmín no preguntó.

Ya sabía.

Su madre se lo había dicho por teléfono.

El testamento.

Christian.

Grupo Montalvo.

Todo.

Pero no la carta.

—Tu padre pidió que esto se leyera antes.

Elena levantó el sobre.

—Hice una copia.

Jazmín miró la letra.

A mi familia.

Sintió el pecho cerrarse.

—¿La leíste?

—Sí.

—¿Cuántas veces?

Elena sonrió con tristeza.

—Demasiadas.

Jazmín bajó los ojos.

—¿Estás enojada?

Elena tardó.

—Con tu padre.

—¿Por dejarle la empresa a Christian?

—Por muchas cosas.

Jazmín la miró.

Elena apretó los labios.

—Y conmigo.

—Mamá.

—No.

Su voz cambió.

—Déjame decirlo.

Jazmín permaneció quieta.

Elena miró el teléfono entre sus manos.

—Yo quería que te casaras con Adrián.

Jazmín no respondió.

—No solo lo acepté.

Pausa.

—Te presioné.

—No sabías.

—Tú tampoco sabías muchas cosas cuando tenías dieciséis años.

Elena levantó la mirada.

—Yo era adulta.

Jazmín tragó saliva.

—Mamá...

—Creí que era correcto.

Una risa breve, amarga.

—Buena familia. Buena educación. Ambicioso. Correcto en la mesa. Correcto frente a los demás.

Jazmín cerró los ojos un instante.

—Te dije que las dudas antes de casarte eran normales.

Elena negó.

—No te pregunté cuáles eran.

Jazmín sintió que algo cedía.

—No habría podido decírtelo.

—Quizá no.

Elena sostuvo su mirada.

—Pero debería haber sido alguien a quien pudieras intentarlo.

Ninguna habló durante varios segundos.

Elena tomó el sobre.

—Tu padre también cometió errores.

Jazmín miró la carta.

—Sí.

—Muchos.

—Sí.

—Pero te quería.

Jazmín bajó la mirada.

—Lo sé.

—Creo que a veces pensaba que decirlo era suficiente.

—No lo decía mucho.

Elena sonrió apenas.

—Entonces probablemente pensaba que con sentirlo bastaba.

Jazmín tocó el vidrio con los dedos.

—¿Y tú?

Elena la miró.

—Estoy aprendiendo.

La copia de la carta llegó a Jazmín una hora después.

La dejaron sola.

Se sentó en el borde de la cama.

Durante varios minutos no abrió el sobre.

Después reconoció la letra.

La misma que había visto en felicitaciones de cumpleaños.

Notas rápidas.

Papeles sobre el escritorio.

Firmas.

Pero nunca tantas palabras.

Nunca para ella.

Leyó.

Despacio.

Al principio sin llorar.

«También vi crecer a mi hija.

Y si hay algo que quiero dejar escrito sin ninguna posibilidad de interpretación es esto:

estoy orgulloso de Jazmín.

Mucho más de lo que probablemente fui capaz de decirle.»

Jazmín se detuvo.

Respiró.

Continuó.

«La vi entrar a Grupo Montalvo siendo mi hija y convertirse, poco a poco, en una mujer que ya no necesitaba serlo para justificar su lugar.

La vi equivocarse.

La vi levantarse.

La vi tomar decisiones con las que no siempre estuve de acuerdo.

Y la vi convertirse en una ejecutiva mucho mejor de lo que muchos dentro de esta empresa estaban dispuestos a admitir.

Quizá yo incluido.»

La primera lágrima cayó sobre el papel.

Jazmín la secó con el pulgar.

Siguió leyendo.

Llegó a Francisco.

A Isabel.

A Alejandro.

A Christian.

Su padre había sabido siempre.

Ese pensamiento la hizo detenerse.

Alejandro.

El niño.

Christian.

El hombre que había regresado.

Su padre había observado toda aquella historia desde lejos.

Como siempre.

Protegiendo sin acercarse lo suficiente.

Jazmín continuó.

«Ser padre tiene una crueldad particular.

Uno pasa años intentando preparar a sus hijos para vivir sin nosotros y, cuando finalmente demuestran que pueden hacerlo, una parte de uno desea desesperadamente seguir siendo necesario.»

Ahora lloraba sin intentar detenerse.

Leyó hasta el final.

Y entonces encontró la frase.

«A veces amar significa entregar.

Otras veces significa conservar.

Y, algunas pocas veces, significa tener el valor de quitar de los hombros de alguien aquello que todos esperan que cargue.»

Jazmín dejó de respirar durante un segundo.

Volvió a leerla.

Después otra vez.

Y comprendió.

No completamente.

Quizá nunca completamente.

Pero suficiente.

Apretó la carta contra el pecho.

Durante toda su vida había imaginado Grupo Montalvo como una herencia.

Después como una obligación.

Después como una guerra.

Después como una prisión que Adrián intentaba alcanzar a través de ella.

Su padre había visto algo que ella no había podido ver.

O quizá lo había visto demasiado tarde.

Le había quitado la empresa.

La empresa que ella había trabajado durante años para dirigir.

La empresa donde había demostrado que era más que la hija del dueño.

La empresa que amaba.

Y al mismo tiempo...

Jazmín volvió a mirar la frase.

Tal vez también le había quitado una cadena.

Christian llegó al día siguiente.

Jazmín supo que era él antes de verlo.

No por el perfume.

Él no llevaba ninguno.

Por la forma en que el guardia miró hacia el pasillo antes de abrir.

Christian apareció.

Traje oscuro.

Sin corbata.

Todavía tenía una marca tenue junto a la sien.

Se sentó.

Tomó el teléfono.

Jazmín levantó el suyo.

Durante unos segundos ninguno habló.

—Te ves mal —dijo ella.

Christian la miró.

—Étienne dijo lo mismo.

—Por una vez estoy de acuerdo con él.

—Preocupante.

Jazmín casi sonrió.

El gesto desapareció rápido.

Christian vio la carta en sus manos.

—La leíste.

—Tres veces.

—Yo solo una.

—Cobarde.

—Probablemente.

Silencio.

Jazmín miró la hoja.

—Me quitó la empresa.

Christian no respondió inmediatamente.

Ella levantó los ojos.

—Trabajé toda mi vida para dirigirla.

—Lo sé.

—Y me la quitó.

Christian miró la carta.

—Creo que intentó devolverte tu vida.

Jazmín sostuvo su mirada.

La frase dolió.

Porque podía ser cierta.

—¿Y te dio la mía a ti?

Christian negó.

—Me dio una empresa.

—El cien por ciento.

—Sí.

—Eso es bastante empresa.

Christian soltó una respiración que casi fue una risa.

—Sí.

Jazmín miró su rostro.

—¿La vas a aceptar?

Christian tardó.

—Sí.

Ella asintió.

No había sorpresa.

—¿Por qué?

—Porque si digo que no, su última decisión se convierte en un problema que tendrán que resolver abogados durante años.

—Esa es una respuesta muy Christian Niche.

—La otra respuesta es más incómoda.

—Prefiero esa.

Christian la miró.

—Porque quiero saber qué puedo hacer con ella.

Jazmín bajó la vista.

—Papá habría odiado esa respuesta.

—Por eso probablemente es la correcta.

Permanecieron unos segundos sin hablar.

Después Jazmín preguntó:

—¿Y Le Sillage?

Christian ladeó la cabeza.

—¿Cómo sabes?

—Mi madre.

—Tu madre habla demasiado.

—Ahora sí.

Christian asintió.

—Treinta por ciento.

—¿Treinta?

—Aproximadamente.

Jazmín lo miró.

—¿Qué significa aproximadamente?

—Que abogados franceses necesitan justificar sus honorarios.

Ella sonrió.

Esta vez de verdad.

Duró poco.

Pero estuvo ahí.

—Entonces tienes Montalvo y Le Sillage.

Christian no respondió.

Jazmín lo observó.

—¿Qué?

Él permaneció callado.

—Christian.

—Cerramos Garza ayer.

Jazmín dejó de sonreír.

—¿Qué?

—La compra.

—¿Compraste Grupo Garza?

—Sí.

—¿Todo?

—Lo suficiente.

Jazmín lo miró como si intentara decidir si estaba bromeando.

—¿Tú eras Zúrich?

—Una estructura vinculada a—

—Eras tú.

Christian asintió.

—Sí.

Jazmín dejó caer la espalda contra la silla.

—Dios.

Christian esperó.

—Mi padre te deja Montalvo.

—Sí.

—Étienne te entrega treinta por ciento de Le Sillage.

—Aproximadamente.

—Y tú compras Garza.

—Sí.

Jazmín lo miró.

—¿Cuánto pagaste?

Christian se quedó quieto.

—No quieres saberlo.

—Ahora quiero saberlo mucho más.

—Cerca de veinte por ciento de la valoración que habían aceptado inicialmente.

Jazmín abrió ligeramente la boca.

—Eso es obsceno.

—Eso dijo Víctor.

Ella lo miró.

—¿Víctor Garza?

—Estaba ahí.

—¿Hablaste con él?

—Sí.

Jazmín perdió la sonrisa.

—¿Sobre Francisco?

Christian asintió.

—Un poco.

—¿Qué dijo?

Christian miró hacia un punto detrás de ella.

—Que él no lo mató.

Jazmín apretó el teléfono.

—¿Y tú?

—Le dije que lo sabía.

Silencio.

—¿Eso fue todo?

—Casi.

Jazmín esperó.

Christian volvió a mirarla.

—Ya no necesitaba más.

Ella comprendió antes de que él lo dijera.

La venganza había terminado.

No porque todos hubieran pagado.

No porque la justicia fuera perfecta.

No porque Francisco hubiera vuelto.

Sino porque Christian ya no necesitaba seguir preguntando.

Jazmín bajó la mirada hacia la carta.

—¿Y el perfume?

Christian supo inmediatamente cuál.

—Archivado.

—¿Iris 27?

—Sí.

Jazmín tardó un segundo.

—Puedes hacerlo.

No era pregunta.

Christian asintió.

—Sí.

—La carpeta tenía todo.

—Lo suficiente.

—Entonces puedes recrearlo.

—Sí.

Jazmín apoyó la carta sobre la mesa.

—Y no vas a hacerlo.

Christian negó lentamente.

—No.

—¿Nunca?

Christian pensó.

—No ahora.

Jazmín lo observó.

Él añadió:

—Y no mientras siga necesitando hacerlo por él.

Ella comprendió.

Miró la carta.

—Tu padre habría odiado que archivases una fortuna.

Christian casi sonrió.

—Mi padre habría intentado convencerme de que no se trataba del dinero.

—Y después habría negociado las regalías.

—Exactamente.

Ambos sonrieron.

Pequeño.

Doloroso.

Real.

Después el silencio cambió.

Ya no era el silencio cómodo del perfume.

Era otro.

Jazmín miró sus manos.

—Herrera vino ayer.

Christian asintió.

—Lo sé.

—Me explicó lo que están haciendo.

—Bien.

—También me dijo cuánto estás gastando.

Christian frunció el ceño.

—Eso no era necesario.

—Para ti quizá.

Ella levantó la vista.

—Christian, no quiero que—

—No.

—Escúchame.

—Te estoy escuchando.

—No quiero que conviertas esto en otro Proyecto Nº27.

La frase lo alcanzó.

Christian no respondió.

Jazmín continuó.

—No quiero que destruyas a medio mundo porque yo estoy aquí.

—No voy a hacerlo.

—No quiero que compres jueces.

Christian la miró.

—Nunca haría eso.

—No quiero que inventes una versión donde yo no hice nada.

—Tampoco.

Jazmín se quedó callada.

Christian acercó el rostro al vidrio.

—Voy a demostrar exactamente qué hiciste.

Ella lo miró.

—Y exactamente qué no hiciste.

Jazmín tragó saliva.

—¿Y si no basta?

Christian permaneció quieto.

Meses atrás habría respondido otra cosa.

Habría prometido.

Habría garantizado.

Habría encontrado una manera de convertir voluntad en certeza.

Ahora no.

—Entonces habremos dicho la verdad.

Jazmín cerró los ojos.

Cuando los abrió estaban húmedos.

—Eso es muy poco.

Christian asintió.

—Lo sé.

—Y mucho.

—También.

Jazmín apoyó una mano contra el vidrio.

No dramáticamente.

Solo la dejó ahí.

Christian la observó.

Después levantó la suya.

No llegaron a tocarse.

Había vidrio.

Había demasiado entre ellos.

Pero por primera vez no había secretos.

—¿Me perdonaste? —preguntó Jazmín.

Christian no apartó la mano.

—Sí.

Ella respiró.

—No deberías hacerlo tan fácil.

—No fue fácil.

Jazmín bajó la mirada.

—Yo todavía estoy enojada contigo.

—Lo sé.

—Mucho.

—También lo sé.

—Bien.

Christian casi sonrió.

—Entonces estamos avanzando.

Jazmín soltó una risa pequeña.

Después lloró.

Sin esconderlo.

Christian permaneció ahí.

No intentó arreglarlo.

Cuando el guardia anunció el final de la visita, Christian bajó lentamente la mano.

Jazmín sostuvo el teléfono un segundo más.

—Christian.

Él la miró.

—Cuida la empresa.

Christian inclinó la cabeza.

—¿Cuál?

Ella negó con incredulidad.

—Idiota.

Esta vez Christian sí sonrió.

Pasaron doce días.

Grupo Garza comenzó su transición.

Anaïs instaló un equipo operativo en México y otro en Europa.

El consejo de Grupo Montalvo ratificó las medidas necesarias para ejecutar la nueva estructura de control.

Le Sillage comunicó internamente la incorporación de Christian como accionista relevante sin hacer todavía ningún anuncio público.

No hubo conferencia de prensa.

No hubo portada.

No hubo fotografía.

Christian no tenía interés en explicar nada.

Todavía.

La carpeta de Iris 27 permanecía cerrada.

La de Proyecto Nº27 también.

Dos expedientes distintos.

Dos obsesiones terminadas.

Christian las guardó en el mismo archivo.

No juntas.

Una encima de otra.

Francisco.

Proyecto Nº27.

Cerró el cajón.

No volvió a abrirlo.

A las siete y doce de la mañana del lunes, Anaïs entró en una sala de reuniones del edificio de Grupo Montalvo.

Había doce personas.

Abogados.

Investigadores.

Especialistas en evidencia.

Dos médicos.

Un experto en análisis de audio.

Pantallas encendidas.

Cronologías.

Fotografías.

Copias de declaraciones.

El audio de 2000.

Informes sobre Adrián.

La declaración de Isabel.

El registro de la llamada de Anaïs a la policía.

El informe de lesiones de Christian.

La reconstrucción del secuestro.

Documentos de Grupo Garza.

Información sobre el médico de 2000.

Todo estaba separado.

Clasificado.

Ordenado.

Anaïs miró el reloj.

—Llega tarde.

Herrera levantó la vista.

—¿Cuánto?

—Doce minutos.

Uno de los abogados sonrió.

—¿Eso es normal?

Anaïs abrió su computador.

—No.

La puerta se abrió.

Christian entró.

Traje oscuro.

Sin corbata.

En una mano llevaba café.

En la otra, una carpeta.

La dejó sobre la mesa.

JAZMÍN MONTALVO

Todos guardaron silencio.

Christian recorrió la sala con la mirada.

Durante años había trabajado así.

Personas.

Información.

Hipótesis.

Documentos.

Objetivos.

Había construido Proyecto Nº27 exactamente de esa manera.

Pero aquello era distinto.

No había un culpable que elegir.

No había una conclusión que demostrar.

No había una venganza esperando al final.

Solo hechos.

Y una mujer a la que amaba esperando que fueran suficientes.

Christian dejó el café.

Abrió la carpeta.

Miró a Herrera.

Después a Anaïs.

Después al resto.

—Estamos contra el tiempo, señores.

Pausa.

—Es hora de comenzar a trabajar.